Ideas dobles (o sobre lo insondable en las propias motivaciones)

Porque no le es posible al hombre penetrar de tal modo en la profundidad de su propio corazón que alguna vez pudiera estar completamente seguro de la pureza de su propósito moral y de la limpieza de su intención, aunque fuera en una acción. (Kant 1989: 246)

Immanuel Kant. La metafísica de las costumbres.

El mundo interior de las personas tiene mucho de insondable. A fin de cuentas, sólo conocemos en uno mismo lo que se nos manifiesta, el fenómeno. A diferencia del mundo exterior, los fenómenos internos están ocultos, y depende de la fortaleza de cada uno atravesar la mentira interior que nos impide ver la propia verdad.

En El idiota, de Fiódor Dostoiesvki, el protagonista y héroe, el príncipe Myshkin, desarrolla el problema de las ideas dobles, es decir el problema de poder explicar una motivación interior de dos formas radicalmente opuestas, a saber, una propiamente moral y otra interesada, y no poder estar seguros, jamás, cuál es la que verdaderamente está determinando nuestra voluntad.

Veamos, primero, la intervención de su interlocutor, una persona viciosa y de mente sencilla, que, sin embargo, se da cuenta de su vicio y de que algo hay de malo en eso; luego le sigue la reflexión del príncipe donde se plantea el problema.

–Oiga, príncipe, he estado aquí desde anoche, primero por un respeto especial hacia el arzobispo francés Bourdaloue (estuvimos abriendo botellas en casa de Lebedev hasta las tres de la mañana), y en segundo lugar, y eso es lo principal (¡y le juro por todas las cruces posibles que digo la pura verdad!), me quedé porque quería, por así decirlo, confesarme con usted completa y sinceramente, contribuyendo de ese modo a mi desarrollo espiritual; con esa idea me dormí a las cuatro de la mañana, bañado en lágrimas. ¿Creerá usted ahora la palabra del más honrado de los hombres? En el momento mismo en que me dormí, rebosante de lágrimas interiores y, por así decirlo, de exteriores también (¡porque acabé por sollozar, lo recuerdo bien!), se me ocurrió una idea infernal: «¿Y, al fin y al cabo, por qué no pedirle prestado dinero después de mi confesión?». Así, pues, he preparado mi confesión, por así decirlo, como una especie de «platito especial condimentado con lágrimas», con el fin de que esas lágrimas preparen el camino y, una vez que estuviera usted en sazón, me alargara ciento cincuenta rublitos. ¿No le parece que eso es mezquino?

–Pero sin duda no puede ser verdad, sino sólo una coincidencia. A usted se le ocurrieron dos ideas a la vez. Eso sucede muy a menudo. A mí me ocurre constantemente. Sin embargo, pienso que eso no es nada bueno, y usted sabe, Keller, que de eso me acuso más que de ninguna otra cosa. En lo que usted me ha dicho me reconozco a mí mismo. En efecto, en alguna ocasión he llegado a pensar –prosiguió el príncipe muy serio y en tono sincero y hondamente interesado– que toda la gente es así, hasta el punto de que empecé a verme a mí mismo con benevolencia, porque es enormemente difícil luchar con estas ideas dobles. He tratado de hacerlo. ¡Sabe Dios cómo llegan a engendrarse! ¡Y usted dice que no son más que mezquindad! Ahora yo también comenzaré a tener miedo a esas ideas. En todo caso, no soy juez de usted. Sin embargo, a mi modo de ver, no cabe decir que eso sea mezquino; ¿qué piensa usted? Usted se ha valido de eso de las lágrimas para sacarme dinero, pero usted mismo jura que su confesión tenía otro propósito, un propósito noble y nada mercenario; en cuanto al dinero, usted lo necesita para irse de juerga, ¿verdad? Lo que después de una confesión como la suya es, por supuesto, una debilidad. ¿Pero cómo puede uno renunciar en un minuto a irse de juerga? Eso es imposible. ¿Qué hacer, pues? Lo mejor será dejarle a usted a merced de su propia conciencia, ¿no le parece?

El príncipe miraba a Keller con extrema curiosidad. Era evidente que la cuestión de las ideas dobles le venía ocupando desde hacía largo tiempo.

–¡Pues bien, después de eso no comprendo por qué dicen que es usted un idiota! –prorrumpió Keller.

El príncipe se ruborizó ligeramente. (Dostoyevski 1999: 442-443)

En tanto el príncipe se rehúsa a tildar como mera mezquindad esta doble motivación, parecería que acepta las ideas dobles como parte de la condición humana; en tanto podemos separarlas (pues son dos), podemos distinguir una noble de una interesada o inmoral, y en vez de reprimirla, debemos más bien resaltarla de tal modo que no prime sobre la propiamente moral.

Para la fuente de la imagen, entrar acá.

Para otra entrada sostenida igualmente en la misma novela, ver: Un argumento, puramente moral, en contra de la pena de muerte.


Bibliografía:

DOSTOYEVSKI, Fiódor M.

El idiota. Traducción de Juan López-Morillas. Madrid: Alianza Editorial, 1999.

KANT, Immanuel

La metafísica de las costumbres. Traducción de Adela Cortina Orts y Jesús Conill Sancho. Madrid: Editorial Tecnos, 1989.

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