Un diálogo sobre humanismo, marxismo y contradicciones utópicas
- Una de las cosas que hasta ahora no entiendo, o quizá sí, es ¿por qué…? ¿Cómo así quedó relegado institucionalmente…? O sea, de hecho tiene sentido que un movimiento que busca humanizar y des-objetivar su disciplina, sea relegado del establishment de ésta. Pero igual, porque fue un movimiento bastante fuerte, por más que su influencia permee a todas las demás orientaciones psicológicas.
- Es que justamente su oposición no está en las otras orientación, sino en la institucionalidad misma. Y no le pudo ganar. La “institucionalidad” lo destruyó con hacer un lobby silencioso. Full cash. Eso le bastó para aniquilar al humanismo. Relegarlo a un lugar de lo políticiamente correcto. Completamente irrlevante. La “institucionalidad” es el Capitalismo, obviamente.
- Totalmente de acuerdo. No se me ocurre ninguna analogía específica, pero lo pasaron al retiro. Le agradecieron sus servicios y contribuciones. Su compromiso y dedicación. Le hicieron homenajes y hablaron de él. Y lo jubilaron. Para que “descanse”.
- La dictadura del proletariado es imposible, pero se necesita algo así de absurdo. Sin ello, el humanismo está relegado a un “éxito” limitado a un grupo de personas. Que siguen enfermas por el solo hecho de pertenecer a una sociedad tan corrupta.

- Es verdad. Sé que Maslow y Rogers sentían bastante afinidad por el anarquismo. Creían que en el futuro el creciente número de personas “despiertas” eventualmente formarían comunidades autosuficientes en las que experimentarían en sus relaciones sociales. Las cuales se renovarían constantemente de manera cada vez más y más positiva. Al menos Rogers creía en eso.
- El comunismo tiene que ser mundial. Si no no funciona.
- Conocerse a sí mismos, liberar sus potencialidades, ser ellos mismos… ¿Comunismo “humanista”? Lo veo complicado
- Pero, ¿cómo sería la gente en un mundo libre del capitalismo? No serían robots. Marx nunca se atrevió a describir el comunismo, la sociedad perfecta. Nadie podría.
- Es que ese es el tema.
- Pero es lo que los humanistas tienen en mente, sin lugar a dudas.
- Marx hizo todo menos describir el tipo de funcionamiento de la sociedad comunista. Y está bien, ¿no? No tendría sentido decir “la sociedad perfecta tiene que ser así, así y así”. Sería contradictorio. Pero a los comunistas les interesa solamente cambiar de sistema económico. Y la gente sigue siendo la misma, con valores capitalistas. Ambiciones capitalistas.
- No conozco a ningún comunista… La revolución no será hecha por comunistas, sino por gente que odie al capitalismo. Los comunistas vendrán luego. Al menos, ese es el mito de Marx. Podría ser distinto.
-¿No sería bonito que la gente pudiera odiar y amar intercaladamente? Odiar para arrasar con el capitalismo y amar para edificar el comunismo? El problema es que la gente que odia no muchas veces se atreve a amar. Sólo odian, y viceversa.
- Sí… Tal vez por eso es imposible. Se necesita odio y amor al mismo tiempo.
- Todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo. Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir; su tiempo el plantar, y su tiempo el arrancar lo plantado. Su tiempo el matar, y su tiempo el sanar; su tiempo el destruir, y su tiempo el edificar. Su tiempo el llorar, y su tiempo el reír; su tiempo el lamentarse, y su tiempo el danzar. Su tiempo el lanzar piedras, y su tiempo el recogerlas; su tiempo el abrazarse, y su tiempo el separarse. Su tiempo el buscar, y su tiempo el perder; su tiempo el guardar, y su tiempo el tirar. Su tiempo el rasgar, y su tiempo el coser; su tiempo el callar, y su tiempo el hablar. Su tiempo el amar, y su tiempo el odiar; su tiempo la guerra, y su tiempo la paz. ¿Qué gana el que trabaja con fatiga? He considerado la tarea que Dios ha puesto a los humanos para que en ella se ocupen. Él ha hecho todas las cosas apropiadas a su tiempo; también ha puesto el mundo en sus corazones, sin que el hombre llegue a descubrir la obra que Dios ha hecho de principio a fin. Comprendo que no hay para el hombre más felicidad que alegrarse y buscar el bienestar en su vida. Y que todo hombre coma y beba y disfrute bien en medio de sus fatigas, eso es don de Dios. Comprendo que cuanto Dios hace es duradero. Nada hay que añadir ni nada que quitar. Y así hace Dios que se le tema. Lo que es, ya antes fue; lo que será, ya es. Y Dios restaura lo pasado. Eclesiástico tres, uno a quince.
Una explicación acerca del mundo y de nosotros
“Human beings are the only creatures on Earth that claim a God. And the only living thing that behaves like it hasn’t got one. Does the world belong to no one but you?”
Escena de The Rum Diary, de Bruce Robinson.
Pensamiento Homero – II

“Dentro de cada hombre hay una lucha entre el bien y el mal que no se resuelve”.
Ver también: Pensamiento Homero y Diferenciando el bien y el mal.
John Rawls contra el falso liberalismo
El liberalismo político, a diferencia del liberalismo económico (o neoliberalismo), hace énfasis en que las libertades políticas deben ser el criterio para regular las libertad económicas, de modo que estas últimas no atropellen a las primeras. La propiedad, en concentraciones excesivas, aniquila la libertad individual de muchos.
El principio de diferencia del liberalismo político de John Rawls, precisamente, tiene como objetivo asegurar que las instituciones de trasfondo operen de tal modo que “la propiedad y la riqueza se mantengan lo suficientemente igual repartidas a lo largo del tiempo”, y esto, justamente, para asegurar el valor equitativo de las libertades políticas, y que no queden en una mera formalidad (2002: 83).

¿Qué tipo de regulación tiene en mente Rawls?
Esto lo hacen mediante leyes que regulan la transmisión patrimonial y la herencia, y mediante otros mecanismos tales como los impuestos, usados para prevenir las concentraciones excesivas de poder privado. (Rawls 2002: 83)
Resulta a todas luces absurdo negar que un mercado desregulado genera desigualdad y opresión de unos a otros. Rawls, el exponente más importante del liberalismo del siglo XX, se pronuncia claramente al respecto:
Un sistema de libre mercado debe establecerse en un marco de instituciones políticas y legales que ajuste la tendencia a largo plazo de las fuerzas económicas a fin de prevenir las concentraciones excesivas de propiedad y riqueza, especialmente de aquellas que conducen a la dominación política. (Rawls 2002: 74)
Y sin embargo, todavía hoy, algunos intentan diluir la diferencia entre el verdadero liberalismo político y el neoliberalismo. Sin lugar a dudas el liberalismo político implica cierto liberalismo económico, pero este se concibe como sometido a reglas, puestas por el Estado, y no como una chapucera desregulación del accionar de los individuos en el mercado. En ello radica la diferencia entre el liberalismo político y el neoliberalismo: el primero regula el mercado para asegurar el verdadero valor de las libertades de todos[1], mientras que el segundo concibe una libertad anómica y una total desregulación, le cueste a quien le cueste.
En el fondo, lo que está en juego es una posición filosófica que concibe la libertad, de cualquier índole, siempre como vinculada a reglas (o leyes), contraria a la posición fáctica según la cual la libertad es hacer lo que uno quiere (en tanto puede), posición insostenible filosóficamente.
César Hildebrandt advierte sobre lo mismo, refiriéndose a quienes pretenden hacer pasar el neoliberalismo y la desregulación del mercado por un liberalismo de verdad: ”Ellos confunden el liberalismo económico con el liberalismo político (constitucionalismo, prevalencia [sic] de la ley y del individuo). Los ignorantes son ellos”.
No cabe dudas que el liberalismo político de Rawls termina pareciéndose mucho a lo que hoy en día, hablando desde el contexto peruano, se tiene por socialismo (por lo que la oposición entre liberalismo y socialismo se confunde y es poco práctica en nuestro país). Lo que Rawls no concedería jamás es que las libertades políticas individuales puedan sacrificarse por el bien de muchos, pero del mismo modo tiene claro que la economía, dentro de una democracia constitucional liberal, debe funcionar teniendo siempre el bienestar de todos, con particular énfasis en el grupo que tiene menos. El liberalismo político, hoy, se encuentra mucho más cerca del socialismo que del estado de cosas actual neoliberal.
Para una entrada donde argumento por la regulación de los medios de comunicación, ver: El liberalismo político y la regulación de los medios de comunicación (o sobre una de las consecuencias más audaces del primer principio de justicia de John Rawls).
[1] En este el liberalismo no puede dejar algo tan importante como la educación en manos del mercado, sino que debe asegurarse una educación de calidad para todos:
La sociedad también debe establecer, entre otras cosas, iguales oportunidades de educación para todos independientemente de la renta de la familia. (Rawls 2002: 74-75)
Bibliografía:
RAWLS, John
La justicia como equidad: una reformulación. Barcelona: Paidós, 2002.
Wil van den Bercken responde a la pregunta: ¿Hay realmente guerras de religión?
El Dr. Wil van den Bercken, historiador de las universidades de Utrecht y Nimega, escribe en el diario NRC Handelsblad [25.X.01] que el actual conflicto desencadenado por los ataques terroristas en Estados Unidos no se explica por motivos religiosos[1].

Si pensamos en términos religiosos, hay más puntos de unión que discrepancias entre las tres religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo e islam. Quizá suene raro, pero Dios no viene al caso en el actual conflicto. Quienes, como las sectas cristianas fundamentalistas, ven en el ataque al World Trade Center un castigo de Dios a la Torre de Babel del capitalismo, tienen una idea de Dios tan deformada como los pilotos suicidas que indudablemente dijeron antes del ataque “¡Alá es grande!”.
En el actual conflicto ha habido un momento en el que sí se ha hablado de Dios correctamente. Me refiero a la crítica de los musulmanes al uso del término Justicia Infinita [primer nombre dado por EE.UU. a su respuesta militar]. En este sentido tenían razón, y de nuevo coinciden las tres religiones en la idea de que solo Dios puede administrar la justicia infinita.
Pero no es la primera vez en la historia que se invoca el nombre de Dios en una guerra. En ambos bandos, incluso cuando los dos eran cristianos. En la guerra de las Malvinas, Thatcher estaba tan convencida de que Dios estaba al lado de Gran Bretaña que en los servicios religiosos se negaba a rezar por todas las víctimas. Tal incomprensión religiosa demuestra la creencia en un dios como si fuera una especie de Marte cristiano.
Tampoco el conflicto de Irlanda del Norte tiene que ver con la religión, aunque los contendientes se llamen católicos y protestantes. Se trata de un conflicto social y territorial, y si los habitantes no tuvieran ninguna religión, los partidos llevarían otro nombre. Incluso la lucha entre palestinos e israelíes no es, en primer término, una guerra de religión. Comenzó como una contienda territorial y a partir de 1967 ambas partes empezaron a invocar a Dios. Pero, para los israelíes y palestinos secularizados, el motivo de la guerra sigue siendo la tierra.
La lucha contra el terrorismo no es una guerra de religión. Quien invoca a Dios en una guerra lo convierte en un dios nacional belicoso y, en términos teológicos, en un ídolo. Las ideas fundamentalistas sobre Dios solo son quimeras religiosas, proyecciones hechas a medida humana. Las guerras religiosas son siempre conflictos bélicos políticos, en los que la religión dominante se convierte en justificación ideológica. Esto lleva a la paradójica situación de que, en caso de guerra entre Estados de la misma religión, ambos pidan al mismo Dios que bendiga sus armas.
La primera gran guerra en Europa, la guerra de los Cien Años entre Inglaterra y Francia, enfrentó a dos naciones católicas. En la segunda guerra mundial, lucharon católicos, protestantes y ortodoxos; sin embargo, no fue una guerra de religión, sino que se unieron todos contra el neopaganismo nazi. Es verdad que en nombre de la religión se ha causado mucho sufrimiento en el mundo, pero las guerras más sangrientas no han sido religiosas ni de nombre.
Pero si bien las guerras de religión no existen, eso no quiere decir que una guerra no pueda ayudar a despertar sentimientos religiosos. La gente va más a la iglesia, reza más, no porque considere a Dios como caudillo de la guerra, sino porque experimenta la fragilidad de la vida humana. El hombre es confrontado entonces con los fundamentos mismos de la existencia, y es justo ahí donde la idea religiosa de Dios encuentra su lugar más adecuado.
Visto así, la leyenda God bless America no es un disimulado lema marcial, sino una expresión colectiva e individual de fe. Y quizá se pueda considerar incluso una bendición en medio de la gran tragedia, una blessing in disguise, lo cual también se puede ver desde una óptica secularizada. Es una cruel ironía de la historia que desastres nacionales puedan generar nuevas posibilidades y ventajas a largo plazo para personas y sociedades. Como de las ruinas de la segunda guerra mundial surgió una Europa nueva y próspera, también puede surgir una América nueva, después de haberse visto obligada a reflexionar.
[1] Esta entrada reproduce tal cual este artículo que resume la posición de Wil van den Bercken, historiador y autor de Christian Fiction and Religious Realism in the Novels of Dostoevsky, sobre la pregunta del título. Como resulta evidente, el artículo data del 2001, alrededor del ataque a las torres gemelas y la posterior represalia.











