La virtud en Aristóteles, Kant y MacIntyre (cortesía de Allen W. Wood)

Aunque muchos no lo crean, la ética kantiana es una ética de la virtud, cosa que resulta bastante obvia para quien haya dado siquiera una ojeada a su obra propiamente sobre moral: la Metafísica de las costumbres.

La caracterización de la ética kantiana como una ética procedimental sólo es plausible si nos basamos en una mala lectura de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, obra que para Kant no trata más que de las “sutilezas” de todo su sistema ético.

Si dejamos de lado este infame lugar común, podremos finalmente comparar con algo de justicia la virtud kantiana con la aristotélica, para lo que citaré al infalible Allen W. Wood, estrella de este blog.

La virtud es fortaleza. La fortaleza se mide por su capacidad de sobreponerse a la resistencia. Una persona es más virtuosa mientras mayor sea la fortaleza interna de su voluntad para resistir tentaciones a transgredir deberes. La fortaleza moral, dice Kant, es una “aptitud” (Fertigkeit, habitus) y una perfección subjetiva del albedrío (Willkür, arbitrium) (MS 6:407). En otras palabras, la virtud es un estado que vuelve fácil algo que, de otra forma, sería difícil. Si la virtud es un hábito, como dice Aristóteles (Ética nicomáquea, Libro II 1-3), entonces Kant insiste en que es un “hábito libre”, no meramente “una conformidad que se ha convertido en necesidad por repetición frecuente de la acción” (MS 6:407)[1].

Ciertamente Kant no conocía profundamente la ética aristotélica, por lo que Wood añade al instante:

Sería una muy mala lectura de Aristóteles pensar que hay algún desacuerdo entre ambos filósofos sobre este punto, puesto que para ambos la virtud se exhibe en acciones que son deseadas y efectuadas por sí mismas en términos racionales. Otro punto de convergencia está en que Kant considera la virtud como adquirida mediante la práctica de la acción virtuosa (no solo mediante mera contemplación) (MS 6:397). Esto es una parte importante de lo que Aristóteles se refiere cuando dice que la virtud es un “hábito” y un “estado” (ethos, hexis) (Ética nicomáquea, 1103a31-1103b2, 1106a10).

Siempre pensé, pues, que comparar el contenido de la Ética nicomáquea con el de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres era un grave error, puesto que se están comparando momentos distintos de la ética de ambos autores. Más bien, la Fundamentación equivaldría a una hipotética obra aristotélica, en la que se detalle el funcionamiento de la “recta razón”, presente en su definición de virtud.

Pero si comparamos la Ética nicomáquea con la Metafísica de las costumbres, entonces, salvando importantes diferencias, por supuesto, veremos que ambas teorías éticas no se oponen tanto como a algunos les gustaría creer (léase Alasdair MacIntyre).

Ya hice referencia a cómo MacIntyre contribuye grotescamente a malentender la ética kantiana en este artículo, pero ahora nos enfocaremos en su crítica a la virtud kantiana, que también entiende muy mal (o que no entiende en lo absoluto).

Veamos lo que dice Wood:

Alasdair MacIntyre escribe: “Actuar virtuosamente no es, como Kant [sostuvo], actuar en contra de las inclinaciones; es actuar desde las inclinaciones formadas por un cultivo de las virtudes”. Es correcto decir que para Kant, la virtud es la fortaleza de actuar contra las inclinaciones […] cuando se oponen al deber. Pero sería bastante falso decir que la virtud para Kant nunca involucra actuar desde las inclinaciones. Pues algunas inclinaciones incrementan nuestra capacidad de cumplir nuestro deber y por lo tanto pertenecen a la virtud, o al menos la asisten. Esa es la razón por la cual Kant cree que tenemos un deber de cultivar ciertas inclinaciones, como el amor y la simpatía, en la medida que asisten el cumplimiento del deber (MS 6:456-7, ED 8:337-8).

Luego Wood resalta la diferencia, presente tanto en Kant como en Aristóteles, entre deseos racionales y deseos empíricos, correspondiendo sólo estos últimos a las inclinaciones, y añade sobre ambos autores que “la acción virtuosa, incluso cuando se opone a las inclinaciones, es algo que deseamos hacer por sí misma”.

Finalmente, termino el artículo con esta cita en la que Wood termina por refutar la equivocada concepción de la virtud kantiana para MacIntyre, explicándole a la vez la virtud aristotélica. Disfruten:

Aristóteles ciertamente rechazaría la caracterización que hace MacIntyre de la virtud como una acción “desde la inclinación”, si eso significa (lo que tiene que signficar, pues ‘inclinación’ es un término de Kant) que la virtud consiste simplemente en tener los deseos empíricos de uno felizmente constituidos de modo que siempre nos inclinen a hacer lo que debemos. Semejante fortuna no te hace virtuoso; sólo hace la virtud menos necesaria para ti. […] Pero tal vez cuando nos habla de “inclinaciones formadas por un cultivo de las virtudes” MacIntyre simplemente está confundiendo el término kantiano “inclinación” (igualándolo con el de “deseo”), y a lo que en realidad apunta es al deseo racional que surge de la fortaleza para hacer lo correcto (incluso en contra de inclinaciones a hacer lo contrario). En ese caso, su caracterización es perfectamente fiel a Aristóteles, pero está muy equivocado en creer que hay algo en ella con lo cual Kant estaría en desacuerdo.

Saludos.


[1] Allen W. Wood, Kantian Ethics (New York: Cambridge University Press, 2008). Las imperfectas traducciones son mías, y pertenecen a las páginas 145 y 146.

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