Especismo

¿Por qué consideramos el racismo como moralmente malo? Una posible respuesta—y la mejor que se me ocurre—es que es irracional, pues en última instancia no hay motivos objetivos para considerar las diferencias estéticas que hay dentro de nuestra especie (siendo la más notable la del color de la piel) como relevantes para el estatus moral de sus integrantes; esto es, claro, si es que nos manejamos dentro de una moral racional, que fundamenta—o intenta fundamentar—sus creencias en razones que puedan ser válidas para todos.

De la misma forma se puede rechazar, también, el sexismo.

Sin embargo, a lo largo de la historia, y en distintas culturas (e incluso en nuestros días, y en nuestra sociedad), la irracionalidad del racismo o del sexismo no resulta clara en lo absoluto, y distintas costumbres y sistemas de creencias pseudomorales aceptan y adoptan prácticas de esa índole. Y es que si, históricamente se relega a la mujer a un papel secundario e inferior en la sociedad, por cientos—e incluso miles—de años, no debe resultar extraño que esto llegue a parecer equivocadamente un orden natural.

Racismo, sexismo... y especismo.

Racismo, sexismo… y especismo.

A estas alturas resulta absurdo seguir atacando teóricamente la irracionalidad del racismo o del sexismo, pues, ¿acaso a alguien pensante le puede quedar duda alguna al respecto? Obviamente no, lo que no implica que ambos tipos de discriminación estén erradicados del todo (en realidad, están muy lejos de estarlo), pero la resolución del problema—me parece—depende de la resolución de ciertas contradicciones inherentes a nuestro actual sistema económico, junto con una paralela reforma educativa.

Quería hacer ese último punto, puesto que el caso es distinto con el especismo, término relativamente nuevo, que hace referencia al tipo de discriminación que se basa en la diferencia de especie animal, y que me parece sí necesita en la actualidad de esta argumentación teórica como apoyo.

Confesaré que hasta hace pocos meses que leí el libro de Peter Singer, Rethinking Life and Death: The Collapse of Our Traditional Ethics (libro que mencioné por primera vez en este artículo), no le había prestado particular importancia a este problema. A simple vista, resulta obvio que debemos asignar mayor valor (y por lo tanto, proteger legalmente) a la vida humana por sobre otros tipos de vida animal. No obstante, la problemática es bastante más sutil, y la abordaremos sólo de forma introductoria en el presente artículo.

Cuando Peter Singer nos dice que en la nueva ética que propone—que reconoce que la calidad de la vida humana varía (quality of life ethics) y que se contrapone a la ética tradicional, que le otorga carácter de santidad a toda vida humana (sanctity of life ethics)—no se debe discriminar según la especie, no nos está diciendo que todo tipo de vida posea igual valor, más bien todo lo contrario, y lo explica de la siguiente forma:

Obviamente, puesto que la nueva visión ética que he estado defendiendo rechaza incluso el punto de vista de que todas las vidas humanas son de igual valor, no voy a sostener que toda la vida es de igual valor, sin tener en cuenta su calidad o sus características. Estas dos exigencias—el rechazo al especismo, y el rechazo a cualquier diferencia en el valor de diferentes seres con vida—son bastante distintas. La creencia en el igual valor de toda vida sugiere que está igual de mal arrancar una col como matar con un disparo a la próxima persona que toque tu puerta. Podemos rechazar el especismo, y sin embargo, todavía encontrar numerosas buenas razones para sostener que no hay nada de malo en arrancar una col, mientras que disparar a la próxima persona que toque tu puerta es increíblemente espantoso. Por ejemplo, podemos señalar que las coles carecen del tipo de sistema nervioso o cerebro asociado con el estar consciente, y por lo tanto no son capaces de experimentar nada. Arrancar una col, en consecuencia, no frustra sus preferencias conscientes para continuar viviendo, no la priva de experiencias agradables, sentir pena por sus familiares, ni le causa alarma a otras coles el que ellas también puedan ser arrancadas. Disparar a la siguiente persona que toque tu puerta probablemente ocasione todas esas cosas[1].

Debe quedar claro que cuando Singer afirma que no todas las vidas humanas poseen igual valor, no está sugiriendo que, por ejemplo, los más inteligentes valen más, o que los que creen en tal religión valen más, sino que limita estas diferencias a condiciones médicas, que afectan biológicamente cada vida. Por ejemplo, un enfermo terminal de cáncer, que se encuentra en gran sufrimiento, puede decidir él mismo que su vida ya no vale tanto como antes, y por lo tanto, recurrir a la eutanasia. No va a correr el riesgo que se instaure una ley que obligue a matar a pacientes con determinadas condiciones; sino, todo lo contrario, una ley que proteja el derecho de las personas a decidir de forma informada y libre sobre si quieren continuar viviendo o no.

No sólo los seres humanos son capaces de querer y preocuparse por animales de especies distintas.

No sólo los seres humanos son capaces de querer y preocuparse por animales de especies distintas.

En todo caso, ese último párrafo fue un excurso del tema que trato en este artículo, así que volvamos al mismo. Lo que nos pide el especismo es asignar valor a los seres vivos según sus características, y no según su especie. Alguien puede replicar rápidamente que la especie tiene ciertas características que le son inherentes. Tal replica es acertada, pero no toca el tema de fondo, que trata a los individuos particulares de una especie, y un bebé anencefálico puede no poseer muchas o todas las cualidades que normalmente podríamos esperar de un ser humano, mientras que muchos animales sí poseen cualidades a las que le atribuimos gran valor.

Lejos de sugerir que todos nos volvamos vegetarianos, una de las implicancias inmediatas de deshacernos del especismo sería la de otorgar derechos a algunos animales, basándonos en las cualidades que posean. Así también, dentro de nuestra propia especie, tratar de deshacernos del carácter sagrado que se le suele asignar a cada miembro de la misma, por más que algunos carezcan de consciencia, y por lo tanto, de las cualidades que efectivamente apreciamos en los seres vivos. De esta forma—y como ya aludimos en un artículo reciente—podremos acercarnos con una mayor claridad al tratar problemas éticos como el del aborto, pues ahora podemos reconocer (sin contradicción ética) mayor valor en una vida humana que se ha desarrollado completamente en una persona en sentido estricto, por sobre otra que todavía carece de consciencia (e inclusive que nunca podrá poseerla), y por lo tanto las cualidades que usualmente valoramos en una persona.

Volviendo—para finalizar—a lo que dijimos en los primeros párrafos en referencia al racismo y al sexismo, tenemos que solemos asignar más valor de forma predeterminada a miembros de nuestra propia especie por sobre miembros de otras especies animales, cuando, sin embargo, en algunos casos, miembros de otras especies animales poseen cualidades superiores a las de miembros de nuestra propia especie. El fundamento de esto es el dogma irracional de la santidad de toda vida humana (¿alguien dijo “alma”?), que extiende ciegamente el valor que le asignamos a ciertas características comunes en seres humanos desarrollados (algunas presentes también en otras especies) a todos los individuos de la especie, por más que, de hecho, no las posean.

Así, nos encontramos con que ha llegado la hora de revisar reflexivamente este aparente orden natural ético, que otorga carácter de santidad a toda vida humana, labor que no compete—¡en lo absoluto!—exclusivamente al filósofo, sino que es una responsabilidad que todos debemos compartir.

Y disculpen por ese final medio meloso.


[1] Peter Singer, Rethinking Life and Death: The Collapse of Our Traditional Ethics (New York: St. Martin’s Griffin, 1994). La cita corresponde a las páginas 202-203. La imperfecta traducción es mía.

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