Literatura

El mal radical del corazón humano: Problemas fundamentales de la ética de Kant

El documento que adjunto corresponde a mi tesis de maestría, sustentada en la Pontificia Universidad Católica del Perú el 29 de enero de 2013. Los miembros del jurado fueron Ciro Alegría Varona (asesor), Fidel Tubino Arias Schreiber y Julio Del Valle Ballón. El trabajo trata sobre la teoría del mal kantiana, mas no solamente desde un punto de vista ético, sino también histórico y psicológico.

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Reproduzco el texto de la Introducción (sin cursivas):

Este trabajo constituye una investigación sobre el mal radical tal como aparece en la primera parte de La religión dentro de los límites de la mera razón (en adelante, Religión). De lo que se trata es de presentar de forma crítica la tesis de Immanuel Kant que afirma una maldad innata en la naturaleza humana (R 6:32-39). Y si bien la tesis aparece de forma explícita y sistemática únicamente en dicha obra, nos preocuparemos en mostrar que, mutatis mutandis, atraviesa toda la filosofía moral kantiana, dado que articula una visión del ser humano que se hace presente en todas sus obras de moral, así como en sus escritos de antropología y de historia.

Este trabajo no sólo presenta sino que aboga por dicha forma de hacer teoría ética, en constante diálogo con otras disciplinas. No teme nutrirse de cuantos datos empíricos pueda extraer de investigaciones antropológicas y psicológicas, a la vez que sienta su preocupación máxima en el destino de nuestra especie, para lo que es necesario formular proyectos políticos y religiosos de magnitud histórica. Entender el mal radical significa entender cómo la ética se articula con estas otras disciplinas como la política, la antropología, la psicología y la historia.

Además del fin exegético de hacer inteligible la difícil tesis del mal radical en la naturaleza humana, se añade la propuesta de que dicha posición, de más de 200 años de antigüedad, sirve de base todavía hoy para reflexionar sobre problemas fundamentales. Un tema que subyace el presente trabajo, y considero de suma importancia, versa sobre la delgada línea entre moral y religión, entendida esta última no como un cuerpo de creencias y prácticas de origen histórico (en ese sentido la diferencia para Kant es clara), sino como un tipo de experiencia humana tan antigua como la historia misma (y la razón), y por tanto, cierto discurso filosófico pero a la vez religioso. Tomo como ejemplo de este tipo de discurso, que además presenta a la perfección la doctrina kantiana del mal1, el siguiente pasaje:

The difference between a good and a bad man does not lie in this, that the one wills that which is good and the other does not, but solely in this, that the one concurs with the living inspiring spirit of God within him, and the other resists it, and can be chargeable with evil only because he resists it. (William Law, citado por Huxley 2009: 178)

El autor es William Law, citado por Aldous Huxley, en el excelente compendio de una filosofía universal y eterna, titulado The Perennial Philosophy.

 

Al abordar la tesis de la maldad innata en el ser humano, tendremos que responder dos preguntas distintas, si bien conectadas. La primera interrogante se puede expresar del siguiente modo: ¿qué es el mal y cómo es posible? Kant está en contra de una respuesta que pretenda total claridad y compresión del problema, del “supuesto” de que “la existencia del mal moral en el hombre se deja explicar con toda facilidad” (R 6:59). El mal moral, al igual que la idea de una ley moral que opere con total realidad en el ser humano, es en última instancia “incomprensible” (R 6:59). La respuesta de Kant al problema del mal no pretende una inteligibilidad absoluta, sino que se tiene que aceptar como un tipo de discurso adecuado al tema, y por tanto, limitado, con supuestos razonables pero en última instancia indemostrables. Cualquier respuesta a esta pregunta supone una creencia ético-religiosa y supone un discurso histórico y en última instancia contingente. Para este trabajo nos limitaremos a mostrar qué elementos de la teoría del mal kantiana, y de toda su teoría ética, suponen propiamente un creencia, o un acto de fe.

La segunda interrogante apunta al carácter de moral de nuestra especie. Se trata de si el hombre es por naturaleza bueno o malo. Para Kant, la respuesta es obvia, evidente, si nos dirigimos a los hechos, a una investigación empírica no sólo de los individuos y de su interioridad sino de las relaciones sociales y entre los Estados; la respuesta es que el ser humano es malo por naturaleza. Pero, por supuesto, la tesis que afirme la maldad innata de la especie humana supone una respuesta, ya no tan obvia, a la primera interrogante. No obstante, una respuesta que se quede en el primer momento pecará de arbitrariedad y no podrá ser completa. Responder adecuadamente qué es el mal y cómo es posible requiere una investigación empírica acerca de nuestra propia naturaleza. Este trabajo debe mostrar cómo ambas respuestas se articulan en la tesis kantiana del mal radical y en el resto de la filosofía moral de Kant.

El primer capítulo presentará el mal radical tal como aparece en la primera parte de la Religión. Esta presentación, en tanto corresponde a lo expuesto por Kant, es confusa e incompleta, dado que se queda en la primera interrogante y sólo da luces sobre la segunda. Para compensar esta oscuridad recurriremos, en el segundo capítulo, a toda la investigación empírica de Kant sobre el carácter de nuestra especie, lo que supone la elaboración de una concepción histórica del ser humano en tanto ser natural y a la vez racional. En el tercer capítulo, nos volveremos sobre las bases de una posible respuesta a ambas interrogantes, al examinar el lugar donde la maldad se encuentra en el ser humano, a la vez que los límites inherentes a cualquier discurso sobre el mismo. En el cuarto y último capítulo recogeremos aquellos elementos de la teoría kantiana del mal que se encuentran vigentes en una tradición más amplia de pensamiento racionalista y humanista.

No deben dejar de consultarse los tres apéndices. El primero, breve, donde hago explícita la interpretación de la ley moral que trasciende (en sentido kantiano) todo el presente trabajo, con particular énfasis tanto en su calidad de una idea de la razón, como en lo que significa para nuestro actuar, dejando de lado muchas de las sutilezas que caracterizan el debate especulativo contemporáneo, completamente prescindibles para el entendimiento moral común, que juzga moralmente con la facilidad que distingue la mano derecha de la izquierda (KpV 5:155). El segundo presenta de forma sistemática las características de la iglesia racional que Kant tiene en mente como la comunidad ética, única forma mediante la cual los seres humanos podemos sobreponernos a nuestra maldad. El tercer y último apéndice presenta un ejemplo del tipo de discurso religioso que Kant tiene en mente es posible acerca del problema del mal, así como del límite que supone para nuestra comprensión especulativa.

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La experiencia de la libertad: un salto de fe[1]

Søren Kierkegaard escribío Temor y temblor a los 30 años, bajo el pseudónimo de Johannes de Silentio, haciendo referencia a lo que no puede ser dicho y es por lo tanto incomunicable. La obra gira alrededor de la historia de Abraham, en particular, al momento en que Dios le pide que sacrifique a su único hijo, Isaac.

«Y quiso Dios probar a Abraham y le dijo: Toma a tu hijo, tu unigénito, a quien tanto amas, a Isaac, y ve con él al país de Moriah, y ofrécemelo ahí en holocausto sobre el monte que yo te indicaré». (Gn 22:1-2)

El argumento de Johannes de Silentio en Temor y temblor es relativamente simple: si es que no hay nada más elevado que la ética en este mundo, y tampoco nada inconmensurable en el hombre más allá de lo que posiblemente pueda expresar mediante su participación en ésta, entonces nunca existió la fe, precisamente porque siempre existió, y en consecuencia, Abraham está perdido. En efecto, si la fe está incluida en una ética universal accesible a todos, entonces nada sacamos de la historia de la relación particular entre Abraham con Dios.

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Pero existe efectivamente algo por encima de lo ético/universal; esto es lo absoluto (Dios, en el ejemplo de Abraham). El Particular, Abraham, entra en relación con lo absoluto, Dios, mediante la fe, de la siguiente forma:

La fe consiste precisamente en la paradoja de que el Particular se encuentra como tal Particular por encima de lo universal, y justificado frente a ello, no como subordinado, sino como superior. Conviene hacer notar que es el Particular quien después de haber estado subordinado a lo universal en su cualidad de Particular llega a ser lo Particular por medio de lo universal; y como tal, superior a éste, de modo que el Particular como tal se encuentra en relación absoluta con lo absoluto. Esta situación no admite la mediación, pues toda mediación se produce siempre en virtud de lo universal; nos encontramos pues, y para siempre, con una paradoja por encima de los límites de la razón.

Leamos nuevamente con los personajes.

La fe consiste precisamente en la paradoja de que Abraham se encuentra como tal individuo por encima de la ética, y justificado frente a ella, no como subordinado, sino como superior. Conviene hacer notar que es Abraham quien después de haber estado subordinado a la ética en su cualidad de individuo llega a ser él mismo por medio de la ética; y como tal, superior a ella, de modo que Abraham mismo se encuentra en relación religiosa con Dios. Esta situación no admite la mediación, pues toda mediación se produce siempre en virtud de lo universal; nos encontramos pues, y para siempre, con una paradoja por encima de los límites de la razón.

La fe se presenta al entendimiento como una paradoja, cuya resolución se encuentra más allá del alcance de la razón humana. Expliquemos.

En primer lugar, debemos diferenciar lo universal de lo absoluto, lo ético de lo religioso. Es cierto que ambas esferas pueden coincidir, pero en ese caso, y De Silentio es decisivo al respecto, la fe no sería necesaria, las categorías morales bastarían, y Abraham estaría perdido. Es gracias al ejemplo de Abraham, precisamente, que nos percatamos de que ambas esferas no siempre coinciden, que lo religioso se haya por encima. Un padre tiene un deber para con su hijo, y lo que se le exige a Abraham no sobrepasa este deber en el sentido ético; no se le ha pedido que actúe por un bien mayor, como podría ser el bienestar de un pueblo, tampoco hay una razón de por medio, como un Dios enfadado por algo que Abraham hizo. No hay, pues, forma de reconciliar la acción de Abraham con lo ético/universal. Simplemente se lo pidió, y Abraham actuó porque creía, en virtud de lo absurdo, afirma De Silentio.

O es un asesino, o es un creyente; o ha transgredido la ética, es un criminal más, un loco, un fanático, o la ha suspendido en virtud de algo más elevado; o lo uno o lo otro. No hay lugar para la mediación.

Desde un punto de vista menos lógico y más existencial, digamos, no hay que olvidar por un segundo que Abraham amaba a Isaac más que a nada en el mundo. Abraham (el Particular) antepone su relación con Dios (lo absoluto) a su deber ético (lo universal, el amor del padre por el hijo), deber que no abandona sino que “suspende”, y es en ese sentido que tenemos efectivamente una paradoja. Abraham no puede conciliar el amor que siente por su hijo con su deber hacia lo absoluto; al sacrificarlo, no lo deja de amar, justamente, lo ama más que nunca. Desde el punto de vista del espectador, todos observamos desde lo universal, pero el Particular está solo en su relación con lo absoluto, puesto que sólo puede comunicarse y hacerse inteligible con otros en virtud de lo universal.

El Particular no puede responder a nadie ni refugiarse en concepto alguno. Está solo en una experiencia incomunicable con lo absoluto: el Particular se encuentra aislado en ésta, es uno solo con su fe. Lo universal se suspende, pero mantiene su efecto sobre el Particular. En una ética universalista el Particular es el determinante último de su actuar, sí, puesto que es libre. Sin embargo, siempre puede encontrar refugio en saber que lo que hace está bien, y en que otros seres racionales podrán comprenderlo. Cualquier ética universal siempre es radicalmente comunicativa. Y es justamente la imposibilidad de la comunicación lo que aísla al Particular en la paradoja de la fe, así:

[…] está en una soledad universal donde jamás se oye una voz humana, y camina solo, con su terrible responsabilidad a cuestas.

El absurdo corresponde, así, al carácter incomunicable de la relación del Particular con lo absoluto, cuando se coloca a sí mismo por encima de lo universal, como superior, y mediante este universal.

Ahora, ¿cómo pueda ponerse el Particular por encima de lo universal mediante el universal mismo? Es necesario que el individuo acoja al universal dentro de sí, en un actuar ético genuino, y a pesar de querer realizar este actuar ético más que nada, no lo haga, sino que en virtud del absurdo, a pesar de lo incomprensible de la situación y del mandato, renuncie a él. Sin embargo, de la misma forma que el Particular renuncia al objeto que quiere (como Abraham renuncia a Isaac), lo recupera también en virtud del absurdo, en este acto de fe.

Pero, ¿cómo funciona esto? ¿Puede el autor de Temor y temblor estar describiendo no otra cosa que un milagro, una retribución divina de nuestra lealtad sin sentido? Esto supone un problema.

Lo que me propongo en esta ponencia es rechazar cualquier tipo de interpretación fideísta de la paradoja de la fe. Puesto de otro modo, espero establecer que el carácter absurdo de la paradoja no refiere a algo irracional, sino al hecho, no poco importante, de encontrarse más allá de la comprensión humana. Para ello, recurriré en lo que queda al problema que supone la libertad humana tal como es abordado por Immanuel Kant en la tercera antinomia de la Crítica de la razón pura, para mostrar que incluso en la ética de este filósofo racionalista por excelencia hallamos una experiencia incomunicable e incomprensible, a la base de toda la moralidad, y que supone precisamente un acto de fe.

Lo que está en juego es la libertad; pero no la libertad entendida como la capacidad de elegir entre Keiko Fujimori y Alan García, sino la libertad en tanto la capacidad humana de sobreponernos al mal, al pecado (dentro de la tradición cristiana), de respetar la dignidad humana en cada una de nuestras acciones, de desarrollar nuestro potencial al máximo dentro del contexto que nos ha tocado. Esto es quizás lo más difícil que podemos concebir, significa una meta ideal, que nunca podremos estar seguros de haber alcanzado.

Pero, ¿cómo es posible esta libertad, esta perfección? ¿No estamos acaso determinados por nuestra biología, la química, la física, nuestro entorno sociocultural? Cada proceso mental, cada decisión que tomamos tiene un correlato físico, a su vez sometido a leyes del mundo natural. Este es muy probablemente el problema filosófico más incómodo. Hasta ahora no ha sido resuelto.

Para superar el tercer conflicto de las ideas trascendentales de la antinomia de la razón pura, Kant introduce la figura de un carácter inteligible, una idea que la razón se crea [B561], algo que podemos admitir como posible [B576], como un supuesto [B579], y de forma explícita, señala: “como una mera ficción” [B573]. Este carácter opera en el mundo sensible sin alterar en lo más mínimo el orden de la naturaleza.

Toda la resolución de la tercera antinomia gira en torno a acomodar, mediante esta ficción de una causalidad meramente pensable, la libertad en un mundo sometido a leyes naturales. La libertad es algo que opera en la naturaleza con total realidad, pero sin alterar sus leyes. El argumento depende de un fundamento suprasensible, mas no sobrenatural. Lo único que Kant quiere establecer en la tercera antinomia es la posibilidad de pensar una causalidad distinta a la de la naturaleza, sin que debilite esta última en lo más mínimo.

Pero hay que señalar que esta libertad trascendental, como la llama Kant, en tanto una causalidad inteligible, supone un uso ilegítimo de las categorías, si bien no está en conflicto con las leyes de la naturaleza. Que Kant se tome la libertad de forzar los límites de su filosofía crítica nos lleva a preguntarnos: ¿Por qué introducir “la ficción” de una causalidad de la razón pura y del mero pensamiento, que si bien no contradice los principios del entendimiento, no es legítimo respecto de ellos y posee cierta arbitrariedad?

Por supuesto que el interés de Kant apunta a resguardar la moralidad misma, que depende de, o equivale a, la ya mencionada concepción de una libertad positiva. La ficción de un carácter inteligible no llega a ser completamente arbitraria dado que corresponde precisamente a nuestra experiencia de la moralidad.

No podemos entender científicamente, ni siquiera filosóficamente, cómo la libertad opera en el mundo regido por leyes naturales, cómo la Idea se torna real.  Pero la filosofía crítica pretende el silencioso mérito de haber mostrado que al menos podemos pensar la libertad sin contradicción con la naturaleza, si bien esto no demuestra en modo alguno que sea efectivamente real.

Y sin embargo, Kant afirma que “a veces encontramos, o al menos, creemos encontrar, que las ideas de la razón han mostrado efectivamente causalidad con respecto a las acciones del hombre” [B578]. Más adelante, en la tercera Crítica, Kant va más allá y afirma que “entre todas las ideas de la razón, la libertad es la única idea cuyo objeto es un hecho” [KU 5:468]. Si bien no entendemos cómo, Kant está seguro de que la libertad es algo real, que el actuar bajo la creencia en la libertad es inevitable. La ley moral es algo tan real como el cielo estrellado. “Yo veo el cielo estrellado y la ley moral ante mí”, exclama Kant, “y las relaciono inmediatamente con la consciencia de mi existir” [KpV 5:162].

Para asegurar esta experiencia de la libertad es que Kant se ha preocupado de limitar el saber [Bxxx]: no podemos mediar esta experiencia teóricamente bajo ningún concepto, es una práctica pura, racional, pero cuya posibilidad se encuentra siempre un paso más allá de la razón teórica. La fe consiste precisamente en creer y actuar de acuerdo a la libertad, y es en esta experiencia que cada Particular se enfrenta cara a cara con lo absoluto, con aquello que está más allá de nuestra comprensión, absoluto al que, no obstante, le reconocemos la legitimidad de ser fuente de los principios que configurarán nuestra existencia.

En una moral universalista, nuestra libertad está sujeta a una ley moral. Podemos internalizar el deber, hacerlo nuestro, expresar el universal en cada momento, y justamente por eso, tenemos una libertad que nos asegura, que nunca nos abandona. Pero hay que creer que esa libertad y, por lo tanto, la moralidad misma, es real, de modo que pueda determinar nuestro actuar y nuestras vidas. Hay, pues, un salto existencial, una creencia más allá de la razón, no por ello irracional, y en esto radica la experiencia de lo absurdo. Confrontarnos a aquello que no conocemos, más aún, que no podemos conocer, y, sin embargo, creer.

Pensemos en todos los sacrificios que nos demanda la virtud, la aniquilación del amor propio, todo lo terrenal que perderíamos, y en algunas circunstancias, quizás la vida misma. La fe implica cierto movimiento de abandono, de renuncia, pero al mismo tiempo, la esperanza en que recuperaremos lo perdido, ya sea porque “Dios proveerá”, en esta vida o en otra, o en todo caso, la esperanza o certeza de una dicha basada en nuestra dignidad y no en estímulos sensibles.

Pero corremos el riesgo de ver el deber moral como algo negativo, siempre informándonos de algo que nos falta, de algo que no somos. Si nos quedamos en esta visión de lo ético, Nietzsche tendría razón en su genealogía, Dios, la ley moral, la demanda de perfección sería efectivamente el invento más terrible del pensamiento, fuente de la culpa máxima. Pero la fe es precisamente la superación de estas consideraciones, es la afirmación de lo absoluto en uno mismo; es una práctica pura y genuinamente libre.

Hay sin lugar a dudas mucho de estético en el planteamiento de la paradoja de la fe. No debemos aceptar jamás que la religión suspenda la ética. No se lo concederemos al autor de Temor y temblor. Pero perderíamos igualmente si pretendiésemos explicar el fenómeno de la ética de forma complemente científica, evolutiva, lógica y/o racional. Seguimos a Kant cuando señala, en las últimas líneas de la Fundamentación, que concebir el misterio que supone la existencia de la ley moral es lo máximo que puede pedírsele a una filosofía que aspira llegar hasta los confines de la razón humana. Kierkegaard estaría de acuerdo.


[1] Leí esta ponencia el jueves 14 de noviembre en el marco del evento “200 años después: Søren Kierkegaard, un romántico imposible”.

Bibliografía:

KANT, Immanuel

Crítica de la razón pura. Traducción de Mario Caimi. México D.F.: Fondo de Cultura Económica, 2009.

Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2002.

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000.

Reseña de El día loco del profesor Kant

Hace unos días llegué a mi casa y encontré sobre la mesa El día loco del profesor Kant, contado por Jean Paul Mongin e ilustrado por Laurent Moreau.

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La obra cuenta un día imaginario en la vida de Immanuel Kant[1], pero no cualquier día, sino el día en que el filósofo prusiano experimenta una de sus frases más famosas y significativas:

Dos cosas colman el ánimo con una admiración y una veneración siempre renovadas y crecientes, cuanto más frecuente y continuadamente reflexionamos sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí. Ambas cosas no debo buscarlas ni limitarme a conjeturarlas, como si estuvieran ocultas entre tinieblas, o tan en lontananza que se hallaran fuera de mi horizonte; yo las veo ante mí y las relaciono inmediatamente con la consciencia de mi existir. (KpV 5:161-162)

Reconocer la importancia tanto de la sensibilidad detrás de la frase, como de la actitud frente a la existencia que en ella se expresa, es un mérito del autor, que va acumulando momentum “a lo largo del día” haciendo revista de los temas más importantes de la filosofía de Kant para arribar finalmente a la magnitud de espíritu que sostiene dicha exclamación.

Es así que nos enteramos del lapidario rechazo de la charlatanería sobrenatural de Emanuel Swedenborg que Kant vomita en Los sueños de un visionario (explicados por los sueños de la metafísica), del giro copernicano, de su amistad con el comerciante inglés Joseph Green, del proyecto crítico como un tribunal encargado de establecer la legitimidad y los límites de las pretensiones de la razón sobre las principales preguntas metafísicas, así como de su concepción de una moral universal al alcance de todos: “No hace falta ninguna ciencia para ser honesto y bueno” (2013: 51), sentencia el profesor Kant, tras la determinante influencia de Rousseau.

Los temas se abordan con simpleza, claridad y precisión. Tal es el caso del giro copernicano:

photo (1)“¡Esto sí que es ciencia!”, reflexionaba Kant. “Cada día vemos al sol salir y ponerse, como si girase alrededor de la Tierra. ¡Sin embargo, Nicolás Copérnico ha demostrado que es la Tierra la que gira alrededor del Sol!

Él no se dejó convencer por la experiencia común, observando pasivamente los cambios del cielo… al contrario, construyó y calculó los movimientos de los astros. Por sus experiencias, sometió al cosmos a cuestión, como un juez fuerza a los testigos a contestar.

¡Copérnico dictó las reglas de su propio espíritu a la naturaleza, con el fin de estudiarla! ¡Él construyó el objeto de su ciencia!

Es el Sol, y no la Tierra, el que está en el centro del universo. Es mi espíritu y no el objeto, quien está en el centro del conocimiento… ¡Qué revolución!” (2013: 14)

Las ilustraciones de Moreau abundan, son creativas, y otorgan un valor único al libro. Sobre el “día loco”, el argumento es sencillo: Kant recibe lo que parece una carta de amor de María Charlotta J., lo que lo lleva a perder la regularidad de su paseo diario. La historia no agrega mucho, y se mantiene en un segundo plano. Cabe resaltar que la historia real es mucho más oscura. María Charlotta era la esposa de Johann Conrad Jacobi, amigo de Kant, y mucho mayor que ella. Terminó divorciándose por un amor mucho más joven y genuino. Kant tomó el lado de su amigo, y a pesar de los intentos de ella de mantener su amistad, Kant se mostró frío, y cortó relaciones.

También cabe resaltar que la fábula de la regularidad del paseo diario de Kant, al punto que los habitantes de Königsberg podían poner a la hora sus relojes al verlo pasar, tiene un sustento real, pero no era Kant sino su amigo Green quien estaba dotado de tan patológica precisión.

Veredicto

La obra es un refrescante recuento de la filosofía de Kant, que aterriza en algunos aspectos de su personalidad (no siempre verídicos, pero se perdona). Sirve como una introducción al pensamiento del filósofo de Königsberg, simple, pero a su vez correcta y profunda, que funciona tanto para adultos como para jóvenes. La variedad y abundancia de las ilustraciones logran por sí mismas que el libro valga la pena. Recomendado.


[1] A lo largo del libro el nombre de Kant aparece mal escrito, como “Emmanuel”, a pesar de que él mismo se cambió el nombre de Emanuel por Immanuel cuando alcanzó la mayoría de edad. Ojalá esto pueda arreglarse en futuras ediciones.

Bibliografía:

KANT, Immanuel

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000.

KUEHN, Manfred

Kant: A Biography. Nueva York: Cambridge University Press, 2002.

MONGIN, Jean Paul y Laurent MOREAU

El día loco del profesor Kant. Traducción de Cristina Ramos. Bogotá: Panamericana Editorial, 2013.

“La verdad es que nunca es justo perjudicar”

Acaba de salir la traducción al español de La República de Platón, de Alain Badiou, obra de la cual, por cierto, ya he escrito un par de entradas:

Todos seremos filósofos (la tesis del filósofo gobernante reescrita por Alain Badiou)

Sumilla en construcción: El viaje de mil años (o el problema del dónde, cuándo y cómo del Estado perfecto)

Un perro filósofico

La hipertraducción del griego original se encuentra en un punto medio perfecto entre una traducción estándar, y una completa reimaginación. Badiou es fiel a la esencia del texto, y no pocas veces uno se encuentra con la sensación de estar leyendo a Platón. El Sócrates de Badiou es el Sócrates de Platón, pero ya no atado a la Atenas de hace 2500 años, sino que tiene un pie en todos los lugares y todos los tiempos a los que podemos acceder mediante el pensamiento filosófico y su largo desarrollo histórico. La tesis, que cada quién tendrá que juzgar, es que el problema que identifica Platón es el mismo al que nos enfrentamos todavía hoy.

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Veamos un pasaje del prólogo:

—¿Que es cierto qué, Sócrates? Nos está atolondrando.

—La verdad es que, si uno los maltrata, desnaturaliza su virtud propia. Del caballo y del perro al hombre, ¿la consecuencia es buena? Si uno maltrata a la especie humana, ¿no se vuelve peor, en lo que respecta a su virtud propia?

—¡Comprendí! ¡Usted introduce al hombre por el caballo! La conclusión me parece excelente. Habría que determinar aún cuál es la virtud propia del hombre. ¡No es como galopar o ladrar!

—¡Pero si es de eso de lo que hablamos desde el inicio de la tarde! ¡Afirmamos que la virtud propia de la especie humana es la justicia! De nuestra comparación resulta entonces que, si se maltrata a los hombres, se los hace más injustos de lo que eran. O sea que es imposible que un justo maltrate a quien fuere.

—¡Espere! Hay algo que me falta aquí, no veo la lógica del razonamiento.

—Un músico no puede, sólo por el efecto de su música, crear a un analfabeto musical, como tampoco un caballero, sólo por su arte ecuestre, a un ignorante total del caballo. ¿Y sostendríamos que un justo puede, sólo por el efecto de su justicia, hacer a alguien más injusto de lo que es? ¿O, para abreviar, que la virtud de los buenos es lo que engendra a los canallas? Es absurdo, tanto como sostener que el efecto del calor es enfriar o el de la sequedad, mojar. No, no puede estar en la naturaleza de un alma bella perjudicar a quien fuere. Y como el justo es un alma bella, no está en su naturaleza perjudicar a su amigo, aunque éste fuera un canalla, ni, por lo demás, perjudicar a quien sea. Ésa es una propiedad del injusto que, él sí, es un canalla.

Aturdido, Polemarco capitula:

—Temo que debo rendirme. Usted es demasiado fuerte para mí.

Sócrates remata al interlocutor:

—Si alguien, incluso Simónides, incluso Homero, sostiene que la justicia equivale a devolverle a cada uno lo que se le debe, y si su pensamiento subyacente es que el hombre justo debe perjudicar a sus enemigos y beneficiar a sus amigos, sostendremos con arrojo que esos argumentos son indignos de un sabio. Porque, sencillamente, no son verdaderos. La verdad –que nos ha aparecido en todo su esplendor en el hilo del diálogo– es que nunca es justo perjudicar. Que de Simónides a Nietzsche, pasando por Sade y tantos otros, se haya sostenido lo contrario no nos impresionará más, ni a usted ni a mí. Amén de eso, mucho más que a los poetas o a los pensadores, la máxima “es justo perjudicar a sus enemigos y beneficiar a sus amigos” me parece apropiada para los Jerjes, Alejandro, Aníbal, Napoleón o Hitler, para todos aquellos en quienes la extensión del poder, por un tiempo, provocó una suerte de embriaguez.

Y Polemarco, conquistado:

—¡Es a toda una visión del mundo a la que usted nos convoca! Estoy dispuesto a librar batalla a su lado.

—Entonces, comencemos por el comienzo. Si la justicia no es lo que los poetas y los tiranos sostienen que es, ¿qué puede ser?

Descargue el prefacio y el prólogo (de donde proviene el extracto) en español.

Un diálogo sobre humanismo, marxismo y contradicciones utópicas

– Una de las cosas que hasta ahora no entiendo, o quizá sí, es ¿por qué…? ¿Cómo así quedó relegado institucionalmente…? O sea, de hecho tiene sentido que un movimiento que busca humanizar y des-objetivar su disciplina, sea relegado del establishment de ésta. Pero igual, porque fue un movimiento bastante fuerte, por más que su influencia permee a todas las demás orientaciones psicológicas.

– Es que justamente su oposición no está en las otras orientación, sino en la institucionalidad misma. Y no le pudo ganar. La “institucionalidad” lo destruyó con hacer un lobby silencioso. Full cash. Eso le bastó para aniquilar al humanismo. Relegarlo a un lugar de lo políticiamente correcto. Completamente irrlevante. La “institucionalidad” es el Capitalismo, obviamente.

– Totalmente de acuerdo. No se me ocurre ninguna analogía específica, pero lo pasaron al retiro. Le agradecieron sus servicios y contribuciones. Su compromiso y dedicación. Le hicieron homenajes y hablaron de él. Y lo jubilaron. Para que “descanse”.

– La dictadura del proletariado es imposible, pero se necesita algo así de absurdo. Sin ello, el humanismo está relegado a un “éxito” limitado a un grupo de personas. Que siguen enfermas por el solo hecho de pertenecer a una sociedad tan corrupta.

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– Es verdad. Sé que Maslow y Rogers sentían bastante afinidad por el anarquismo. Creían que en el futuro el creciente número de personas “despiertas” eventualmente formarían comunidades autosuficientes en las que experimentarían en sus relaciones sociales. Las cuales se renovarían constantemente de manera cada vez más y más positiva. Al menos Rogers creía en eso.

– El comunismo tiene que ser mundial. Si no no funciona.

– Conocerse a sí mismos, liberar sus potencialidades, ser ellos mismos… ¿Comunismo “humanista”? Lo veo complicado

– Pero, ¿cómo sería la gente en un mundo libre del capitalismo? No serían robots. Marx nunca se atrevió a describir el comunismo, la sociedad perfecta. Nadie podría.

– Es que ese es el tema.

– Pero es lo que los humanistas tienen en mente, sin lugar a dudas.

– Marx hizo todo menos describir el tipo de funcionamiento de la sociedad comunista. Y está bien, ¿no? No tendría sentido decir “la sociedad perfecta tiene que ser así, así y así”. Sería contradictorio. Pero a los comunistas les interesa solamente cambiar de sistema económico. Y la gente sigue siendo la misma, con valores capitalistas. Ambiciones capitalistas.

– No conozco a ningún comunista… La revolución no será hecha por comunistas, sino por gente que odie al capitalismo. Los comunistas vendrán luego. Al menos, ese es el mito de Marx. Podría ser distinto.

 -¿No sería bonito que la gente pudiera odiar y amar intercaladamente? Odiar para arrasar con el capitalismo y amar para edificar el comunismo? El problema es que la gente que odia no muchas veces se atreve a amar. Sólo odian, y viceversa.

– Sí… Tal vez por eso es imposible. Se necesita odio y amor al mismo tiempo.

– Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo. Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir; su tiempo el plantar, y su tiempo el arrancar lo plantado. Su tiempo el matar, y su tiempo el sanar; su tiempo el destruir, y su tiempo el edificar. Su tiempo el llorar, y su tiempo el reír; su tiempo el lamentarse, y su tiempo el danzar. Su tiempo el lanzar piedras, y su tiempo el recogerlas; su tiempo el abrazarse, y su tiempo el separarse. Su tiempo el buscar, y su tiempo el perder; su tiempo el guardar, y su tiempo el tirar. Su tiempo el rasgar, y su tiempo el coser; su tiempo el callar, y su tiempo el hablar. Su tiempo el amar, y su tiempo el odiar; su tiempo la guerra, y su tiempo la paz. ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? He considerado la tarea que Dios ha puesto a los humanos para que en ella se ocupen. Él ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; también ha puesto el mundo en sus corazones, sin que el hombre llegue a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin. Comprendo que no hay para el hombre más felicidad que alegrarse y buscar el bienestar en su vida. Y que todo hombre coma y beba y disfrute bien en medio de sus fatigas, eso es don de Dios. Comprendo que cuanto Dios hace es duradero. Nada hay que añadir ni nada que quitar. Y así hace Dios que se le tema. Lo que es, ya antes fue; lo que será, ya es. Y Dios restaura lo pasado. Eclesiástico tres, uno a quince.

Isla

Leí esta novela saliendo del colegio, y recuerdo que me dejó dos enseñanzas, que hasta ahora mantengo y se han ido fortaleciendo. La primera es que una sociedad humana organizada racionalmente, basada en los descubrimientos de la ciencia y dirigida sabiamente por principios que apunten al bien común no sólo es posible, sino que en ella, únicamente, nuestra especie podrá volver a una suerte de segunda naturaleza, donde todo funcione como debe funcionar, donde la libertad de las personas no esté restringida, sino que pueda desplegarse al máximo, en perfecta compatibilidad la de unos con la de otros. La segunda enseñanza, no menos importante, radica en que la consecución de dicha sociedad está sometida a la arbitrariedad y a la ignorancia de estos mismos seres. Bien podemos nunca alcanzarla.

The Last Question, by Isaac Asimov

What follows is the complete short story which Isaac Asimov considered his own best.



The last question was asked for the first time, half in jest, on May 21, 2061, at a time when humanity first stepped into the light. The question came about as a result of a five-dollar bet over highballs, and it happened this way:
Alexander Adell and Bertram Lupov were two of the faithful attendants of Multivac. As well as any human beings could, they knew what lay behind the cold, clicking, flashing face–miles and miles of face–of that giant computer. They had at least a vague notion of the general plan of relays and circuits that had long since grown past the point where any single human could possibly have a firm grasp of the whole.
Multivac was self-adjusting and self-correcting. It had to be, for nothing human could adjust and correct it quickly enough or even adequately enough. So Adell and Lupov attended the monstrous giant only lightly and superficially, yet as well as any men could. They fed it data, adjusted questions to its needs and translated the answers that were issued. Certainly they, and all others like them, were fully entitled to share in the glory that was Multivac’s.
For decades, Multivac had helped design the ships and plot the trajectories that enabled man to reach the Moon, Mars, and Venus, but past that, Earth’s poor resources could not support the ships. Too much energy was needed for the long trips. Earth exploited its coal and uranium with increasing efficiency, but there was only so much of both.
But slowly Multivac learned enough to answer deeper questions more fundamentally, and on May 14, 2061, what had been theory, became fact.
The energy of the sun was stored, converted, and utilized directly on a planet-wide scale. All Earth turned off its burning coal, its fissioning uranium, and flipped the switch that connected all of it to a small station, one mile in diameter, circling the Earth at half the distance of the Moon. All Earth ran by invisible beams of sunpower.
Seven days had not sufficed to dim the glory of it and Adell and Lupov finally managed to escape from the public function, and to meet in quiet where no one would think of looking for them, in the deserted underground chambers, where portions of the mighty buried body of Multivac showed. Unattended, idling, sorting data with contented lazy clickings, Multivac, too, had earned its vacation and the boys appreciated that. They had no intention, originally, of disturbing it.
They had brought a bottle with them, and their only concern at the moment was to relax in the company of each other and the bottle.
“It’s amazing when you think of it,” said Adell. His broad face had lines of weariness in it, and he stirred his drink slowly with a glass rod, watching the cubes of ice slur clumsily about. “All the energy we can possibly ever use for free. Enough energy, if we wanted to draw on it, to melt all Earth into a big drop of impure liquid iron, and still never miss the energy so used. All the energy we could ever use, forever and forever and forever.”
Lupov cocked his head sideways. He had a trick of doing that when he wanted to be contrary, and he wanted to be contrary now, partly because he had had to carry the ice and glassware. “Not forever,” he said.
“Oh, hell, just about forever. Till the sun runs down, Bert.”
“That’s not forever.”
“All right, then. Billions and billions of years. Twenty billion, maybe. Are you satisfied?”
Lupov put his fingers through his thinning hair as though to reassure himself that some was still left and sipped gently at his own drink. “Twenty billion years isn’t forever.”
“Well, it will last our time, won’t it?”
“So would the coal and uranium.”
“All right, but now we can hook up each individual spaceship to the Solar Station, and it can go to Pluto and back a million times without ever worrying about fuel. You can’t do that on coal and uranium. Ask Multivac, if you don’t believe me.”
“I don’t have to ask Multivac. I know that.”
“Then stop running down what Multivac’s done for us,” said Adell, blazing up. “It did all right.”
“Who says it didn’t? What I say is that a sun won’t last forever. That’s all I’m saying. We’re safe for twenty billion years, but then what?” Lupov pointed a slightly shaky finger at the other. “And don’t say we’ll switch to another sun.”
There was silence for a while. Adell put his glass to his lips only occasionally, and Lupov’s eyes slowly closed. They rested.
Then Lupov’s eyes snapped open. “You’re thinking we’ll switch to another sun when ours is done, aren’t you?”
“I’m not thinking.”
“Sure you are. You’re weak on logic, that’s the trouble with you. You’re like the guy in the story who was caught in a sudden shower and who ran to a grove of trees and got under one. He wasn’t worried, you see, because he figured when one tree got wet through, he would just get under another one.”
“I get it,” said Adell. “Don’t shout. When the sun is done, the other stars will be gone, too.”
“Darn right they will,” muttered Lupov. “It all had a beginning in the original cosmic explosion, whatever that was, and it’ll all have an end when all the stars run down. Some run down faster than others. Hell, the giants won’t last a hundred million years. The sun will last twenty billion years and maybe the dwarfs will last a hundred billion for all the good they are. But just give us a trillion years and everything will be dark. Entropy has to increase to maximum, that’s all.”
“I know all about entropy,” said Adell, standing on his dignity.
“The hell you do.”
“I know as much as you do.”
“Then you know everything’s got to run down someday.”
“AU right. Who says they won’t?”
“You did, you poor sap. You said we had all the energy we needed, forever. You said ‘forever.’ “
It was Adell’s turn to be contrary. “Maybe we can build things up again someday,” he said.
“Never.”
“Why not? Someday.”
“Never.”
“Ask Multivac.”
“You ask Multivac. I dare you. Five dollars says it can’t be done.”
Adell was just drunk enough to try, just sober enough to be able to phrase the necessary symbols and operations into a question which, in words, might have corresponded to this: Will mankind one day without the net expenditure of energy be able to restore the sun to its full youthfulness even after it had died of old age?
Or maybe it could be put more simply like this: How can the net amount of entropy of the universe be massively decreased?
Multivac fell dead and silent. The slow flashing of lights ceased, the distant sounds of clicking relays ended.
Then, just as the frightened technicians felt they could hold their breath no longer, there was a sudden springing to life of the teletype attached to that portion of Multivac. Five words were printed: insufficient data for meaningful answer.
“Not yet,” whispered Lupov. They left hurriedly. By next morning, the two, plagued with throbbing head and cottony mouth, had forgotten the incident.

Jerrodd, Jerrodine, and Jerrodette I and II watched the starry picture in the visiplate change as the passage through hyperspace was completed in its non-time lapse. At once, the even powdering of stars gave way to the predominance of a single bright marble-disk, centered.
“That’s X-23,” said Jerrodd confidently. His thin hands clamped tightly behind his back and the knuckles whitened.
The little Jerrodettes, both girls, had experienced the hyperspace passage for the first time in their lives and were self-conscious over the momentary sensation of inside-outness. They buried their giggles and chased one another wildly about their mother, screaming, “We’ve reached X-23–we’ve reached X-23–we’ve–”
“Quiet, children,” said Jerrodine sharply. “Are you sure, Jerrodd?”
“What is there to be but sure?” asked Jerrodd, glancing up at the bulge of featureless metal just under the ceiling. It ran the length of the room, disappearing through the wall at either end. It was as long as the ship.
Jerrodd scarcely knew a thing about the thick rod of metal except that it was called a Microvac, that one asked it questions if one wished; that if one did not it still had its task of guiding the ship to a preordered destination; of feeding on energies from the various Sub-galactic Power Stations; of computing the equations for the hyperspatial jumps.
Jerrodd and his family had only to wait and live in the comfortable residence quarters of the ship.
Someone had once told Jerrodd that the “ac” at the end of “Microvac” stood for “analog computer” in ancient English, but he was on the edge of forgetting even that.
Jerrodine’s eyes were moist as she watched the visiplate. “I can’t help it. I feel funny about leaving Earth.”
“Why, for Pete’s sake?” demanded Jerrodd. “We had nothing there. We’ll have everything on X-23. You won’t be alone. You won’t be a pioneer. There are over a million people on the planet already. Good Lord, our great-grandchildren will be looking for new worlds because X-23 will be overcrowded.” Then, after a reflective pause, “I tell you, it’s a lucky thing the computers worked out interstellar travel the way the race is growing.”
“I know, I know,” said Jerrodine miserably.
Jerrodette I said promptly, “Our Microvac is the best Microvac in the world.”
“I think so, too,” said Jerrodd, tousling her hair.
It was a nice feeling to have a Microvac of your own and Jerrodd was glad he was part of his generation and no other. In his father’s youth, the only computers had been tremendous machines taking up a hundred square miles of land. There was only one to a planet. Planetary ACs they were called. They had been growing in size steadily for a thousand years and then, all at once, came refinement. In place of transistors had come molecular valves so that even the largest Planetary AC could be put into a space only half the volume of a spaceship.
Jerrodd felt uplifted, as he always did when he thought that his own personal Microvac was many times more complicated than the ancient and primitive Multivac that had first tamed the Sun, and almost as complicated as Earth’s Planetary AC (the largest) that had first solved the problem of hyperspatial travel and had made trips to the stars possible.
“So many stars, so many planets,” sighed Jerrodine, busy with her own thoughts. “I suppose families will be going out to new planets forever, the way we are now.”
“Not forever,” said Jerrodd, with a smile. “It will all stop someday, but not for billions of years. Many billions. Even the stars run down, you know. Entropy must increase.”
“What’s entropy, daddy?” shrilled Jerrodette II.
“Entropy, little sweet, is just a word which means the amount of running-down of the universe. Everything runs down, you know, like your little walkie-talkie robot, remember?”
“Can’t you just put in a new power-unit, like with my robot?”
“The stars are the power-units, dear. Once they’re gone, there are no more power-units.”
Jerrodette I at once set up a howl. “Don’t let them, daddy. Don’t let the stars run down.”
“Now look what you’ve done,” whispered Jerrodine, exasperated.
“How was I to know it would frighten them?” Jerrodd whispered back.
“Ask the Microvac,” wailed Jerrodette I. “Ask him how to turn the stars on again.”
“Go ahead,” said Jerrodine. “It will quiet them down.” (Jerrodette II was beginning to cry, also.)
Jerrodd shrugged. “Now, now, honeys. I’ll ask Microvac. Don’t worry, he’ll tell us.”
He asked the Microvac, adding quickly, “Print the answer.”
Jerrodd cupped the strip of thin cellufilm and said cheerfully, “See now, the Microvac says it will take care of everything when the time comes so don’t worry.”
Jerrodine said, “And now, children, it’s time for bed. We’ll be in our new home soon.”
Jerrodd read the words on the cellufilm again before destroying it: insufficient data for a meaningful answer.
He shrugged and looked at the visiplate. X-23 was just ahead.

VJ-23X of Lameth stared into the black depths of the three-dimensional, small-scale map of the Galaxy and said, “Are we ridiculous, I wonder, in being so concerned about the matter?”
MQ-17J of Nicron shook his head. “I think not. You know the Galaxy will be filled in five years at the present rate of expansion.”
Both seemed in their early twenties, both were tall and perfectly formed.
“Still,” said VJ-23X, “I hesitate to submit a pessimistic report to the Galactic Council.”
“I wouldn’t consider any other kind of report. Stir them up a bit. We’ve got to stir them up.”
VJ-23X sighed. “Space is infinite. A hundred billion Galaxies are there for the taking. More.”
“A hundred billion is not infinite and it’s getting less infinite all the time. Consider! Twenty thousand years ago, mankind first solved the problem of utilizing stellar energy, and a few centuries later, interstellar travel became possible. It took mankind a million years to fill one small world and then only fifteen thousand years to fill the rest of the Galaxy. Now the population doubles every ten years–”
VJ-23X interrupted. “We can thank immortality for that.”
“Very well. Immortality exists and we have to take it into account. I admit it has its seamy side, this immortality. The Galactic AC has solved many problems for us, but in solving the problem of preventing old age and death, it has undone all its other solutions.”
“Yet you wouldn’t want to abandon life, I suppose.”
“Not at all,” snapped MQ-17J, softening it at once to, “Not yet. I’m by no means old enough. How old are you?”
“Two hundred twenty-three. And you?”
“I’m still under two hundred. –But to get back to my point. Population doubles every ten years. Once this Galaxy is filled, we’ll have filled another in ten years. Another ten years and we’ll have filled two more. Another decade, four more. In a hundred years, we’ll have filled a thousand Galaxies. In a thousand years, a million Galaxies. In ten thousand years, the entire known Universe. Then what?”
VJ-23X said, “As a side issue, there’s a problem of transportation. I wonder how many sunpower units it will take to move Galaxies of individuals from one Galaxy to the next.”
“A very good point. Already, mankind consumes two sunpower units per year.”
“Most of it’s wasted. After all, our own Galaxy alone pours out a thousand sunpower units a year and we only use two of those.”
“Granted, but even with a hundred per cent efficiency, we only stave off the end. Our energy requirements are going up in a geometric progression even faster than our population. We’ll run out of energy even sooner than we run out of Galaxies. A good point. A very good point.”
“We’ll just have to build new stars out of interstellar gas.”
“Or out of dissipated heat?” asked MQ-17J, sarcastically.
“There may be some way to reverse entropy. We ought to ask the Galactic AC.”
VJ-23X was not really serious, but MQ-17J pulled out his AC-contact from his pocket and placed it on the table before him.
“I’ve half a mind to,” he said. “It’s something the human race will have to face someday.”
He stared somberly at his small AC-contact. It was only two inches cubed and nothing in itself, but it was connected through hyperspace with the great Galactic AC that served all mankind. Hyperspace considered, it was an integral part of the Galactic AC.
MQ-17J paused to wonder if someday in his immortal life he would get to see the Galactic AC. It was on a little world of its own, a spider webbing of force-beams holding the matter within which surges of sub-mesons took the place of the old clumsy molecular valves. Yet despite its sub-etheric workings, the Galactic AC was known to be a full thousand feet across.
MQ-17J asked suddenly of his AC-contact, “Can entropy ever be reversed?”
VJ-23X looked startled and said at once, “Oh, say, I didn’t really mean to have you ask that,”
“Why not?”
“We both know entropy can’t be reversed. You can’t turn smoke and ash back into a tree.”
“Do you have trees on your world?” asked MQ-17J.
The sound of the Galactic AC startled them into silence. Its voice came thin and beautiful out of the small AC-contact on the desk. It said: there is insufficient data for a meaningful answer.
VJ-23X said, “See!”
The two men thereupon returned to the question of the report they were to make to the Galactic Council.

Zee Prime’s mind spanned the new Galaxy with a faint interest in the countless twists of stars that powdered it. He had never seen this one before. Would he ever see them all? So many of them, each with its load of humanity. –But a load that was almost a dead weight. More and more, the real essence of men was to be found out here, in space.

Minds, not bodies! The immortal bodies remained back on the planets, in suspension over the eons. Sometimes they roused for material activity but that was growing rarer. Few new individuals were coming into existence to join the incredibly mighty throng, but what matter? There was little room in the Universe for new individuals.
Zee Prime was roused out of his reverie upon coming across the wispy tendrils of another mind.
“I am Zee Prime,” said Zee Prime. “And you?”
“I am Dee Sub Wun. Your Galaxy?”
“We call it only the Galaxy. And you?”
“We call ours the same. All men call their Galaxy their Galaxy and nothing more. Why not?”
“True. Since all Galaxies are the same.”
“Not all Galaxies. On one particular Galaxy the race of man must have originated. That makes it different.”
Zee Prime said, “On which one?”
“I cannot say. The Universal AC would know.”
“Shall we ask him? I am suddenly curious.”
Zee Prime’s perceptions broadened until the Galaxies themselves shrank and became a new, more diffuse powdering on a much larger background. So many hundreds of billions of them, all with their immortal beings, all carrying their load of intelligences with minds that drifted freely through space. And yet one of them was unique among them all in being the original Galaxy. One of them had, in its vague and distant past, a period when it was the only Galaxy populated by man.
Zee Prime was consumed with curiosity to see this Galaxy and he called out: “Universal AC! On which Galaxy did mankind originate?”
The Universal AC heard, for on every world and throughout space, it had its receptors ready, and each receptor lead through hyperspace to some unknown point where the Universal AC kept itself aloof.
Zee Prime knew of only one man whose thoughts had penetrated within sensing distance of Universal AC, and he reported only a shining globe, two feet across, difficult to see.
“But how can that be all of Universal AC?” Zee Prime had asked.
“Most of it,” had been the answer, “is in hyperspace. In what form it is there I cannot imagine.”
Nor could anyone, for the day had long since passed, Zee Prime knew, when any man had any part of the making of a Universal AC. Each Universal AC designed and constructed its successor. Each, during its existence of a million years or more accumulated the necessary data to build a better and more intricate, more capable successor in which its own store of data and individuality would be submerged.
The Universal AC interrupted Zee Prime’s wandering thoughts, not with, words, but with guidance. Zee Prime’s mentality was guided into the dim sea of Galaxies and one in particular enlarged into stars.
A thought came, infinitely distant, but infinitely clear. “this is the original galaxy of man.”
But it was the same after all, the same as any other, and Zee Prime stifled his disappointment.
Dee Sub Wun, whose mind had accompanied the other, said suddenly, “And is one of these stars the original star of Man?” The Universal AC said, “man’s original star has gone nova. it is a white dwarf.”
“Did the men upon it die?” asked Zee Prime, startled and without thinking.
The Universal AC said, “a new world, as in such cases, was constructed for their physical bodies in time.”
“Yes, of course,” said Zee Prime, but a sense of loss overwhelmed him even so. His mind released its hold on the original Galaxy of Man, let it spring back and lose itself among the blurred pin points. He never wanted to see it again.
Dee Sub Wun said, “What is wrong?”
“The stars are dying. The original star is dead.”
“They must all die. Why not?”
“But when all energy is gone, our bodies will finally die, and you and I with them.”
“It will take billions of years.”
“I do not wish it to happen even after billions of years. Universal AC! How may stars be kept from dying?”
Dee Sub Wun said in amusement, “You’re asking how entropy might be reversed in direction.”
And the Universal AC answered: “there is as yet insufficient data for a meaningful answer.”
Zee Prime’s thoughts fled back to his own Galaxy. He gave no further thought to Dee Sub Wun, whose body might be waiting on a Galaxy a trillion light-years away, or on the star next to Zee Prime’s own. It didn’t matter.
Unhappily, Zee Prime began collecting interstellar hydrogen out of which to build a small star of his own. If the stars must someday die, at least some could yet be built.

Man considered with himself, for in a way, Man, mentally, was one. He consisted of a trillion, trillion, trillion ageless bodies, each in its place, each resting quiet and incorruptible, each cared for by perfect automatons, equally incorruptible, while the minds of all the bodies freely melted one into the other, indistinguishable.
Man said, “The Universe is dying.”
Man looked about at the dimming Galaxies. The giant stars, spendthrifts, were gone long ago, back in the dimmest of the dim far past. Almost all stars were white dwarfs, fading to the end.
New stars had been built of the dust between the stars, some by natural processes, some by Man himself, and those were going, too. White dwarfs might yet be crashed together and of the mighty forces so released, new stars built, but only one star for every thousand white dwarfs destroyed, and those would come to an end, too.
Man said, “Carefully husbanded, as directed by the Cosmic AC, the energy that is even yet left in all the Universe will last for billions of years.”
“But even so,” said Man, “eventually it will all come to an end. However it may be husbanded, however stretched out, the energy once expended is gone and cannot be restored. Entropy must increase forever to the maximum.”
Man said, “Can entropy not be reversed? Let us ask the Cosmic AC.”
The Cosmic AC surrounded them but not in space. Not a fragment of it was in space. It was in hyperspace and made of something that was neither matter nor energy. The question of its size and nature no longer had meaning in any terms that Man could comprehend.
“Cosmic AC,” said Man, “how may entropy be reversed?”
The Cosmic AC said, “there is as yet insufficient data for a meaningful answer.”
Man said, “Collect additional data.”
The Cosmic AC said, “i will do so. i have been doing so for a hundred billion years. my predecessors and i have been asked this question many times. all the data i have remains insufficient.”
“Will there come a time,” said Man, “when data will be sufficient or is the problem insoluble in all conceivable circumstances?”
The Cosmic AC said, “no problem is insoluble in all conceivable circumstances.”
Man said, “When will you have enough data to answer the question?”
The Cosmic AC said, “there is as yet insufficient data for a meaningful answer.”
“Will you keep working on it?” asked Man.
The Cosmic AC said, “i will.”
Man said, “We shall wait.”

The stars and Galaxies died and snuffed out, and space grew black after ten trillion years of running down.
One by one Man fused with AC, each physical body losing its mental identity in a manner that was somehow not a loss but a gain.
Man’s last mind paused before fusion, looking over a space that included nothing but the dregs of one last dark star and nothing besides but incredibly thin matter, agitated randomly by the tag ends of heat wearing out, asymptotically, to the absolute zero.
Man said, “AC, is this the end? Can this chaos not be reversed into the Universe once more? Can that not be done?”
AC said, “there is as yet insufficient data for a meaningful answer.”
Man’s last mind fused and only AC existed–and that in hyperspace.

Matter and energy had ended and with it space and time. Even AC existed only for the sake of the one last question that it had never answered from the time a half-drunken computer ten trillion years before had asked the question of a computer that was to AC far less than was a man to Man.
All other questions had been answered, and until this last question was answered also, AC might not release his consciousness.
All collected data had come to a final end. Nothing was left to be collected.
But all collected data had yet to be completely correlated and put together in all possible relationships.
A timeless interval was spent in doing that.
And it came to pass that AC learned how to reverse the direction of entropy.
But there was now no man to whom AC might give the answer of the last question. No matter. The answer–by demonstration–would take care of that, too.
For another timeless interval, AC thought how best to do this. Carefully, AC organized the program.
The consciousness of AC encompassed all of what had once been a Universe and brooded over what was now Chaos. Step by step, it must be done.
And AC said, “let there be light!”
And there was light–