Mes: mayo 2012

Un ejemplo de fe que se basa principalmente en la razón (o qué significa ser cristiano de acuerdo a Gustavo Gutiérrez)

En torno a la idea de una religión racional, Immanuel Kant desarrolla cuatro tipos de fe distintas. A los primeros dos tipos, la fe religiosa pura o racional y la fe eclesiástica o histórica, se les suma, luego, la fe beatificante y la fe de servicio o de prestación.

La fe racional será la capacidad autónoma presente en cada persona de reconocer a lo que uno está moralmente obligado. La fe histórica, en cambio, es la expresión de estas obligaciones morales o no morales tal como se encuentran en los distintos modos de creencia religiosos, contingentes.

Para una explicación más detallada de ambos tipos de fe, ver: La religión dentro de los límites de la mera razón – II.

Si una persona reconoce como deber moral que no debe matar, entonces se podría decir que ahí está operando la fe racional. Pero a la vez, esto puede ser expresado de forma válida en un modo de creencia como el judeocristiano, de la forma “No matarás” (Éxodo 20:13).

Puesto que en realidad la fe racional jamás podrá darse en su forma pura, sino que siempre estará acompañada de ciertas características de una fe eclesiástica, Kant introduce dos nuevos tipos de fe, ahora sí, mutuamente excluyentes. La fe beatificante sería posesión de “todo aquel en quien la creencia eclesial, refiriéndose a su meta, la fe religiosa pura, es práctica” (Kant 2001: 143); esta fe será libre, “fundada sobre puras intenciones del corazón” (Kant 2001: 144). Por otro lado, tenemos a la fe de prestación, que “busca hacerse agradable a Dios mediante acciones (del cultus) que (aunque trabajosas) no tienen por sí ningún valor moral”, y son por lo tanto acciones “que también un hombre malo puede ejecutar” (Kant 2001: 144).

Puesto de otro modo, la fe beatificante estaría presente en cualquiera que busque anteponer los motivos que reconoce propiamente morales por sobre la contingencia de otras obligaciones presentes en los modos de creencia históricos[1].

Ahora, citamos como ejemplo de fe beatificante la concepción del cristianismo de Gustavo Gutiérrez:

Ser cristiano es, en efecto, aceptar y vivir solidariamente en la fe, la esperanza y la caridad, el sentido que la palabra del Señor y el encuentro con él dan al devenir histórico de la humanidad en marcha hacia la comunión total. Colocar la relación única y absoluta con Dios como horizonte de toda acción humana es situarse, de primer intento, en un contexto más amplio, más profundo. Más exigente también. Estamos, lo vemos más descarnadamente en nuestros días, ante la cuestión teológico-pastoral central: ¿qué es ser cristiano?¿cómo ser iglesia en las condiciones inéditas que se avecinan? Es, en última instancia, buscar en el mensaje evangélico la respuesta a lo que, según Camus, constituye el interrogante capital de todo hombre: “juzgar que la vida merece o no merece la pena ser vivida”. (Gutiérrez 1987: 69-70)

En la cita apreciamos la primacía de la práctica, o de la ortopraxis, del vivir, propiamente, sobre cualquier creencia (ortodoxia) desconectada de la búsqueda de una respuesta a la interrogante existencial que ocupa al ser humano en tanto ser humano. Lo propio del cristiano está en que dicha búsqueda se hace en el marco del mensaje evangélico, lo que constituye el componente de fe histórica que toda fe beatificante posee.

Sería aberrante, a estas alturas, creer que no se puede encontrar una respuesta correcta a la interrogante fundamental fuera del texto bíblico, o de cualquier otro texto sagrado o tradición. Kant fue quizás el más claro al señalar que la fe histórica es siempre contingente y lo moral se puede realizar desde cualquier tradición. Por lo mismo, uno haría mal en menospreciar cualquier creencia religiosa que sirva como marco para responder dicha pregunta, creyendo que se puede prescindir completamente de este tipo de discurso.

Si vamos más allá de la letra de lo que señala Kant, cualquier visión del mundo sobre la que articulemos el sentido de nuestra existencia y hagamos inteligible nuestro deber moral podrá ser considerada, en sentido amplio, al menos, como religiosa[2]. Y hago énfasis en lo del sentido amplio puesto que esta religiosidad no refiere necesariamente a un dios personal, pero sí necesariamente a la búsqueda de un orden o sentido, pero que escapa la mera observación empírica de las cosas[3].

De esta forma, incluso el modo en que Kant articula su ideal de autonomía sería igualmente histórico, y por lo tanto, contingente. Lo que no le quita un ápice de validez o realidad práctica a su imperativo moral.


[1] Estos primeros párrafos han sido tomados (casi) sin modificación de esta entrada anterior: Un ejemplo de fe beatificante (y otro de fe de prestación).

[2] Para un ejemplo de una visión científica que sin embargo deriva en espiritualidad, ver la siguiente cita:

[3] Tal vez decir filosófico en vez de religioso sea menos complicado, pero la filosofía es una disciplina muy amplia. Acá nos referimos a la razón que llega a sus límites, y discurre sobre ellos. Vean, sobre este punto, esta entrada: Sobre el conocimiento propio de la metafísica (o una justificación ilustrada de la Biblia, por si alguien la pidió).

Bibliografía:

GUTIÉRREZ, Gustavo

Teología de la liberación: perspectivas. Quinta edición. Lima: Centro de Estudios y Publicaciones, 1987.

KANT, Immanuel

La religión dentro de los límites de la mera razón. Traducción de Felipe Martínez Marzoa. Madrid: Alianza Editorial, 2001.

Anuncios

The exploitation of Christianity: A true story

Told through a scene of “Christian Rock Hard”, episode of South Park:

Stan: You know nothing about Christianity.

Cartman: I know enough to exploit it.

And that’s why you have to be a good person first in order to be a good christian or whatever.

For another post about South Park and philosophy, check: An honest definition of contemporary society.

La destrucción como una forma —equivocada— de conocer

Erich Fromm concibe el amor como un arte, que debe ser aprendido, tanto teórica como prácticamente. Más que un sentimiento, el amor es una praxis, que implica ciertos elementos básicos: el cuidado, la responsabilidad, el respeto y el conocimiento (1959: 39).

En lo que respecta a este último elemento, se trata de conocer el secreto del hombre, aquello específicamente humano, que a pesar de todos nuestros esfuerzos, se nos escapa, pues “no somos una cosa” (Fromm 1959: 42).

Cuánto más avanzamos hacia las profundidades de nuestro ser, o el ser de los otros, más nos elude la meta del conocimiento. Sin embargo, no podemos dejar de sentir el deseo de penetrar en el secreto del alma humana, en el núcleo más profundo que es “él”. (Fromm 1959: 42-43)

La forma correcta de alcanzar este conocimiento, se da precisamente mediante “el acto de amar”, que “trasciende el pensamiento” y las palabras (Fromm 1959: 44); este camino no es el tema de esta entrada. Lo que nos ocupa hoy es el camino desesperado, el del poder absoluto sobre la otra persona, o puesto de otro modo, el camino de la destrucción y el sadismo.

Un ejemplo común, de acuerdo a Fromm, se da cuando los niños cogen algún objeto, lo desarman, lo deshacen para conocerlo. Más gráfico es el acto de crueldad, por ejemplo, en el que un niño destroza un animal, digamos, una  mariposa, le arranca las alas para conocerla (1959: 43). “La crueldad misma”, concluye Fromm, “está motivada por algo más profundo: el deseo de conocer el secreto de las cosas y de la vida” (1959: 43-44).

Pueden encontrar siete otras imágenes de objetos en el momento de su destrucción en este enlace.

Para otras entradas relacionadas, ver: ¿Es posible una fe racional en el progreso de la humanidad?, Play the game y ¿Qué es Dios? Una concepción existencial, mística y práctica.


Bibliografía:

FROMM, Erich

El arte de amar. Traducción de Noemí Rosenblatt. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1959.

La leyenda del cuatrillón de kilómetros del diablo de Ivan Karamázov

Satanás, imaginado por Iván Karamázov, imaginado por Fiódor Dostoievski, nos cuenta la siguiente leyenda:

—Conozco una, precisamente, sobre nuestro tema; es decir, no se trata de una anécdota, sino más bien de una leyenda. Tú me reprochas la falta de fe: «ves y no crees». Pero no soy el único que se encuentra en este caso, amigo mío: ahora, en nuestro mundo, todo quisqui anda soliviantado, y ello debido únicamente a vuestras creencias. Mientras no se iba más allá de los átomos, de los cinco sentidos y de los cuatro elementos, todo marchaba más o menos bien. De los átomos hablaron ya los antiguos. Pero cuando se supo que aquí habíais descubierto la «molécula química», el «protoplasma» y el demonio sabe qué otras cosas, los nuestros se recogieron la cola entre las piernas. Aquello fue el caos. Todo eran supersticiones y comadreos; habladurías entre nosotros hay tantas como entre vosotros y hasta un poquitín más; y, por fin, delaciones, porque también nosotros tenemos una sección especial donde se reciben ciertos «informes». Pues bien, se trata de una insólita leyenda de nuestros siglos medios (no vuestros, sino nuestras), y nadie la cree ni siquiera entre nosotros, excepción hecha de las mercaderas de diez arrobas, digo de las nuestras, no de las vuestras. Todo lo que existe en este mundo, existe también en el nuestro, éste es un secreto que te revelo sólo por amistad, aunque nos está prohibido hacerlo. La leyenda a que me refiero trata del paraíso. Había entre vosotros, en la tierra, un pensador y filósofo de nota, cuenta la leyenda, que «lo negaba toda, leyes, conciencia, fe» y, en especial, la vida futura. Murió creyendo que iba a desaparecer en las tinieblas y la nada, pero he aquí que se encuentra ante la vida futura. Se quedó asombrado y se indignó: «Esto va en contra de mis convicciones», dijo. Y por estas palabras le condenaron… Bueno, perdona, yo sólo te cuento lo que he oído decir, se trata de una leyenda… Le condenaron a que recorriera en las tinieblas un cuatrillón de kilómetros (ahora, entre nosotros, todo va por kilómetros), y cuando haya recorrido este cuatrillón, le abrirán las puerta del paraíso y le perdonarán…

—¿Qué otros tormentos tenéis en vuestro mundo, aparte de lo del cuatrillón? —le interrumpió Iván con extraordinaria viveza.

—¿Qué tormentos? ¡Ah, no me lo preguntes! Antes los había de la clase que quisieras, pero ahora todo es cargar la mano sobre los morales, sobre los «remordimientos de conciencia» y esas zarandajas. Esto también nos ha venido de vosotros, de  vuestra «suavización de costumbres». ¿Y quién crees que ha salido ganando? Pues los únicos que han salido ganando son los sinvergüenzas, porque de dónde van a sentir ellos remordimientos de conciencia, si no conciencia tienen. Los que han pagado pato, en cambio, han sido las personas decentes, las que no han perdido del todo la conciencia y el honor… Eso es lo que pasa cuando se emprenden reformas sobre un terreno sin preparar y aun copiadas de instituciones extranjeras. ¡Son pura calamidad! Serían preferibles las calderas de antaño. Bien, ese condenado al cuatrillón de kilómetros se planta, mira a su alrededor y se echa de través en el camino: «No quiero andar, ¡me niego por principio!» Toma tú el alma de un ateo ruso instruido, mézclala en la del profeta Jonás, que se pasó tres días y tres noches rezongando en el vientre de una ballena, y te saldrá el carácter de aquel pensador que se echó en el camino.

—¿Pero, sobre qué pudo echarse?

—Bah, algo habría allí sobre qué echarse. ¿No te estarás burlando?

—¡Bravo por el pensador! —gritó Iván, con la misma extraña viveza. Ahora escuchaba con inesperada curiosidad—. Y qué, ¿aún sigue echado?

—No, ése es el caso. Permaneció echado cerca de mil años, luego se levantó y se puso a andar.

—¡Vaya burro! —exclamó Iván, riéndose nerviosamente a carcajadas, como si se esforzara por comprender alguna cosa—. ¿No da lo mismo permanecer eternamente echado que andar un cuatrillón de verstas? ¿No representa esa distancia un billón de años de camino?

—Incluso mucho más; si tuviera lápiz y papel te lo podría calcular. Pero hace mucho tiempo que llegó, y es ahora cuando empieza la anécdota.

—¡Cómo, llegó!…. ¿Pero de dónde sacó un billón de años?

—¡Todo te lo imaginas relacionándolo con esta tierra nuestra de hoy! Pero la tierra actual, quizá se ha repetido un billón de veces; es decir, ha envejecido, se ha cubierto de hielos, se ha resquebrajado, se ha deshecho, se ha descompuesto en sus elementos; otra vez todo quedó cubierto de agua, hasta las partes sólidas del universo, luego apareció otra vez un cometa, otra vez el sol, y del sol se desprendió otra vez la tierra, y es posible que esta evolución se haya repetido ya, quizá, un número infinito de veces, siempre de la misma manera, hasta el último detalle. Es de un aburrimiento indecentísimo…

—Bueno, bueno, ¿y qué sucedió, cuando hubo llegado?

—No bien le abrieron las puertas del paraíso, entró, y antes de que hubiera pasado allí dos segundos (y eso reloj en mano, aunque el reloj, a mi entender, debía de habérsele descompuesto en sus elementos hacía mucho tiempo, en el bolsillo, durante el recorrido), antes de que hubiera pasado allí dos segundos, exclamó que aquellos dos segundos valían no sólo el cuatrillón de kilómetros, sino un cuatrillón de cuatrillones y hasta elevado a la cuadrillonésima potencia. En una palabra, cantó «hosanna» y exageró la nota hasta el punto de que allí, algunos, los de ideas más nobles, querían negarse a darle la mano al principio; se había hecho conservador demasiado aprisa, pensaban. Eso es propio del temperamento ruso. Repito: se trata de una leyenda. Estas son las ideas que todavía corren sobre estas materias allí, entre nosotros. (Dostoievski 1996: 932-935)

Para una entrada similar, ver: El superhombre de… Dostoiesvki.

Para un blog dedicado al pensamiento religioso del stárets Zosima, personaje santo de la novela, ver: Amor humilde.


Bibliografía:

DOSTOIEVSKI, Fiódor M.

Los hermanos Karamázov. Traducción de Augusto Vidal. Madrid: Cátedra, 1996.