Refutación del lugar común en la filosofía: La ética kantiana no toma en cuenta la experiencia

Si por “ética” entendemos su fundamentación, o el principio supremo de toda la moralidad, entonces no hay nada que refutar, y el lugar común es acertado. Toda la moralidad ha de sostenerse en la razón únicamente.

Pero tal concepción de la ética —o de la moral, si gustan— es chata. Desde el “Prólogo” de la Fundamentación para una metafísica de las costumbres, Kant nos dice que las leyes de la moralidad, estrictamente racionales o puras, sin embargo:

[…] requieren todavía un discernimiento fortalecido por la experiencia, para discriminar por un lado en qué casos tienen aplicación dichas leyes y, por otro, procurarles acceso a la voluntad del hombre, así como firmeza para su ejecución; pues, como el hombre se ve afectado por tantas inclinaciones, aun cuando se muestra muy apto para concebir la idea de una razón práctica pura, no es tan capaz de materializarla en concreto durante su transcurso vital. (Kant 2002: 56-57; Ak. IV, 389)

La labor que Kant realiza en la Fundamentación, en donde se esmera de forma casi obsesiva por depurar de todo aspecto empírico su investigación, como ya dijimos, corresponde únicamente al nivel de una fundamentación racional de la moralidad. Kant no sólo no va a negar, sino que afirma que la experiencia es la encargada de aterrizar o “materializar” las leyes morales puras y racionales a nuestras vidas, y es categórico al respecto: lo que fortalece nuestro juicio es la experiencia.

Ya en La metafísica de las costumbres, del cual la primera obra mencionada no es más que su “fundamentación”, Kant presenta su sistema ético como una serie de deberes de virtud, los cuales necesitan de una “facultad de juzgar” que determine “cómo ha de aplicarse una máxima en los casos particulares”, lo que hace que la ética caiga siempre en una “casuística” (1989: 270; Ak. VI, 411-412).

Por ejemplo, si bien tenemos motivos para considerar el suicidio como inmoral, sería dogmático negar situaciones en las que tal vez realizar dicho acto sea lo correcto, y Kant ciertamente no pretende responder tal problema a priori, sino que lo deja a nuestro propio arbitrio, o de forma más precisa, a nuestra conciencia.

Esto es problemático, pues la conciencia moral, entendida como la voz de la ley moral, o la razón práctica misma, no obstante, es falible. Necesitamos nuevamente de aprender a escuchar nuestra propia conciencia, y eso sólo se logra, nuevamente, con experiencia.

De ahí que el “autoconocimiento moral, que exige penetrar hasta las profundidades del corazón más difíciles de sondear (el abismo)” sea “el comienzo de toda sabiduría humana”. (Kant 1989: 307; Ak. VI, 441).

El actuar ético de acuerdo a la filosofía de Kant, y que quede suficientemente demostrado, tiene como un elemento esencial a la experiencia, lo que la pone acorde al entendimiento moral común, del que, sin embargo, nunca se distanció, y sólo una superficial confusión conceptual (identificar a toda la ética sólo con su fundamentación) podría haber separado en primer lugar.


Bibliografía:

KANT, Immanuel

Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2002.

La metafísica de las costumbres. Traducción de Adela Cortina Orts y Jesús Conill Sancho. Madrid: Editorial Tecnos, 1989.

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