Nota

Dos conceptos fundamentales de la ética (o propiamente, una idea y una noción)

Virtud

Para Immanuel Kant, a diferencia de Aristóteles, las virtudes no serán ya estados (hexis) del carácter humano, como la moderación o la valentía. La virtud referirá únicamente a una fuerza de la voluntad, pero en relación a ciertos deberes. De ahí que Kant hable de “deberes de virtud”. La virtud ya no será, por ejemplo, la moderación, que puede ser elogiada desde la mera prudencia o utilidad. El deber de virtud será evitar la gula y otros excesos, y la virtud, propiamente, la fuerza de la voluntad para evitarlos. Esto no quita que la virtud, entendida como fuerza, opere en el ánimo a largo plazo de tal modo que uno ya ni siquiera desee (desde un punto de vista sensible) tales excesos. La vitud concebida por Kant termina dando forma a cierto tipo de estado en el carácter humano: una segunda naturaleza, en todo el sentido aristotélico.

A fin de cuentas, el hombre virtuoso y prudente de Aristóteles y la persona moral de Kant son uno y el mismo tipo. Kant se está preocupando en mostrar lo más profundo del fenómeno de la ética, mientras que Aristóteles está describiendo características, no menos profundas del alma del ser humano, pero adoptando un lenguaje en tercera persona.

Corazón

Es el lugar donde se da la pena más profunda, la alegría más sobria; es también el lugar sobre el cual la virtud pura es efectiva en nosotros. La ley moral no es algo que meramente pensamos, más bien, la sentimos en lo más hondo de nuestro ser. Sin lugar a dudas es el fenómeno que encontramos a la base de múltiples tipos de experiencia religiosa a lo largo de la historia de la cultura.

Una breve reflexión sobre la autoridad de la ley moral

Una ley que ejerce poder, fuerza sobre nosotros, inclusive al punto de llegar a anular cualquier resistencia nos presenta, ciertamente, una visión de la ética donde el concepto de autoridad juega un rol central. Claramente es este el elemento que mucho repugnó a Nietzsche, y que desde el psicoanálisis de Freud tendría una explicación relativamente fácil.

Sin embargo, más que tratarse de una causa psicológica operando quizás no tan sutilmente desde el inconsciente de Kant, estamos ante una reflexión perfectamente consciente por parte del filósofo acerca de la naturaleza humana. Siempre vamos a necesitar un dominio de la parte racional sobre nuestra sensibilidad, pero también, y sobre todo, sobre toda la esfera de opiniones y de valoración social en lo que no podemos evitar estar inmersos. La idea de Platón no sólo se opone a lo múltiple en lo material, sino a nivel de la opinión, de creencias infundadas, si bien mayoritarias, opuestas al Bien y a la Justicia. La perfección es algo que nunca podemos alcanzar, siempre habrá algún deber transgredido.

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Sobre el principio malo

Desde que abrí este blog, siempre pensé en que cuente con una sección de notas, sobre temas o citas para uso futuro. Ya habiendo usado la respectiva etiqueta para dos posts sobre el mismo tema (el mal radical), no está de más añadir uno más.

Aristóteles.

Quiero señalar—únicamente—una parte de la Ética nicomáquea que es perfecta para usarla como cita introductoria para un futuro trabajo sobre el mal radical en la ética kantiana.

[…]quizá, también en el alma debemos considerar no menos la existencia de algo contrario a la razón, que se le opone y resiste[1].

Precisa.


[1] Aristóteles, Ética nicomáquea y Ética eudemia (Madrid: Editorial Gredos, 1985). La cita corresponde a la página 156 [1102b 23–25].

La muy importante diferencia entre la voluntad y el albedrío

Sigo con mi investigación sobre el mal radical, que ya mencioné en este post, y sobre la cual planeo ir publicando notas relativamente aisladas, pero de alguna forma autosuficientes.

El misterioso camino del albedrío... o algo así.

Veamos como se da esta importante diferencia en la filosofía moral de Immanuel Kant.

Las leyes proceden de la voluntad; las máximas, del albedrío. Este último es en el hombre un albedrío libre; la voluntad, que no se refiere sino a la ley, no puede llamarse ni libre ni no libre, porque no se refiere a las acciones, sino inmediatamente a la legislación concerniente a las máximas de las acciones (por tanto, la razón práctica misma), de ahí que sea también absolutamente necesaria y no sea ella misma susceptible de coerción alguna. Por consiguiente, sólo podemos denominar libre al albedrío[1].

No es una cita sencilla en lo absoluto, pero se puede ver claramente que la legislación moral no depende de cada uno, y es por lo tanto universal. Así, sólo nos podemos considerar autónomos cuando obedecemos la ley moral, es decir, cuando nuestro albedrío se conforma a la voluntad.


[1]Immanuel Kant, La metafísica de las costumbres (Madrid: Editorial Tecnos, 1989). La cita corresponde a la página 33. He cambiado “arbitrio” por su sinónimo “albedrío”.

 

El libre albedrío humano

Dibujado. Por mí. Vean.

El libre albedrio humano

Representando el círculo negro más amplio al albedrío humano, tenemos al círculo azul como el motivo impulsor que representa la ley moral en nosotros, siendo el rojo a su vez el motivo impulsor del “amor propio”. La flecha viene a ser la Gesinnung (disposición o máxima primera), que, no pudiendo desechar ninguno de los dos motivos impulsores, ni mantenerlos al mismo nivel, tiene que necesariamente subordinar uno al otro, habiendo sólo dos posibles opciones: una Gesinnung buena, representada por la flecha azul en el primer dibujo, y una mala, representada por la flecha roja en el segundo.

Este post sirve, pues, como un teaser sobre un tema que retomaré y que prometí en el primer artículo de este blog: el mal radical en la ética kantiana. Manténganse alertas.