El muro

“El muro” es un cuento de Jean-Paul Sartre—que también le da el nombre a la colección publicada en 1939—en el que aborda el tema de la muerte de una forma magistral. Ambientado en el contexto de la Guerra Civil Española, relata la historia de un grupo de insurgentes que han sido capturados y tienen que pasar una noche en una celda esperando su ejecución.

El diálogo que sigue se da entre dos de los capturados, uno de los cuales trata de darle sentido a lo que les espera, no pudiendo evitar toparse con una gran barrera, o muro.

Portada de edición francesa de El muro.

—¿Entiendes tú algo de todo esto? —dijo—. Yo no comprendo ni pizca.

—¿Qué? ¿Qué hay con todo esto?

—Nos va a ocurrir algo que no puedo entender.

Dije en tono de burla:

—Ya lo comprenderás dentro de poco.

—Eso no está claro —dijo, en tono de obstinación—; quiero tener valor, pero me gustaría por lo menos saber… Escucha: nos van a llevar al patio. Los tipos se formarán delante de nosotros. ¿Cuántos serán?

—No lo sé. De cinco a ocho. No más.

—Bueno. Ocho. Les gritarán “¡Apunten!”, y veré sus fusiles dirigidos hacia mí, Pienso que me gustaría entrar en el muro; empujaría el muro con la espalda, con todas mis fuerzas, y el muro resistiría, como en las pesadillas. Todo esto me lo puedo imaginar. ¡Ah!, ¡si tú supieras con qué claridad me lo puedo imaginar!

—Calla —le dije—; yo también puedo imaginármelo.

—Debe doler como cuerno. Ya estarás enterado de que apuntan a los ojos y a la boca, para desfigurar —agregó siniestramente—. Siento ya las heridas; desde hace una hora siento dolores constantes en la cabeza y en el cuello. No son dolores verdaderos. Es peor: son los dolores que sentiré mañana en la mañana. Pero, ¿y después?

Comprendía yo muy bien lo que quería decir, pero hice como que no lo entendía. En cuanto a los dolores, también yo los sentía, los llevaba en el cuerpo como cuchilladas. No podía acostumbrarme a ello; era yo como él, y no le concedía mayor importancia a esos detalles.

—Después —dije rudamente—, te echarán tierra encima.

—Es como en las pesadillas —decía Tom—. Se quiere pensar en algo, tienes la impresión de que ya, ya vas a comprender, y se te escapa, se desliza de tus manos y vuelve a caer. Me digo que después no habrá nada, pero no comprendo lo que esto quiere decir. Hay momentos en que parece que casi… pero no; vuelvo a lo mismo: a pensar en los dolores, en las balas, en las detonaciones. Yo soy materialista; te lo juro. No estoy volviéndome loco. pero hay algo que no me puedo explicar. Veo mi cadáver; no es difícil suponerlo, pero soy yo el que ve; con mis ojos. Tendría que pensar que ya no veré nada, que ya no escucharé nada y que el mundo continuará para los demás. No está uno hecho para pensar así. Puedes creerme: ya me ha ocurrido, Pablo, eso de pasar toda la noche en espera de algo. Pero esto no es lo mismo. Será como un golpe a traición, en la espalda, y no habrá manera de estar preparado para recibirlo.

—Cierra el pico —le dije—. ¿Quieres que llame a un confesor?

No me contestó.

—Pablo, estoy pensando… pensando si es verdad que no hay nada después de la muerte[1].

Al final, ante el horror de la nada, no queda más que la falsa esperanza de la vida después de la muerte.


[1] Varios, Antología Clásica y Contemporánea del Cuento Francés (Lima: Editorial ECOMA, 1970). La cita corresponde a las páginas 219-221, y me he tomado la libertad de editarla para que quede exclusivamente como un diálogo.

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