Mes: diciembre 2009

Algunas reflexiones éticas sobre Avatar

Vuelvo del cine de ver Avatar, del director James Cameron, y se me ocurrió hacer este artículo, en el que aborde el problema ético que subyace la película, para que me sigan quienes también hayan podido verla.

Estoy seguro que casi la totalidad de espectadores no tiene dificultad alguna en darse cuenta de la injusticia que están cometiendo los humanos contra los Na’vi, habitantes del planeta Pandora, en gran parte porque el director logra hacernos empatizar con este mundo que bordea lo mágico, al igual que con sus azules integrantes.

La bella princesa Neytiri, de la especia nativa Na’vi.

Sin embargo, es un hecho lamentable que, tanto en nuestra realidad como en la de la película, las personas que están al mando de las corporaciones y gobiernos no se caracterizan por poseer esta valiosa sensibilidad (pensemos en la cúpula del actual gobierno aprista, por dar un ejemplo entre muchos posible); y es en parte por este motivo que resulta importante no dejar que un problema ético de esta envergadura sea resuelto por la empatía que podamos sentir, sino tratar de entender por qué es que se da efectivamente una injusticia.

Si seguimos algunos principios básicos de la filosofía de Immanuel Kant, deberíamos sentar que el problema en realidad pertenece a la esfera del derecho internacional (o interplanetario, en este caso), y Kant establece las condiciones de visita entre pueblos en su libro Hacia la paz perpetua en la forma del tercer artículo definitivo para la paz perpetua:

«El derecho cosmopolita debe limitarse a las condiciones de la hospitalidad universal.»

Y luego explica:

Se trata en este artículo […] de derecho y no de filantropía, y hospitalidad […] significa aquí el derecho de un extranjero a no ser tratado hostilmente por el hecho de haber llegado al territorio de otro. […] No hay ningún derecho de huesped en el que pueda basarse esta exigencia […], sino un derecho de visita, derecho a presentarse a la sociedad […][1].

De esta forma, los humanos tienen derecho a visitar Pandora, e intentar establecer relaciones pacíficas, mas por ningún motivo intentar apropiarse de sus recursos por la fuerza, especialmente si estos meros recursos resultan de vital importancia para los nativos.

Así, la película no se molesta en presentarnos un conflicto ético complejo entre ambas partes, como podría haber sido si es que la humanidad necesitara inevitablemente para su supervivencia el valioso mineral en cuestión, mientras que los Na’vi, por su lado, simplemente lo veneraran de forma mística. Mas no resulta ese el caso, puesto que se da a entender que la corporación humana al mando simplemente codicia el mineral por su valor monetario, y además, la extracción del mismo atenta contra la esencia de la vida en Pandora, cosa que puede ser explicada científicamente por los humanos.

Podría parecer que estoy criticando la falta de complejidad en el problema ético de la película, por lo que aclararé que no es ese el caso. Justamente es lo contrario: Avatar logra mostrarnos cuanta destrucción y caos ocurre simplemente por la irresponsabilidad, codicia, y simple estupidez, y no es necesario tratar de explicar de forma innecesariamente rebuscada esto, sino que en la escena que vemos al personaje que interpreta Susan Sarandon explicarle en términos científicos al administrador de la corporación lo valioso que resulta el Hometree, no sólo para los Na’vi, sino también potencialmente para la humanidad, este último simplemente responde tapándose los oídos, negando de esta forma la más básica e importante manifestación de la ética: la comunicación basada en razones.

Extraterrestre de District 9, mucho menos agradable a la vista que los Na’vi de Avatar.

Para concluir, no quisiera olvidar también el factor racista, o en este caso, especista, que juega un papel importante en justificar la agresión y el menosprecio a la cultura de los Na’vi. Sin embargo, es otra película, también del presente año, que toma un mayor riesgo al presentar a la especie extraterrestre en cuestión no como majestuosos seres de tres metros y medio de alto, sino como insectos humanoides, con los que, a pesar de su desagradable aspecto, se nos revela es justo tratarlos con dignidad, elemento que—también siguiendo a Kant—no es característico de la especie humana, sino de todo ser racional.

Pero tal vez comparar Avatar con District 9 en ese aspecto no resulte del todo justo, pues mientras que ésta última hace énfasis en el problema de tratar a seres muy distintos a nosotros—pero en la instancia que más importa, muy similares—con la dignidad que les concierne, Avatar se preocupa más en presentarnos una forma de vida en la que el respeto por el medio ambiente resulta parte integral de la cultura, y más importante aún, de la vida.


[1] Immanuel Kant, Sobre la paz perpetua (Madrid: Alianza Editorial, 2004). La cita corresponde a las páginas 63 y 64.

Anuncios

El muro

“El muro” es un cuento de Jean-Paul Sartre—que también le da el nombre a la colección publicada en 1939—en el que aborda el tema de la muerte de una forma magistral. Ambientado en el contexto de la Guerra Civil Española, relata la historia de un grupo de insurgentes que han sido capturados y tienen que pasar una noche en una celda esperando su ejecución.

El diálogo que sigue se da entre dos de los capturados, uno de los cuales trata de darle sentido a lo que les espera, no pudiendo evitar toparse con una gran barrera, o muro.

Portada de edición francesa de El muro.

—¿Entiendes tú algo de todo esto? —dijo—. Yo no comprendo ni pizca.

—¿Qué? ¿Qué hay con todo esto?

—Nos va a ocurrir algo que no puedo entender.

Dije en tono de burla:

—Ya lo comprenderás dentro de poco.

—Eso no está claro —dijo, en tono de obstinación—; quiero tener valor, pero me gustaría por lo menos saber… Escucha: nos van a llevar al patio. Los tipos se formarán delante de nosotros. ¿Cuántos serán?

—No lo sé. De cinco a ocho. No más.

—Bueno. Ocho. Les gritarán “¡Apunten!”, y veré sus fusiles dirigidos hacia mí, Pienso que me gustaría entrar en el muro; empujaría el muro con la espalda, con todas mis fuerzas, y el muro resistiría, como en las pesadillas. Todo esto me lo puedo imaginar. ¡Ah!, ¡si tú supieras con qué claridad me lo puedo imaginar!

—Calla —le dije—; yo también puedo imaginármelo.

—Debe doler como cuerno. Ya estarás enterado de que apuntan a los ojos y a la boca, para desfigurar —agregó siniestramente—. Siento ya las heridas; desde hace una hora siento dolores constantes en la cabeza y en el cuello. No son dolores verdaderos. Es peor: son los dolores que sentiré mañana en la mañana. Pero, ¿y después?

Comprendía yo muy bien lo que quería decir, pero hice como que no lo entendía. En cuanto a los dolores, también yo los sentía, los llevaba en el cuerpo como cuchilladas. No podía acostumbrarme a ello; era yo como él, y no le concedía mayor importancia a esos detalles.

—Después —dije rudamente—, te echarán tierra encima.

—Es como en las pesadillas —decía Tom—. Se quiere pensar en algo, tienes la impresión de que ya, ya vas a comprender, y se te escapa, se desliza de tus manos y vuelve a caer. Me digo que después no habrá nada, pero no comprendo lo que esto quiere decir. Hay momentos en que parece que casi… pero no; vuelvo a lo mismo: a pensar en los dolores, en las balas, en las detonaciones. Yo soy materialista; te lo juro. No estoy volviéndome loco. pero hay algo que no me puedo explicar. Veo mi cadáver; no es difícil suponerlo, pero soy yo el que ve; con mis ojos. Tendría que pensar que ya no veré nada, que ya no escucharé nada y que el mundo continuará para los demás. No está uno hecho para pensar así. Puedes creerme: ya me ha ocurrido, Pablo, eso de pasar toda la noche en espera de algo. Pero esto no es lo mismo. Será como un golpe a traición, en la espalda, y no habrá manera de estar preparado para recibirlo.

—Cierra el pico —le dije—. ¿Quieres que llame a un confesor?

No me contestó.

—Pablo, estoy pensando… pensando si es verdad que no hay nada después de la muerte[1].

Al final, ante el horror de la nada, no queda más que la falsa esperanza de la vida después de la muerte.


[1] Varios, Antología Clásica y Contemporánea del Cuento Francés (Lima: Editorial ECOMA, 1970). La cita corresponde a las páginas 219-221, y me he tomado la libertad de editarla para que quede exclusivamente como un diálogo.

Los filósofos y las papeleras

Estoy leyendo 3001: Odisea final, de Arthur C. Clarke, obra que culmina su saga iniciada con la famosa 2001: Una odisea espacial, y me topé con un excelente—y sutil—chiste sobre filosofía, y me pareció necesario reproducirlo a continuación.

El decano se queja a su facultad. «¿Por qué ustedes, los científicos, necesitan un equipo tan caro? ¿Por qué no pueden ser como el departamento de matemáticas, que sólo necesita una pizarra y una papelera? Mejor aún, como el departamento de filosofía, que ni siquiera necesita una papelera…»

Touché.

Los diez principales problemas filosóficos que le esperan al siglo XXI

Según el excelente blog/programa radial de filosofía en inglés: Philosophy Talk. La lista es la siguiente, traducida por mí:

10.  Encontrar una nueva base para sensibilidades y valores comunes.

9. Encontrar una nueva base para la identificación social.

8. El problema mente-cuerpo

7. ¿Puede la libertad sobrevivir la embestida de la ciencia?

6. Información y desinformación en la era de la información.

5. Propiedad intelectual, en la era de la cultura “re-mix”.

4. Nuevos modelos de toma de decisiones y racionalidad colectiva.

3. ¿Qué es una persona?

2.  Los humanos y el medio ambiente.

1. Justicia Global.

La versión completa y en inglés la pueden encontrar aquí.

La filosofía hacia el siglo XXI.

Personalmente, me parece que el problema número dos no es de índole filosófica (al igual que un par más), sino de aplicación política y social. Pues, incluso si asumimos que el medio ambiente no es más que una herramienta del hombre, ¿acaso no nos dice el sentido común de supervivencia que debemos cuidar igual esta “herramienta” para seguir usándola, y más incluso si nuestra existencia depende de ella? Que un sector ignorante de la población se niegue a aceptar la evidencia es algo que no le concierne a la filosofía como un problema, pues es el mismo caso con los que se niegan a aceptar la teoría de la evolución. No se puede argumentar filosóficamente con alguien que no presenta argumentos reales.

En todo caso, la idea de la propuesta me parece genial e inicia el debate en un gran número de áreas.

La caída, o la necesidad de actuar incluso cuando todo parece perdido

En La caída—novela de Albert Camus magistralmente escrita en segunda persona—se relata la historia de un joven y exitoso abogado parisino, que sin embargo da cuenta de su insignificancia cuando, regresando a su casa a altas horas de la noche, le ocurre lo siguiente:

Sombrío Albert Camus.

Me sentía feliz con aquel paseo, un poco abotargado, tranquilo de cuerpo, irrigado por una sangre suave como la lluvia que caía. En el puente pasé por detrás de una sombra inclinada sobre el pretil que parecía contemplar el río. De más cerca advertí que se trataba de una mujer joven y delgada que vestía de negro. Entre los cabellos oscuros y el cuello del abrigo solamente se veía su nuca, fresca y mojada, y fui sensible a ella. pero proseguí mi camino después de una breve duda. Al otro extremo del puente, seguí por los muelles en dirección a Saint-Michel, donde vivía. Había recorrido ya unos cincuenta metros aproximadamente cuando oí el ruido de un cuerpo que cae al agua y que a pesar de la distancia me pareció formidable en el silencio nocturno. Me detuve en seco pero sin darme la vuelta. Casi al momento oí un grito que se repitió varias veces, bajaba también con la corriente del río y cesó de repente. En la noche súbitamente petrificada, el silencio que siguió me pareció interminable- Quise correr y no pude moverme. Temblaba, creo que de frío y de crispación. Me dije que tenía que apresurarme y sentí que una debilidad irresistible me invadía el cuerpo. he olvidado lo que pensé entonces. «Demasiado tarde, demasiado lejos…» o algo por el estilo. Seguí escuchando, inmóvil. Después, me alejé con pasos cortos, bajo la lluvia. No avisé a nadie.

Bien, ya hemos llegado, ésta es mi casa, mi refugio- ¿Mañana? Sí, como usted quiera. le llevaré con gusto a la isla de Marken, así verá el Zuiderzee. Quedamos a las once en el «Mexico-City». ¿Cómo? ¿Aquella mujer? ¡Ah! No lo sé, de verdad que no lo sé. Al día siguiente no leí los periódicos, ni tampoco en días consecutivos[1].

Mi interpretación de lo ocurrido se centra en la incapacidad de actuar para ayudar verdaderamente a otros por parte del protagonista, y las posteriores excusas que tratan de justificar esta inacción, como principal problema de la condición del hombre, que de alguna forma le revela su carácter de mero accidente cósmico—hago referencia a Allen W. Wood (ver segunda cita de la columna derecha de este blog)—ante la cual no puede sobreponerse.

Me pregunto: ¿Cuántas veces nos hemos dicho a nosotros mismos “demasiado tarde, demasiado lejos…”?


[1] Albert Camus, La caída (Madrid: Alianza Editorial, 2005). La cita corresponde a las páginas 62 y 63.

La utopía de H. P. Lovecraft

H. P. Lovecraft, escritor norteamericano de comienzos del siglo XX, que es conocido por desarrollar la terrible mitología primigenia que se puede agrupar bajo el nombre de los mitos de Cthulhu, tenía creencias racistas y fascistas, cosa que no afecta su excelente obra literaria.

H. P. Lovecraft

Sin embargo, por lo arriba dicho puede parecer raro que de las páginas de su obra pueda extraer la descripción de un mundo que se puede considerar utópico, mas no presente en los humanos, sino en una de las tantas razas de seres monstruosos que crea.

“En la noche de los tiempos”[1]—en inglés The Shadow out of Time—es uno de sus mejores cuentos (o novela corta, en realidad), en el que se describe en buena parte a la Gran Raza, seres alienígenas que dominaron los viajes en el tiempo, de forma que al ser destruido su planeta original de Yith, se mudaron en masa transportando sus mentes a unos seres cónicos que habitaron la Tierra hace aproximadamente 200 millones de años.

Ubicados en sus nuevos cuerpos, se dedicaron a mandar a través del tiempo misiones que consistían en poseer miembros de especies inteligentes por periodos cortos, de tal forma que podían aprender sobre la historia, las costumbres y la tecnología de todas las especies inteligentes en la historia del tiempo, incluida la insignificante especie humana.

Lo que seguirá a continuación es la descripción de esta civilización, que se puede considerar en buena parte una utopía (ustedes decidirán qué partes sacan), porque la ética, como bien sostiene Kant, no está limitada a los seres humanos, sino que se aplica a todos los seres racionales. Subrayo con negritas los aspectos que considero más interesantes.

Caricaturesco miembro de la Gran Raza.

Primero, un poco sobre la fisionomía de estos seres:

Sólo poseían dos órganos de los que llamamos nosotros sensoriales: la vista y el oído. Este último se localizaba en unas excrecencias parecidas a flores que les crecían en la parte superior de la cabeza. Pero, además, poseían muchos otros sentidos […] que nunca sabían utilizar correctamente los espíritus cautivos que habitaban sus cuerpos.

Carecían de sexo. Se reproducían por medio de semillas o esporas que llevaban formando racimos cerca de la base, y que germinaban solamente bajo el agua. Para el desarrollo de sus crías utilizaban grandes estanques de escasa profundidad.

Sobre sus costumbres acerca de la vida y la muerte:

[…] en razón de la longevidad de esa raza —unos 400 o 500 años por término medio— sólo permitían la germinación de un número muy limitado de esporas.

Las crías defectuosas eran eliminadas tan pronto se manifestaba su anomalía. Al carecer de tacto e ignorar el dolor, reconocían la enfermedad y la proximidad de la muerte mediante síntomas accesibles a la vista o al oído.

El muerto se incineraba en medio de grandes ceremonias. De cuando en cuando […] un espíritu sagaz escapaba de la muerte proyectándose hacia el futuro; pero tales casos no eran frecuentes. Cuando esto ocurría, el espíritu desposeído ra tratado con suma benevolencia hasta la total desintegración de su recién adquirida morada.

Sobre su organización política, económica y familiar:

La Gran Raza constituía una sola nación, aunque de características muy variadas, según las regiones. Estaba dividida en cuatro provincias que únicamente tenían de común las instituciones fundamentales. En todas ellas imperaba un sistema político y económico que recordaba a nuestro socialismo, aunque con cierto matiz fascista. La riqueza se distribuía racionalmente. El poder ejecutivo lo detentaba una pequeña junta de gobierno elegida mediante votación por los ciudadanos capaces de superar ciertas pruebas psicológicas y culturales. La estructura de la familia era sumamente laxa, aunque se reconocía la existencia de ciertos vínculos entre los individuos del mismo linaje y los jóvenes eran educados generalmente por sus padres.

Sus semejanzas con las actitudes e instituciones humanas se ponían de relieve en el terreno del pensamiento abstracto y en lo que tienen de común todas las formas de vida orgánica.

Sobre su industria, las ciencias y el arte:

La industria, mecanizada en alto grado, exigía muy poco tiempo de cada ciudadano; las horas libres, que eran muchas, se empleaban en actividades intelectuales y estéticas de todas clases.

Las ciencias habían alcanzado un nivel increíble, y el arte era un componente esencial de la vida […]. La tecnología se veía enormemente estimulada por la constante lucha por la supervivencia, y por la necesidad de proteger los edificios de las grandes ciudades contra los prodigiosos cataclismos geológicos de aquellos días primigenios.

Y finalmente, un poco sobre el crimen y las guerras:

El índice de criminalidad era sorprendentemente bajo; una policía eficaz se encargaba de mantener el orden. Los castigos oscilaban entre la pérdida de privilegios y la pena de muerte, pasando por el encarcelamiento y lo que llamaban «penalización emocional». La justicia nunca se administraba sin estudiar minuciosamente los motivos del criminal.

Las guerras eran poco frecuentes, pero terribles y devastadoras.


[1] H. P. Lovecraft y otros, Los mitos de Cthulhu (Madrid: Alianza Editorial, 2003). Las citas corresponden a las páginas 382 y 383.