Actuar por deber (y no meramente conforme al deber)

Es ampliamente conocida—y repudiada—la diferenciación que Kant lleva a cabo en la primera sección de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, entre las acciones que son meramente conformes al deber, y aquellas que se realizan por deber. Aparentemente, sólo estas últimas tienen propiamente valor moral.

Para actuar por deber, dice el amargado filósofo, tenemos que deshacernos de nuestras inclinaciones, y hacer de aquel motivo único de nuestras acciones.

Esto ha generado—por supuesto—una serie de caricaturas sobre su pensamiento ético.

El hombre que llora.

Sin embargo, tal mirada es equivocada. No se toma en cuenta que al comienzo de la segunda sección Kant dedica varios párrafos a señalar que para los hombres resulta imposible con total seguridad diferenciar cuando una acción se realiza exclusivamente por deber, o simplemente conforme al deber.

Esta incapacidad se debe a lo peculiar de la propia naturaleza humana, su tendencia al autoengaño, a exceptuarse de las normas que considera válidas para todos; en otras palabras, su propensión al mal.

Entonces, si nunca podemos estar seguros de que actuamos por deber, es necesario preguntarse cuál es el motivo de haber realizado dicha diferenciación en primer lugar, al punto de asignarle a dichas acciones el valor propiamente moral.

La diferenciación entre ambos tipos de acciones no pretende poder aplicarse a casos de la experiencia (pues se caería en una flagrante contradicción con lo que afirma al comienzo de la segunda sección), sino que no fue más que un recurso, un experimento mental para poder notar con mayor claridad, mediante contraste, en qué consiste la buena voluntad.

No debemos buscar actuar siempre por deber, lo que iría en contra de cualquier visión ética de sentido común; sino que, a lo más, debemos estar preparados para realizar lo que nos manda el deber incluso si es que nuestras inclinaciones se le oponen, y sólo en esos casos, podría decirse, aunque nunca con total certeza, que uno ha actuado por deber.

En La metafísica de las costumbres, la obra propiamente de moral de Kant,  el papel de las acciones por deber se desarrolla con mayor claridad.  Atañe a la virtud intentar hacer de la ley moral el único móvil de nuestras acciones, pero la consecución de dicha perfección moral no puede nunca alcanzarse, sino sólo pretenderse[1], siendo consecuente con lo dicho al comienzo de la segunda sección.

Este deber de actuar por deber no es más que un deber amplio o imperfecto, y no es en lo absoluto un requisito indispensable para decir que una acción es moralmente buena.

Cuando nuestras inclinaciones estén en armonía con los mandatos de la moral, entonces en buena hora. De ahí que Kant considere un deber (también) cultivar inclinaciones tales como la simpatía, pues nos ayudan a realizar lo que debemos hacer.

Para otra entrada que puede dar algo de luz sobre el deber en Kant, entren aquí. Para un post ajeno a este blog sobre el tema, del cual me presté la imagen, pero cuyo contenido considero superficial y equivocado, entren acá.


[1] Véase: Immanuel Kant, La metafísica de las costumbres (Madrid: Editorial Tecnos, 1989). Páginas 314 y 315 (o los parágrafos 21 y 22 de la doctrina de la virtud).

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