Mes: marzo 2011

La virtud del pueblo japonés

Para Aristóteles la felicidad consiste en vivir de forma excelente, de acuerdo a la virtud de nuestra capacidad racional[1]. En ese sentido, la felicidad es un bien interno, y no depende de los bienes externos.

Pero sería iluso decir que para ser felices no necesitamos en lo absoluto de ciertos bienes externos, así como de algo que a grandes rasgos podríamos llamar buena suerte. Sin embargo, nos dirá el Filósofo que “el hombre verdaderamente bueno y prudente soporta dignamente todas las vicisitudes de la fortuna y actúa siempre de la mejor manera posible, en cualquier circunstancia” (1985: 150; EN110ob36-1101a2), y que en “éstos brilla la nobleza, cuando uno soporta con calma muchos y grandes infortunios, no por insensibilidad, sino por ser noble y magnánimo” (1985: 150; EN1100b31-32).

Recordé esto al leer hace unos días las siguientes líneas pertenecientes a una noticia de La República, en relación a la reciente catástrofe:

En medio del caos, los periodistas extranjeros han atestiguado la conducta cortés, la falta de indignación, la ausencia de saqueos.

Dos frases arrojan alguna luz sobre la psique japonesa. Una es “Shikata ga nai”, que aproximadamente significa “es inevitable”. La otra es “gaman”, considerada una virtud: significa ser paciente y perseverante ante la adversidad.

La virtud se manifiesta en un pueblo mediante una serie de buenas costumbres y hábitos, y estos son más fuertes que cualquier tragedia.

Edit: Encontré también este reportaje más detallado, en inglés.


[1] La definición precisa de felicidad es “una actividad del alma de acuerdo con la virtud, […] la mejor y más perfecta, y además en una vida entera” (Aristóteles 1985: 142; EN 1098a16-19).

Bibliografía:

ARISTÓTELES

Ética Nicomáquea. Ética Eudemia. Traducción de Julio Palli Bonet. Madrid: Editorial Gredos, 1985.

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Play the game

En las primera páginas de El arte de amar, Erich Fromm critica duramente nuestra sociedad contemporánea, aludiendo a que el mismo espíritu del capitalismo ha corrompido la forma en que los individuos nos relacionamos románticamente unos con otros, tratándonos como mercancías, y buscando siempre un intercambio justo (1959: 14).

De la misma forma, nos habla del “mercado de la personalidad” en el que cada individuo es una “mercadería”, lo que resulta en que “dos personas se enamoran cuando sienten que han encontrado el mejor objeto disponible en el mercado, dentro de los límites impuestos por sus propios valores de intercambio” (Fromm 1959: 13-14).

Sin decir más, los dejo con el siguiente video:

Actualización 14/01/12:

Disfruten.


Bibliografía:

FROMM, Erich

El arte de amar. Traducción de Noemí Rosenblatt. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1959.

El concepto de eudaimonía de Aristóteles: Una reformulación

Tanto en sus días, como hoy, la definición de felicidad (εὐδαιμονία) propuesta por Aristóteles[1] resulta contraintuitiva para un gran número de personas, que la consideran más bien un estado emocional, y que puede ser —por definición— temporal y pasajero, dependiente de circunstancias fuera de nuestro control.

De la misma forma, una concepción de felicidad estrechamente ligada a la virtud (excelencia al actuar) y a un bienestar integral de nuestra personalidad no se limita a la antigüedad, sino que ha sido propuesta en el siglo XX por Erich Fromm, que de alguna forma actualiza el lenguaje de Aristóteles manteniendo la esencia de la misma:

[…] la felicidad y la infelicidad son expresiones del estado del organismo entero, de la personalidad total. La felicidad va unida a un aumento de la vitalidad, a la intensidad del sentimiento y del pensamiento y a la productividad; la infelicidad va unida a una disminución de estas capacidad y funciones. (Fromm 1960: 182)

En la misma línea, critica duramente la concepción más común:

El sentimiento subjetivo de ser feliz, si no es una cualidad del estado de bienestar de la persona total, no es más que un pensamiento ilusorio sobre un sentimiento y no tiene ninguna relación con la felicidad auténtica. (Fromm 1960: 183)

Para un par de entradas relacionadas, ver La felicidad del perro y ¿Qué es Dios? Una concepción existencial, mística y práctica.


[1] La definición precisa de felicidad es “una actividad del alma de acuerdo con la virtud, […] la mejor y más perfecta, y además en una vida entera” (Aristóteles 1985: 142; EN 1098a16-19).

Bibliografía:

ARISTÓTELES

Ética Nicomáquea. Ética Eudemia. Traducción de Julio Palli Bonet. Madrid: Editorial Gredos, 1985.

FROMM, Erich

Ética y Psicoanálisis. Tercera edición (reimpresión). Traducción de Heriberto F. Morck. México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1960.

Amor propio y ley moral (o una entrada sobre la —¿corrupta?— naturaleza humana)

Immanuel Kant nos presenta una imagen dicotómica del albedrío humano. Si bien somos libres para actuar, siempre lo hacemos por algún motivo (Kant 2001: 40-41). Kant reconoce solamente dos motivaciones últimas, siempre presentes, mas nunca en el mismo nivel, una siempre subordinando a la otra (2001: 55-56). Estas son la ley moral y el amor propio, incluido dentro del rubro más amplio de egoísmo (Kant 2000: 160-164). La moralidad nos exige no que renunciemos al amor propio (algo imposible e inclusive grotesco), sino que lo subordinemos a la ley moral, y hagamos de ésta nuestro incentivo último (Kant 2001: 55-56; Kant 2000: 62).

La virtud consiste precisamente en la lucha por hacer de la ley moral el móvil determinante de nuestro actuar, y semejante esfuerzo no puede sino durar una vida entera, pues “una golondrina no hace verano”, como decía Aristóteles (1985: 142; EN 1098a 19).

El rigorismo de Kant lo lleva, entonces, a excluir por completo el incentivo que constituye la propia felicidad de la moralidad —que en su más alto grado no es sino virtud (Kant 1989: 234)—, planteando en su lugar dos deberes amplios que nos permitan ordenar nuestra acción virtuosa; estos son, el deber de la propia perfección —tanto física como moral—, y el deber de buscar la felicidad ajena (1989: 237-240).

Erich Fromm, quien ha estudiado con profundidad el fenómeno del amor, critica “la suposición de que el amor hacia otros y el amor para con uno mismo [sean] alternativos” (1960: 127). Le interesa, por tanto, mostrar que el amor propio no sólo no es idéntico al egoísmo, sino que son “recíprocamente excluyentes” (Fromm 1960: 132; 1959: 72-78). Continúa:

Si es una virtud amar a mi prójimo como ser humano, entonces debe ser una virtud —y no un vicio— amarme a mí mismo, puesto que yo también soy un ser humano. No existe concepto del hombre en el cual yo mismo no esté incluído [sic]. Una doctrina que proclama tal exclusión prueba, por este hecho, ser intrínsecamente contradictoria. La idea expresada en la Biblia, “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, implica que el respeto por la propia integridad y singularidad, el amor y la comprensión de uno mismo no pueden ser separadas del respeto, el amor y la comprensión de otro individuo. El amor por mi propio ser está inseparablemente conectado con el amor por cualquier otro ser. (Fromm 1960: 132)

¿Cae, entonces, la teoría ética de Kant en un error intrínseco al incluir como premisa el amor propio dentro del egoísmo, y por tanto, contrario —o cuanto menos, diferente— a la virtud?

Es de suma importancia que la parte a priori de una teoría ética no sólo no se contradiga con lo que empíricamente sabemos del ser humano, sino que además nos ayude a ordenar y comprender mejor tales datos empíricos de forma más profunda de lo que nos sería posible sin dicho marco teórico.

Ciertamente Kant y Fromm no están hablando de fenómenos distintos, cuando el primero nos habla de la virtud como un constante esfuerzo de perfeccionamiento moral, mientras que el segundo lo reconoce como un amor que describe como “una expresión de productividad [qu]e implica cuidado, respeto, responsabilidad y conocimiento” (Fromm 1960: 132). Sin embargo, la cuestión apunta más bien, primero, a si las premisas y conclusiones de ambas teorías son irreconciliables[1]; y segundo, a cuál de ambas nos permite entender con mayor claridad el fenómeno de la moralidad.

¿Es defendible, entonces, la visión rigorista y negativa de Kant sobre el fenómeno del amor, a tal punto que requiera estar sometido siempre a la ley moral y al deber?

Responder esta pregunta  —ya sea de forma afirmativa o no— será mi tarea para el Seminario de Tesis de este ciclo 2011-1, para lo que me veré obligado a examinar a fondo la teoría de Kant acerca de la naturaleza humana, o para ser más precisos, su doctrina del mal radical, según el cuál “el hombre es por naturaleza malo” (2001: 50), para luego ponerla a prueba ante la crítica de Fromm.


[1] Ciertamente a la ética kantiana no le haría mal mostrarse compatible con los descubrimientos empíricos del psicoanálisis.

Bibliografía:

ARISTÓTELES

Ética Nicomáquea. Ética Eudemia. Traducción de Julio Palli Bonet. Madrid: Editorial Gredos, 1985.

FROMM, Erich

Ética y Psicoanálisis. Tercera edición (reimpresión). Traducción de Heriberto F. Morck. México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1960.

El arte de amar. Traducción de Noemí Rosenblatt. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1959.

KANT, Immanuel

La religión dentro de los límites de la mera razón. Traducción de Felipe Martínez Marzoa. Madrid: Alianza Editorial, 2001 [1793].

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000 [1788].

La metafísica de las costumbres. Traducción de Adela Cortina Orts y Jesús Conill Sancho. Madrid: Editorial Tecnos, 1989 [1797].

La felicidad del perro

Una vida sin perro es un error.

Carl Zuckmayer.

Entender la felicidad como un estado emocional, que puede ser temporal y efímero, constituye el principal obstáculo con el que ha de enfrentarse el entendimiento moral común al empezar el estudio de la teoría ética de Aristóteles, que tiene a la felicidad (εὐδαιμονία) como concepto fundamental.

Resulta que para el filósofo griego, la felicidad depende de la práctica virtuosa —con excelencia— de la función que nos es propia (que también podríamos llamar naturaleza humana, en su sentido más elevado). Así, primero tendremos que captar cuál es la función propia del ser humano, y la felicidad consistirá en realizarla bien a lo largo de nuestras vidas. Virtud (o excelencia), función propia y felicidad son conceptos estrechamente ligados; la felicidad es, entonces, una práctica ardua[1].

De igual modo como podemos hablar de la felicidad del hombre, nos es legítimo hablar también de la felicidad de cualquier entidad que tenga una función. No debe sorprendernos, entonces, que el mismo Aristóteles hable, por ejemplo, de la virtud del caballo [EN 1106a20-21].

Así como fallamos rotundamente día a día —en tanto especie— en darnos cuenta de lo que es verdaderamente bueno para nuestras vidas y actuar acorde, preocupándonos en vez por procurarnos una serie de placeres insignificantes, a cuya suma y repetición llamamos ‘felicidad’, hagamos lo mismo con miembros de otras especies, por ejemplo, con los perros.

César Millán basa su filosofía práctica canina justamente en un presupuesto muy parecido al de Aristóteles, esto es, que para hablar de la virtud de un perro, tenemos primero que comprender “con mayor profundidad cómo ve el mundo […] y lo que realmente quiere y necesita para llevar una vida pacífica, feliz y equilibrada” (Millán y Jo Peltier 2009: 24).

Tal principio se complementa con un estudio empírico, según el cual aprendemos que los perros necesitan un mínimo de ejercicio diario como requisito indispensable para ser estables y felices (nada menos que 80 minutos en dos paseos). Ni con todo el cariño del mundo, o juguetes y comida (mercancías), un can simplemente no será feliz si es que no le otorgamos la dosis requerida mínima de ejercicio.

A lo mejor estamos erróneamente acostumbrados a pensar en la felicidad de nuestra mascota como una serie de momentos que pasan a convertirse en recuerdos gratos, de la misma forma corrupta en que pensamos nuestra propia felicidad. Mas la felicidad verdadera de un can depende igualmente de entender correctamente su función propia, que requiere la ya mencionada cantidad de ejercicio, así como el sentirse parte de una manada, con reglas y disciplina.

Si queremos a nuestras mascotas, y por lo tanto, queremos que sean felices, lograr su felicidad será una práctica constante de otorgarles ejercicio, disciplina y cariño (en ese orden). Si queremos ser felices, entonces tal vez el camino no sea tan distinto.

Para otra entrada sobre César Millán y su filosofía, ver también El zoon politikon… hoy.

Para una entrada sobre el concepto de felicidad aristotélico, ver Felicidad: dos definiciones.


[1] La definición precisa de felicidad es “una actividad del alma de acuerdo con la virtud, […] la mejor y más perfecta, y además en una vida entera” [1098a16-19].

Bibliografía:

ARISTÓTELES

Ética Nicomáquea. Ética Eudemia. Traducción de Julio Palli Bonet. Madrid: Editorial Gredos, 1985.

MILLÁN, César y Melissa JO PELTIER

El encantador de perros. Lima: Santillana, 2009