Amor propio y ley moral (o una entrada sobre la —¿corrupta?— naturaleza humana)

Immanuel Kant nos presenta una imagen dicotómica del albedrío humano. Si bien somos libres para actuar, siempre lo hacemos por algún motivo (Kant 2001: 40-41). Kant reconoce solamente dos motivaciones últimas, siempre presentes, mas nunca en el mismo nivel, una siempre subordinando a la otra (2001: 55-56). Estas son la ley moral y el amor propio, incluido dentro del rubro más amplio de egoísmo (Kant 2000: 160-164). La moralidad nos exige no que renunciemos al amor propio (algo imposible e inclusive grotesco), sino que lo subordinemos a la ley moral, y hagamos de ésta nuestro incentivo último (Kant 2001: 55-56; Kant 2000: 62).

La virtud consiste precisamente en la lucha por hacer de la ley moral el móvil determinante de nuestro actuar, y semejante esfuerzo no puede sino durar una vida entera, pues “una golondrina no hace verano”, como decía Aristóteles (1985: 142; EN 1098a 19).

El rigorismo de Kant lo lleva, entonces, a excluir por completo el incentivo que constituye la propia felicidad de la moralidad —que en su más alto grado no es sino virtud (Kant 1989: 234)—, planteando en su lugar dos deberes amplios que nos permitan ordenar nuestra acción virtuosa; estos son, el deber de la propia perfección —tanto física como moral—, y el deber de buscar la felicidad ajena (1989: 237-240).

Erich Fromm, quien ha estudiado con profundidad el fenómeno del amor, critica “la suposición de que el amor hacia otros y el amor para con uno mismo [sean] alternativos” (1960: 127). Le interesa, por tanto, mostrar que el amor propio no sólo no es idéntico al egoísmo, sino que son “recíprocamente excluyentes” (Fromm 1960: 132; 1959: 72-78). Continúa:

Si es una virtud amar a mi prójimo como ser humano, entonces debe ser una virtud —y no un vicio— amarme a mí mismo, puesto que yo también soy un ser humano. No existe concepto del hombre en el cual yo mismo no esté incluído [sic]. Una doctrina que proclama tal exclusión prueba, por este hecho, ser intrínsecamente contradictoria. La idea expresada en la Biblia, “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, implica que el respeto por la propia integridad y singularidad, el amor y la comprensión de uno mismo no pueden ser separadas del respeto, el amor y la comprensión de otro individuo. El amor por mi propio ser está inseparablemente conectado con el amor por cualquier otro ser. (Fromm 1960: 132)

¿Cae, entonces, la teoría ética de Kant en un error intrínseco al incluir como premisa el amor propio dentro del egoísmo, y por tanto, contrario —o cuanto menos, diferente— a la virtud?

Es de suma importancia que la parte a priori de una teoría ética no sólo no se contradiga con lo que empíricamente sabemos del ser humano, sino que además nos ayude a ordenar y comprender mejor tales datos empíricos de forma más profunda de lo que nos sería posible sin dicho marco teórico.

Ciertamente Kant y Fromm no están hablando de fenómenos distintos, cuando el primero nos habla de la virtud como un constante esfuerzo de perfeccionamiento moral, mientras que el segundo lo reconoce como un amor que describe como “una expresión de productividad [qu]e implica cuidado, respeto, responsabilidad y conocimiento” (Fromm 1960: 132). Sin embargo, la cuestión apunta más bien, primero, a si las premisas y conclusiones de ambas teorías son irreconciliables[1]; y segundo, a cuál de ambas nos permite entender con mayor claridad el fenómeno de la moralidad.

¿Es defendible, entonces, la visión rigorista y negativa de Kant sobre el fenómeno del amor, a tal punto que requiera estar sometido siempre a la ley moral y al deber?

Responder esta pregunta  —ya sea de forma afirmativa o no— será mi tarea para el Seminario de Tesis de este ciclo 2011-1, para lo que me veré obligado a examinar a fondo la teoría de Kant acerca de la naturaleza humana, o para ser más precisos, su doctrina del mal radical, según el cuál “el hombre es por naturaleza malo” (2001: 50), para luego ponerla a prueba ante la crítica de Fromm.


[1] Ciertamente a la ética kantiana no le haría mal mostrarse compatible con los descubrimientos empíricos del psicoanálisis.

Bibliografía:

ARISTÓTELES

Ética Nicomáquea. Ética Eudemia. Traducción de Julio Palli Bonet. Madrid: Editorial Gredos, 1985.

FROMM, Erich

Ética y Psicoanálisis. Tercera edición (reimpresión). Traducción de Heriberto F. Morck. México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1960.

El arte de amar. Traducción de Noemí Rosenblatt. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1959.

KANT, Immanuel

La religión dentro de los límites de la mera razón. Traducción de Felipe Martínez Marzoa. Madrid: Alianza Editorial, 2001 [1793].

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000 [1788].

La metafísica de las costumbres. Traducción de Adela Cortina Orts y Jesús Conill Sancho. Madrid: Editorial Tecnos, 1989 [1797].

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