Mes: octubre 2010

Valor social vs. dignidad (o sobre experimentos de tranvías)

Existe un experimento mental, bastante popular entre algunos filósofos analíticos que se acercan al problema de la ética, y que consiste en plantear el siguiente escenario:

Un tranvía corre fuera de control por una vía. En su camino se hallan cinco personas atadas a la vía por un filósofo malvado. Afortunadamente, es posible accionar un botón que encaminará al tranvía por una vía diferente. Por desgracia, hay una persona atada a esta vía. ¿Debería pulsarse el botón?[1]

La mayoría de personas responde que sí, que efectivamente apretarían el botón, sacrificando a una persona para salvar a cinco.

El problema del tranvía.

Judith J. Thomson reformuló el experimento, de la siguiente forma:

Como antes, un tranvía descontrolado se dirige hacia cinco personas. El sujeto se sitúa en un puente sobre la vía y podría detener el paso del tren lanzando un gran peso delante del mismo. Mientras esto sucede, al lado del sujeto sólo se halla un hombre muy gordo; de este modo, la única manera de parar el tren es empujar al hombre gordo desde el puente hacia la vía, acabando con su vida para salvar otras cinco. ¿Qué debe hacer el sujeto?[2]

Quizás no tan curiosamente, la mayoría de personas que estaban de acuerdo con apretar el botón en el primer escenario, no estarían dispuestos a empujar al hombre gordo en este segundo caso.

Como podrán imaginar, innumerables variaciones del experimento han proliferado, y los fascinados filósofos han buscado reconocer el criterio que se esconde detrás de las distintas decisiones.

Rápidamente, uno puede adoptar la postura utilitarista, y recurrir directamente al principio de utilidad (o de mayor felicidad)[3], y obtendrá respuestas más o menos claras, siempre y cuando se posea toda la información pertinente (por ejemplo, en el primer escenario, la decisión podría cambiar si es que esa única persona que íbamos a sacrificar fuese un doctor especializado del cual dependen la vida de muchos otros).

Sin embargo, utilitarismos más sofisticados como el de John Stuart Mill, exigirían que el problema fuese contextualizado, pues no debemos apresurarnos a sacrificar individuos inocentes por el bien de un grupo mayor, pues esto generaría una situación de temor y descontento generalizado en la sociedad, lo que causaría justamente el efecto contrario: más dolor. No obstante, contra la pared, Mill probablemente se vería obligado a apretar el botón e incluso empujar al gordo, si llevamos lo que nos dice al final de El utilitarismo[4] un poco más lejos.

En todo caso, parecería que la mayoría de personas que adopta una postura utilitarista en el primer caso, toma una postura deontólogica en el segundo; es decir, por principio, se ven incapaces de empujar a alguien hacia su muerte.

Una variación interesante del experimento ha sido investigada por David Pizarro, joven investigador de Cornell University, que pueden revisar en este artículo de Wired (en inglés), aunque sólo me interesa resaltar la conclusión a la que llega:

Las personas no están usando principios [consecuencialistas o deontológicos] y luego aplicándolos. Adoptan un juicio y luego buscan un principio [que se adecue a su juicio][5].

Por más interesante que estas pruebas puedan resultar para el entendimiento moral común, e incluso para la psicología, ¿verdaderamente nos pueden decir algo acerca de qué debemos hacer?

El tranvía es inocente.

En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, por supuesto, Immanuel Kant rechaza esta forma de pensar sobre la ética y construye su teoría en torno a principios racionales, que luego debemos reconocer tenemos la obligación de obedecer, nos gusten o no.

Pensar extraer conclusiones sobre lo que debemos hacer de las opiniones y acciones de las personas nos llevará a un principio corrupto, justamente porque lo que observaremos en la mayoría de los casos es que las personas actuamos sin principio alguno, luego intentando racionalizar nuestras acciones con cualquier argumento que encontremos a la mano.

La ética kantiana se edifica sobre el valor absoluto de nuestra humanidad, que consiste justamente en la capacidad de actuar genuinamente de acuerdo a principios, y esto es lo que nos otorga dignidad.

Sobre la dignidad, Kant nos dice:

[…] todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene dignidad[6].

No pretendo que Kant sí pueda darnos una respuesta sobre los diversos escenarios; justamente, lo que la ética kantiana puede aportar al asunto no es sino hacernos notar la forma intrínsecamente corrupta en la que está planteada el problema, exigiéndonos elegir entre personas como si fueran cosas.

En la cuarta proposición de Ideas para una historia universal en clave cosmopolita, Kant equipara la cultura con el valor social del hombre, que consiste justamente en considerarnos unos a otros como cosas, dándonos valores distintos, lo que nos impide reconocer la dignidad que todos poseemos por igual.

Ciertamente, alguna vez alguien podría verse en una situación tal, y esa persona tendría que tomar una decisión. La ética kantiana no debe poder jactarse de darnos una respuesta, sino de ayudarnos a comprender la gravedad de lo que estamos haciendo, eligiendo sobre algo de lo que no tenemos autoridad alguna[7].


[1] El experimento original fue ideado por Philippa Foot, y extraje la formulación de Wikipedia.

[2] Tal como está en la página ya citada.

[3] El principio supremo de la teoría ética utilitarista dice así: Las acciones son correctas en proporción mientras tiendan a promover la felicidad, incorrectas mientras tiendan a promover lo contrario. Y se entiende felicidad como placer y la ausencia de dolor.

[4] John Stuart Mill, El utilitarismo (Madrid: Alianza Editorial, 1984). Página 132: “[…] para salvar una vida, no sólo puede ser permisible, sino que constituye un deber, robar o tomar por la fuerza el alimento o los medicamentos necesarios. o secuestrar y obligar a intervenir al único médico cualificado”.

[5] La traducción es mía.

[6] Immanuel Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres (Madrid: Espasa Calpe, 2004). Página 112.

[7] Este artículo le debe mucho a las reflexiones de Allen W. Wood sobre el papel de una buena teoría ética en Kantian Ethics. Además, la conexión entre la cita del texto de la Fundamentación, en relación a un problema similar, la saqué de un artículo de Randall M. Jensen, en el libro Battlestar Galactica and Philosophy: Knowledge Here Begins Out There, editado por Jason T. Eberl.

La momia de Jeremy Bentham

Jeremy Bentham (1748-1832) fue uno de los fundadores del utilitarismo moderno, y como tal, al morir, dejó encargado que su cuerpo fuese analizado como parte de una clase de anatomía pública, pensando siempre en el bienestar de la sociedad.

El resultado:

La momia de Jeremy Bentham.

Se observa, en la foto, a Bentham con una cabeza de cera, pues su cabeza real quedó dañada, aunque igual se puede apreciar a sus pies.

NFC.

La interpretación utilitarista —de John Stuart Mill— del imperativo categórico

El principio supremo de la teoría ética utilitarista dice algo así:

Las acciones son correctas en proporción mientras tiendan a promover la felicidad, incorrectas mientras tiendan a promover lo contrario.

Entendiendo a la felicidad, su valor fundamental, como placer y la ausencia de dolor.

El parecido estructural de la teoría ética utilitarista —tal como es concebida por Mill— con la ética de Kant ha sido bien documentado por Allen Wood[1]; ambas cuentan con un principio supremo, en última instancia indemostrable, que no debe ser aplicado directamente a los casos concretos, sino mediante una serie de reglas o principios secundarios, que se derivan de aquel, pero de forma no exacta, sin la precisión usualmente requerida por muchos de los filósofos metaéticos del siglo XX, en busca de una ética procedimental, científica, y adeptos a los experimentos con tranvías.

No obstante, Mill lanza su propia crítica al proyecto kantiano, tal vez no muy consciente de sus similitudes, y tratando de hacer inteligible el principio formal de Kant sólo mediante su propio principio supremo, de utilidad. Veamos lo que dice:

Cuando Kant (como se indicó anteriormente) propone como principio fundamental de la moral: «Obra de tal suerte que la máxima de tu conducta pueda ser admitida como ley por todos los seres racionales», virtualmente reconoce que el interés colectivo de la humanidad, o al menos de la humanidad de modo indiscriminado, debe estar presente en la mente del agente cuando decide conscientemente acerca de la moralidad de una acción. De lo contrario, sus palabras carecerían de significado, ya que el que una máxima, incluso la más egoísta, no pueda ser adoptada, como cuestión de posibilidad fáctica, por todos los seres racionales —el que exista algún obstáculo insuperable en la naturaleza de las cosas para su adopción— no puede mantenerse de forma plausible. Para que el principio kantiano tenga algún significado habrá de entenderse en el sentido de que debemos modelar nuestra conducta conforme a una norma que todos los seres racionales pudiesen aceptar con beneficio para sus intereses colectivos[2].

De esa forma, Mill se propone, ambiciosamente, demostrar que el principio supremo de la moralidad kantiano presupone o necesita del principio de utilidad (o de mayor felicidad) para ser siquiera inteligible.

John Stuart Mill 1 – 0 Immanuel Kant .

Un serio John Stuart Mill.

Pero la cuestión, por supuesto, no queda sanjada con tal aclaración. John Stuart Mill erra —al igual que muchos otros críticos y comentaristas— al interpretar de forma tan superficial al filósofo alemán, cuyo imperativo categórico escapa de su mero lado formal, para sostenerse en vez en el valor de la humanidad como fin en sí mismo, lo que lo lleva a concebir el enlace sistemático de dichos fines (los seres racionales) bajo un sistema de leyes comunes a todos, del cual cada uno es jefe y al mismo tiempo súbdito. Este reino de los fines se parece mucho a la “comunidad de intereses” que Mill menciona es posible pensar respecto de todos los integrantes de la humanidad (Mill, p. 114).

Es decir, Kant no sólo incluye el principio utilitarista, sino que va incluso más allá, y explica por qué es que valoramos —o debemos valorar— la felicidad en primer lugar, mediante un examen de nuestra capacidad racional y sus implicancias.

Se volteó el partido.


[1] Allen W. Wood, Kantian Ethics (New York: Cambridge University Press, 2008). Capítulo 3 “Ethical Theory”.

[2] John Stuart Mill, El utilitarismo (Madrid: Alianza Editorial, 1984). La cita pertenece a la página 116.

Sobre temores infundados (o en torno a recientes declaraciones del Nobel de Literatura 2010: Mario Vargas Llosa)

Cito la noticia del diario La República:

Elegante Mario Vargas Llosa.

Es una realidad que no hay cómo detenerla. Mi temor es de que el libro electrónico conduzca a una cierta banalización de la literatura, como ocurrió con la televisión, que es una maravillosa creación tecnológica, que, con el objetivo de llegar al mayor número de personas, banalizó sus contenidos.

Sería bueno tener acceso al contexto de sus declaraciones, pero quiero hacer notar que tal crítica por parte del escritor peruano-español no es reciente, sino que data al menos de la década de 1980, en la que usaba argumentos similares ante declaraciones futuristas de Bill Gates, sobre el mismo “problema”.

Resulta difícil pensar cómo exactamente lo mismo no podría objetarse de tecnologías como la imprenta, que ciertamente permite que los libros lleguen a más personas.

Personalmente, habiendo comprado recientemente una Kindle, no puedo dejar de notar un tufo elitista y reaccionario en dichas declaraciones, que se me ocurre no han sido bien pensadas. Mi experiencia hasta el momento ha sido positiva[1], y así como los paperbacks no reemplazan a los hardcovers, no veo incoveniente alguno sobre por qué este tipo de libros no pueden coexistir con los tradicionales.

Más bien, sería más adecuado culpar de banalización a casas editoriales que sólo buscan vender, y en general a la cultura de consumo, estilo de vida capitalista, etc.

Para otra entrada sobre comentarios del escritor, aunque con una valoración más positiva, entren acá. La imagen la extraje de este blog, curiosamente en una nota sobre el mismo tema.

Hago notar, finalmente, que para este post he creado la categoría Opinión.


[1] Hasta el momento, he leído buena parte de Kant: A Biography, de Manfred Kuehn, así un par de libros de ensayos de filosofía, y planeo empezar pronto The Pillars of the Earth, de Ken Follett. La banalidad, más bien, [advertencia: empieza breve argumentación ad hominem] podría encontrarse en los últimos libros del escritor.

La función del ser humano

Es innegable que toda la Ética nicomáquea se sostiene en la función (ergon) que Aristóteles nos asigna en tanto seres humanos (EN 1097b 22-1098a 21) .

Christine Korsgaard, filósofa estadounidense contemporánea, nos dice:

La razón es la función del ser humano, porque es cómo hacemos lo que hacemos, que es llevar a cabo la forma de vida específicamente humana[1].

Planeo desarrollar esto en un post siguiente, comparando la función del hombre para Aristóteles con el papel que juega la humanidad como valor absoluto para Kant.


[1] Christine Korsgaard, The Constitution of Agency: Essays on Practical Reason and Moral Psychology (New York: Oxford University Press, 2008). La traducción es mía, y la cita pertenece a la página 143.

El mes morado y Alianza Lima (o pensando la tradición desde MacIntyre y Rawls)

Hace un par de años, cambié el diseño de mi —por entonces vigente— blog adecuándolo al color morado. El motivo del cambio no hacía referencia directa a la costumbre que homenajea al Señor de los Milagros, sino al gesto que lleva a cabo también todos los años el club de fútbol Alianza Lima, de cambiar su uniforme blanquiazul por uno morado.

A pesar de mi indiferencia ante costumbres religiosas, me pareció que quería participar —a pesar de todo— de dicha tradición, inspirado por el club de mis amores.

Gloria.

Ahora vayamos a la segunda parte de esta entrada. En Tras la virtud, Alasdair MacIntyre escribe:

[…] las tradiciones decaen, se desintegran y desaparecen. ¿Qué mantiene y hace fuertes a las tradiciones? ¿Qué las debilita y destruye? […] la respuesta es: el ejercicio de las virtudes pertinentes o su ausencia[1].

Es fácil estar de acuerdo con MacIntyre, también, cuando crítica la oposición entre tradición y razón, y afirma que:

Todo razonamiento tiene lugar dentro del contexto de algún modo tradicional de pensar, trascendiendo las limitaciones de lo que en esa tradición se ha razonado por medio de la crítica y la invención. (MacIntyre, p. 273)

Por otro lado, cuando John Rawls afirma que aceptamos libremente las distintas tradiciones a las que pertenecemos, aclara rápidamente lo siguiente:

No quiero decir con ello que lo hagamos por un acto de libre elección, como si no hubiera lealtades y compromisos, vínculos y afectos previos. Quiero decir que, como ciudadanos libres e iguales, el que sostengamos esas creencias cae dentro de nuestra competencia política definida por los derechos y libertades básicos[2].

Quizás deberíamos pensar la modernidad —dejando de lado la artificial y superficial contraposición entre comunitaristas y liberales— como una nueva tradición, en la que el pensamiento crítico del que habla MacIntyre se expande a todos los integrantes de una comunidad, y esto garantizado por los derechos y libertades básicos que nos menciona Rawls.

Y así todos, quizás, viviríamos felices por un tiempo.


[1] Alasdair MacIntyre, Tras la virtud (Barcelona: Crítica, 1988). La cita pertenece a la página 274.

[2] John Rawls, El liberalismo político (Barcelona: Crítica, 1996). La cita pertenece a la página 257.

Metáforas racionales

Ayer me topé con esta frase:

Reason is like an escalator—once we step on it, we cannot get off until we have gone where it takes us[1].

Peter Singer.

Para la conexión entre esto y los escritos de historia de Immanuel Kant, manténganse alertas.


[1] Frans de Waal, Primates and Philosophers (Princeton: Princeton University Press, 2006). La cita pertenece a la página 146, y la traducción diría algo así: “La razón es como una escalera eléctrica—una vez que nos subimos, no podemos salirnos hasta que lleguemos hasta donde nos lleve”.