Immanuel Kant

Felices fiestas, etc. (una entrada sobre el cambio de corazón, con una cita de Kant y una canción de The Killers)

Siguiendo tradiciones pasadas (2013, 2012 y 2011), les deseamos desde este blog, amable público lector, unas felices fiestas, etc.

Como regalos, un par de elementos sobre un tema común: el cambio de corazón.

Primer elemento, una cita de Kant:

Pero que alguien llegue a ser no sólo un hombre legalmente bueno, sino un hombre moralmente bueno (grato a Dios), esto es: virtuoso según el carácter inteligible (virtus noumenon), un hombre que, cuando conoce algo como deber, no necesita de otro motivo impulsor que esta representación del deber, [y] eso no puede hacerse mediante reforma paulatina, en tanto la base de las máximas permanece impura, sino que tiene que producirse mediante una revolución en la intención del hombre […]; y sólo mediante una especie de renacimiento, como por una nueva creación (Juan, III, 5; cfr. I Moisés, I, 2) y un cambio del corazón, puede el hombre hacerse un hombre nuevo. (R 6:47; Kant 2001: 69)

Segundo elemento, una canción de The Killers:


Bibliografía:

La Religión dentro de los límites de la mera Razón. Traducción de Felipe Martínez Marzoa. Madrid: Alianza Editorial, 2001.

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Algunos apuntes sobre el arte bello y su conformidad con la Naturaleza

Lo que sigue son apuntes y en general reflexiones libres (de un novato en estética) sobre algunos parágrafos de la Crítica del discernimiento correspondientes al gusto, al arte bello, al genio, y a la idea de un ser supremo creador del mundo.

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Final del § 40, explicación del sentido del gusto

La clave del gusto está en la actividad de la imaginación, en el juego, en el movimiento de la misma, en tanto ésta se da conforme a las leyes del entendimiento, a las categorías (unidad, pluralidad, causa-efecto, etc.), sin que los conceptos estén presentes en la obra: es la actividad misma del observador que despierta en su imaginación la obra la que es acorde a conceptos, actividad que conlleva una sensación, un estado de ánimo conforme a fines; un sentimiento.

§ 44: El arte bello es libertad, es conforme a la razón

El arte bello es conforme a fin, pero sin fin. En la conformidad a fines respecto del entendimiento hay una universalidad, y es esta universalidad, que es experimentada por el individuo de manera sensible, la que supone una motivación para la comunicación social. Lo comunicable no es la sensación, sino la conformidad a fines. De ahí que uno tienda a exigir que otros compartan sus gustos, como si fuera un deber.

No todo lo que gusta es bello. Lo bello gusta, pero gusta en el enjuiciamiento, en la actividad de juzgar, de unir lo sensible con el entendimiento a través de la imaginación. Lo bello supone una actividad intelectual. En el arte bello hay que entender ciertas cosas. No es algo que meramente “guste”, que se sienta.

§ 45: “El arte bello es un arte en la medida en que parece ser al mismo tiempo naturaleza”

Acá hay un malentendido frecuente. Se suele entender a Kant como afirmando que el arte bello se limita a representaciones “realistas” de objetos naturales. Que el arte bello no puede ser abstracto, que tiene que ser “una copia” de la naturaleza. Y sin embargo, nada más lejano de lo que quiere decir Kant.

Más bien, el filósofo apunta a que el orden y la regularidad propios de la naturaleza están presentes también en el arte. El arte no es arbitrariedad. Pongamos como ejemplo una obra que busque representar el caos. Sería un producto “conforme a fin”, a una idea; no sería en sí mismo “caos”. Es en este sentido, únicamente, que “el arte bello parece ser al mismo tiempo naturaleza”.

Tampoco hay que obviar la contraparte de esta idea: así como el arte bello parece naturaleza, la naturaleza misma es bella en tanto parece arte. Esto nos lleva a pensar la naturaleza como creación, como producto de una imaginación. Podemos afirmar que lo que Kant entiende acá como naturaleza va más allá de aquella que conocemos en nuestro Universo. Podemos pensar un Universo completamente distinto, con leyes a su vez distintas, sin átomos, sin estrellas, sin galaxias, pero necesariamente con otras estructuras y con otras leyes (y por tanto también acorde a un entendimiento, operando necesariamente acorde a una regularidad).

Entonces, el arte bello se parece a la naturaleza no en tanto copia las estructuras de los objetos naturales, sino en tanto representa estructuras en general, conforme a reglas y leyes en general.

Genio

Y sin embargo, las estructuras y leyes del arte no están ya dadas; están, más bien, implícitas en la obra, del mismo modo que las leyes de la naturaleza están implícitas en la naturaleza misma. El entendimiento las tiene que descubrir. Pero, ¿quién las ha creado?

La intención del artista tiene que escapar al producto. Hay una intención, definitivamente, pero ésta no se debe ver en el producto, si bien la contemplación de la obra nos mueve a pensarla. En la naturaleza, por ejemplo, no queda claro cómo y por qué alguien ha elaborado las estructuras que observamos y sus leyes. Y sin embargo, la naturaleza es bella en tanto es conforme a estructuras y leyes.

Es en ese sentido que el arte bello debe ser visto como naturaleza: no como creación humana, sino como una obra del genio. Y es el genio el que produce el arte bello, lo crea, del mismo modo que Dios hace, crea el mundo. A Dios no lo vemos en el mundo, pero el mundo con sus estructuras y leyes nos mueven a pensar en un creador. La finalidad del genio, del mismo modo que la del creador, debe permanecer oculta.

Genio es el talento que da la regla al arte”. “Genio es la innata disposición del ánimo por medio de la cual la naturaleza da la regla al arte”. (KU 5:307; el subrayado es de Kant). El genio es Dios.

El ser humano es naturaleza, pero es naturaleza no en el sentido mecánico, sino en el sentido en que la naturaleza es libertad. Y la naturaleza es libertad en el sentido en que es creación de Dios, de un entendimiento supremo. Esto no es nada nuevo, es la visión del artista poseído por los dioses.

El ser supremo, causa de todas las cosas, creador del mundo

Cuando hemos hablado de Dios nos referíamos al Dios de la teología física, a la causa de la naturaleza, a una causa que actúa de acuerdo a fines (“Dios no juega a los dados”).

“Todo en el mundo opera de acuerdo a leyes, solamente un ser racional opera de acuerdo a la representación de leyes”. Y esta actividad de representar, de actuar de acuerdo a leyes que uno se representa, esta actividad es la voluntad. Y esta actividad es libertad respecto de la naturaleza; pero es conforme a leyes también, a las leyes de la razón. Llegamos, pues, a la conocida doctrina de los dos mundos, los dos órdenes de la realidad: el orden natural y el orden racional. La voluntad opera en un mundo natural pero de acuerdo a leyes racionales. Este actuar es propiamente el arbitrio, es libre de las leyes naturales sin llegar a ser tampoco netamente racional, ya que tampoco se halla determinado por éstas. Este arbitrio se encuentra, pues, entre dos mundos. Pertenece a ambos mundos. Pero es a la vez libre de ambos: no se ncuentra en ningún mundo. El arbitrio, en este sentido, tiene carácter divino. Y es el genio, propiamente, el que cumple este rol de estar entre ambos mundos a la perfección.


Bibliografía:

KANT, Immanuel

Crítica del discernimiento. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2012.

Revista Estudios de Filosofía Vol. 12 de la PUCP

Este humilde bloguero tiene un modesto artículo publicado en la Revista Estudios de Filosofía Vol. 12 de la Pontificia Universidad Católica del Perú, sobre la filosofía de Kierkegaard y de Kant.

El número completo de la revista:

http://revistas.pucp.edu.pe/index.php/estudiosdefilosofia/issue/view/1056

El enlace a mi artículo titulado “La experiencia de la libertad: Un salto de fe”.

Que pueden descargar haciendo click en la imagen.

valdezlibertad

Ya alguna vez nos publicó también dicha revista.

Algunos apuntes sobre el amoralismo histórico de Hegel (y Marx)

La moralidad no se hace real sino dentro de una vida ética (Sittlichkeit) dada en un momento histórico. Esta vida ética forma parte de un sistema de costumbres, cuyos principios pueden ser alcanzados reflexivamente por la cultura sobre la que operan. Wood señala las consecuencias de esta actividad:

[…] mientras la reflexión continúa, la cultura eventualmente llega a ver los límites de estos principios. Entonces, cuanto más examina las razones para seguir los deberes éticos, más llega a encontrarlas insuficientes. La conducta ética que estaba racionalmente justificada en relación a una primera reflexión, ahora deja de estarlo, y esto lleva a un periodo de auto-indulgencia, vanidad y decadencia (VG 178-180/145-146). (1990: 234-235)[1]

Es así que:

La posición de Hegel implica que en una época decadente las personas están justificadas a alejarse de sus deberes éticos. La vanidad, el egoísmo y el abandono de la virtud ética constituye un modo de conducta racional. (1990: 235)

La validez racional de un orden ético dependerá de que pueda actualizar la libertad del espíritu, y es desde estas consideraciones que surge el punto de vista de la historia universal, que puede ser aprehendido por determinados individuos.

Mientras se profundiza en la reflexión, la concepción del espíritu sobre sí mismo empieza a cambiar, y el antiguo orden ético ya no basta para actualizar la concepción emergente. Cuando individuos reflexivos comienzan a notarlo, los deberes éticos pierden, para ellos, su justificación racional. En tal época, la pregunta “¿Por qué ser ético?” no tendrá una respuesta racional. No habrá una buena razón para ser ético. (1990: 235)

La concepción de una revolución comunista se elabora precisamente sobre esta posibilidad:

Al igual que las ambiciones individuales, los intereses de clase quedan fuera de la moralidad y de la ética. Para Marx, las morales de clase son formas ideológicas, mistificadas y falsas de dichos intereses. Cuando agentes operando desde el punto de vista de la historia universal conciben sus acciones en términos morales o éticos, se vuelven víctimas de la ilusión ideológica y su agencia se torna confusa para ellos mismos. Por esta razón, Marx consistentemente rechaza toda apelación a concepciones morales y a ideales dentro del movimiento de la clase obrera. (1990: 234)

Si bien estas consideraciones se limitan a “épocas de decadencia y de transición histórica”, el peligro de adoptar este punto de vista es notable: Cuánta posibilidad para el autoengaño de autodenominados profetas que, por el bien de la humanidad y de la Historia, cometen sin reparo alguno los crímenes más atroces, actos de crueldad sin sentido, y, además, no avanzan el desarrollo del espíritu un solo milímetro. Además de la justicia humana, la Historia también los juzgará…

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Pero innumerables ejemplos de falsos positivos no deben ocultar la verdad de estas consideraciones:

Las restricciones morales no tendrían que impedirnos actuar en tanto sean obstáculos a la liberación humana. Si realmente hay tiempos en que el espíritu humano puede emanciparse sólo mediante acciones incorrectas, entonces sería terrible que dejemos que nuestro miedo de actuar incorrectamente nos mantenga por siempre en cadenas. Por un lado, si fuera siempre posible para el espíritu humano avanzar de forma tranquila y ordenada, en conformidad con el derecho y la moralidad, entonces el amoralismo histórico de Hegel nunca encontraría aplicación. Por otro lado, si fuera siempre fácil para las personas conocer con precisión cuándo acciones terribles e inmorales son requeridas en interés de la libertad humana, entonces no habría peligro de que esta doctrina pudiera ser abusada. Pero los asuntos humanos son complejos y llenos de ambigüedad. A veces tenemos dificultad para distinguir entre crímenes sin sentido y atrocidades detestables de acciones históricas extraordinarias necesarias para el desarrollo de la especie humana. Es más, algunas de esas acciones necesarias pueden ser al mismo tiempo atrocidades detestables. Hegel no es culpable de estos preocupantes hechos de la vida humana. (1990: 236)

Y es así que en este blog nos introducimos, oficialmente, en la filosofía de Hegel.

Ver también:

Kant y la Revolución francesa


[1] Las rápidas traducciones al texto de Wood son mías. Bibliografía:
WOOD, Allen W. Hegel’s Ethical Thought. Nueva York: Cambridge University Press, 1990.

Dos conceptos fundamentales de la ética (o propiamente, una idea y una noción)

Virtud

Para Immanuel Kant, a diferencia de Aristóteles, las virtudes no serán ya estados (hexis) del carácter humano, como la moderación o la valentía. La virtud referirá únicamente a una fuerza de la voluntad, pero en relación a ciertos deberes. De ahí que Kant hable de “deberes de virtud”. La virtud ya no será, por ejemplo, la moderación, que puede ser elogiada desde la mera prudencia o utilidad. El deber de virtud será evitar la gula y otros excesos, y la virtud, propiamente, la fuerza de la voluntad para evitarlos. Esto no quita que la virtud, entendida como fuerza, opere en el ánimo a largo plazo de tal modo que uno ya ni siquiera desee (desde un punto de vista sensible) tales excesos. La vitud concebida por Kant termina dando forma a cierto tipo de estado en el carácter humano: una segunda naturaleza, en todo el sentido aristotélico.

A fin de cuentas, el hombre virtuoso y prudente de Aristóteles y la persona moral de Kant son uno y el mismo tipo. Kant se está preocupando en mostrar lo más profundo del fenómeno de la ética, mientras que Aristóteles está describiendo características, no menos profundas del alma del ser humano, pero adoptando un lenguaje en tercera persona.

Corazón

Es el lugar donde se da la pena más profunda, la alegría más sobria; es también el lugar sobre el cual la virtud pura es efectiva en nosotros. La ley moral no es algo que meramente pensamos, más bien, la sentimos en lo más hondo de nuestro ser. Sin lugar a dudas es el fenómeno que encontramos a la base de múltiples tipos de experiencia religiosa a lo largo de la historia de la cultura.

Una breve reflexión sobre la autoridad de la ley moral

Una ley que ejerce poder, fuerza sobre nosotros, inclusive al punto de llegar a anular cualquier resistencia nos presenta, ciertamente, una visión de la ética donde el concepto de autoridad juega un rol central. Claramente es este el elemento que mucho repugnó a Nietzsche, y que desde el psicoanálisis de Freud tendría una explicación relativamente fácil.

Sin embargo, más que tratarse de una causa psicológica operando quizás no tan sutilmente desde el inconsciente de Kant, estamos ante una reflexión perfectamente consciente por parte del filósofo acerca de la naturaleza humana. Siempre vamos a necesitar un dominio de la parte racional sobre nuestra sensibilidad, pero también, y sobre todo, sobre toda la esfera de opiniones y de valoración social en lo que no podemos evitar estar inmersos. La idea de Platón no sólo se opone a lo múltiple en lo material, sino a nivel de la opinión, de creencias infundadas, si bien mayoritarias, opuestas al Bien y a la Justicia. La perfección es algo que nunca podemos alcanzar, siempre habrá algún deber transgredido.

Confusiones kantianas[1]

 Me encontré ayer en la excelente página de facebook de filosofía en inglés, Philosophy Matters, con un artículo titulado “Kant confusion”, de MIchael Rosen, que quiero reseñar muy brevemente.

A estas alturas de la historia de la filosofía, debería quedar completamente erradicada aquella interpretación exclusivamente formalista de la ética del filósofo de Königsberg que la tiene como un mero procedimiento formal y vacío para el análisis de los principios que deberían regir la conducta humana. El artículo de Rosen hace de un excelente contrapeso más, cuando va más allá de la defensa de kantianos respetables como es el caso de la británica Onora O’Neill, que mantiene una lógica procedimental basada sobre todo en la primera formulación del imperativo categórico (la ley moral).

Rosen es claro en que la formulación más significativa de la ley moral es precisamente la segunda, que tiene al valor de la humanidad como el aspecto fundamental de la ética kantiana (posición que, para bien, se está volviendo estándar en la interpretación contemporánea). En esta línea, lo que perdemos en precisión científica para una eventual derivación de deberes humanos desde el concepto de universalidad de la primera formulación, lo ganamos en la profundidad de la reflexión e interpretación basada en aquello que denota respeto por dicho valor.

Rosen anota:

If the categorical imperative were a universal, algorithmic decision procedure it would resolve that question one way or the other. If it is rather, as I suspect, a matter of deciding between different conceptions of what counts as showing respect for humanity in one’s person, the matter is much less straightforward: there is no unambiguous, independent test.

Ya he argumentado también que la ética kantiana debe dejar de ser vista como una ética procedimental y afirmarse en cambio como una ética de la conciencia moral y de la reflexión basada en el valor de la dignidad humana.

Los dejo con el siguiente video introductorio[2]:


[1] Esta entrada corresponde a un ejercicio para el Taller de elaboración de hipertextos de la USIL.

[2] Por motivos de orden estético, evito poner el video en otros tamaños.

Una metafísica de las costumbres[1]

En el prefacio de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Immanuel Kant refiere a su proyecto de una metafísica de las costumbres como “una filosofía moral pura […] completamente limpia de todo cuanto sea empírico y pertenece a la antropología” (G 4:389). Es sabido, sin embargo, que cuando Kant presenta su sistema completo de las costumbres (doctrina de la virtud y del derecho) doce años después, lejos de ser una ciencia exclusivamente a priori, “restringida a determinados objetos del entendimiento” (G 4:388), precisa más bien que “tendremos que tomar frecuentemente como objeto la naturaleza peculiar del hombre, cognoscible sólo por la experiencia, para mostrar en ella las consecuencias de los principios morales universales” (MS 6:217).

Entonces, si bien podemos concederle a Kant que “toda la filosofía moral descansa enteramente sobre su parte pura, y, aplicada al hombre, no toma prestado ni lo más mínimo del conocimiento del mismo” (G 4:389), esto no corresponderá a toda la metafísica de las costumbres, sino únicamente a su fundamento, a saber, “la idea de la voluntad de todo ser racional como una voluntad universalmente legisladora” (G 4:431).

De este modo, sería únicamente esta idea, el “tercer principio práctico de la voluntad” (G 4:431), una formulación enteramente racional del principio supremo de la moralidad, lo que no podría decirse ni de la primera (G 4:421) ni de la segunda formulación (G 4:429) del imperativo categórico, ya que en ambos casos se supone la estructura de una voluntad humana, con la existencia de inclinaciones que hacen del cumplimiento de la ley algo “subjetivamente contingente” (G 4:412).  Es así que desde la misma Fundamentación, Kant ya estaría tomando, si bien a modo muy general, la naturaleza peculiar del ser humano.

Pero aceptemos la concepción de una metafísica de las costumbres, no como Kant la describe en la Fundamentación, es decir, no como algo enteramente racional y que no sería viable más que para la formulación de la idea, sino como tomando en efecto como objeto la naturaleza humana tal como la conocemos por experiencia. Allen W. Wood nos dibuja el escenario del siguiente modo:

La filosofía moral se sostiene en un único principio supremo, que es a priori, pero todos nuestros deberes morales resultan de la aplicación de este principio a lo que sabemos empíricamente acerca de la naturaleza humana y de las circunstancias de la vida humana. (2008: 61)[2]

Surgen, igual, algunas consideraciones.

Imagen: Woman Caught in Adultery, John Martin Borg, 2002.

Imagen: Woman Caught in Adultery, John Martin Borg, 2002.

Tenemos el respeto a la humanidad (racionalidad, libertad) en cualquier persona (G 4:429) a nivel de principio, pero necesitará traducirse o formularse en normas o deberes específicos, tales como evitar la mentira (MS 6:429-431) y la avaricia (MS 6:432-434), o el deber de beneficencia (MS 6:452-454). Una metafísica de las costumbres estará compuesta de tales deberes (al menos a nivel de la virtud). No son, como ya hemos anunciado, enteramente racionales (si bien podemos pensar que su legitimidad sí lo sea). Por ejemplo, en el caso del deber de evitar la mentira, se supone que los seres humanos tenemos pensamientos que no necesariamente expresamos[3]. Bien podría ser, especula Kant en la últimas páginas de la Antropología en sentido pragmático, “que en algún otro planeta existieran seres racionales que no pudiesen tener pensamientos que al mismo tiempo no expresaran” (1991: 279); para estos seres, incondicionalmente obligados, al igual que nosotros, al respeto a la humanidad en todas las personas, no obstante, no existiría el deber de no mentir, ya que no les sería posible.

La metafísica de las costumbres, a no ser que nos adentrásemos en el interesante campo de la ciencia ficción, sería, entonces, una metafísica de las costumbres humana.

Quizás más problemático sería el caso del deber de beneficencia. Ya no se trataría, como en el caso del deber de evitar la mentira, de una consideración sobre “la complexión originaria de una criatura humana” (1991: 280), sino que implicaría tomar en cuenta las circunstancias de la vida humana. Ciertamente, el ser humano es por naturaleza un animal político, o como lo expresa Kant, somos “seres racionales necesitados, unidos por la naturaleza en una morada” (MS 6:453), por lo que, al menos en sentido amplio, “ayudar a otros hombres necesitados a ser felices, según las propias capacidades y sin esperar nada a cambio, es un deber de todo hombre” (MS 6:453). Pero hasta qué punto las circunstancias de la vida humana que permiten una marcada diferencia entre ricos y pobres (esto es, la injusticia) sean una condición necesaria de la vida humana es mucho más discutible, al punto que Kant mismo se plantea si es que en esos casos la ayuda prestada merece si quiera dicho nombre (MS 6:454).

El problema que quiero dejar acá como meramente anunciado es el de la actualidad y pertinencia misma del proyecto de una metafísica de las costumbres, a saber, el de una reflexión ética firmemente anclada en un solo principio cuya validez pretende universalidad inclusive más allá de la especie Homo sapiens, pero a la vez lo suficientemente flexible para tomar en cuenta las particularidades necesarias de la especie humana sin confundirlas con circunstancias en última instancia históricamente contingentes.

Ahí vamos.


[1] Esta entrada será la primera en una serie (promesas, promesas…) sobre el proyecto kantiano de una metafísica de las costumbres, aprovechando el privilegio de dictar este ciclo 2014-2 el Seminario de Filosofía Moderna en el pregrado de Filosofía en la PUCP, junto con Ciro Alegría Varona, precisamente, sobre la teoría ética de Kant.

Adjunto el sílabo del curso.

[2] La traducción al español es mía.

[3] Este deber no incluiría el mucho más delicado problema de la mentira interior (autoengaño).

Bibliografía:

KANT, Immanuel

Fundamentación de la metafísica de las costumbres. (Edición bilingüe). Traducción de José Mardomingo. Barcelona: Ariel, 1996.

Antropología en sentido pragmático. Traducción de José Gaos. Madrid: Alianza Editorial, 1991.

La metafísica de las costumbres. Traducción de Adela Cortina Orts y Jesús Conill Sancho. Madrid: Editorial Tecnos, 1989.

WOOD, Allen W.

Kantian Ethics. Nueva York: Cambridge University Press, 2008.