Mes: junio 2011

¡Feliz día de San Pedro y San Pablo!

Celebremos con la verdadera historia de la institución papal (que tiene más sentido que las decenas de Papas fanáticos que tenemos y hemos tenido), cortesía de South Park:

Click acá para ver el capítulo.

Porque los hombres pueden ser intolerantes, pero los conejos son puros.

Sobre la absurda e insostenible lectura de Michel Onfray sobre la ética de Immanuel Kant

En su ensayo “Un kantiano entre los nazis”, Michel Onfray afirma:

En ninguna parte, Kant dice que haya que examinar el contenido de una ley —ética o política— antes de decidirse a obedecerla o a infringirla, a rebelarse contra ella o a observarla. ¿Es ésta la falla del pensamiento kantiano en la que puede precipitarse el nazismo? Esta idea no deja ningún lugar a la cuestión del examen de los contenidos, pues se limita a disponer que cada individuo sea un súbdito dócil de la ley moral y de la de su país. (Onfray 2009: 23-24)

En la misma Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Kant afirma que no podríamos considerarnos obligados por el imperativo categórico a no ser por la existencia de un motivo, un fin válido para todos y en todo momento (que posea valor absoluto). Este fin es la humanidad, o la naturaleza racional presente en los seres humanos, que nos vuelve fines en sí mismos, y nos otorga una dignidad irrenunciable.

Este “contenido” de la ley moral nos es dado por la razón pura, y postulamos su validez a priori.

Ahora, ciertamente Onfray se refiere a algo así como a lo que dice un principio moral determinado, como “no mentir”. Pero dicho principio moral sólo será válido si muestra respeto, en una situación determinada, a la ley moral, o de forma más específica, a la dignidad de cada ser humano que pueda verse involucrado por nuestras acciones, y es por eso que Kant afirma que la práctica de la virtud (que es la moralidad misma) siempre termina en una casuística, para la cual necesitamos de un juicio bien afinado.

Es esa la facultad humana de juzgar a la que se refiere Hannah Arendt, el juicio del sentido moral común, o “la burda facultad de someter un hecho al régimen corriente de la razón o la conciencia” (2009: 23), que Onfray descarta sin explicar por qué, por su irreflexivo prejuicio que parece sostener que la ética de Kant estuviese completamente desconectada de la moralidad del ciudadano de a pie (Kant niega esto reiteradas veces en la Fundamentación y en otros lados). Este juicio que todos tenemos y usamos constantemente sólo puede ser reforzado por una metafísica de las costumbres, mas no radicalmente reinventado.

Es absolutamente imposible, justificar desde la ética de kant, cualquier acción que atente contra la dignidad de una persona.

En el ámbito de la legalidad, Onfray parece ignorar también lo que Kant afirma en “Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?, que si bien en tanto funcionarios tenemos siempre que obedecer, si las órdenes que se nos imponen se contraponen irreconciliablemente con nuestros principios morales, estaremos obligados moralmente a renunciar al cargo, al margen de cualquier perjuicio que esto nos pueda traer.

Además, tenemos el famoso ejemplo presente en la Crítica de la razón práctica, según el cual un súbdito se ve moralmente obligado, con perjuicio del bienestar de su propia familia, a evitar mentir por pedido del Rey mismo para inculpar a un hombre inocente.

¿Qué le pasa a Michel Onfray? Es raro que justamente habiendo criticado justamente las infundadas y superficiales críticas a Friedrich Nietzsche proceda a hacer lo mismo con la filosofía de Kant.

Más tarde, o mañana, actualizo esta entrada con las referencias respectivas.


Bibliografía:

Onfray, Michel

El sueño de Eichmann. Precedido de Un kantiano entre los nazis. Barcelona: Editorial Gedisa, 2009.

La religión dentro de los límites de la mera razón – II

Continuamos en esta segunda entrada con la exposición de algunos conceptos de la filosofía de la religión de Immanuel Kant, que nos servirán como herramientas para interpretar —en futuras entradas— algunos aspectos de los evangelios, en torno a la figura de Jesús de Nazaret.

Para la primera parte de nuestro marco conceptual, ver: La religión dentro de los límites de la mera razón – I.

Para la entrada que anuncia todo el proyecto, ver: Jesús de Nazaret, una mera interpretación racional.

Fe religiosa pura (fe racional) y fe eclesiástica histórica

Esta diferencia, a la que ya aludimos en la primera entrada, será fundamental para entender la —aparentemente— controversial tesis de Kant, según la cual “sólo hay una (verdadera) Religión” (Kant 2001: 134), que explicaremos más adelante a modo de conclusión.

La fe religiosa pura es ciertamente la única que puede fundar una iglesia universal; pues es una mera fe racional, que se deja comunicar a cualquiera para convencerlo, en tanto que una fe histórica basada sólo en hechos no puede extender su influjo más que hasta donde pueden llegar, según circunstancias de tiempo y lugar, los relatos relacionados con la capacidad de juzgar su fidedignidad. (Kant 2001: 128)

Esta mera fe racional equivale a nuestra capacidad autónoma de reconocer a qué estamos obligados moralmente, mediante el uso de nuestra razón, el pensar por nosotros mismos, aunque nunca de forma solipsista, sino siempre en diálogo con otros, y buscando la máxima coherencia posible entre nuestras creencias.

En cambio, creencias acerca de la supuesta divinidad de Jesús, acerca de la naturaleza de la Trinidad, e incluso las enseñanzas misma de Jesús (al igual que de cualquier otro profeta), corresponden a una fe eclesiástica e histórica, que es enteramente contingente, y cuya validez justamente depende de su conformidad con la fe religiosa pura.

Mas Kant no va a negar la importancia que tiene la fe eclesiástica pues en vista de sus contenidos más tangibles, es la única sobre la que se puede “fundar una iglesia”, pues no basta con la frialdad de la fe racional, y esto debido a “una particular debilidad de la naturaleza humana” (Kant 2001: 128-129). Añade:

Los hombres, conscientes de su impotencia en el conocimiento de las cosas suprasensibles […], no son fáciles de convencer de que la aplicación constante a una conducta moralmente buena sea todo lo que Dios pide de los hombres para que éstos seas súbditos agradables a él en su reino. (Kant 2001: 129)

Queda señalado que lo único que podemos considerar racionalmente es requerido de nosotros por Dios es una conducta moralmente buena, o el cultivo de una buena voluntad.

Diferencia entre religión y modo de creencia

La única religión verdadera es aquella que se sostiene en la fe racional, y es accesible a todos universalmente mediante el uso de nuestra propia razón autónoma.

Debe quedar absolutamente claro, no obstante, que esta afirmación no atenta contra la diversidad de religiones, sino que precisamente reafirmar la capacidad autónoma de cada persona (y por tanto, de distintos grupos de personas, o comunidades) de acceder a esta única religión generará necesariamente distintos modos de creencia. Veamos:

Se puede añadir que en las iglesias diversas, que se separan unas de otras por la diversidad de sus modos de creencia, puede encontrarse sin embargo una y la misma verdadera Religión. (Kant 2001: 134)

Esta distinción se tendría que hacer notar en nuestro uso cotidiano del lenguaje:

Es, pues, más conveniente […] decir: este hombre es de esta o aquella creencia (judía, mahometana, cristiana, católica, luterana), que decir: es de esta o aquella Religión. (Kant 2001: 134)

Así, no sólo ningún modo de creencia puede imponerse a otro (pues sería absurdo que un modo de creencia pretenda el monopolio de la única religión verdadera), sino que quedan sólidamente establecidas las bases para el diálogo entre los distintos modos de creencia, pues comparten esta religión única y netamente moral.

Evidentemente, existe una clara correspondencia entre la fe eclesiástica histórica y los modos de creencia, por un lado, y la fe racional con la única religión verdadera, por el otro. Ambas formas de fe pueden coexistir, pero la fe eclesiástica tiene a la fe racional como su “intérprete supremo” (Kant 2001: 136).

Es más, se puede decir que la fe eclesial puede contener dentro de sí a la fe racional (aunque muchas veces oscurecida o corrompida), y es la presencia de esta última lo que “constituye aquello que [en la primera] es auténtica Religión” (Kant 2001: 139).

De este modo, Kant afirma que la moralidad no debe ser interpretada según la Biblia, sino más bien la Biblia según la moralidad (2001: 137n); y si bien adecuar el texto sagrado a los principios morales racionales puede generar interpretaciones forzadas respecto de ciertos pasajes, esto es igual preferible a “una interpretación literal que o bien no contiene absolutamente nada para la moralidad o bien opera en contra de los motivos impulsores de esta” (2001: 137).

La función de una fe eclesial (o un modo de creencia) se dirige siempre a “un cierto pueblo en un cierto tiempo en un sistema que se mantiene de un modo constante” (Kant 2001: 142); la función de la fe religiosa pura, posesión de cada persona, será la de regular y hacer primar la moral en un determinado modo de creencia, pues resulta innegable la propensión de las instituciones religiosas (tanto de las personas que las integran como sus seguidores) a corromperse, y buscar la dominación terrena, traicionando de esta forma los principios fundamentales de la moralidad y de la religión misma, que coinciden.


Bibliografía:

KANT, Immanuel

La religión dentro de los límites de la mera razón. Traducción de Felipe Martínez Marzoa. Madrid: Alianza Editorial, 2001.

Una definición —liberal y moderna— de moralidad

En su ensayo “Attacking Morality: A Metaethical Project”, Allen Wood nos brinda una definición de moralidad:

Lo que llamamos ‘moralidad’ en una sociedad liberal moderna es el resultado de un proceso cultural mediante el cual normas sociales y costumbres, en su mayoría originalmente con una base y contenido premoderno (usualmente religioso), han sido apropiadas, modificadas y racionalizadas para que concuerden con una sociedad culturalmente diversa cuya única base común viable ha demostrado ser universalista y secular. (Wood 2002: 194)

Esto nos revela que la moralidad contiene “una profunda tensión interna”, que se origina entre “su base y contenido social y lo que la reflexión moderna quiere hacer de ella” (Wood 2002: 197), tensión que no puede resolverse en la teoría, sino a lo largo de la historia de nuestra modesta especie de seres animales y a la vez racionales.


Bibliografía:

WOOD, Allen W.

Unsettling Obligations: Essays on Reason, Reality and the Ethics of Belief. CSLI Publications, 2002.

Super Mejores Amigos

De forma aparentemente controversial, Immanuel Kant afirma en La religión dentro de los límites de la mera razón que “sólo hay una (verdadera) Religión” (2001: 134), pero añade rápidamente lo siguiente:

[…] pero puede haber múltiples modos de creencia. Se puede añadir que en las iglesias diversas, que se separan unas de otras por la diversidad de sus modos de creencia, puede encontrarse sin embargo una y la misma verdadera Religión. (Kant 2001: 134)

Veamos, ahora, la siguiente imagen.

Consistentemente, esto tendría consecuencias en nuestro uso cotidiano del lenguaje:

Es, pues, más conveniente […] decir: este hombre es de esta o aquella creencia (judía, mahometana, cristiana, católica, luterana), que decir: es de esta o aquella Religión. (Kant 2001: 134)

No se me ocurre mejor base para el multiculturalismo y el diálogo entre religiones.


Bibliografía:

KANT, Immanuel

La religión dentro de los límites de la mera razón. Traducción de Felipe Martínez Marzoa. Madrid: Alianza Editorial, 2001.

La primacía de la razón instrumental: un ejemplo de actualidad

En La ética de la autenticidad, Charles Taylor señala como fuente de los malestares de la modernidad, primero, el desencantamiento del mundo, la pérdida de un orden moral, independiente de cada individuo, y en segundo lugar, como consecuencia de lo anterior, una primacía de la razón instrumental, que en vista de la pérdida de toda sacralidad, encuentra ilimitado su alcance en un mundo de meros medios.

Como ejemplo, señala:

las formas en que se utiliza el crecimiento económico para justificar la desigual distribución de la riqueza y la renta, o la manera en que esas exigencias nos hacen insensibles a las necesidades del medio ambiente, hasta el punto del desastre en potencia. (Taylor 1994: 41)

Ahora, un —lamentable— ejemplo de la actualidad de las palabras de Taylor:


Bibliografía:

TAYLOR, Charles

La ética de la autenticidad. Barcelona: Paidós, 1994.

Cristo sedado

Extracto del artículo “Un Jesús invasor y casi enchufado”, de César Hildebrandt.

[…] el Vaticano […] pretende […] presentar siempre a Jesús como el que no hace distingos, el que acoge a todos sin requisito alguno, el que ama sin condiciones. Y de allí los brazos abiertos, el amor que todo lo concilia, perdona o adormece. Nada más sedante para un mundo dominado por la atrocidad y conducido por quienes, con su hipocresía, parecen haber comprado hasta la franquicia de Dios. Ese es el mundo que García decidió servir en sus últimos años.

Y ese lider del cristianismo un poco opiáceo es una mentira histórica. Jesús, el de Nazareth, fue todo lo contrario. Lo cierto es que su rebeldía hizo tambalear el sistema jerárquico y de castas de esa provincia judía, romana a la fuerza, donde se martirizó. Un Jesús verdadero debería registrar algo de esa rabia justa que lo enfrentó al poder y a la muerte. Porque la muerte de este hombre extraordinario fue un asesinato “por razones de Estado”.

Hildebrant en sus trece (Año 2, Número 60).