Mes: agosto 2009

¿Cómo entender mal a Kant? Cortesía de Alasdair MacIntyre

Hace un par de años, un amigo de la PUCP me pasó la fotocopia de un capítulo del libro Tras la virtud, de Alasdair MacIntyre, porque trataba de Kant y Kierkegaard, autores que mi amigo sabe que me interesan. Intrigado, empecé la lectura sin saber absolutamente nada del autor ni de su proyecto.

Alasdair MacIntyre.

Alasdair MacIntyre.

La fotocopia todavía la tengo a la mano (porque la encontré ahora que estaba ordenando mi cuarto), y el título del capítulo es “4. La cultura precedente y el proyecto ilustrado de justificación de la moral”.

Ciertamente no es prudente juzgar a un autor por un libro, y menos aún, por un capítulo; pero su tratamiento, tanto de Kant como de Kierkegaard, pero especialmente del primero, me pareció tan sesgado—como si ya supiese lo que quisiera decir sobre el autor, y no se molestase en tratar de entenderlo—que MacIntyre pasó casi instantáneamente a mi lista de autores contemporáneos que me caen más pesados.

En todo caso, el objetivo de este artículo es, primero, compartir una cita de Tras la virtud (central en la argumentación de MacIntyre, al menos de dicho capítulo), y luego explicar—acudiendo al mismo Kant—por qué es que interpreta al filósofo alemán de la forma en la que no debemos interpretarlo; esto es, si es que queremos hacerle justicia alguna. La cita corresponde a la página 67.

Veamos.

Pertenece a la esencia de la razón el postular principios que son universales, categóricos e internamente consistentes. Por tanto, la moral racional postulará principios que puedan y deban ser mantenidos por todo hombre, independientemente de circunstancias y condiciones, que pudieran ser obedecidos invariablemente por cualquier agente racional en cualquier ocasión.

El grotesco error en el que cae MacIntyre es que no diferencia entre el hecho que la validez de un principio racional se mantenga en toda circunstancia no se opone a que este mismo principio racional tenga que ser aplicado justamente en cada circunstancia, tomando en cuenta las condiciones del caso. Por eso, el imperativo categórico no toma la forma de reglas concretas, puesto que de ser ese el caso, no se podría sostener siempre; y se mantiene, más bien, en un terreno de indeterminación.

El posible motivo del grotesco error de MacIntyre es no haber leído más que la primera sección de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, y en el mejor de los casos, hasta la mitad de la segunda sección. Casi sin lugar a dudas, MacIntyre jamás leyó (ni ojeó) La metafísica de las costumbres[1], obra en la que Kant presenta propiamente su teoría ética, y que justamente es una teoría de la virtud (la Fundamentación, en comparación, no contiene más que las “sutilezas” de esta segunda, posterior y más completa obra). Si lo hubiera hecho, a lo mejor se habría encontrado con la siguiente cita (página 270):

[…] la ética, gracias al margen que deja a sus deberes imperfectos, conduce inevitablemente a preguntas que exigen a la facultad de juzgar estipular cómo ha de aplicarse una máxima en los casos particulares; y ciertamente de tal modo que ésta proporcione de nuevo una máxima (subordinada) (en la que siempre puede preguntarse de nuevo por un principio para aplicarla a los casos que se presentan), y cae de este modo en una casuística […]

Así, la validez del principio racional—para Kant el imperativo categórico—se mantiene en todas las situaciones, pero no en la forma de reglas rígidas como “di siempre la verdad” o “cumple las promesas” (que MacIntyre luego atribuye a Kant), sino como ciertos deberes de virtud, que Kant lista en La metafísica de las costumbres; e incluso para cumplir estos deberes, tendremos que aplicar nuestro juicio en cada situación, tomando en cuenta obviamente todas las circunstancias pertinentes. Y tal como cité a Allen W. Wood en un artículo anterior, bien se pueden dar ciertas condiciones que hagan que la regla “cumple tus promesas” no sea un imperativo categórico, y por lo tanto, no tengamos que obedecerla.

Así, Kant llega inevitablemente a la casuística, cosa que no se opone a la validez universal de la ley moral, así como la prudencia aristotélica no se opone a la recta razón, sino que actúa de acuerdo a ella.

Para un análisis más detallado de cómo funciona la virtud en Kant, y su sorpresivo parecido a la virtud en Aristóteles, así como una más decisiva refutación de MacIntyre al respecto, les recomiendo el capítulo 8 de Kantian Ethics.


[1] Immanuel Kant, La metafísica de las costumbres (Madrid: Editorial Tecnos, 1989).

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Marx y el cosmopolitismo

Hace algunos años compré en la feria de libro de la PUCP un librito que me llamó la atención por diversos motivos. En primer lugar, por ser de un color rojo tan intenso que me desvió la mirada desde una buena distancia. En segundo lugar, por tener a Kant en el título. Pero finalmente—y principalmente—por tener a Marx también, filósofo que siempre me gustó mucho también, y que siempre sentí que de alguna forma incluía siempre de una forma casi por defecto lo más importante y relevante del pensamiento ético kantiano.

El libro, me falta todavía decirlo, es de Oskar Negt, y se llama Kant y Marx. Un diálogo entre épocas[1].

Basado en una conferencia, el libro es relativamente corto y se lee bien, pero por algún motivo, nunca lo pude concluir, cosa que estoy remediando en estos días. Rápidamente, también, di con un par de citas que quiero compartir en este blog, habiéndome una de ellas recordado claramente al cosmopolitismo, que tengo bastante presente últimamente.

La cita es en realidad de Marx, pero la pongo en el contexto del libro de Negt (página 86) para que vean la referencia.

Portada del libro: Kant y Marx.

Portada del libro: Kant y Marx.

Existen dos pasajes que siempre he citado con un gusto especial, porque a mi ver expresan de la manera más clara el contenido humano de su pensamiento y no esconden la crítica al capitalismo. Uno se encuentra completamente escondido en el tercer volumen de El Capital, en el capítulo 46: «Renta de solares, renta minera, precio del suelo». Ahí se encuentran estas frases que conciernen al contrato entre generaciones: «Desde la posición de una formación económica más elevada de la sciedad, la propiedad privada del planeta por parte de individuos aislados parecerá algo tan completamente absurdo como la propiedad privada de un hombre por parte de otro hombrre. Incluso una sociedad entera, una nación, es más, todas las sociedades contemporáneas juntas, no son propietarias de la tierra. Son sólo sus ocupantes, sus usufructuarios, y tienen la obligación en cuanto boni patres familias de dejársela mejorada a las generaciones siguientes».

¿A alguien le queda duda del carácter cosmopolita—componente fuertemente ético, por cierto—de la filosofía de Marx?


[1] Oskar Negt, Kant y Marx. Un diálogo entre épocas (Madrid: Editorial Trotta, 2004).

Isaac Asimov sobre las amenazas y respuestas de la humanidad

Isaac Asimov fue un filósofo en todo sentido del término. Si bien sus intereses se centraron principalmente en la ciencia y la Historia, inmanente en todos sus escritos está presente con fuerza la idea de la humanidad y de sus posibilidades, expresada como un fuerte cosmopolitismo.

En los siguientes dos videos, de 1989, Asimov discute claramente el problema ambiental, que ya reconocía como fundamental en ese entonces, y al que termina por plantear una solución muy similar a la que a su vez Kant propusiera, en su época, y frente al problema de las guerras.

Asimov piensa la humanidad mejor que nadie.

Asimov piensa la humanidad mejor que nadie.

Me parece muy buena la actualización que hace Asimov, probablemente sin tener a Kant en cuenta, al decirnos que más importante que cualquier guerra es la conservación de nuestro planeta; y en ese sentido, da en el blanco pues el principal temor que sentimos de la amenaza constante de la guerra nuclear no son las muertes que ésta causaría de forma directa, sino indirecta, que serían peores y más severas.

Sin más, los dejo con los dos videos, que dan un total de veinte minutos. El primero se concentra en los problemas de la humanidad, y recién en el segundo se propone dar la que él considera la respuesta. Los videos están en inglés, por cierto.

Más sobre el reino de los fines (y Watchmen)

No quedé del todo satisfecho con la explicación que hice del reino de los fines en la última entrega de la serie sobre el imperativo categórico. Me parece que un concepto tan rico como aquel es mejor ilustrado con ejemplos, y es eso justamente lo que planeo hacer para el Simposio de Estudiantes de Filosofía de este año, participando en una mesa redonda sobre la novela gráfica Watchmen, de la cual ya hablé en un post anterior, en el que incluso presenté la sumilla provisional.

Portada del último capítulo de Watchmen.

Portada del último capítulo de Watchmen.

Así, en estos próximos días estaré preparando mi presentación, para la cual utilizaré el excelente libro Kantian Ethics (New York: Cambridge University Press, 2008), de Allen W. Wood. Mientras tanto, les propongo una cita de dicho libro (página 268), imperfectamente traducida por mí, y que apunta al problema fundamental que me concierne. Veamos.

Algunas teorías éticas parecen sostener que deberíamos al menos considerar decidir tales casos basándonos en el camino que produzca el máximo bien total (o al menos el menor daño). La ética kantiana toma un acercamiento distinto a estos casos, preguntándose más bien por el proceso de tomar una decisión collectiva que respete propiamente los derechos y la dignidad de todos los afectados por tal decisión, qué tan lejos armoniza los fines necesarios de todos los involucrados, y si es que todos los afectados han aceptado o podrían razonablemente aceptar, etc. La ética kantiana, en vez, no necesita especificar una sola “respuesta correcta” o “procedimiento de toma de decisión correcto” para tales casos. Estos asuntos dependerían de la interpretación de los principios fundamentales de la moralidad y del derecho bajo un determinado conjunto de circunstancias empíricas, y podrían también depender de cómo el juicio moral aplica el conjunto de reglas morales o deberes que resultaría de dicha interpretación.

A ver si la van sacando.

Repensando la vida y la muerte

En las últimas semanas he leído el libro de Peter Singer, Rethinking Life and Death: The Collapse of Our Traditional Ethics[1], y justamente ha tenido éxito en el que asumo es su principal propósito: hacer repensar al lector el problema de la vida y de la muerte; esto es, desde una perspectiva ética, y en particular, una que podríamos llamar bioética, que toma en cuenta los avances de la ciencia al respecto (como toda ética aplicada debería hacer).

Peter Singer y una oveja.

Peter Singer y una oveja (o carnero, no sé).

En vista que el libro trata en buena parte con nuestros prejucios más arraigados, se corre el riesgo de ser brutalmente malentendido, ya sea al ser citado fuera de contexto, o simplemente al no hacer énfasis en explicar mejor cierto punto. Puesto que este artículo, a diferencia del libro de Singer, no cuenta con la ayuda del detallado uso de casos reales para ir preparando de alguna forma al lector para recién luego exponer sus tesis más fuertes, el riesgo ya mencionado se vuelve todavía más fuerte. Sin embargo, procederemos igual a exponer la que considero es la tesis más controversial del libro, y que me costó bastante esfuerzo en finalmente reconocer como perfectamente válida y racional.

Pero antes expliquemos un poco el contexto.

Singer dedica la mayor parte del libro a tratar de demostrar cómo la ética tradicional, en el sentido que ésta defiende la santidad de toda vida humana, se ha vuelto un obstáculo en el mundo actual, en especial en el terreno de la medicina, respecto a casos, por ejemplo, como el aborto, el transplante de órganos, la eutanasia y la posibilidad de extender indefinidamente la vida de una persona que ya ha perdido definitivamente la conciencia, entre otros.

El filósofo australiano rechaza, pues, nociones supuestamente científicas como la de muerte cerebral, puesto que en vez de describir efectivamente la muerte biológica de un individuo, camuflan el verdadero juicio de carácter estrictamente ético que se está llevando a cabo, y que nos dice que la vida de dicho sujeto ha pasado a carecer de valor, a tal punto, pues, que es reconocido legalmente como muerto, y todo para no desafiar abiertamente a la ética tradicional.

En la práctica actual, nos hace notar Singer, la ética tradicional ha sido ya en buena parte desfasada. No obstante,  la nueva ética, que viene a reconocer que la calidad de la vida humana varía, todavía está verde, y no reconocer este hecho es lo que lleva a elaborar conceptos que terminan siendo contraintuitivos, justamente como la ya mencionada muerte cerebral, que nos pide considerar como muerto a un ser humano que todavía esté respirando.

Portada de Rethinking Life and Death.

Portada de Rethinking Life and Death.

Es recién en la última sección que Singer se propone dar una respuesta coherente al problema, y articula los cinco mandamientos de la ética tradicional (sanctity of life ethics), contraponiéndoles nuevos mandamientos, que corresponden a su vez a la ética que reconoce que la calidad de la vida humana varía (quality of life ethics). Me parece valioso, y será tema de un futuro artículo, listar los cinco mandamientos originales, junto con los nuevos, y explicarlos; pero hoy me concentraré, como ya dije, en su tesis más controversial—que Singer mismo reconoce como tal—, y que toma la forma del quinto nuevo madamiento:

No discriminar en función de la especie.

Y que se contrapone al quinto antiguo mandamiento:

Trata toda la vida humana siempre como más valiosa que cualquier vida no humana.

Las principales consecuencias que se extraen rápidamente pueden sonar hasta ofensivas, como decir que ciertos animales, como un perro o un cerdo, tienen—o pueden llegar a tener—capacidades superiores, ya sea racionales, o emocionales, por sobre un niño severamente discapacitado (piensen en los bebés anencefálicos, para un caso extremo). Si, entonces, miramos tal hecho (“hecho”, pues no está en debate, al menos, no en el ámbito científico) con claridad, o sea, tratando de librarnos de ciertos dogmas cristianos, tenemos que no hay una barrera insuperable entre cualquier forma de vida y la vida humana, y el quinto antiguo mandamiento cae en una suerte de especismo, análogo al racismo que en otros tiempos (e incluso en nuestros tiempos) ve la vida de miembros de determinada raza como más valiosa que las de los demás, sin motivo racional alguno.

Y justamente es el desenmascaramiento de la irracionalidad del quinto viejo mandamiento una de las tareas más difíciles que Singer lleva a cabo a lo largo del libro, y como ya aludí, con bastante éxito.

Terminaremos de forma un poco abrupta el presente artículo, en parte para provocar controversia, y en parte también para dejarle terreno a un futuro artículo sobre el tema.


[1] Peter Singer, Rethinking Life and Death: The Collapse of Our Traditional Ethics (New York: St. Martin’s Griffin, 1994).