Máximas

El concepto de ‘máxima’ resulta fundamental para un entendimiento adecuado de la ética kantiana, afirmación que resulta bastante obvia si dirigimos nuestra mirada a la primera y tercera formulación de la ley moral.

En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Kant define ‘máxima’ un par de veces —en notas al pie de página— como “el principio subjetivo de la voluntad” (G 4:401) y como “el principio subjetivo de la acción” (G 4:420-1); es decir, que en tanto agentes racionales, actuamos sólo de acuerdo a principios o reglas que nos ponemos o “representamos” (G 4:412).

Mas no resulta claro en lo absoluto —en buena parte debido a los ejemplos que Kant usa en dicha obra— qué tan precisas pueden llegar a ser estas máximas. Por ejemplo, podría existir la máxima de “vestirse de amarillo todos los miércoles”, o más bien la máxima respectiva tendría que formularse de forma más amplia: “elegir libremente nuestra vestimenta”. Si no establecemos límites a la precisión que estas máximas puedan tener, entonces estaríamos obligados a someter a examen absolutamente todas nuestras acciones; o para ser más precisos, las máximas de dichas acciones, dando lugar a la común concepción de la ética kantiana como una ética procedimental, que debe dar como resultado una serie de reglas de conducta más o menos bastante exactas y sin que permitan excepción alguna.

Resulta ya a estas alturas sumamente discutible —por no decir flagrantemente falso— que tal uso de las máximas era el que Kant tenía en mente para su teoría ética, pues una mirada rápida a la Metafísica de las costumbres nos demuestra que del imperativo categórico no obtenemos un juego de reglas precisas, sino más bien una serie de máximas —en la forma de deberes de virtud— tales como la beneficencia o evitar la soberbia, que a su vez debemos seguir en cada situación usando nuestro juicio (MS 6:411-2).

En todo caso, el motivo de este artículo sobre las máximas es la de complementar esta definición negativa con una positiva, presente en las lecciones de antropología de Kant, y que me topé en la excelente biografía del filósofo de Königsberg escrita por Manfred Kuehn, en la que muestra que las máximas empiezan a jugar un papel tanto en la filosofía como en la vida de Kant cuando este cumple los 40 años de edad. Veamos.

Las máximas kantianas son por lo general realmente cosas ordinarias —al menos en la forma que las describe en el contexto de la antropología. Son preceptos o reglas generales que hemos aprendido de otros o de libros, y que decidimos adoptar como principios según los que queremos vivir. Estas máximas nos muestran como criaturas racionales o al menos capaces de dirigir sus acciones de acuerdo a principios generales y no simplemente por impulsos. Sin embargo, y esto es importante, Kant no creía que se originaban simplemente de nuestro razonar. No son primariamente principios privados sino que están sujetos al discurso público. En efecto, Kant insistió en que las conversaciones con amigos acerca de cuestiones morales nos proveen una buena forma de clarificar nuestras ideas morales. Las máximas, en cierto sentido, están ampliamente a nuestro alrededor; la pregunta es cuáles debemos adoptar[1].

Se empieza —o termina— de caer la imagen de la ética kantiana como monológica y solipsista. Kuehn prosigue:

Entonces, una máxima  ha de ser el tipo de regla que puede seguirse, esto es, una que tiene relevancia en nuestra vida diaria, no algún principio artificial. Así, “Siempre sé el primero en entrar a una habitación” y “Nunca comas pescado los viernes” son efectivamente máximas, mas un principio como, “Siempre que sea viernes, y el sol esté brillando, y haya un pedazo de papel volando por esta intersección, y mientras hayan exactamente cinco hojas en el árbol de la derecha, no obedeceré la luz roja” no es una máxima. Tal “principio” no es un tipo de regla según la cual podamos vivir.

Pierde sentido poner a prueba al imperativo categórico con máximas específicas, que es como se ha enfocado mucho del estudio de la ética kantiana como procedimental.

Las máximas son realmente las reglas más básicas de conducta y de pensamiento. No deberíamos, por consiguiente, atribuir a Kant el punto de vista según el cual es necesario formular máximas para cada acto particular que podamos imaginar. Esta es otra razón por la cual sería un error pensar de nuestra vida moral como una de evaluación constante de nuestras máximas de acción. La adopción de máximas debe verse como un evento raro y muy importante para una vida humana. Las máximas, al menos en el sentido de las lecciones de antropología, son Lebensregeln, o reglas para vivir.

Más adelante:

Las máximas se refieren a agentes morales perdurables. En efecto, sólo cobran sentido si es que asumimos un agente tal. Son expresiones de la agencia racional. Si es que verdaderamente supiésemos las máximas de un agente racional, entonces sabríamos una buena cantidad de información sobre ese agente moral.

De esta forma, las máximas constituyen el carácter.

¿Cómo juzgar si un carácter es bueno o malo? ¡Por las máximas, por supuesto! Estas son decisivas para juzgar la bondad de nuestro carácter pues éste depende de la bondad de sus máximas.

Finalmente, Kuehn prosigue con un incisivo cuestionamiento de la renovada importancia de las máximas para la vida Kant, que dejo como interrogante:

¿Se engañó Kant cuando creyó haber formado su carácter, tras adoptar conscientemente sus nuevas máximas? ¿No fueron, más bien, sólo racionalizaciones de procesos que no tenían nada que ver con la elección?

Para otras entradas sostenidas en el divertidísimo libro de Kuehn, entren a esta sobre una reflexión acerca del significado de la vida, y esta otra sobre las creencias religiosas de Kant.


[1] Manfred Kuehn, Kant: A Biography (New York: Cambridge University Press, 2002). Las apuradas traducciones son mías, y todas se encuentran entre las páginas 145 y la 153.

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