Immanuel Kant sobre el libro de Job (o una interpretación auténtica de la existencia del mal)

Continuando un poco lo expuesto en la última entrada, expondremos ahora la interpretación que hace Immanuel Kant del libro de Job[1], en el contexto de una discusión acerca de las posibilidades de la filosofía de llevar a cabo —con éxito— una teodicea, es decir, volver coherentes tanto la existencia de un Dios justo y todopoderoso con la existencia del mal en el mundo, o, puesto todavía de otro modo, establecer un puente entre el ser y el deber ser.

Kant entiende por teodicea “la defensa de la sabiduría más alta del creador contra las acusaciones que la razón trae por cualquier cosa carente de finalidad [das Zweckwidrige] en el mundo” (1998: 17; Ak 8:225)[2]. De lo que se trata es de pensar, de hacer inteligible la existencia del mal a la vez que mantenemos un orden moral en el mundo. Kant elabora:

Toda teodicea debería ser verdaderamente una interpretación de la naturaleza en la medida que Dios anuncia su voluntad a través de aquella. Ahora, cada interpretación de la declarada voluntad del legislador puede ser ya sea doctrinal o más bien auténtica. La primera es una inferencia racional de aquella voluntad desde las manifestaciones de las cuales se ha valido el legislador, en conjunción con sus propósitos ya reconocidos; la segunda es hecha por el legislador mismo. (Kant 1998: 24; Ak 8:264)

Pero, ¿cómo podríamos penetrar de tal forma en la realidad de las cosas al punto de afirmar poder conocer efectivamente la voluntad de Dios? Resulta elemental para el idealismo trascendental de Kant reconocer que todo conocimiento de la realidad está mediado por la actividad de nuestro entendimiento propiamente humano, y por lo tanto, contingente. Jamás podremos conocer el mundo tal como es, tal como sería intuido por Dios. De ahí que cualquier interpretación filosófica de este tipo, una teodicea propiamente, sea denominada doctrinal, tenga siempre algo de arbitrario, y de ahí que jamás logre su objetivo, y esté destinada al fracaso antes de nacer.

Pero queda todavía una segunda alternativa, la interpretación auténtica, realizada por el legislador mismo. Lo que Kant tiene en mente es que tampoco “podemos negar el nombre de «teodicea» al mero rechazo de todas las objeciones hechas en contra de la sabiduría divina, siempre y cuando este rechazo sea a su vez un decreto divino” lo que equivale a decir que el rechazo sea “un pronunciamiento de la misma razón mediante la cual nos formamos nuestro concepto de Dios — necesaria y previamente a cualquier experiencia — como un ser moral y sabio” (1998: 24; Ak 8:264). Lo que dice Kant bordea —por no decir que cae completamente en— lo sacrílego:

Pues mediante nuestra razón Dios se vuelve él mismo el intérprete de su voluntad tal como está anunciada en la creación; y podemos llamar a esta interpretación una auténtica teodicea. (1998: 24; Ak 8:264)

Pero, para evitar caer nuevamente en una interpretación doctrinal, Kant aclara que no es la razón especulativa la que lleva a cabo esta interpretación auténtica, sino es más la labor de “una eficaz razón práctica que, al igual que al legislar ordena absolutamente sin un fundamento mayor, de la misma forma puede considerarse sin mediación como la definición y la voz de Dios mediante la cual Él da significado a la letra de su creación” (1998: 24-25; Ak 8:264).

Digámoslo sin rodeos. Nos es imposible conocer cómo opera la voluntad de Dios en el mundo (o todavía más, si es que existe Dios), pero sí nos es posible actuar de acuerdo a su voluntad, cuando actuamos moralmente, de forma autónoma, dado que el mismo concepto de una divinidad tal procede de dicha razón legisladora. Lo más que nos puede decir la filosofía al respecto es señalar precisamente esta limitación.

Ahora, antes de que los bienintencionados defensores de la “tradición” peguen el grito al cielo, Kant usa como ejemplo de una interpretación auténtica nada menos que uno de los libros más antiguos de la Biblia: el libro de Job. Veamos como resume la historia[3]:

Job es representado como un hombre cuyo disfrute de la vida incluye todo aquello que cualquiera podría imaginar como haciéndola completa. Él era sano, acomodado, libre, amo sobre otros a quienes podía hacer felices, rodeado de una familia feliz, entre amigos queridos — y por encima de todo esto (lo que es más importante) en paz consigo mismo con una buena conciencia. Un duro destino que le es impuesto con miras a probarlo repentinamente le arrebata todas estas bendiciones, excepto la última. Aturdido por este cambio inesperado, mientras recupera gradualmente el sentido, se quiebra y termina lamentándose sobre su mala suerte; con lo cual rápidamente empieza una disputa entre él y sus amigos — supuestamente reunidos para consolarlo — en donde los dos lados exponen sus particulares teodiceas para dar cuenta del deplorable destino en cuestión, cada lado de acuerdo a su particular modo de pensar (sobre todo, de acuerdo a su condición). Los amigos de Job se declaran a favor de aquel sistema que explica todos los males del mundo desde la justicia de Dios, como tantos castigos por crímenes cometidos; y, aunque no puedan nombrar ninguno por el cual el infeliz hombre es culpable, aún así creen que pueden juzgar a priori que debe tener algunos pesando sobre sí, pues su desgracia sería de otro modo imposible de acuerdo a la justicia divina. Job — que protesta indignado que su conciencia  no tiene nada que reprocharle por toda su vida; y, en tanto que los inevitables errores humanos nos afectan, Dios mismo sabe que ha hecho al hombre una criatura frágil — Job termina declarándose a favor del sistema de una incondicional decisión divina. “Si algo decide, ¿quién le hará cambiar?”, nos dice Job, “Si algo se propone, lo lleva adelante” (Job 23:13)[4]. (Kant 1998: 25; Ak 8:265)

Lo que caracteriza a Job es que dice lo que piensa y no se preocupa de ganarse los favores de una divinidad que no termina de comprender, a la que, además, no podría engañar con palabras o gestos vacíos pues Dios conoce el corazón de los hombres mejor que ellos mismos.

Kant ve la aparición de Dios al final de la historia precisamente como dándole la razón a su idealismo trascendental, pues confirmaría la inescrutabilidad de la verdad más profunda sobre la divinidad, el mundo, y los asuntos humanos. Por otro lado, las construcciones doctrinales de los amigos teólogos dan “apariencia de una mayor razón especulativa y humildad piadosa”, y resultarán por tanto más populares “ante cualquier corte de teólogos dogmáticos, ante un sínodo, una inquisición o una venerable congregación” (Kant 1998: 26; Ak 8:266), pero no ante Dios mismo.

A Kant le interesa resaltar, por supuesto, otro tipo de fe, una que denote “sinceridad del corazón”, “honestidad para admitir abiertamente las dudas cuando uno las tenga”, así como “mostrar repugnancia ante un convicción fingida, especialmente ante Dios (donde además este truco es vano)” (Kant 1998: 26; Ak 8:266-267). Concluye:

La fe que brotó en él desde tan desconcertante resolución a sus dudas — a saber, meramente de ser culpable de su ignorancia — podría sólo surgir en el alma de un hombre tal que, en el medio de sus dudas más fuertes, podía todavía decir (Job 27:5-6): “Hasta la muerte me aferraré a mi justicia sin ceder, etc” [5]. Pues con esta disposición probó que no encontraba su moralidad en la fe, sino su fe en la moralidad: en tal caso, a pesar de lo débil que pueda ser su fe, es a pesar pura y de un tipo verdadero, es decir el tipo de fe que se encuentra no en una religión de suplicación, sino en una religión de la buena vida y conducta. (Kant 1998: 26; Ak 8:267)

Kant prefirió siempre una fe débil, pero honesta, a una fe de hierro, pero falsa, fingida. Como interpretación doctrinal, el libro de Job nos brinda un mensaje paupérrimo de la divinidad y de su relación con el mundo de los asuntos humanos (si bien a muchos pueda gustarles su carácter “absurdo”); es, no obstante, como una interpretación auténtica que el libro de Job sienta las bases para una lectura práctica de todo el libro sagrado.

Cualquier parecido con este otro breve comentario al libro de Job que hice hace unas semanas sin haber leído el de Kant, ¿es pura coincidencia?

Para un comentario sobre la interpretación de Kant sobre Job, en el contexto del problema de si la cantidad de felicidad en el mundo equivale necesariamente a la cantidad de virtud (otra forma de abordar el tema de una teodicea) ver: Neiman 2008: 150-176.

Para otros comentarios al popular libro de Job de la blogósfera filosófica peruana, ver Sobre Job, del blog Vacío, donde nos parece, no obstante, que se erra intentando una interpretación doctrinal del  libro, y Un Dios liberado de lo sagrado: el libro de Job como la primera crítica de la ideología, del blog Sagrada Anarquía.

Ver, también: El “otro” giro copernicano de Kant, sobre cómo la religión depende de la moralidad, y no al revés.


[1] Presente en su escrito para el público “On the miscarriage of all philosophical trials in theodocy”, o, en español, “Sobre el fracaso de todos los ensayos filosóficos de Teodicea“.

[2] Las precarias traducciones al texto de Kant en inglés son mías.

[3] Puede ser de bastante ayuda para lo que viene a continuación revisar esta entrada, donde Kant explica lo que es el conocimiento en los límites de la razón humana, propio de la metafísica.

[4] Las citas a la Biblia son a la Nueva Biblia de Jerusalén.

[5] El pasaje entero lee: “Pero no pienso daros la razón, me mantendré cabal hasta la muerte. Me aferraré a mi justicia sin ceder, no me reprocho ninguno de mis días”.

Bibliografía:

KANT, Immanuel

Religion within the Boundaries of Mere Reason: And Other Writings. Traducción de Allen Wood y George di Giovanni. Cambridge: Cambridge University Press, 1998.

NEIMAN, Susan

Moral Clarity: A Guide for Grown-Up Idealists. Orlando: Harcourt, 2008.

5 comments

  1. Puedo entender que desde Kant yo caiga bajo el rótulo de interpretador doctrinal de la teodicea.

    Lo que no entiendo es cuál es la relevancia de decir la trivialidad de que Job tenía mucha fe. No es necesario leer Kant para saber eso.

    Justamente mi punto es que sufre absurdamente (siendo, se supone, un hombre bueno y de fe). Entiendo que vía Kant, pero también desde una posición escéotica, uno no pueda saber realmente si existe Dios o, en caso de que exista, saber la razón de por qué las cosas son como son.

    “Nos es imposible conocer cómo opera la voluntad de Dios en el mundo (o todavía más, si es que existe Dios), pero sí nos es posible actuar de acuerdo a su voluntad, cuando actuamos moralmente, de forma autónoma”.

    Esta frase, que creo es el meollo central de la argumentación, sinceramente no me hace ningún sentido.

    Hay tres problemas ahí, por lo menos:
    1. Si Dios existe o no.
    2. Si interviene en el mundo o no.
    3. Si nos demanda algo que debemos de cumplir.

    Para no entrar en discusiones bizantinas, y viendo esto vía Kant:

    Ontológicamente no podríamos saber si 1,2 y 3 existen, esto es, saber científicamente si Dios existe, si interviene en el mundo, si demanda algo de nosotros. Aquí la cosa es más escéptica o agnóstica.

    Epistemológicamente no podemos llegar a conocer ninguna de estas tres cosas, tanto si son, como si no son.

    El problema es la posibilidad de actuar “de acuerdo a su voluntad”, equiparando esto a actuar moral y autónomamente. Podemos hacer “como si” (pieza clave kantiana por antonomasia, y que por partes casi bordea con lo “ideológico”) Dios existiese, interviniese (o no) y demandase de nosotros. Pero no hay criterio de “conformidad” epistemológico posible. En pocas palabras, no podemos saber realmente qué debemos hacer (conocer el deber), ni tampoco si es que lo estamos haciendo de la manera correcta (tener un criterio epistemológico para saber si se está cumpliendo correctamente) porque tú sabes que el imperativo categórico no es eso). Es justamente ese marco “kantiano” el que usan los teólogos: “tú no sabes si haz hecho mal, pide perdón ahora que sufres, no puede estar seguro de que haz obrado bien”. Lo que suplementa el discurso del teólogo es la tesis de que Dios no hace sufrir a la gente por las huevas. Dios castiga cuando la gente lo merece.

    No me interesa acá criticar la ética kantiana. Mi punto es que no veo la importancia de esa distinción kantiana. No veo en qué ayuda o no a abordar el problema de Job. La lectura kantiana más tradicional (la que tú cuestionas siempre) le hace más sentido a esta lectura de Kant: lo que Kant celebraría de Job es el hecho de actuar moralmente, al margen de cualquier propósito, sin buscar beneficios. De ahí que no pida perdón y que sea un hombre de fe, tanto “en las buenas”, como “en las malas” (Cfr., Fundamentación de la metafísica de las costumbres para EEGGLL).

    Pero mi problema no es que él sea una buena persona con fe “en las malas”. Mi problema es que hayan malas, siendo él bueno. Y Kant lo que dice frente a eso es que “no sabemos”, pero que actuando bien, no hay roche y esa es la interpretación “auténtica” de la Teodicea. Y eso no me basta. Me parece que esta interpretación auténtica, como la fujimorista, es una pendejada.

    Kant puede decir eso porque el no cuestiona y asume como un factum lo que estoy cuestionando: que ser digno de la felicidad no implica ser feliz. Ese es justamente el problema, si uno mantiene de manera solapada un escepticismo sobre si hay un ser superior, si hay sentido en la historia y si hay deberes humanos. Los teólogos tienen fe en un Dios que no se equivoca al repartir justicia. No están justificando en el libro miseria ilegítima causada por los seres humanos (que es lo que suele reivindicarse como la moraleja de este libro).

    El libro es alarmante porque el sufrimiento sin sentido viene “de arriba”. Tú estás leyendo el libro sin el comienzo, o interpretando alegóricamente el comienzo. Yo hago una lectura más literal (que obviamente también es cuestionable). Pero no lo hago porque sea un fundamentalista o crítico que no le interese ser superficial o algo parecido.

    Lo hago porque me parece sorrprendente (¡De verdad!) que el libro genere esa situación extrema sobre la base de una “apuesta”. Y por eso el sufrimiento es absurdo. No tiene ninguna razón de ser. Y eso para mí hace del libro algo demasiado trágico.

  2. Hola Daniel, gracias por tu comentario. Me permitirá ajustar algunos puntos, aunque de arranque veo que planteas objeciones insalvables, cosa completamente inevitable cuando se discute al nivel de las ideas de la razón, donde cada ciudadanos es libre de emitir su veto (A738-9/B766-7).

    Creo que el punto principal de Kant no es que Job tenía “mucha fe”. Todo lo contrario, Job no tenía mucha fe, lo importante de esta es su pureza y honestidad (“a pesar de lo débil que pueda ser su fe, es a pesar pura y de un tipo verdadero”). Kant está tratando de hacer explícita un tipo de fe basada en la moralidad, para la que resultan irrelevantes (en última instancia) los tres problemas teológicos que te planteas: “La moralidad no necesita en modo alguno de la religión, sino que se basta a sí misma en virtud de la razón pura práctica” (Ak 6:3).

    Por supuesto, sobre esto recae tu objeción más fuerte, sobre el factum de la razón, y como Kant no se hace roches con eso. No obstante, creo que sí se hace roches. Muchos. Mi interpretación de Kant sobre este problema es que finalmente él deja espacio para la fe en el núcleo de la moralidad: por algo dijo que tuvo que “suprimir el saber, para obtener lugar para la fe” (BXXX).

    El factum de la razón no es un dogma, sino el momento más puro de la fe. Obviamente no refiere a la mera creencia en una idea de la razón, sino todo lo que eso implica, es decir, la virtud misma: “La fe consiste en creer en la facticidad de la virtud” (Ak 27:315).

    Ahora, señalo esta esfera inevitable de la fe que reconozco en la teoría ética de Kant (como sea posible actuar moralmente por deber), sin estar convencido de la misma. Mi tema de tesis me ha llevado a esta esfera, en la que todavía no me atrevo a tomar posición. No obstante, la señalo, y por supuesto que reconozco su fragilidad como posición filosófica (aunque a veces la fortaleza está en aceptar la debilidad, cuando la haya).

    Volviendo a Job, más que ignorar el comienzo, yo creo que Kant compartiría tu asombro. Pero, nuevamente, la actitud característica de esta interpretación auténtica (una entre muchas posibles) es aceptar que nuestra razón especulativa no puede dar cuenta de semejante absurdo, que tal sufrimiento se pueda justificar de algún modo. De ahí que el comienzo cumpla la función de tirar al suelo, de arranque, cualquier intento doctrinal de teodicea. El comienzo es quizás lo más importante!

    Ahora, como el fujimorismo, sin duda esta interpretación auténtica de Kant no convencerá a todos, y quizás ni siquiera a muchos. Pero Kant probablemente respondería a tus objeciones, o, a la mierda, lo que YO respondo a tus objeciones es que finalmente, al margen de cualquier construcción teórica, siempre uno termina dándole sentido al problema de la teodicea en sus propias acciones, y este sentido puede ser honesto (como se nota claramente está presente en lo que mueve tu interpretación sobre el libro), o puede refugiarse en doctrinas que gustarán a las instituciones eclesiásticas, pero que no pueden engañar siquiera a uno mismo.

    Saludos.

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