Mes: octubre 2011

Christian Fiction and Religious Realism in the Novels of Dostoevsky

He adquirido Christian Fiction and Religious Realism in the Novels of Dostoevsky, de Wil van den Bercken, publicado este mismo año, con miras a fortalecer mi estudio del pensamiento propiamente filosófico y religioso del escritor ruso.

El autor describe su proyecto de la siguiente forma:

Este estudio es tanto un análisis como una interpretación de la presentación literaria que hace Dostoievski del cristianismo. Reviso la imagen de Fiódor Dostoievski como un novelista con una visión del mundo rusa ortodoxa. Con la base de un análisis textual de sus cinco grandes novelas, argumentaré que Dostoievski no sólo se mantiene distante de la ortodoxia tradicional, sino que además dista de ser un ortodoxo ‘alternativo’. El escritor Dostoievski da expresión de un cristianismo bíblico y ético, desconectado de formas institucionales de religión. (van den Bercken 2011: ix)

Sobre mis intereses específicos, algo tienen que ver con mi ponencia de este año, pero que terminó centrada sobre todo en Immanuel Kant. De lo que se trata, ahora, es de examinar y argumentar de manera filosófica por la concepción tanto de una iglesia como de la praxis religiosa misma que propone y defiende Dostoievski.


Bibliografía:

VAN DEN BERCKEN, Wil

Christian Fiction and Religious Realism in the Novels of Dostoevsky. Londres: Anthem Press, 2011. La traducción es mía.

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La escala del universo

Una de las cosas más impresionantes que he visto, sin exagerar, es la siguiente… ¿cómo llamarla?… ¿ilustración interactiva? que muestra todos los objetos conocidos en escala de tamaño unos respecto de otros, desde el universo mismo, hasta la espuma cuántica, pasando por las galaxias, los planetas, el ser humano, las células y los átomos.

Hagan click en la imagen para acceder a la cuestión, desarrollada por Cary Huang.

Sencillamente asombroso. Compartan.

Ilustración: cuatro acusaciones y una defensa

A la Ilustración se la ha culpado del fascismo, del imperialismo, del comunismo y hasta del huracán Katrina. En Moral Clarity, Susan Neiman agrupa las acusaciones (que a decir verdad vienen desde los mismos días del máximo apogeo de la Ilustración, en el siglo XVIII, y se han repetido una y otra vez) en estas cuatro:

1. La Ilustración sostuvo que el género humano era por naturaleza bueno e infinitamente perfeccionable, ignorando despreocupadamente toda la evidencia acerca de la naturaleza humana para producir una imagen que es tan bonita como alejada de la realidad.

2. La Ilustración sostuvo que todo problema se podía solucionar por la razón, arrogantemente sobrestimando el intelecto y subestimando las emociones.

3.La Ilustración sostuvo que nada era sagrado e hizo de todo algo profano. Su posición es una de incesante irreverencia, ignorando la necesidad humana de lo sagrado.

4. Cuando la Ilustración sí veneró algo, fue la tecnología que creyó solucionaría todos los problemas. Pero en vez de traer el progreso que pensó inevitable, nos dirigió directamente a Auschwitz. (Neiman 2008: 110-11)

El resultado de estas críticas es la caricatura del fanático racionalista que la Ilustración misma condenó, y de la que además se burló  de forma despiadada. En realidad son insostenibles.

Esto nos lleva a preguntarnos, ¿a qué se debe, entonces, su popularidad? Neiman señala:

La Ilustración ha llegado a identificarse con la modernidad. Sospecho que el monstruo llamado Ilustración es un reflejo de nuestros propios temores; en particular, el miedo de que la vida moderna está en peligro de robarnos nuestras almas. El desencantamiento del mundo es una cosa, la desmitificación de la naturaleza humana otra bastante distinta. Mientras más son descubiertos los propios secretos, más puede uno sentir que no le queda nada de su propio ser [self]. (Neiman 2008: 112)

La Ilustración, más bien, será descrita como “apuntando no en contra de la reverencia, sino de la idolatría y la superstición; nunca creyó que el progreso era inevitable, sino únicamente posible” (Neiman 2008: 112).

La Ilustración, el siempre falible pensar por uno mismo, requiere que nos hagamos responsables de nuestros sueños así como de nuestro lugar en el mundo.

Más sobre esto en próximas entradas.

Para otra entrada basada en el libro de Neiman, ver: Susan Neiman sobre el pensamiento político de Carl Schmitt.


Bibliografía:

NEIMAN, Susan

Moral Clarity: A Guide for Grown-Up Idealists. Orlando: Harcourt, 2008. Las traducciones son mías.

Susan Neiman sobre el pensamiento político de Carl Schmitt

En su libro Moral Clarity, Susan Neiman explicita el núcleo del pensamiento político de Carl Schmitt, haciendo evidente lo insostenible (y flagrantemente ridículo) de su posición, ayudándose, para esto, de Bernard Williams. Veamos:

Schmitt sostuvo que la única y genuina distinción política es aquella entre amigo y enemigo. La moralidad se preocupa de la bondad, la política del poder; y si la guerra es una continuación de la política por otros medios, es porque ambas son fundamentalmente un asunto del “antagonismo más intenso y extremo”. Puede que no siempre tengamos que matar a nuestros oponentes, mas nunca deberíamos olvidar la necesidad de derrotarlos. Los liberales buscan un marco neutral para resolver reclamos opuestos, no por la fuerza, sino por justicia. Pero ellos son, creía Schmitt, ya sea hipócritas o tontos, pues cualquier marco neutral que supongamos representa nada más que el triunfo de una facción más fuerte sobre otra más débil. La verdadera política no reclama neutralidad, incluso moralidad, en lo absoluto. La justicia política y social, por lo tanto, no son más que un asunto de tender alianzas. Este es el tipo de argumento que el filósofo inglés Bernard Williams denominó como una forma antigua de retórica deflacionaria. “Consiste en tomar una distinción respetada entre algo ‘superior’ y algo ‘inferior’ como aquellas entre la razón y la persuasión, argumento y fuerza, veracidad y manipulación, y negar el elemento superior a la vez que afirmamos el inferior: todo, incluído el argumento y la veracidad, es fuerza, persuasión y manipulación (en serio). Este tropo [trope] tiene sus usos… Pero aparte del hecho de volverse rápidamente inmensamente aburrido, tiene desventajas tales como que no nos permite entender dichas idealizaciones”. Incluso menos, continúa Williams, nos ayuda a explicar la diferencia que existe entre escuchar a alguien y ser golpeados por él. (Neiman 2008: 52-53)

Su teoría, si bien puede apelar intelectualmente a algunas mentes sencillas, difícilmente encajará con el sentido moral común de las personas. Neiman remata:

Aunque Schmitt ofreció sus servicios a los Nazis, ellos raramente recurrieron a sus ideas, y prefirieron depender de virtudes más tradicionales. Llamados a la franqueza y claridad moral, al sacrificio y a la lealtad, sostuvieron muchos más alemanes en el campo de batalla que el crudo amoralismo de Carl Schmitt. (Neiman 2008: 53)

Esperen más de Susan Neiman en este blog.


Bibliografía:

NEIMAN, Susan

Moral Clarity: A Guide for Grown-Up Idealists. Orlando: Harcourt, 2008. La traducción en mía.

Ideas dobles (o sobre lo insondable en las propias motivaciones)

Porque no le es posible al hombre penetrar de tal modo en la profundidad de su propio corazón que alguna vez pudiera estar completamente seguro de la pureza de su propósito moral y de la limpieza de su intención, aunque fuera en una acción. (Kant 1989: 246)

Immanuel Kant. La metafísica de las costumbres.

El mundo interior de las personas tiene mucho de insondable. A fin de cuentas, sólo conocemos en uno mismo lo que se nos manifiesta, el fenómeno. A diferencia del mundo exterior, los fenómenos internos están ocultos, y depende de la fortaleza de cada uno atravesar la mentira interior que nos impide ver la propia verdad.

En El idiota, de Fiódor Dostoiesvki, el protagonista y héroe, el príncipe Myshkin, desarrolla el problema de las ideas dobles, es decir el problema de poder explicar una motivación interior de dos formas radicalmente opuestas, a saber, una propiamente moral y otra interesada, y no poder estar seguros, jamás, cuál es la que verdaderamente está determinando nuestra voluntad.

Veamos, primero, la intervención de su interlocutor, una persona viciosa y de mente sencilla, que, sin embargo, se da cuenta de su vicio y de que algo hay de malo en eso; luego le sigue la reflexión del príncipe donde se plantea el problema.

–Oiga, príncipe, he estado aquí desde anoche, primero por un respeto especial hacia el arzobispo francés Bourdaloue (estuvimos abriendo botellas en casa de Lebedev hasta las tres de la mañana), y en segundo lugar, y eso es lo principal (¡y le juro por todas las cruces posibles que digo la pura verdad!), me quedé porque quería, por así decirlo, confesarme con usted completa y sinceramente, contribuyendo de ese modo a mi desarrollo espiritual; con esa idea me dormí a las cuatro de la mañana, bañado en lágrimas. ¿Creerá usted ahora la palabra del más honrado de los hombres? En el momento mismo en que me dormí, rebosante de lágrimas interiores y, por así decirlo, de exteriores también (¡porque acabé por sollozar, lo recuerdo bien!), se me ocurrió una idea infernal: «¿Y, al fin y al cabo, por qué no pedirle prestado dinero después de mi confesión?». Así, pues, he preparado mi confesión, por así decirlo, como una especie de «platito especial condimentado con lágrimas», con el fin de que esas lágrimas preparen el camino y, una vez que estuviera usted en sazón, me alargara ciento cincuenta rublitos. ¿No le parece que eso es mezquino?

–Pero sin duda no puede ser verdad, sino sólo una coincidencia. A usted se le ocurrieron dos ideas a la vez. Eso sucede muy a menudo. A mí me ocurre constantemente. Sin embargo, pienso que eso no es nada bueno, y usted sabe, Keller, que de eso me acuso más que de ninguna otra cosa. En lo que usted me ha dicho me reconozco a mí mismo. En efecto, en alguna ocasión he llegado a pensar –prosiguió el príncipe muy serio y en tono sincero y hondamente interesado– que toda la gente es así, hasta el punto de que empecé a verme a mí mismo con benevolencia, porque es enormemente difícil luchar con estas ideas dobles. He tratado de hacerlo. ¡Sabe Dios cómo llegan a engendrarse! ¡Y usted dice que no son más que mezquindad! Ahora yo también comenzaré a tener miedo a esas ideas. En todo caso, no soy juez de usted. Sin embargo, a mi modo de ver, no cabe decir que eso sea mezquino; ¿qué piensa usted? Usted se ha valido de eso de las lágrimas para sacarme dinero, pero usted mismo jura que su confesión tenía otro propósito, un propósito noble y nada mercenario; en cuanto al dinero, usted lo necesita para irse de juerga, ¿verdad? Lo que después de una confesión como la suya es, por supuesto, una debilidad. ¿Pero cómo puede uno renunciar en un minuto a irse de juerga? Eso es imposible. ¿Qué hacer, pues? Lo mejor será dejarle a usted a merced de su propia conciencia, ¿no le parece?

El príncipe miraba a Keller con extrema curiosidad. Era evidente que la cuestión de las ideas dobles le venía ocupando desde hacía largo tiempo.

–¡Pues bien, después de eso no comprendo por qué dicen que es usted un idiota! –prorrumpió Keller.

El príncipe se ruborizó ligeramente. (Dostoyevski 1999: 442-443)

En tanto el príncipe se rehúsa a tildar como mera mezquindad esta doble motivación, parecería que acepta las ideas dobles como parte de la condición humana; en tanto podemos separarlas (pues son dos), podemos distinguir una noble de una interesada o inmoral, y en vez de reprimirla, debemos más bien resaltarla de tal modo que no prime sobre la propiamente moral.

Para la fuente de la imagen, entrar acá.

Para otra entrada sostenida igualmente en la misma novela, ver: Un argumento, puramente moral, en contra de la pena de muerte.


Bibliografía:

DOSTOYEVSKI, Fiódor M.

El idiota. Traducción de Juan López-Morillas. Madrid: Alianza Editorial, 1999.

KANT, Immanuel

La metafísica de las costumbres. Traducción de Adela Cortina Orts y Jesús Conill Sancho. Madrid: Editorial Tecnos, 1989.

Un ejemplo de fe beatificante (y otro de fe de prestación)

En torno a la idea de una religión racional, Immanuel Kant desarrolla cuatro tipos de fe distintas. A los primeros dos tipos, la fe religiosa pura o racional y la fe eclesiástica o histórica, se les suma, luego, la fe beatificante y la fe de servicio o de prestación.

La fe racional será la capacidad autónoma presente en cada persona de reconocer a lo que está moralmente obligada. La fe histórica, en cambio, es la expresión de estas obligaciones morales o no morales tal como se encuentran en los distintos modos de creencia religiosos, contingentes.

Si una persona reconoce como deber moral que no debe matar, entonces se podría decir que ahí está operando la fe racional. Pero a la vez, esto puede ser expresado de forma válida en un modo de creencia como el judeocristiano, de la forma “No matarás” (Éxodo 20:13).

Puesto que en realidad la fe religiosa jamás podrá darse en su forma pura, sino que siempre estará acompañada de ciertas características de una fe eclesiástica, Kant introduce dos nuevos tipos de fe, mutuamente excluyentes. La fe beatificante sería posesión de “todo aquel en quien la creencia eclesial, refiriéndose a su meta, la fe religiosa pura, es práctica” (Kant 2001: 143); esta fe será libre, “fundada sobre puras intenciones del corazón” (Kant 2001: 144). Por otro lado, tenemos a la fe de prestación, que “busca hacerse agradable a Dios mediante acciones (del cultus) que (aunque trabajosas) no tienen por sí ningún valor moral”, y son por lo tanto acciones “que también un hombre malo puede ejecutar” (Kant 2001: 144).

Puesto de otro modo, la fe beatificante estaría presente en cualquiera que busque anteponer los motivos que reconoce propiamente morales por sobre la contingencia de otras obligaciones presentes en los modos de creencia históricos.

Un ejemplo de fe beatificante:

En el video vemos como las distintas creencias mormonas, de por sí absurdas, operan en función de la moralidad, de enfrentar la injusticia.

La fe de prestación, en cambio, incluiría cualquier conducta neutra respecto de la moralidad, o incluso mala. Un ejemplo de esta última sería el inquisidor que tortura porque cree (erróneamente, de más está decirlo) que es lo que Dios quiere. Un ejemplo también de una fe de prestación, no en sí nociva, sino más bien neutra y sin ningún valor moral, lo pueden observar en la siguiente foto:

Para una entrada donde se presenta sistemáticamente la mencionada idea de una religión racional, ver: Por una religión dentro de los límites de la mera razón (o cómo es posible una religión basada en meras ideas).


Bibliografía:

KANT, Immanuel

La religión dentro de los límites de la mera razón. Traducción de Felipe Martínez Marzoa. Madrid: Alianza Editorial, 2001.