La utopía de H. P. Lovecraft

H. P. Lovecraft, escritor norteamericano de comienzos del siglo XX, que es conocido por desarrollar la terrible mitología primigenia que se puede agrupar bajo el nombre de los mitos de Cthulhu, tenía creencias racistas y fascistas, cosa que no afecta su excelente obra literaria.

H. P. Lovecraft

Sin embargo, por lo arriba dicho puede parecer raro que de las páginas de su obra pueda extraer la descripción de un mundo que se puede considerar utópico, mas no presente en los humanos, sino en una de las tantas razas de seres monstruosos que crea.

“En la noche de los tiempos”[1]—en inglés The Shadow out of Time—es uno de sus mejores cuentos (o novela corta, en realidad), en el que se describe en buena parte a la Gran Raza, seres alienígenas que dominaron los viajes en el tiempo, de forma que al ser destruido su planeta original de Yith, se mudaron en masa transportando sus mentes a unos seres cónicos que habitaron la Tierra hace aproximadamente 200 millones de años.

Ubicados en sus nuevos cuerpos, se dedicaron a mandar a través del tiempo misiones que consistían en poseer miembros de especies inteligentes por periodos cortos, de tal forma que podían aprender sobre la historia, las costumbres y la tecnología de todas las especies inteligentes en la historia del tiempo, incluida la insignificante especie humana.

Lo que seguirá a continuación es la descripción de esta civilización, que se puede considerar en buena parte una utopía (ustedes decidirán qué partes sacan), porque la ética, como bien sostiene Kant, no está limitada a los seres humanos, sino que se aplica a todos los seres racionales. Subrayo con negritas los aspectos que considero más interesantes.

Caricaturesco miembro de la Gran Raza.

Primero, un poco sobre la fisionomía de estos seres:

Sólo poseían dos órganos de los que llamamos nosotros sensoriales: la vista y el oído. Este último se localizaba en unas excrecencias parecidas a flores que les crecían en la parte superior de la cabeza. Pero, además, poseían muchos otros sentidos […] que nunca sabían utilizar correctamente los espíritus cautivos que habitaban sus cuerpos.

Carecían de sexo. Se reproducían por medio de semillas o esporas que llevaban formando racimos cerca de la base, y que germinaban solamente bajo el agua. Para el desarrollo de sus crías utilizaban grandes estanques de escasa profundidad.

Sobre sus costumbres acerca de la vida y la muerte:

[…] en razón de la longevidad de esa raza —unos 400 o 500 años por término medio— sólo permitían la germinación de un número muy limitado de esporas.

Las crías defectuosas eran eliminadas tan pronto se manifestaba su anomalía. Al carecer de tacto e ignorar el dolor, reconocían la enfermedad y la proximidad de la muerte mediante síntomas accesibles a la vista o al oído.

El muerto se incineraba en medio de grandes ceremonias. De cuando en cuando […] un espíritu sagaz escapaba de la muerte proyectándose hacia el futuro; pero tales casos no eran frecuentes. Cuando esto ocurría, el espíritu desposeído ra tratado con suma benevolencia hasta la total desintegración de su recién adquirida morada.

Sobre su organización política, económica y familiar:

La Gran Raza constituía una sola nación, aunque de características muy variadas, según las regiones. Estaba dividida en cuatro provincias que únicamente tenían de común las instituciones fundamentales. En todas ellas imperaba un sistema político y económico que recordaba a nuestro socialismo, aunque con cierto matiz fascista. La riqueza se distribuía racionalmente. El poder ejecutivo lo detentaba una pequeña junta de gobierno elegida mediante votación por los ciudadanos capaces de superar ciertas pruebas psicológicas y culturales. La estructura de la familia era sumamente laxa, aunque se reconocía la existencia de ciertos vínculos entre los individuos del mismo linaje y los jóvenes eran educados generalmente por sus padres.

Sus semejanzas con las actitudes e instituciones humanas se ponían de relieve en el terreno del pensamiento abstracto y en lo que tienen de común todas las formas de vida orgánica.

Sobre su industria, las ciencias y el arte:

La industria, mecanizada en alto grado, exigía muy poco tiempo de cada ciudadano; las horas libres, que eran muchas, se empleaban en actividades intelectuales y estéticas de todas clases.

Las ciencias habían alcanzado un nivel increíble, y el arte era un componente esencial de la vida […]. La tecnología se veía enormemente estimulada por la constante lucha por la supervivencia, y por la necesidad de proteger los edificios de las grandes ciudades contra los prodigiosos cataclismos geológicos de aquellos días primigenios.

Y finalmente, un poco sobre el crimen y las guerras:

El índice de criminalidad era sorprendentemente bajo; una policía eficaz se encargaba de mantener el orden. Los castigos oscilaban entre la pérdida de privilegios y la pena de muerte, pasando por el encarcelamiento y lo que llamaban «penalización emocional». La justicia nunca se administraba sin estudiar minuciosamente los motivos del criminal.

Las guerras eran poco frecuentes, pero terribles y devastadoras.


[1] H. P. Lovecraft y otros, Los mitos de Cthulhu (Madrid: Alianza Editorial, 2003). Las citas corresponden a las páginas 382 y 383.

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