Un héroe kantiano

Observemos la siguiente imagen:

Un héroe kantiano.

Podríamos traducir lo que dice nuestro héroe por: “Me pareces repulsivo. Pero voy a ayudarte de todos modos”.

Semejante imagen de la ética kantiana se encuentra ampliamente difundida, y se debe en parte a ciertos groseros malentendidos que pueden sacarse de una lectura equivocada de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, especialmente si no es puesta en el contexto de las demás obras de Kant sobre moral.

Dicha lectura nos dice que para actuar moralmente, tenemos que hacerlo únicamente por deber, en contra de todas nuestras inclinaciones (*ejem*MacIntyre*ejem*). Para ayudar a un mendigo, y que esto sea un acto moral, no debemos sentir pena por su condición, sino encontrarlo desagradable y repulsivo, e igual, únicamente guiados por la idea del deber, llevar a cabo nuestro acto bueno.

Sin embargo, lo que no se suele tener en cuenta es que las acciones hechas por deber no son más que un tipo de las acciones buenas, que sirve solamente si queremos examinar qué es lo propiamente moral. Es sólo por esto que se acude a casos extremos, en los que al sujeto, por más que carezca de los sentimientos más humanos, igual se le manifieste la necesidad de actuar moralmente (una suerte de obligación interna). No se deriva de ninguna parte la idea que estas acciones tengan una suerte de exclusividad moral en la ética de Kant.

Para corroborar lo dicho, no hay mejor forma que ver lo que Kant mismo tiene que decir sobre este punto, nada menos que en su obra propiamente sobre ética: La metafísica de las costumbres (de la que la Fundamentación no es más que la encargada de las “sutilezas”). Veamos:

Pero aunque no es en sí mismo un deber sufrir (y por tanto, alegrarse) con otros, sí lo es, sin embargo, participar activamente en su destino y, por consiguiente, es un deber indirecto a tal efecto cultivar en nosotros los sentimientos compasivos naturales (estéticos) y utilizarlos como otros tantos medios para la participación que nace de principios morales y del sentimiento correspondiente.— Así pues, es un deber no eludir los lugares donde se encuentran los pobres a quienes falta lo necesario, sino buscarlos; no huir de las salas de los enfermos o de las cárceles para deudores, etc., para evitar esa dolorosa simpatía irreprimible: porque éste es sin duda uno de los impulsos que la naturaleza ha puesto en nosotros para hacer aquello que la representación del deber por sí sola no lograría[1].

Como pueden ver, Kant mismo acepta que no puede existir—¡ni es deseable!—algo así como el héroe kantiano del dibujo, que se encuentra obviamente alienado de su propia naturaleza, y su lugar es propio de las caricaturas (de su pensamiento).


[1] Immanuel Kant, La metafísica de las costumbres (Madrid: Editorial Tecnos, 1989). La cita corresponde a la página 329, a la numeración universal 458. El subrayado es mío.

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