Platón habla

Platón, quien nunca escribió una obra sobre filosofía (1992: 513; 341b-c), ocultando así su verdadero pensamiento en distintos personajes, haciéndolos dialogar, no obstante, en la Carta VII, se nos muestra como una persona aterrizada, de un profundo entendimiento de la sociedad y del ser humano, así como de un fuerte carácter ético. Lo que se viene es una selección de citas de dicha epístola donde, me parece, la personalidad de Platón sale a relucir como en ningún otro lado.

Empecemos por la siguiente anécdota de la vida de Sócrates, influencia determinante en su vida, no sólo desde un punto de vista filosófico, sino, más que todo, moral[1].

[…] enviaron a mi querido y viejo amigo Sócrates, de quien no tendría ningún reparo en afirmar que fue el hombre más justo de su época, para que, acompañado de otras personas, detuviera a un ciudadano y lo condujera violentamente a su ejecución, con el fin evidente de hacerle cómplice de sus actividades criminales tanto si quería como si no. Pero Sócrates no obedeció y se arriesgó a toda clase de peligros antes que colaboraren sus iniquidades. (Platón 1992: 187; 324e-325a)

Luego encontramos la famosa tesis del filósofo gobernante, también presente en la República (473d):

Por otra parte, tanto la letra de las leyes como las costumbres se iban corrompiendo hasta tal punto que yo, que al principio estaba lleno de un gran entusiasmo para trabajar en actividades públicas, al dirigir la mirada a la situación y ver que todo iba a la deriva por todas partes, acabé por marearme. Sin embargo, no dejaba de reflexionar sobre la posibilidad de mejorar la situación y, en consecuencia, todo el sistema político, pero sí dejé de esperar continuamente las ocasiones para actuar, y al final llegué a comprender que todos los Estados actuales están mal gobernados; pues su legislación casi no tiene remedio sin una reforma extraordinaria unida a felices circunstancias. Entonces me sentí obligado a reconocer, en alabanza de la filosofía verdadera, que sólo a partir de ella es posible distinguir lo que es justo, tanto en el terreno de la vida pública como en la privada. Por ello, no cesarán los males del género humano hasta que ocupen el poder los filósofos puros y auténticos o bien lo que ejercen el poder en las ciudades lleguen a ser filósofos verdaderos, gracias a un especial favor divino. (Platón 1992: 488; 325d-326b)

La validez y fuerza de semejante punto de vista, desde el cual no sólo un mundo mejor es posible, sino que es también un deber buscarlo, dado que depende de nosotros, se mantiene vigente hoy, con sorprendente actualidad; no obstante, Platón reconocía, por supuesto, que para muchos tal visión de las cosas podría resultar absurdo y desprovisto de toda realidad práctica. Explicando los motivos de su viaje a Siracusa, señala:

Por ello, al reflexionar lleno de dudas sobre si debía ir o qué debía hacer, lo que hizo inclinar la balanza fue la idea de que, si alguna vez había que intentar llevar a cabo las ideas pensadas acerca de las leyes y la política, éste era el momento de intentarlo, pues si podía convencer a un solo hombre, habría conseguido la realización de toda clase de bienes.

Con esta disposición de ánimo me aventuré a salir de mi patria, no por los motivos que algunos imaginaban, sino porque estaba muy avergonzado ante mis propios ojos de que pudiera parecer sin más únicamente como un charlatán de feria a quien no le gustaba atenerse a la realidad de las cosas y que iba a arriesgarme a traicionar en primer lugar los vínculos de hospitalidad y de amistad con Dión, en un momento en que se encontraba en una situación realmente crítica. (Platón 1992: 492; 328b-e)

Platón, no a diferencia de Aristóteles, reconoce la importancia del cultivo de buenas costumbres (i. e. virtudes) para la viabilidad de que un proyecto político propiamente justo arraigue en una ciudad. Sobre su viaje a Italia, en particular, a Sicilia, señala:

En aquella ocasión no me gustó en absoluto la clase de vida allí considerada feliz, atiborrada de banquetes a la manera italiana y siracusana; hinchándose de comer dos veces al día, no dormir nunca sólo por la noche, y todo lo que acompaña a este género de vida. Pues con tales costumbres no hay hombre bajo el cielo que, viviendo esta clase de vida desde su niñez, pueda llegar a ser sensato (nadie podría tener una naturaleza tan maravillosamente equilibrada): ni siquiera ser prudente, y, desde luego, lo mismo podría decirse de las otras virtudes. Y ninguna ciudad puede mantenerse tranquila bajo las leyes, cualesquiera que sean, con hombres convencidos de que deben dilapidar todos sus bienes en excesos y que crean que deben permanecer totalmente inactivos en todo lo que no sean banquetes, bebidas o esfuerzos en busca de placeres amorosos. Forzosamente, tales ciudades nunca dejarán de cambiar de régimen entre tiranías, oligarquías y democracias, y los que mandan en ellas ni soportarán siquiera oír el nombre de un régimen político justo e igualitario. (Platón 1992: 489; 326-b-d)

Sobre cómo sea posible un régimen tal, Platón dista mucho del autoritarismo que se le suele atribuir desde una lectura incompleta de su obra. Más adelante, brinda el siguiente consejo, si bien negativo:

Sobre lo ya dicho, renuevo por tercera vez el mismo consejo con las mismas palabras a vosotros, que sois los terceros en recibirlo. no sometáis Sicilia ni ninguna otra ciudad a dueños absolutos —al menos esa es mi opinión—, sino a las leyes, ya que ello no es bueno ni para los que someten ni para los sometidos, ni para ellos ni para sus hijos, ni para los descendientes de sus hijos. Es incluso una empresa absolutamente nefasta, y sólo a los espíritus mezquinos y serviles les gusta rapiñar en semejantes ganancias, gentes ignorantes por completo de lo bueno y de lo justo entre los hombres y los dioses, tanto en lo que se refiere al porvenir como al presente. (Platón 1992: 502; 334c-d)

En cuanto a la filosofía misma, ésta se revela como mucho más existencial que meramente teórica o doctrinal. Adelantándose a virtualmente todos sus críticos, señala:

En todo caso, al menos puedo decir lo siguiente a propósito de todos los que han escrito y escribirán y pretenden ser competentes en las materias por las que yo me intereso, o porque recibieron mis enseñanzas o de otros o porque lo descubrieron personalmente: en mi opinión, es imposible que hayan comprendido nada de la materia. Desde luego, no hay ni habrá nunca una obra mía que trate de estos temas; no se pueden, en efecto, precisar como se hace con otras ciencias, sino que después de una larga convivencia con el problema y después de haber intimidado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece ya espontáneamente. (Platón 1992: 513; 341b-d)

Ya que cada uno juzgue la honestidad de sus palabras.


[1] La historia de Platón guarda una gran similitud con el ejemplo que Kant usara en la Crítica de la razón práctica precisamente para ilustrar el grado más elevado de moralidad. Ver: Kant 2000:  96-97, 283-285; Ak. V, 30, 155-6.

Bibliografía:

KANT, Immanuel

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000.

PLATÓN

Diálogos. Vol. VII. Madrid: Editorial Gredos, 1992. 

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