Mes: abril 2011

Mona Lisas and Mad Hatters

A este blog le falta algo —en realidad bastante— de estética, así que ahí vamos con esta bella canción.

While Mona Lisas and Mad Hatters
Sons of bankers, sons of lawyers
Turn around and say good morning to the night
For unless they see the sky
But they can’t and that is why
They know not if it’s dark outside or light

Para más música en este blog, ver Play the game y Music and Life.

Kant y la Revolución francesa

Quizás sorprenda a algunos que Immanuel Kant —el filósofo que se opuso en sus escritos a cualquier derecho del pueblo a levantarse contra su gobernante— se haya visto entusiasmado y hasta conmovido por la Revolución francesa, a tal punto que al enterarse de los sucesos, habría exclamado que ya podría irse en paz a la tumba, tras haber contemplado “la gloria del mundo” (Kuehn 2002: 342).

De la misma forma, entre sus conocidos se habría mostrado “abiertamente republicano” (Kuehn 2002: 343), y no era muy tolerante cuando se encontraba con alguien que no compartía su entusiasmo, al punto de preferir no hablar con dicha persona sobre el tema en lo absoluto (Kuehn 2002: 342).

En su escrito “Replanteamiento de la cuestión sobre si el género humano se halla en continuo progreso hacia lo mejor”, donde retoma la problemática de “Idea para una historia universal en clave cosmopolita”, Kant habría hecho de la Revolución francesa el acontecimiento histórico determinante para su visión de progreso moral de nuestra especie, refiriéndose al mismo como “un hecho de nuestro tiempo que prueba esa tendencia moral del género humano” (2006: 87):

La revolución de un pueblo pletórico de espíritu, que estamos presenciando en nuestros días, puede triunfar o fracasar, puede acumular miserias y atrocidades en tal medida que cualquier hombre sensato nunca se decidiese a repetir un experimento tan costoso, aunque pudiera llevarlo a cabo por segunda vez con fundadas esperanzas de éxito y, sin embargo, esa revolución —a mi modo de ver— encuentra en el ánimo de todos los espectadores (que no están comprometidos en el juego) una simpatía rayana en el entusiasmo, cuya manifestación lleva aparejado un riesgo, que no puede tener otra causa sino la de una disposición moral en el género humano. (Kant 2006: 88)

Ver también Kant y la democratización de la filosofía.


Bibliografía:

KANT, Immanuel

Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre Filosofía de la Historia. Traducción de Concha Roldán Panadero y Roberto Rodríguez Aramayo. Tercera edición. Madrid: Editorial Tecnos, 2006.

KUEHN, Manfred

Kant: A Biography. Nueva York: Cambridge University Press, 2002.

Aristóteles y el Holocausto

Extracto de la excelente 1Q84[1].

—Hay una frase que reza así —dijo Komatsu—: «Se considera que toda arte, todo anhelo, así como cualquier acto y búsqueda aspiran a alguna forma de bien. Por consiguiente, se puede determinar correctamente que el bien es aquello a lo que todas las cosas aspiran».

—¿Qué es eso?

—Aristóteles. Ética a Nicómaco. ¿Has leído algo de Aristóteles?

—Casi nada.

—Deberías hacerlo. Seguro que te gustaría. Yo, cuando no tengo nada que leer, leo filosofía griega. Nunca me canso. Siempre aprendes algo de ella.

—¿Y a cuento de qué viene esa cita?

—El resultado de todas las cosas es, dicho de otra manera, el bien. El bien es, a saber, el resultado de todo. Dejemos las dudas para mañana —contestó Komatsu—. Viene a cuento de eso.

—¿Qué diría Aristóteles sobre el Holocausto?

Komatsu agrandó aún más su sonrisa de luna creciente.

—Aristóteles se refiere principalmente al arte, las ciencias y la artesanía.


[1] MURAKAMI, Haruki. 1Q84. Traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Barcelona: Tusquets Editores, 2011. La cita pertenece a las páginas 227 y 228.

La ley moral

En la Fundamentación, Kant emprende la tarea sui generis de establecer una moral universal “válida no meramente para los seres humanos”[1], sino para todos los seres racionales (2002a: 5). Más que consideraciones ufológicas, de lo que se trata es que la racionalidad está presente en nuestra especie de cierta forma particular, mas esto no debe distraernos a la hora de buscar la fuente de la obligación moral.

La ley moral, entonces, será válida para toda voluntad racional, al punto que si existiera una especie de seres completamente racionales, dicha ley moral sería seguida “con la regularidad de una ley natural” (Wood 2009: 120; Kant 2002: 38). Pero la voluntad humana no es enteramente racional, sino imperfecta y subjetiva, puesto que posee otros incentivos, y este hecho empírico ocasiona que las leyes objetivas de la razón se nos presenten como mandatos, constriñéndonos, precisamente en la forma de un imperativo categórico (Kant 2002: 29-30).

Pero después de presentarnos las dos primeras formulaciones de dicho imperativo, Kant las integra en “la idea de la voluntad de todo ser racional como una voluntad universalmente legisladora” (2002: 49), que no es propiamente un imperativo, y podríamos considerar la formulación de la ley moral en su estado puro.

Y eso es todo por hoy.


[1] Las traducciones a las obras citadas en inglés son mías.

Bibliografía:

KANT, Immanuel

Groundwork for the Metaphysics of Morals. Traducción de Allen W. Wood. Nueva York: Yale University Press, 2002 [1785].

WOOD, Allen W.

“Kant’s Fourth Proposition: the unsociable sociability of human nature”. En OKSENBERG RORTY, Amélie y James SCHMIDT (editores). Kant’s Idea for a Universal History with a Cosmopolitan Aim: A Critical Guide. Nueva York: Cambridge University Press, pp. 112-128, 2009.

“Toda la filosofía moral descansa completamente en su parte pura…”[1]

Si bien el proyecto kantiano se caracteriza por fundamentar la moralidad completamente en la racionalidad, por separado de cualquier conocimiento empírico del ser humano, y de tal modo que sus mandatos sean válidos para todo ser racional, la otra cara de su teoría se preocupa justamente en reconciliar tales mandatos con la “especie particular de seres racionales Homo sapiens”, y para eso se necesita todo el conocimiento empírico, antropológico, del que podamos contar (Louden 2006: 355).

Así, tampoco deja de ser un problema la presencia de una ley moral, completamente racional, en el albedrío humano, y a lo largo de sus obras, Kant es incapaz de darnos una prueba de que efectivamente ese sea el caso, y de ahí la infame apelación al factum de la razón (Kant 2000: 55-56).

Kant formula el problema con la siguiente pregunta: “¿cómo puede la razón pura ser práctica?“, y concluye que “la razón humana es completamente incapaz de explicarlo” (Kant 2002: 57; Kant 2000: 161). Toda la teoría ética de Kant se mantiene o cae con la libertad del albedrío, mas esta no puede demostrarse. Entonces, ¿qué clase de teoría es esta cuyo presupuesto fundamental se acepta como indemostrable?

Además, esta ley moral no es un mero cálculo racional e intelectual (Kant 2001: 43n), sino que se constituye como un móvil para nuestro albedrío, y Kant llegará tan lejos como para señalar que dicha ley moral tiene un efecto negativo sobre nuestra sensibilidad, generando a su vez también un sentimiento (2000: 161-162); es decir, se muestra al nivel de nuestros estados afectivos, abatiendo los que se le opongan (Kant 2000; 162). Mas, de Waal podría afirmar que la causa de este efecto negativo no debemos buscarla en algo así como la razón pura, inaccesible empíricamente, sino precisamente en los sentimientos morales y en la preocupación por la comunidad, es decir, en los dos primeros niveles de su teoría.

No obstante, sobre ese punto, de Waal es algo ambiguo. Cuando se refiere al altruismo, distingue correctamente entre su definición para la biología, donde se caracteriza como un “comportamiento costoso para el agente y beneficioso para quien lo recibe sin tomar en cuenta sus intenciones o motivos”, del altruismo intencional, que le preocupa a la moralidad, y para el cual importa el conocimiento de “los motivos detrás del comportamiento” (de Waal 2006: 178). Después de establecer la diferencia, de Waal procede a preguntarse si es que los seres humanos actuamos alguna vez verdaderamente de forma altruista en este segundo sentido (2006: 178).

La respuesta para de Waal no es obvia[2], aunque termina por aceptar que ciertamente “somos capaces” de tal comportamiento (2006: 179). Mas lo que parece importarle resaltar es que muchas veces ‒sino la mayoría‒ nuestra tan “pregonada racionalidad es en parte ilusoria”, y nuestro comportamiento responde más bien a “veloces procesos psicológicos” similares a los de otros primates (de Waal 2006: 179).

Pero lo que para de Waal es una conclusión, Kant lo toma como punto de partida, y su proyecto filosófico de fundamentar la moralidad en la racionalidad pura busca justamente contrarrestar la fragilidad (Kant 2002: 21; Kant 2006: 8-10) a la que de Waal hace referencia (de Waal 2006: 53); a Kant le basta que seamos capaces de actuar por deber, por más que la mayoría del tiempo no lo hagamos.

Mas una vez encontrado el origen del deber, esto es, el principio supremo de la moralidad, enteramente racional, necesitamos de toda la experiencia que podamos obtener sobre nuestra especie, de tal forma que los distintos deberes racionales encuentren acceso a la voluntad particular humana (Kant 2002: 5).

Allen Wood distingue a grosso modo dos maneras de hacer teoría ética (Wood 2008: 43-65). Por un lado, tenemos una ética científica, basada en intuiciones, que Wood considera dominante en la actualidad (2008: 43). En la otra cara, tenemos el modelo que denomina “filosófico o fundacional”, y que se distingue por la apelación a un principio supremo, acompañado de un solo valor fundamental[3], que se caracteriza, entre otras cosas, por su indemostrabilidad[4], al menos desde una perspectiva científica.

Esta forma de hacer teoría ética no debe excluir, por supuesto, los descubrimientos empíricos que, en cambio, sí pueden ser demostrados. Pero es gracias a un recurso a la racionalidad deslindada de la sensibilidad que podemos introducir, por ejemplo, la diferencia entre deseos empíricos y deseos racionales, sin la cual muchos  han malinterpretado a Kant.

Así, cuando Kant nos dice que para actuar moralmente tenemos que dejar de lado nuestras inclinaciones, está refiriéndose únicamente a nuestros deseos empíricos, propensos a la corrupción. No obstante, está lejos de afirmar que debamos actuar sin deseo alguno, como si fuéramos autómatas. Debemos querer hacer lo que la moralidad requiere de nosotros, y no porque sea lo que sintamos (aunque muchas veces esto puede ayudarnos), o porque sea lo que beneficie a nuestra comunidad, sino porque a veces debemos ser imparciales, nos guste o no[5].

Cuando en la conclusión de su libro, de Waal nos habla de la moralidad como una torre, habríamos de preguntarnos si una definición tan amplia verdaderamente nos ayuda en algo a entender mejor a lo que estamos obligados, y si tal concepción es la única forma de no negar sus raíces evolutivas (2006: 181).

Tal vez, todavía hoy, podemos encontrar algo de valor en el proyecto de establecer las bases de la moralidad estrictamente en la racionalidad, de tal forma que hacerlo nos permita entender mejor las implicancias de la imparcialidad, o pensar con mayor claridad proyectos como los derechos humanos o la cuarta convención de Ginebra, que de Waal considera esfuerzos frágiles (2006: 53), claramente necesitados de autoridad racional.


[1] La cita es, por supuesto, a Kant (2002: 5). Esta entrada corresponde al capítulo final de un trabajo más amplio, como será aparente, en especial en las referencias a la formulación en tres niveles de la teoría de de Waal.

[2] Tampoco lo era para Kant: “Es de hecho absolutamente imposible establecer con total certeza a través de la experiencia si es que hay siquiera un solo caso en el que lamáxima de una acción, de otra forma conforme al deber, ha descansado exclusivamente en fundamentos morales y en la representación del propio deber” (2002: 22-23).

[3] En el caso de la teoría de Kant, este sería la naturaleza racional (2002: 46).

[4] Pensemos, por ejemplo, en lo que nos dice Aristóteles sobre la disciplina ética, en la cual debemos “contentarnos con mostrar la verdad de un modo tosco y esquemático”, y no debemos exigir más claridad de lo que nos “permite la materia” (1985: 131).

[5] Para un desarrollo más detallado de esto, ver: Wood 2009: 119-120.

Bibliografía:

ARISTÓTELES

Ética Nicomáquea. Ética Eudemia Traducción de Julio Palli Bonet. Madrid: Editorial Gredos, 1985.

DE WAAL, Frans

Primates and Philosophers: How Morality Evolved. Princeton: Princeton University Press, 2006.

KANT, Immanuel

Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre Filosofía de la Historia. Traducción de Concha Roldán Panadero y Roberto Rodríguez Aramayo. Tercera edición. Madrid: Editorial Tecnos, 2006.

Groundwork for the Metaphysics of Morals. Traducción de Allen W. Wood. Nueva York: Yale University Press, 2002 [1785].

La religión dentro de los límites de la mera razón. Traducción de Felipe Martínez Marzoa. Madrid: Alianza Editorial, 2001 [1793].

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000 [1788].

LOUDEN, Robert B.

“Applying Kant’s Ethics: The Role of Antropology”. En: BIRD, Graham (editor). A Companion to Kant. Blackwell Publishing, pp. 350-363, 2006.

WOOD, Allen W.

“Kant’s Fourth Proposition: the unsociable sociability of human nature”. En OKSENBERG RORTY, Amélie y James SCHMIDT (editores). Kant’s Idea for a Universal History with a Cosmopolitan Aim: A Critical Guide. Nueva York: Cambridge University Press, pp. 112-128, 2009.

Kantian Ethics. Nueva York: Cambridge University Press, 2008.

El deber en la ética de Aristóteles

Pocas líneas antes de brindarnos su definición definitiva (EN 1106b38-1107a1) , Aristóteles señala que la virtud ética:

[…] se refiere a las pasiones y acciones, y en ellas hay exceso, defecto y término medio. […] cuando tenemos las pasiones […] caben el más y el menos, y ninguno de los dos está bien; pero si tenemos estas pasiones cuando es debido, y por aquellas cosas y hacia aquellas personas debidas, y por el motivo y de la manera que se debe, entonces hay un término medio y excelente; y en ello radica precisamente la virtud. (EN 1106b19-24)[1]

Si bien no se llega a decir de forma explícita, el deber es determinado por nuestra racionalidad. ¿Pero exactamente cómo? Aristóteles cree que no debemos buscar más precisión de la que nos permite la disciplina (EN 1094b20-26). Pero justamente es sobre este punto donde una ética de la virtud puede aprovechar el trabajo de una fundamentación racional de la moral llevado a cabo por Immanuel Kant más de 2000 años después.


[1] El subrayado es mío.

Bibliografía:

ARISTÓTELES

Ética Nicomáquea. Ética Eudemia. Traducción de Julio Palli Bonet. Madrid: Editorial Gredos, 1985.