Mes: septiembre 2009

El origen de la libertad – II

Vimos en el primer artículo—de esta serie de tres—que la distinción entre mundo fenoménico y mundo noumenal puede ser vista en la ética kantiana hoy como una forma de pensar la libertad del albedrío sin contradicción con las leyes de la naturaleza, pero que todavía tiene un dejo de arbitrariedad metafísica del cual debemos deshacernos.

En este segundo artículo abordaremos la razón práctica, y trataremos de explicar en qué sentido Kant le atribuye nuestra libertad.

Ser racional

Para no tener que mandarlos de vuelta al primer artículo, colocaré nuevamente la primera parte de la cita que les presenté ahí.

En la conciencia de un deber hacia sí mismo el hombre se considera, como sujeto de tal deber, en una doble calidad: primero como ser sensible, es decir, como hombre (como perteneciente a una de las especies animales); pero luego también como ser racional ( Vernunftwesen ) (no simplemente como un ser dotado de razón ( vernünftiges Wesen ), porque la razón en su facultad teórica bien podría ser también la cualidad de un ser corporal viviente), al que ningún sentido alcanza, y que sólo se puede reconocer en las relaciones práctico-morales, en las que se hace patente la propiedad inconcebible de la libertad por influjo de la razón sobre la voluntad internamente legisladora[1].

Usé cursivas para la palabra “ser” del título pues, como vemos en la cita, esta puede ser entendida en dos sentidos distintos. En primer lugar, un ser racional puede ser cualquier ser dotado de razón (siendo esta razón entendida en un sentido únicamente teórico). Pero en un sentido más delimitado e importante,  ser racional es aquel ser que usa su razón (o puede usarla) en sentido práctico, y por lo tanto no es meramente un ser dotado de razón (vernünftiges Wesen), sino un ser racional en sentido estricto (Vernunftwesen).

Ahora, sobre esto, tenemos que entender que es exclusivamente el sentido estricto de ser racional el que requiere una explicación fuera de la causalidad natural, y por lo tanto, una apelación al mundo noumenal. Me parece de total importancia que entendamos el porqué de esto, y para hacerlo, tenemos que ahondar en los distintos tipos—o niveles—de racionalidad práctica que Kant propone son característicos, ya no del individuo, sino de la especie; y no en tanto su existencia estrictamente biológica, sino histórica, como efectivamente se da sobre nuestro planeta.

En su libro Antropología en sentido pragmático, Kant atribuye a la especie humana tres capacidades: la capacidad técnica, para manipular objetos; la capacidad pragmática, que le permite al hombre manipular a otros hombres; y finalmente la capacidad moral, de obrar de acuerdo a las leyes de la libertad. Para Kant, cualquiera de estos grados es suficiente para diferenciar al hombre de cualquier otro animal en el planeta, lo que no quita que exista una jerarquía entre estos, como procederemos a ver.

La capacidad técnica es fácil de reconocer, y se da en tanto un hombre hace uso de su razón en sentido básico. Por ejemplo, hace cincuenta mil años, se me ocurre que para alcanzar el fruto de un árbol, un homo sapiens podía elegir entre trepar dicho árbol, o a lo mejor hacer uso de una rama caída para golpear el fruto y esperar que caiga. En otro ejemplo, yo estoy eligiendo escribir este artículo directamente en la página de WordPress, en vez de escribirlo primero en Word, y luego copiarlo y pegarlo acá.

La capacidad pragmática, por otro lado, ha permitido que a lo largo de generaciones el hombre transmita los conocimientos adquiridos, de tal forma que cada hombre no tenga que empezar de cero, y que yo pueda estar acá tratando el problema de la libertad basándome en Kant. Esta segunda capacidad, cabe aclarar, requiere que poseamos la primera, por motivos evidentes, y por lo tanto, es superior. Además, si bien se puede concebir la primera capacidad en un individuo aislado (pensemos en un niño feral), es imposible que esta segunda capacidad se dé salvo en sociedad, por motivos también evidentes.

Por último, tenemos la capacidad moral, que al igual que la segunda respecto de la primera, no se puede dar sin las precedentes, y se puede considerar por lo tanto superior. Esta capacidad moral coexiste con la pragmática, al menos potencialmente, y no requiere de ningún añadido. La relación entre estas dos capacidades es en buena medida análoga a la que existe entre dos predisposiciones—de un total de tres—que Kant reconoce en el hombre: a la humanidad y a la personalidad[2].

Es necesario introducir ahora la diferencia entre dos tipos de libertad que permite la ética kantiana: una en sentido negativo y otra en sentido positivo. La primera es básicamente el poder que tiene nuestro albedrío (Willkür) para “actuar independientemente de (e incluso en contra de) algún deseo empírico (incluso el más fuerte)”, así como también la “capacidad para decidir por nosotros mismos cómo hemos de satisfacer tal deseo”. En sentido positivo, la libertad es “la capacidad de un ente de ser una ley para sí mismo, de actuar por razones según un principio inherente a la naturaleza de su propia voluntad”. En conjunto, la libertad es “la capacidad de actuar de acuerdo a razones”[3].

Así, la libertad en sentido negativo corresponde claramente a las dos primeras capacidades, mientras que en el sentido positivo va de la mano exclusivamente de la capacidad moral. Queda también establecido que, donde sea que exista razón práctica, existe también libertad, al menos en sentido negativo. Y es que la razón práctica, esto es, el actuar de acuerdo a razones—ya sea de forma técnica, pragmática o moral—, es el elemento que irrumpe en el mundo natural y altera su causalidad, y que Kant creyó, al menos para pensar el problema sin contradicción, necesitaba la apelación a un mundo distinto del físico.

Terminaré de forma algo abrupta este artículo, pues no he explicado del todo la relevancia que tiene esta disección de la razón práctica para el problema del origen de la libertad, porque ese será el tema del próximo y último artículo, que lo abordara desde una perspectiva histórica.


[1] Immanuel Kant, La metafísica de las costumbres (Madrid: Editorial Tecnos, 1989). La cita corresponde a la página 276.

[2] Sobre esta relación pueden consultar el tercer artículo que hice sobre el imperativo categórico, que se enfoca en el papel de la humanidad como valor fundamental en la ley moral.

[3] Sigo de cerca a Allen W. Wood sobre estas definiciones de la libertad en sentido positivo y negativo, presentes tal como aparecen en el capítulo 7 (Freedom) de Kantian Ethics (New York: Cambridge University Press, 2008). La traducción es mía.

Los últimos días de Immanuel Kant

Los últimos días de Immanuel Kant es una obra del poco conocido escritor inglés Thomas de Quincey, que coge información biográfica auténtica de la vida de Kant, y la narra como ficción. La obra es verdaderamente excelente y entretenida, y si bien alimenta muchos de los prejuicios que se tiene sobre el filósofo alemán—al listar muchas de sus manías—, las anécdotas más profundas trascienden esa caricatura y retratan a Kant de una forma infinitamente más humana.

Del libro no diré más, salvo que pueden bajarlo en su idioma inglés original (formato PDF) haciendo click en la carátula. Lo recomiendo altamente, y es una obra bastante corta (como unas 80 páginas).

The Last Days of Immanuel Kant

Pero el motivo de este post es en realidad compartir una cita del libro, en español, y que me gusta muchísimo porque me parece muestra la tristeza de Kant ante los límites que él mismo le puso a su filosofía, en especial en el plano de su teoría ética.

Estando ya Kant en una avanzada edad, empezaba a mostrar malestar frente a pequeñas cosas, y su percepción del tiempo se distorsionaba. En consecuencia, la breve espera para el café después de almorzar, le resultaba insostenible, y la cita contiene una anécdota al respecto, narrada en primera persona por un amigo suyo. Vean:

Sabiendo lo que sufría, yo había tenido cuidado de que todos los preparativos estuvieran hechos de antemano: el café estaba molido; el agua, hirviendo, y en el mismo instante en que se daba la orden su sirviente salía disparado como una flecha y echaba el café en el agua. Todo lo que quedaba, por tanto, era dar tiempo al agua para que hirviera. Pero esta insignificante espera le parecía a Kant interminable. Todos los consuelos se volcaban sobre él, pero siempre sabía cómo responder. Si se le decía: “Querido profesor, el café le será traído en un momento.” “¡Será !—decía—, pero ahí está lo malo que sólo lo será. El hombre nunca es, sino que siempre va a ser bueno”.

Iluminador.

El origen de la libertad – I

Tras mi post de hace algunos días sobre el mundo noumenal, y su papel dentro de la ética de Kant, me quedé pensando sobre el problema de la libertad, y cómo hacerlo inteligible hoy. La serie de tres artículos a la que doy inicio estará dedicada justamente a tratar de pensar el problema con claridad, basándonos en algunos textos de Kant que creemos sirven todavía hoy en día para defender su teoría ética. De aquí que, siguiendo a Allen W. Wood, estemos hablando más de ética kantiana (teoría ética que puede sostenerse hoy, pero fuertemente basada en sus textos), que de la ética de Kant (pues en ese caso, tendríamos que limitarnos a darle coherencia a todos sus textos sobre el tema).

Este primer artículo se centrará en la parte metafísica del problema, el segundo hará énfasis en la parte racional, mientras que el tercero se concentrará en la parte histórica.

La diferencia entre fenómeno y noumeno como una forma de pensar la libertad del albedrío

Empezaremos introduciéndonos inmediatamente en el problema con la siguiente cita, que trata de explicar cómo podemos entender sin contradicción el concepto de un deber del hombre hacia sí mismo, y a la vez aludiendo a la distinción entre los dos ya infames mundos.

En la conciencia de un deber hacia sí mismo el hombre se considera, como sujeto de tal deber, en una doble calidad: primero como ser sensible, es decir, como hombre (como perteneciente a una de las especies animales); pero luego también como ser racional ( Vernunftwesen ) (no simplemente como un ser dotado de razón ( vernünftiges Wesen ), porque la razón en su facultad teórica bien podría ser también la cualidad de un ser corporal viviente), al que ningún sentido alcanza, y que sólo se puede reconocer en las relaciones práctico-morales, en las que se hace patente la propiedad inconcebible de la libertad por influjo de la razón sobre la voluntad internamente legisladora.

Ahora bien, el hombre, como ser natural dotado de razón ( homo phaenomenon ), puede ser determinado por su razón, como causa, a realizar acciones en el mundo sensible, y con esto todavía no entra en consideración el concepto de una obligación. Pero él mismo, pensado desde la perspectiva de su personalidad, es decir, como un ser dotado de libertad interna ( homo noumenon ), se considera como un ser capaz de obligación y, particularmente, de obligación hacia sí mismo (la humanidad en su persona): de modo que el hombre (considerado en el doble sentido) puede reconocer un deber hacia sí mismo, sin caer en contradicción consigo (porque no se piensa el concepto de hombre en uno y el mismo sentido)[1].

La cita es extensa y rica en contenido, por lo que la abordaremos en partes, a lo largo de los tres artículos. En el presente, daremos más importancia a la segunda parte de la cita.

Kant nos dice que debemos pensar el concepto de hombre en dos sentidos. Sin embargo, no es arbitrario que Kant use palabras como “pensar” (dos veces) y “considerar” (tres veces), que no afirman la existencia metafísica del hombre en estos dos planos (fenoménico y noumenal), sino que simplemente nos llevan a pensarlo de esa forma para hacer inteligible el problema de la libertad sin contradicción con el orden natural del mundo (y por lo tanto, el deber del hombre como ser fenoménico hacia el mismo hombre, pero ahora tomado como ser noumenal). En ningún momento Kant intenta explicar cómo se da esta relación, o cómo interactúan estos dos mundos. ¡Y es que, nunca afirma la existencia efectiva de dos mundos distintos!

¿Hay un abismo insalvable entre el mundo fenoménico y el noumenal?

¿Hay un abismo insalvable entre el mundo fenoménico y el noumenal?

Estas limitaciones pueden decepcionar a algunos, si es que nos hacemos preguntas de índole metafísica o epistemológica para las que no tenemos respuesta. Sin embargo, es conforme a la filosofía crítica el aceptar que, al tratar tales problemas, hemos entrado en el ámbito del pensar, y ya no del conocer, y dicho ámbito importa en tanto tiene consecuencias prácticas, por lo que si consideramos la argumentación de Kant sobre este punto, como un razonamiento práctico, entonces tenemos que es una argumentación suficiente (mas lejos de ser perfecta).

Argumentación suficiente, porque nos pone en el ámbito correcto (del pensar) y nos libra de la contradicción colocando la libertad del albedrío en un lugar separado del de la causalidad física, pero que todavía tiene algo de arbitrario. No obstante, en el mismo pensamiento de Kant, hay más material que nos permite explicar mejor este problema, y darle una fundamentación más aterrizada e inteligible, que empezaremos a ver en el segundo artículo, cuando veamos en qué consiste la crucial diferencia entre un ser dotado de razón, y un ser racional; y finalmente en el tercero, cuando desentrañemos históricamente el problema.


[1] Immanuel Kant, La metafísica de las costumbres (Madrid: Editorial Tecnos, 1989). La cita corresponde a la página 276.

Immanuel Kant en la saga de videojuegos Metal Gear Solid

Acaba de salir un nuevo trailer del próximo juego de la aclamada saga Metal Gear Solid, del maestro Hideo Kojima, (para PSP), y que es una de mis favoritas.

¿Qué tiene que ver esto con la temática de este blog, es decir, con la filosofía? Pues que dicho trailer se inicia con una cita a Kant, nada menos que de una de sus obras más lúcidas, y de la cual falta decir mucho en este blog; hablo de Hacia la paz perpetua, publicada en 1795.

Si no saben nada de la saga en cuestión, igual les recomiendo vean el comienzo del trailer (un minuto, más o menos), porque el resto les parecerá ininteligible.

Aquí va.

Esperen más de Kant y su visión de la Historia en las próximas semanas.

Kant sobre la sabiduría (práctica)

En su libro Antropología en sentido pragmático, Kant nos dice:

La sabiduría, entendida como la idea del uso práctico de la razón con perfecta obediencia a la ley, es reiteradamente pedida del hombre; pero ni siquiera en un grado mínimo puede infundirla otro en él, sino que él tiene que sacarla de sí mismo. El precepto que manda llegar a ella encierra tres máximas conducentes a conseguirlo: 1) pensar por su cuenta, 2) ponerse en el lugar del prójimo (al comunicar con él), 3) pensar en todo tiempo acorde consigo mismo.

A primera vista, la cita no parece más que reiterar lo dicho en ¿Qué es la Ilustración?, sobre el pensar por uno mismo (sapere aude) y la superación de la minoría de edad, de la que somos culpables. Sin embargo, hay un elemento que muchos creen no está presente en la ética kantiana, o es sólo secundario, y es el de la comunicación.

Se suele decir que en la ética kantiana, para saber lo que es bueno, no es necesario salir de nuestro propio pensamiento, puesto que a lo más, tenemos que ponernos en el lugar del otro sin comunicarnos de hecho con esa otra persona involucrada (y de ahí que se diga que la ética kantiana tiene un carácter solipsista). Sin embargo, esto no es más que una grosera distorsión del pensamiento ético de Kant, que nos pide ponernos en el lugar de otro (en el sentido de imaginarnos en la posición del otro), sí, pero no de manera solipsista, sino al comunicarnos efectivamente con este otro, esto es, escucharlo y tratar de entenderlo—que no es más que la racionalidad en su sentido más importante—, o como dirá después: “acomodarse a los conceptos de los demás”.

La ética kantiana es, pues, intrínsecamente comunicativa.

Kant sobre la embriaguez

Tres hechos separados me han llevado a elaborar este artículo, y procederé a enumerarlos. En primer lugar, tuve hace varios días un intercambio de comentarios con Gonzalo Gamio en su blog Política y mundo ordinario, en un post sobre el conflicto de deberes en la ética de Kant, y una frase suya me quedó dando vueltas, quizás de manera algo superficial, en la que afirmaba que Kant “no era amigo de consideraciones prudenciales”.

En segundo lugar, hace unos días el blog Mente Filosófica, del cual no sé mucho, publicó un post sobre el alcohol, y su aceptación social como droga, y me hizo recordar el lugar que le da Alan Moore a las drogas en su utopía.

Finalmente—y en realidad, principalmente—he estado leyendo casualmente un libro de Kant que compré hace ya varios años, y me parece que está verdaderamente excelente, y da luz sobre la personalidad de su autor de forma más completa y profunda que muchas de sus obras más conocidas.

Me refiero a Antropología en sentido pragmático[1], obra que Kant recopiló tardíamente basada en sus apuntes de clase sobre su altamente popular curso de Antropología.

Immanuel Kant, antropólogo.

Immanuel Kant, antropólogo.

Hablando sobre la imaginación, en un momento Kant pasa a examinar la variación de aquella en tanto es influenciada por “un medio corporal”, y se refiere a las “sustancias productoras de embriaguez”.

Procederé, pues, a colocar una selección de citas de esa sección, y comentarlas. Empecemos.

Toda embriaguez muda, esto es, aquella que no aviva la sociabilidad y la recíproca comunicación de pensamientos, tiene de suyo algo afrentoso; tal es la del opio y la del aguardiente. El vino y la cerveza, de los cuales el primero es meramente excitante, la segunda más nutritiva y parecida a un alimento, provocan la embriaguez sociable; hay, empero, la diferencia de que las orgías de cerveza son más soñadoramente herméticas, frecuentemente también groseras, mientras que las del vino son alegres, ruidosas y de chistosa locuacidad.

Debe quedar claro, a primera vista, que Kant, lejos de condenar dogmáticamente toda forma de embriagarse (cosa que sería ridícula), apunta a la moderación, y no se hace problemas en diferenciar los tipos de sustancias y señalar sus distintas consecuencias, cosa que hace con sorpresiva exactitud al caracterizar la diferencia entre las “orgías” de cerveza de las del vino; aunque, por supuesto, generalizando.

El beber desata la lengua (in virtus disertus). Pero también franquea el corazón y es el vehículo material de una cualidad moral, a saber, la franqueza. La reserva en los propios pensamientos es para un corazón puro un estado opresivo, y unos bebedores jocundos no toleran fácilmente que nadie sea en medio de la francachela muy moderado; porque representa un observador que atiende a las faltas de los demás, pero reserva las suyas propias. También dice Hume: «Es desagradable el compañero de diversión que no olvida; las locuras de un día deben ser olvidadas para hacer lugar a las del otro». En la licencia que el varón tiene para rebasar un poco, y por breve tiempo, en gracia a la alegría colectiva, los límites de la sobriedad, se da por supuesta la bondad del corazón […]

Esta segunda cita puede exaltar a muchos, pues Kant afirma que el alcohol sirve de vehículo material de una cualidad moral, cosa que no debería impactarnos de poseer un conocimiento menos sesgado de su ética, pues no genera esta afirmación contradicción alguna con sus escritos más formales.

Además, personalmente, percibo un carisma que sólo puedo atribuir a que Kant habla desde su propia experiencia (recordemos que no se sabe mucho de sus años de juventud, pero sí que hasta en su vejez, era muy adepto a las reuniones sociales),  y que se muestra más intenso en la siguiente cita, que seguro les robará cuanto menos una ligera sonrisa.

¿Se puede averiguar mediante la bebida el temperamento del hombre que se emborracha o su carácter? Yo creo que no. Se ha mezclado un nuevo líquido a los humores que circulan en sus venas y actúa sobre sus nervios otro estímulo, que no descubre más claramente la temperatura natural, sino que introduce otra. De aquí que entre los que se embriagan el uno se presente enamorado, el otro grandilocuente, un tercero pendenciero, un cuarto (principalmente con cerveza) se pone llorón, o le da por rezar, o se queda mudo; pero todos se reirán, cuando hayan dormido la borrachera y se les recuerden sus discursos de la noche anterior, de aquel singular temple o destemplanza de sus sentidos.

Me parece que, lejos de esperar que la ley moral sea aplicada a juzgar casos concretos o costumbres de distintos tiempos y culturas, con odiosas pretensiones universales, como si nosotros nos librásemos de cualquier error, ésta debe ser más bien usada de forma inteligente e interpretativa en una Antropología.

Terminemos con una cita que corresponde al prólogo de la obra.

Todos los progresos de la cultura a través de los cuales se educa el hombre tienen el fin de aplicar los conocimientos y habilidades adquiridas para emplearlos en el mundo; pero el objeto más importante del mundo a que el hombre puede aplicarlos es el hombre mismo, porque él es su propio fin último.

Cualquier parecido con la úndecima tesis sobre Feuerbach no es pura coincidencia.


[1] Immanuel Kant, Antropología en sentido pragmático (Madrid: Alianza Editorial, 2004).

El mundo noumenal

Una de las principales objeciones con la que se encuentra la ética kantiana hoy, y por la que suele ser fácilmente descartada, es su supuesta dependencia de la existencia del ya—¿por qué no?—infame mundo noumenal.

Y es que, si la ética kantiana descansa en la libertad del albedrío, y esta libertad se la debemos de alguna oscura forma a nuestra existencia en un supuesto mundo noumenal, nos basta con rechazar la existencia de esta ilusión creada por un alemán del siglo XVIII para, al mismo tiempo, rechazar toda su doctrina ética.

Sin embargo, por más que a veces parezca que Kant cae en estas ilusiones metafísicas, que con tanto esfuerzo trató de erradicar definitivamente de la metafísica, el principal papel que cumple la doctrina del mundo noumenal en su ética no es tan decisivo como algunos podrían pensar, y es que lo suelen interpretar desde la perspectiva de la metafísica tradicional.

Puse para buscar en Google "noumenal world", y me salió esto.

Puse para buscar en Google "noumenal world", y me salió esto.

Para Kant, en cambio, postular el mundo noumenal, respecto a la ética, no era más que una forma de tratar de hacer inteligible un problema que él sabía sobrepasaba los límites de nuestro entendimiento.

Veamos esta cita de una obra temprana de Kant, Los sueños de un visionario, de 1766, en la que ya se puede observar claramente esta supuesta dualidad, pero que en realidad no es más que una forma de pensar un problema que sabemos no podemos resolver.

El que la voluntad mueva mi brazo no me resulta más comprensible que si alguien dijera que puede también detener la luna en su órbita; la única diferencia es la siguiente: que yo tengo experiencia de lo primero, mientras que lo segundo nunca se ha presentado ante mis sentidos. Reconozco en mí cambios como un sujeto viviente, a saber, pensamientos, libre albedrío, etc., y puesto que esas determinaciones son de diferente tipo que todas aquellas, tomadas en conjunto, forman mi concepto de cuerpo, con razón me atribuyo un ser incorpóreo y persistente.

Nos dirá inmediatamente después que jamás podremos conocer los detalles de la unión de este ser incorpóreo (o alma) con el mundo sensible, y sobre esos asuntos no tiene siquiera sentido establecer hipótesis.

De esta forma, la ética kantiana no depende de que creamos en la existencia de un mundo noumenal. Lo único que nos pide es aceptar algo que ya todos sabemos.