La ética kantiana como una ética de la conciencia moral

Librémonos, de una vez por todas, de la imagen que concibe a la ética kantiana como una ética procedimental, cuyo modus operandi consiste, supuestamente, en una fría evaluación de las máximas valiéndonos de un test de universalización, como si Kant hubiese diseñado su ética especialmente para las sutilezas de la filosofía analítica.

Es ya desde la Crítica de la razón práctica donde Kant nos brinda un ejemplo acerca de la forma del razonamiento moral que puede darse a partir de la ley moral. Ahí, hablando sobre cómo debe un ser racional pensar la relación entre sus máximas y las leyes prácticas universales, Kant reitera lo dicho ya en la Fundamentación para la metafísica de las costumbres y en la Crítica de la razón pura, acerca de cómo esta sabiduría está al alcance del “entendimiento más común carente de toda instrucción” (2000: 91). Al preguntar si una máxima tal “puede adoptar la forma de una ley”, obtenemos una respuesta “inmediata”, sin necesidad de un refinado análisis filosófico (Kant 2000: 91-92).

Esto se confirma también ya en La metafísica de las costumbres, donde no hay siquiera un asomo de una ética procedimental, sino que lo que tenemos es una doctrina acerca de la virtud, que consiste en una serie de deberes, que no se obtienen tras efectuar un test de universalización lógico, sino mediante una reflexión sin mucho rigor acerca del valor de la humanidad, y el respeto que requiere de nosotros.

En su obra cumbre sobre moral, Kant reconoce cuatro “condiciones subjetivas” presentes en todos los seres humanos sin los cuales no podríamos considerarnos siquiera “afectado[s] por los conceptos del deber” (1989: 254). Estas son el sentimiento moral, la conciencia moral, la benevolencia y el respeto (Kant 1989: 254-259).

La conciencia moral no puede adquirirse, “sino que todo hombre, como ser moral, la tiene originalmente en sí” (Kant 1989: 155). Esta conciencia moral no es sino la razón práctica misma, “que muestra al hombre su deber en cada caso concreto”, y constituye “un hecho inevitable” (Kant 1989: 255-156). Puesto que es inconcebible un “deber de reconocer deberes” (1989: 255), Kant afirma que el único deber respecto de la propia conciencia moral es el de cultivarla, “aguzar la atención a la voz del juez interior y emplear todos los medios para prestarle oído” (1989: 256-257).

Kant describe también esta conciencia moral usando la imagen de un “tribunal interno“, en especial con la de un juez interno que en el ser humano no “se forja (arbitrariamente), sino que está incorporado a su ser” (1989: 303). Es la función de esta “persona ideal” el “conocer los corazones”, y “todos los deberes en general han de considerarse también como mandatos suyos” (Kant 1989: 304). Este juez interior ha de poder pensarse como “un ser moral todopoderoso”, a saber, Dios, aunque esto no le baste al ser humano para poder “admitir fuera de sí como real a semejante ser supremo” (Kant 1989: 305). “El concepto de religión en general”, afirma Kant, “es aquí para el hombre únicamente «un principio para considerar todos sus deberes como mandatos divinos»” (1989: 305).

Para examinar con mayor detalle el funcionamiento de la conciencia moral, tomemos el caso de la mentira, en particular, la mentira interior (a uno mismo), que es “peor” y amenaza con la “destrucción de la propia dignidad” (Kant 1989: 291). Combatir esta mentira interior equivale a combatir el mal radical en uno mismo ayudándonos del cultivo de la propia conciencia moral. Observemos:

Sin embargo, esta falta de sinceridad en las interpretaciones, que cometemos hacia nosotros mismos, merece la más seria reprensión: porque a partir de esta situación corrompida (la falsedad, que parece estar arraigada en la naturaleza humana) el mal de la falta de veracidad se propaga también a otros hombres, una vez el principio supremo de la veracidad ha sido violado. (Kant 1989: 293)

La referencia a una corrupción presente en la naturaleza humana y arraigada hasta el mismo principio supremo no deja dudas de que Kant se está refiriendo al mal radical, ya en un lenguaje más reconocible y cercano a la tradición[1].

La virtud, desde un punto de vista individual, es la encargada de combatir el mal radical en uno mismo, aunque eso no se opone a que la forma más efectiva, dada nuestra condición de seres sociales, sea practicarla en comunidad, lo que la asemeja a una religión propiamente moral. Kant es explícito al respecto en la Religión:

El dominio del principio bueno [...] no es [...] alcanzable de otro modo que por la erección y extensión de una sociedad según leyes de virtud [...]. (Kant 2001: 118)

La ética kantiana se nos revela como una ética de la conciencia moral, una ética de seres racionales (y en el caso de la especie humana, inevitablemente sociales) que buscan contrarrestar la condición hostil en la que se encuentran unos respecto de otros, ya sea mediante el establecimiento de un orden legal justo, la virtud interna, y la práctica de esta virtud en sociedad, de forma libre. Mientras que la insociable sociabilidad es reconocida en el derecho y la antropología, el mal radical muestra su lado en la interioridad de los individuos, y su combate le corresponde a la virtud y a una religión racional y moral.


[1] Por ejemplo, veamos las palabras del stárets Zosima, personaje sabio de Los hermanos Karamázov:

Sobre todo, evite la mentira, toda mentira, en particular la mentira consigo misma. Observe su mentira y no deje de mirarla cada hora, cada minuto. Evite también la repulsión hacia los demás y hacia sí misma: lo que en su interior le parezca malo, por el mero hecho de que lo vea usted en sí se purifica. Evite el miedo también, aunque el miedo nunca es más que la consecuencia de la mentira. (Dostoievski 1996: 145)

Bibliografía:

DOSTOIEVSKI, Fiódor M.

Los hermanos Karamázov. Traducción de Augusto Vidal. Madrid: Cátedra, 1996.

KANT, Immanuel

La religión dentro de los límites de la mera razón. Traducción de Felipe Martínez Marzoa. Madrid: Alianza Editorial, 2001.

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000.

La metafísica de las costumbres. Traducción de Adela Cortina Orts y Jesús Conill Sancho. Madrid: Editorial Tecnos, 1989.

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