razón pura

Juan 1:1

Una traducción meramente posible:

En el principio existía la Razón, la Razón estaba junto a Dios, y la Razón era Dios.

john-1-1-in-greek

Entrada 333 de Los sueños de un visionario.

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Sumilla: El corazón malo (o sobre el supuesto último de la ética kantiana)

Espero participar en el Octavo Simposio de Estudiantes de Filosofía de la PUCP (facebook oficial), habiendo mandado una sumilla que comparto a continuación:

“Soy un hombre enfermo… Soy un hombre malo”.

– El hombre del subsuelo, de Fiódor Dostoievski.

“Si bien tu mente funciona, tu corazón está oscurecido por la depravación, y sin un corazón puro no puede existir una conciencia total, recta”.

– El oponente imaginario del hombre de subsuelo.

Existe un gran misterio en la ética de Immanuel Kant. Se trata de cómo la razón pura puede ser en sí misma práctica en el ser humano. Esto significa que la ley moral, el mandato que nos obliga categóricamente a respetar el valor absoluto de la libertad en uno mismo y en los demás, sea un mandato que opere efectivamente, de alguna forma, dentro de nosotros. Lo que está en juego es la realidad de la moralidad kantiana, es decir, que no sea una mera quimera o una fantasmagoría… o el sueño de un filósofo visionario. Sobre la base de este gran supuesto es que Kant elabora su visión de una maldad innata en nuestra especie, en el albedrío de cada individuo, en el corazón (Herz), propiamente. La ponencia se centrará, de forma precisa, en examinar qué tipo de discurso es posible acerca del mal moral, abordando, primero, el rol que juega la figura del corazón en los escritos estrictamente morales de Kant, como el lugar donde la ley moral entra en contacto con la sensibilidad del ser humano, ejerciendo su influencia decisiva, lugar también donde se dan nuestros más profundos razonamientos éticos, que permanecen siempre en última instancia insondables; en segundo lugar, se profundizará en la figura del corazón tal como es abordada en La Religión dentro de los límites de la mera Razón, como aquel momento de espontaneidad inescrutable del albedrío, concluyendo que el mal radical no sólo es parte de un discurso religioso e indemostrable, si bien racional, sino que toda la ética de Kant está atravesada por un elemento propiamente religioso, a saber, el misterio que supone la existencia de un imperativo categórico, idea que deja a la razón impotente al tratar de hacerla inteligible.

Trataré de presentar, de forma concreta y preparada para la oralidad, lo central de mi tesis de Maestría, propiamente.

Comparto mis sumillas de años anteriores: 2009, 2010 y 2011.

El corazón como punto de contacto entre la ley moral y la sensibilidad humana

Y lo que Dios quiere que haga un hombre, no se lo hace decir por otro hombre, se lo dice él mismo, lo escribe en el fondo de su corazón. (Rousseau 1998: 313)

Jean-Jacques Rousseau. Emilio, o de la educación.

Dos cosas colman el ánimo con una admiración y una veneración siempre renovadas y crecientes, cuanto más frecuente y continuadamente reflexionamos sobre ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí. Ambas cosas no debo buscarlas ni limitarme a conjeturarlas, como si estuvieran ocultas entre tinieblas, o tan en lontananza que se hallaran fuera de mi horizonte; yo las veo ante mí y las relaciono inmediatamente con la consciencia de mi existir. (Kant 2000: 293; Ak. V, 161-162)

Immanuel Kant. Crítica de la razón práctica.

Continuamos con nuestra investigación (presentada aquí) acerca del rol que cumple el corazón para la teoría ética de Immanuel Kant.

Que la ley moral (una idea de la razón, válida para todo ser racional[1]) pueda ejercer una influencia determinante en nuestra sensibilidad a la hora de actuar constituye un problema insoluble para el uso especulativo de nuestra misma razón, que “traspasaría todos sus confines si se atreviese a explicar cómo pueda ser práctica la razón pura, lo cual sería tanto como emprender la tarea de explicar cómo es posible la libertad” (Kant 2002: 158; Ak. IV, 458-459, cf. Ak. IV, 461)[2]. No obstante, que efectivamente lo haga, que la razón pura pueda ser en sí misma práctica, y que la ley moral no sea una mera “idea quimérica desprovista de verdad” (Kant 2002: 138; Ak. IV, 445), es un presupuesto que subyace toda la filosofía moral kantiana[3].

El presupuesto mismo será abordado en la próxima entrada, cuando tratemos el tema de lo insondable. Ahora, asumiendo que tenemos originariamente a la ley moral de alguna forma dentro de nosotros (“la ley moral dentro de mí”), nos ocuparemos del problema de su contacto con nuestra sensibilidad.

De lo que se trata es “de qué modo la ley moral se torna un móvil”, o puesto de otra forma, cómo puede el ser humano actuar por principio, incluso con la exclusión de todos los estímulos sensibles “y con el apaciguamiento de cualesquiera inclinaciones en tanto que pudieran mostrarse contrarias a la ley” (Kant 2000: 161; Ak. V, 72). La ley moral tiene, en su cualidad de móvil[4], un efecto en nuestra sensibilidad, si bien negativo, precisamente,  pues “aquieta” cualquier inclinación que se le oponga.

En este pasaje clave, Kant explicita dicha conexión:

Por consiguiente, podemos apercibirnos a priori de que la ley moral, en cuanto fundamento para determinar la voluntad [precisamente, un móvil], ha de  originar un sentimiento al hacer callar todas nuestras inclinaciones, sentimiento que puede ser tildado de «dolor», obteniendo así el primer y quizá también el único caso en que podemos determinar a priori por conceptos la relación de un conocimiento (aquí lo es de una razón pura práctica) con el sentimiento de placer o displacer. (Kant 2000: 162; Ak. V, 73)

En las páginas siguientes, Kant elabora (2000: 162-167; Ak. V, 73-76): la búsqueda por satisfacer el conjunto de nuestras inclinaciones, en tanto que pueden sistematizarse, es propiamente la búsqueda de la felicidad propia, y tal búsqueda constituye el egoísmo, que puede dividirse tanto en amor propio (benevolencia para con uno mismo) como en vanidad (complacencia con uno mismo). La razón pura práctica, es decir, la ley moral, puede quebrantar nuestro amor propio y, en tanto se circunscriba a aquella, se vuelve un amor propio racional (un egoísmo moderado, que se somete a la moralidad); es la vanidad la que se ve completamente abatida, aniquilada, inclusive humillada, en tanto pretende una autoestima que preceda al acuerdo con la ley moral. Este sentimiento negativo supondrá también, entonces, algo positivo, a saber, “la forma de una causalidad intelectual, o sea, la libertad”, y que “supone un objeto de máximo respeto, con lo cual constituye también el fundamento de un sentimiento positivo que no tiene origen empírico y es reconocido a priori“.

Esto sólo cobra sentido si no perdemos de vista que Kant ha posicionado la ley moral (en su forma pura) fuera del orden de cosas sensible, y ahora se ve obligado a explicar cómo puede ejercer influencia alguna en un mundo sometido a leyes naturales, es decir, cómo y dónde se da el contacto entre el orden de cosas sensible con el orden de cosas inteligible, regido por las leyes de la razón.

Pero no encontramos explicación alguna por parte de Kant en dicho capítulo (“En torno a los móviles de la razón pura práctica”), sino una indagación a priori, que asume sencillamente que dicho contacto es tal (2000: 161; Ak. V, 72). Kant se limita a argumentar cómo el sentimiento moral, puesto a la base de la moralidad por tales como David Hume, Adam Smith y Francis Hutcheson (a quienes Kant admiraba), no sólo puede, sino que debe ser explicado como “un sentimiento de respeto hacia la ley moral” que “se ve producido exclusivamente por la razón”, purgado de cualquier determinación sensible (2000: 165-167; Ak. V, 74-76).

Será recién en la segunda parte de la obra, “Metodología de la razón pura práctica” (bastante menos extensa que la primera) donde Kant dará luces al respecto, al abordar “el modo como pueda procurarse a las leyes de la razón pura práctica un acceso al ánimo humano e influencia sobre sus máximas, es decir, el modo de convertir a la razón objetivamente práctica también en subjetivamente práctica” (2000: 277; Ak. V, 151).

Para Kant, la naturaleza humana está constituida de tal modo que la representación inmediata de la ley moral, de la virtud pura, puede ser un móvil subjetivamente más poderoso que cualquier incentivo placentero o amenaza de dolor (2000: 277-278; Ak. V, 151-152). Esto equivale, nuevamente, a su gran presupuesto según el cual la razón pura puede ser en sí misma práctica. Más que una explicación teórica sobre cómo sea esto posible (como ya se dijo, tarea imposible, de acuerdo a Kant), lo que obtenemos es una propuesta pragmática sobre cómo facilitar esta determinación netamente racional, y nos encontramos con que el corazón humano juega un papel predominante, que procederemos a hacer explícito y explicar.

A lo largo del  breve capítulo, Kant menciona el corazón humano (Herz) nada menos que diez veces (2000: 279, 283n, 284-285, 286, 291; Ak. V, 152, 155n, 156-157, 158, 161). La mayoría de menciones lo refieren siempre a la ley moral: el corazón será el lugar donde aquella puede incardinarse con toda su pureza, lo que significaría que se halle sometido al deber.

Así también, el corazón puede marchitarse, fortalecerse, enderezarse, moderarse, languidecerse, liberarse y aligerarse, o verse oprimido.

Veamos el siguiente pasaje, donde Kant sigue preocupado en mostrar cómo la moralidad (la ley moral como móvil) puede tener cabida en el ser humano:

Por lo tanto, la moralidad ha de tener tanto mayor fuerza sobre el corazón humano cuanto más pura sea presentada. De donde se sigue que, si la ley de las costumbres, la imagen de santidad y virtud, debe ejercer en general alguna influencia sobre nuestra alma, sólo puede hacerlo en la medida en que se vea insertada dentro de nuestro corazón como algo puro, sin mezcla de propósitos relativos a su bienestar cual móviles, ya que es en el padecimiento donde se muestra con mayor magnificencia. Sin embargo, aquello cuya marginación fortalece el efecto de una fuerza motriz ha de haber sido un obstáculo. Por consiguiente, cualquier adición de móviles relativos a la propia felicidad procura un obstáculo al influjo de la ley moral sobre el corazón humano. (Kant 2000: 285; Ak. V, 156)

El corazón será el lugar donde la ley moral tiene su influjo puro en nuestra sensibilidad, el punto de contacto entre el mundo inteligible y el mundo sensible, donde la razón pura puede ser en sí misma práctica. Mas, ¿qué es exactamente el corazón humano?

En la próxima entrada, donde nos centraremos en La metafísica de las costumbres, profundizaremos sobre el aspecto insondable del corazón humano como el lugar donde entran en contacto la ley moral y nuestra sensibilidad. Finalmente, en una cuarta y última entrada sobre el tema, volveremos a nuestro tema, el mal radical, y entenderemos con toda su fuerza la tesis según la cual el ser humano es por naturaleza malo, a la vez que haremos una evaluación crítica del recurso de Kant precisamente a la figura del corazón.


[1] A saber, “la idea de la voluntad de cualquier ser racional como una voluntad que legisla universalmente” (Kant 2002: 119; Ak. IV, 431).

[2] Encontramos continuidad al respecto en la Crítica de la razón práctica: “Pues cómo pueda una ley constituir por sí misma e inmediatamente un fundamento para determinar la voluntad (lo cual resulta sustantivo para toda moralidad) supone un problema insoluble para la razón humana y equivale a plantearse cómo es posible una voluntad libre” (Kant 2000: 161; Ak. V, 72).

[3] Charles Taylor tiene razón al ubicar el origen del racionalismo ilustrado de Kant en aquella experiencia primigenia que se asemeja a la idea estoica de la razón como una chispa de Dios dentro de nosotros (Taylor 2007: 251-252; cf. Kant 2000: 293; Ak. V, 161-162).

[4] Motivación, incentivo; en alemán, Triebfeder.

Bibliografía:

KANT, Immanuel

Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2002.

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000.

ROUSSEAU, Jean-Jacques

Emilio, o de la educación. Madrid: Alianza Editorial, 1998.

TAYLOR, Charles

A Secular Age. Cambridge: The Belknap Press of Harvard University Press, 2007.

Prácticamente libres

En la “Segunda sección” de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Immanuel Kant extrae una concepción de la ley moral partiendo del análisis de una voluntad racional. Sin embargo, la existencia de dicha ley moral descansa en que aceptemos que la humanidad tiene valor absoluto, o dicho de otro modo, que “la naturaleza racional existe como fin en sí mismo[1], afirmación que en dicha sección es presentada únicamente como un “postulado”.

La ley moral es presentada, entonces, como una idea regulativa[2]: “la idea de la voluntad de todo ser racional como una voluntad universalmente legisladora“. Pero lo único que ha hecho Kant es explicitar cómo esta ley moral está incluida ya en el conocimiento moral común, de “quien tenga a la moralidad por algo y no por una idea quimérica desprovista de verdad”. Lo que no puede demostrar, entonces, es que la moralidad misma “no sea un fantasma vano” ni que “el imperativo categórico y con él la autonomía de la voluntad son verdaderos y absolutamente necesarios”.

Para llevar a cabo semejante demostración, Kant tiene que mostrar la posibilidad de “un uso sintético […] de la razón pura práctica”, lo que necesita a su vez de los lineamientos generales de una crítica de dicha facultad, que es el humilde objetivo de la “Tercera sección”, en la que nos adentraremos.

Para responder a la pregunta ¿cómo es posible un imperativo categórico?, Kant  introduce la infame división de mundos :

[…] la idea de la libertad hace de mí un miembro de un mundo inteligible; si yo no fuera parte más que de este mundo inteligible, todas mis acciones serían siempre conformes a la autonomía de la voluntad; pero como al mismo tiempo me intuyo como miembro del mundo sensible, esas mismas acciones deben ser conformes a dicha autonomía. Este deber categórico representa una proposición sintética a priori, porque sobre mi voluntad afectada por apetitos sensibles sobreviene además la idea de esa misma voluntad, pero perteneciente al mundo inteligible, pura, por sí misma práctica, que contiene la condición suprema de la primera, según la razón.

Cuando alguien reconoce, por ejemplo, que debe decir la verdad, desde un punto de vista moral, Kant diría que semejante proposición implica la existencia de un mundo inteligible regido por una causalidad distinta de la del mundo sensible: una causalidad regida por leyes de la libertad, es decir, la ley moral.

Sin embargo, afirmar esta división de mundos sobrepasa los límites mismos sentados por la filosofía crítica del mismo Kant, que considera no nos es lícita cualquier afirmación sobre las cosas en sí. ¿Cómo podemos entender, entonces, esta transgresión?

El motivo detrás de esta distinción es la necesidad de salir de la clara argumentación circular en la que está cayendo Kant, que consiste en que nos “consideramos como libres en el orden de las causas eficientes, para pensarnos sometidos a las leyes morales en el orden de los fines, y luego nos pensamos como sometidos a estas leyes porque nos hemos atribuido la libertad de la voluntad”. Llamemos a este círculo, el círculo kantiano.

Kant pretende haber superado este círculo, de alguna forma, desde la separación entre apariencias y las cosas en sí mismas, que considera obvia hasta para un entendimiento común, y que implica que siempre hay algo, tanto en los objetos como en nosotros mismos, que se nos escapa, y nos permite pensarnos como perteneciendo a un mundo inteligible. Es en este mundo que no podemos más que pensar la “propia voluntad sino bajo la idea de la libertad”, y donde “conocemos la autonomía de la voluntad con su consecuencia, que es la moralidad”.

Pero esto, por supuesto, no resulta obvio en lo absoluto, y es sobre este punto donde Kant fue duramente criticado, a tal punto que muchos críticos creen poder descalificar toda su teoría ética con tan solo rechazar esta distinción.

La respuesta de Kant, no obstante, está en el mismo capítulo, pues afirma que la “razón práctica no traspasa sus límites por pensarse en un mundo inteligible; los traspasa cuando quiere intuirsesentirse en ese mundo”. Lo que nos está otorgando Kant con semejante división de mundos, no es un conocimiento teórico, sino una herramienta para pensarnos[3] sin contradicción como seres libres y a la vez perteneciendo a un mundo gobernado por leyes naturales[4]. Es en ese sentido que la explicación de los dos mundos es perfectamente contingente en el marco más amplio de su teoría.

Esto se ve confirmado repetidas veces a lo largo del mismo capítulo, cuando Kant afirma que la razón sí traspasaría sus límites si “emprendiera la tarea de explicar cómo pueda la razón pura ser práctica, lo cual sería lo mismo que explicar cómo la libertad sea posible“, puesto que “la libertad es una mera idea”[5].

De esa forma, a Kant le basta que consideremos la libertad como propiedad de la voluntad como un presupuesto, pues “todo ser que no puede obrar de otra suerte que bajo la idea de la libertad, es por eso mismo verdaderamente libre en sentido práctico”. Kant nos explica esto de la siguiente forma:

Mas es imposible pensar una razón que con su propia conciencia reciba respecto de sus juicios una dirección cuyo impulso proceda de alguna otra parte, pues entonces el sujeto atribuiría, no a su razón, sino a un impulso, la determinación del Juicio. Tiene que considerarse a sí misma como autora de sus principios, independientemente de ajenos influjos; por consiguiente, como razón práctica o como voluntad de un ser racional, debe considerarse a sí misma como libre; esto es, su voluntad no puede ser voluntad propia sino bajo la idea de la libertad y, por tanto, ha de atribuirse, en sentido práctico, a todos los seres racionales.

No podríamos, de forma coherente, emitir el juicio de que no somos libres, pues en tal caso el mismo juicio no sería emitido por nosotros mismos, sino determinado por algún impulso, y no tendría validez. Es en ese sentido que siempre actuamos “bajo la idea de la libertad”, y eso es lo que le basta a Kant. Somos prácticamente libres.

Sin embargo, es un error pensar que Kant soluciona de forma alguna el impasse que había mencionado en la “Segunda sección”. Más bien, esta “Tercera sección” debe leerse exactamente como Kant la anuncia al final de la precedente: como la aceptación crítica de que por más importante que sea para la moralidad, jamás podremos entender la libertad.


[1] Las citas son a la siguiente edición en línea de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Espero reemplazarlas pronto por  una más actual.

[2] Estas ideas se dan en la actividad misma de la razón cuando el entendimiento intenta ir más allá de su uso condicionado en la experiencia. Es propio de estas ideas que no “se pueden dar en la experiencia, ni sus principios se pueden jamás comprobar ni contradecir mediante la experiencia” (Kant 1999: ___; Ak 4:329).

[3] Es decir, movernos en el nivel de la razón, por encima del entendimiento, que está limitado a versar sobre el material que nos otorgan nuestras intuiciones sensibles.

[4] Más adelante, Kant lo aclara de la siguiente forma: “El concepto de un mundo inteligible es, pues, sólo un punto de vista que la razón se ve obligada a tomar fuera de los fenómenos, para pensarse a sí misma como práctica“.

[5] Más aún: “Todo esfuerzo y trabajo que se emplee en buscar explicación de [cómo es posible la libertad] será perdido”.

Bibliografía:

KANT, Immanuel

Prolegómenos a toda metafísica futura que haya de poder presentarse como ciencia. Traducción de Mario Caimi. Madrid: Istmo, 1999 [1783].

Dos tipos —muy distintos— de idealismo, de acuerdo a Kant

En los Prolegómenos a toda metafísica futura que haya de poder presentarse como ciencia, Immanuel Kant intenta diferenciar su novedoso idealismo trascendental del modelo clásico, que incluye, bueno, todo lo previo a él, desde Parménides hasta Berkeley, y lo identifica con este principio:

«Todo conocimiento mediante los sentidos y la experiencia no es nada más que mera apariencia ilusoria, y la verdad está solamente en la ideas del entendimiento puro y la razón». (Kant 1999: 307)

Este idealismo infería, a partir de nuestros conocimientos a priori (como los de la geometría), una intuición diferente a la que accedemos mediante los sentidos, intelectual (Kant 1999: 309n).

Por otro lado, su idealismo trascendental o crítico se basa en este otro principio:

«Todo conocimiento de las cosas a partir del mero entendimiento puro o de la razón pura no es nada más que mera apariencia ilusoria, y la verdad está solamente en la experiencia». (Kant 1999: 307)

Este idealismo es posible tras habernos percatado que los sentidos mismos son capaces de intuir a priori, mediante las formas mismas de la sensibilidad: el espacio y el tiempo.


Bibliografía:

KANT, Immanuel

Prolegómenos a toda metafísica futura que haya de poder presentarse como ciencia. Traducción de Mario Caimi. Madrid: Istmo, 1999 [1783].