libertad externa

John Rawls contra el falso liberalismo

El liberalismo político, a diferencia del liberalismo económico (o neoliberalismo), hace énfasis en que las libertades políticas deben ser el criterio para regular las libertad económicas, de modo que estas últimas no atropellen a las primeras. La propiedad, en concentraciones excesivas, aniquila la libertad individual de muchos.

El principio de diferencia del liberalismo político de John Rawls, precisamente, tiene como objetivo asegurar que las instituciones de trasfondo operen de tal modo que “la propiedad y la riqueza se mantengan lo suficientemente igual repartidas a lo largo del tiempo”, y esto, justamente, para asegurar el valor equitativo de las libertades políticas, y que no queden en una mera formalidad (2002: 83).

johnrawls

¿Qué tipo de regulación tiene en mente Rawls?

Esto lo hacen mediante leyes que regulan la transmisión patrimonial y la herencia, y mediante otros mecanismos tales como los impuestos, usados para prevenir las concentraciones excesivas de poder privado. (Rawls 2002: 83)

Resulta a todas luces absurdo negar que un mercado desregulado genera desigualdad y opresión de unos a otros. Rawls, el exponente más importante del liberalismo del siglo XX, se pronuncia claramente al respecto:

Un sistema de libre mercado debe establecerse en un marco de instituciones políticas y legales que ajuste la tendencia a largo plazo de las fuerzas económicas a fin de prevenir las concentraciones excesivas de propiedad y riqueza, especialmente de aquellas que conducen a la dominación política. (Rawls 2002: 74)

Y sin embargo, todavía hoy, algunos intentan diluir la diferencia entre el verdadero liberalismo político y el neoliberalismo. Sin lugar a dudas el liberalismo político implica cierto liberalismo económico, pero este se concibe como sometido a reglas, puestas por el Estado, y no como una chapucera desregulación del accionar de los individuos en el mercado. En ello radica la diferencia entre el liberalismo político y el neoliberalismo: el primero regula el mercado para asegurar el verdadero valor de las libertades de todos[1], mientras que el segundo concibe una libertad anómica y una total desregulación, le cueste a quien le cueste (o al menos tiende a la desregulación por principio).

En el fondo, lo que está en juego es una posición filosófica que concibe la libertad, de cualquier índole, siempre como vinculada a reglas (o leyes), contraria a la posición fáctica según la cual la libertad es hacer lo que uno quiere (en tanto puede), posición insostenible filosóficamente.

César Hildebrandt advierte sobre lo mismo, refiriéndose a quienes pretenden hacer pasar el neoliberalismo y la desregulación del mercado por un liberalismo de verdad: “Ellos confunden el liberalismo económico con el liberalismo político (constitucionalismo, prevalencia [sic] de la ley y del individuo). Los ignorantes son ellos”.

No cabe dudas que el liberalismo político de Rawls termina pareciéndose mucho a lo que hoy en día, hablando desde el contexto peruano, se tiene por socialismo (por lo que la oposición entre liberalismo y socialismo se confunde y es poco práctica en nuestro país). Lo que Rawls no concedería jamás es que las libertades políticas individuales puedan sacrificarse por el bien de muchos, pero del mismo modo tiene claro que la economía, dentro de una democracia constitucional liberal, debe funcionar teniendo siempre el bienestar de todos, con particular énfasis en el grupo que tiene menos. El liberalismo político, hoy, se encuentra mucho más cerca del socialismo que del estado de cosas actual neoliberal.

Para una entrada donde argumento por la regulación de los medios de comunicación, ver: El liberalismo político y la regulación de los medios de comunicación (o sobre una de las consecuencias más audaces del primer principio de justicia de John Rawls).


[1] En este el liberalismo no puede dejar algo tan importante como la educación en manos del mercado, sino que debe asegurarse una educación de calidad para todos:

La sociedad también debe establecer, entre otras cosas, iguales oportunidades de educación para todos independientemente de la renta de la familia. (Rawls 2002: 74-75)

Bibliografía:

RAWLS, John

La justicia como equidad: una reformulación. Barcelona: Paidós, 2002.

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Isla

Leí esta novela saliendo del colegio, y recuerdo que me dejó dos enseñanzas, que hasta ahora mantengo y se han ido fortaleciendo. La primera es que una sociedad humana organizada racionalmente, basada en los descubrimientos de la ciencia y dirigida sabiamente por principios que apunten al bien común no sólo es posible, sino que en ella, únicamente, nuestra especie podrá volver a una suerte de segunda naturaleza, donde todo funcione como debe funcionar, donde la libertad de las personas no esté restringida, sino que pueda desplegarse al máximo, en perfecta compatibilidad la de unos con la de otros. La segunda enseñanza, no menos importante, radica en que la consecución de dicha sociedad está sometida a la arbitrariedad y a la ignorancia de estos mismos seres. Bien podemos nunca alcanzarla.

El principio del derecho

Se vuelve imprescindible contar con una entrada donde se presente como una cuestión aislada y completa el principio del derecho de acuerdo a Immanuel Kant, criterio último al cual todas las leyes jurídicas deben conformarse.

«Una acción es conforme a derecho cuando permite, o cuya máxima permite a la libertad del arbitrio de cada uno coexistir con la libertad de todos según una ley universal». (Kant 1989: 39)

Puesto de otra forma, como una ley universal del derecho:

[…] obra externamente de tal modo que el uso libre de tu arbitrio pueda coexistir con la libertad de cada uno según una ley universal. (Kant 1989: 40)

Lo que a su vez haría del derecho “el conjunto de condiciones bajo las cuales el arbitrio de uno puede conciliarse con el arbitrio del otro según una ley universal de la libertad” (Kant 1989: 39).

Listo.

Para otra entrada con una temática similar, ver: Kant sobre la libertad (en sentido jurídico).


Bibliografía:

KANT, Immanuel

La metafísica de las costumbres. Traducción de Adela Cortina Orts y Jesús Conill Sancho. Madrid: Editorial Tecnos, 1989.

¿Qué es la razón? (o sobre propiedades monádicas y relacionales)

En las últimas semanas me he topado con una pregunta importante sobre la filosofía de Immanuel Kant, que atraviesa todo el resto de mis “investigaciones”.

Todo surgió en una conversación que tuve con mi amigo y colega Omar Valencia, acerca de la naturaleza —nada menos que— de la razón (Vernunft). Por un lado está la percepción actual del carácter monádico[1] de la razón moderna (donde se incluye tanto a Descartes como a Kant), que autores contemporáneos pretenden corregir.

Sin embargo, siguiendo interpretaciones recientes, más holísticas del pensamiento de Kant[2], la razón ilustrada (y en esto podemos diferenciar a Descartes de Kant) debe su existencia no a una capacidad innata, sino al desarrollo histórico y social de la especie humana (por supuesto esto requiere de cierta predisposición innata en el hombre para poder desarrollar dicha racionalidad).

Caricatura sobre la —falta de— libertad de pensamiento.

En la misma Crítica de la razón pura, Kant afirma que la misma existencia de la razón depende de la capacidad de comunicación de ciudadanos libres (ver la cita que se encuentra en lo más elevado de la columna derecha de este blog). Sin embargo, para que no se nos acuse de coger citas aisladas, fuera de contexto, y tratar de leer lo que queramos, colocaré otra cita, de un escrito más de divulgación, escrito en 1786 (un año después de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, y un año antes de la segunda edición de la primera Crítica), titulado “¿Qué significa orientarse en el pensamiento?”, en el que Kant busca responder desde ya a los atacantes de su preciada razón ilustrada.

¡Hombres de capacidades espirituales y de amplias convicciones! Admiro vuestros talentos y amo vuestro sentimiento humano. Pero ¿habéis reflexionado también en lo que hacéis y en lo que pretendéis con vuestros ataques a la razón? Sin duda queréis que la libertad de pensamiento se mantenga invulnerable; pues, sin ella, pronto tendrían un final incluso vuestros ímpetus de genio. Veamos lo que de modo natural resultaría de esta libertad de pensamiento, si un proceder semejante al que habéis iniciado llegara a ser excesivo.

A la libertad de pensamiento se contrapone en primer lugar la coacción civil. Se dice, desde luego, que un poder superior puede quitarnos la libertad de hablar o de escribir, pero no la libertad de pensamiento. Sin embargo, ¡cuánto y con qué licitud pensaríamos si no pensáramos, en cierto modo, en comunidad con otros, a los que comunicar nuestros pensamientos y ellos a nosotros los suyos! Puede decirse, por tanto, que aquel poder exterior que arrebata a los hombres la libertad de comunicar públicamente sus pensamientos, les quita también la libertad de pensamiento: la única joya que aún nos queda junto a todas las demás cargas civiles y sólo mediante la cual puede procurarse aún remedio contra todos los males de este estado[3].

La respuesta de Kant apunta a lo fundamental de la razón en tanto él la concibe, y resulta verdaderamente revelador que apunte sobre todo a la libertad de la comunicación efectiva de nuestros pensamientos ¡como condiciones necesarias del pensamiento mismo!

Mi tesis es que la razón para Kant, es decir, para el pensamiento ilustrado, en términos contemporáneos, es una propiedad relacional del ser humano, cosa que, sin embargo, no nos impide en lo absoluto tratar sus características presentes en cada individuo de forma monádica.

Pero entonces, ¿dónde se encuentra esta razón? ¿Acaso podemos encontrarla empíricamente? Obviamente no (al menos no por el momento), pero la aceptación de esa limitación no tendría por qué impedir la elaboración de una filosofía en torno a este curioso fenómeno, tratando siempre de controlarlo y ponerle límites, de modo que no termine por auto-destruirse. Tal proyecto filosófico ya existe (o existió), y se llama filosofía crítica o el pensamiento de la Ilustración.

Lecturas contemporáneas como las de Hans-Georg Gadamer o Jürgen Habermas, que pretender corregir al pensamiento ilustrado añadiendo la importancia del lenguaje o de la comunicación, se equivocan grotescamente al fallar en notar las mismas bases donde se construye dicha filosofía, asunto que era perfectamente claro para sus principales exponentes.

Para otra entrada en la que se muestra cómo incluso la moralidad para Kant se funda de forma relacional, entren acá.


[1] Siguiendo —a grandes rasgos— la terminología que estamos usando en el seminario de Maestría dictado este ciclo por Pablo Quintanilla, entiendo por una propiedad monádica una característica que un objeto tiene por sí mismo; a este se le contrapone una propiedad relacional, que sólo se posee en relación a otros objetos.

[2] Ver, por ejemplo, el capítulo 1 de: Allen W. Wood, Kantian Ethics (New York: Cambridge University Press, 2008).

Para un examen más profundo del mismo autor, ver el capítulo 9.3 de: Allen W. Wood, Kant’s Ethical Thought (New York: Cambridge University Press, 1999).

[3] Immanuel Kant, En defensa de la Ilustración (Barcelona: Alba Editorial, 1999). La cita corresponde a la página 179.

Kant sobre la libertad (en sentido jurídico)

Es un lugar común definir la libertad como la capacidad de hacer lo que queramos siempre y cuando no hagamos mal a nadie, resumida en el refrán: nuestra libertad termina en donde empieza la de otro.

Sin embargo, para el gran filósofo Immanuel Kant, dicha definición sufre por falta de claridad, y en realidad no nos dice nada.

Construyendo la libertad.

Veamos su análisis, extraído de una nota al pie de su célebre obra Hacia la paz perpetua.

La libertad jurídica (y en esa medida, externa) no puede definirse, como suele hacerse por convención, como el estar autorizados a hacer lo que uno quiera, siempre y cuando no se haga daño a nadie. Pues, ¿a qué nos referimos con estar autorizados? La posibilidad de una acción, siempre y cuando no hagamos daño a nadie en el actuar. La definición de libertad sería entonces la siguiente: la capacidad de actuar de forma que no le hagamos daño a nadie. Uno no le hace daño a nadie (podemos hacer lo que sea que queramos), sólo en la medida que no le hagamos daño a nadie: esto es, una mera tautología. Mi libertad externa (jurídica) debe ser descrita de esta forma: como la autoridad de no obedecer ninguna ley exterior salvo aquellas a las que he sido capaz de otorgarle mi consentimiento[1].

Al igual que la libertad interna, propia de la moral, la libertad (externa) se entiende mejor como estando sujeta a una legislación.


[1] Immanuel Kant, Toward Perpetual Peace and Other Writings on Politics, Peace, and History (New York: Yale University Press, 2006). La cita pertenece a la página 74, y la imperfecta traducción es mía. Me he ayudado de la traducción al español de Joaquín Abellán.