Sobre el último confín de toda filosofía práctica

En las últimas páginas del tercer capítulo de la Fundamentación para una metafísica de las costumbres, Kant es enfático en señalar que es teóricamente imposible explicar cómo sea posible la libertad, y en consecuencia, la moralidad con el imperativo categórico a su base. Otra forma de señalar este impedimento aparece como la imposibilidad  de “hacer concebible un interés” del hombre por las leyes morales, a saber, un interés puro, que significa que la razón pura se haga práctica (Kant 2002: 159-160; Ak. IV, 459-460).

El sentimiento moral[1], de acuerdo a Kant, es un efecto de la ley moral. Exactamente cómo se produce este efecto, es decir, que un “simple pensamiento” depurado de todo lo sensible “engendre una sensación de placer o displacer” es incomprensible, si bien nunca se pone en duda (Kant 2002: 160; Ak. IV, 460).

Cabe recordar que, si bien en última instancia indemostrable, la explicación a la que Kant nos ha dirigido a lo largo del capítulo y que es reiterada en estas páginas, alude a que la ley moral es válida para el ser humano puesto que “ha surgido de nuestra voluntad como inteligencia y, por lo tanto, ha emanado de nuestro auténtico yo” (2002: 161; Ak. IV, 460-461). No está de más señalar que tal explicación se salva de un dogmatismo pre-crítico puesto que no se reclama como conocimiento de las cosas en tanto son verdaderamente, sino meramente como una posibilidad que basta para refutar al fatalista[2].

Kant espera también haber simplificado el problema filosófico que constituye la fundamentación de la moralidad al haberlo reducido a un solo presupuesto, a saber, la idea de la libertad, de la que le sigue la autonomía con la moralidad toda como corolario (2002: 161; Ak. IV, 461). Este presupuesto, se ha preocupado en mostrar Kant, es compatible con nuestra experiencia de un mundo sujeto a leyes naturales, si es que recurrimos al recurso de un mundo inteligible, de las cosas en sí mismas que se encuentran a la base de los fenómenos. Es, además, para un ser racional “necesario ponerla como condición práctica en la idea de todas sus acciones arbitrarias” (Kant 2002: 162; Ak. IV, 461).

Cabe recordar que el conocimiento de la libertad, a la base de la moralidad, es imposible puesto que, al tratarse de una idea de la razón, no hay experiencia posible de su objeto en el mundo de los fenómenos (Ak. IV, 328). De esta forma, la idea de libertad únicamente “denota un algo que resta cuando excluyo de los motivos determinantes de mi voluntad todo cuanto pertenece al mundo sensible” (Ak. IV, 462), y fija a su vez el límite respecto de aquello incognoscible, que sólo podemos presuponer. He ahí el último confín de toda filosofía práctica.

El interés de Kant en fijar este límite, nos revela, ha sido doble. Por un lado, servirá para no encontrar la “motivación suprema” en algún móvil empírico; por otro lado, para no perder tiempo con quimeras pretendiendo un conocimiento de aquello que se halla más allá del límite.

Pero además, Kant espera haber sido fiel a su promesa suprimir el saber para dejar lugar para la fe (2007: 31; BXXX) con aquel “magnífico ideal de un reino universal de fines en sí mismos” (Ak. IV, 462), indemostrable, pero fundamento de una creencia razonable.

Kant explica la imposibilidad última de hacer comprensible un mandato moral incondicional dentro de los parámetros de su idealismo trascendental. La ley moral implica un tipo de causalidad, es decir, implica necesidad. Pero toda necesidad exige como fundamento una condición. No obstante, el imperativo categórico no puede estar sujeto a condición alguna, y por tanto la razón se ve impotente al tratar de hacer inteligible semejante idea, al no poder encontrar jamás una condición que la satisfaga. Kant se da por servido al haber hecho explícita esta limitación de la razón humana.

En las últimas líneas de la obra, Kant termina rindiéndose ante el “misterio” que supone “la incondicionada necesidad práctica del imperativo moral” (2002: 165; Ak. IV, 463), que equivale justamente a no poder demostrar aquello que quedó pendiente al final del segundo capítulo, que la ley moral exista de verdad. Reconocer el misterio, dirá Kant, constituye “todo cuanto en justicia puede ser exigido de una filosofía que, en materia de principios, aspira a llegar hasta los confines de la razón humana” (2002: 165; Ak. IV, 463).

Cuando en la Crítica de la razón práctica Kant parece haber reemplazado por completo su intento ‒fallido‒ de establecer definitivamente la ley moral del tercer capítulo de la Fundamentación, y termina más bien apelando a su existencia como la “del único factum de la razón pura” (2000: 99; Ak. V, 31), cabe preguntarse si nos encontramos ante un giro dogmático en su pensamiento ético fundacional, lo que significaría haber dejado de lado el misterio reconocido en su obra anterior.

Saliendo del reducido lugar que significa la Fundamentación dentro de la totalidad de obras sobre moral de Kant, cabe señalar, a modo de reflexión final, que el misterio señalado en estas últimas líneas  subsiste en sus obras posteriores sobre moral y religión, donde lo vemos frecuentemente ligado al uso que el filósofo hará de la figura del corazón humano (Herz), dando cuenta tanto del problema insoluble para la razón especulativa de cómo pueda ser práctica la razón pura, como de la insondabilidad de nuestro “yo tal como pueda […] estar constituido en sí mismo”, ubicado en un mundo distinto al de los fenómenos (2002: 147; Ak. IV, 451), ambos puntos que en el tercer capítulo de la Fundamentación quedan sin una resolución satisfactoria.

De forma más precisa, el misterio que significa el problema insoluble para la razón humana de cómo pueda ser práctica la razón pura se mantiene cuando Kant afirme repetidas veces que la ley moral hace contacto en nuestra sensibilidad precisamente en el corazón; de la misma forma, el yo verdadero, independiente del mundo de los fenómenos, se mantendrá cuando Kant señale, también de forma constante, la insondabilidad última del corazón, refiriéndose al razonamiento moral.

Así, el último confín de toda filosofía práctica limita con un espacio misterioso e insondable, precisamente el lugar donde el discurso religioso tiene su lugar legítimo.


[1] Kant define el sentimiento moral en La metafísica de las costumbres como la “receptividad del libre arbitrio para ser movido por la razón pura práctica (y su ley)” (1989: 255; Ak 6:400).

[2] Comparar el argumento con este otro:

No comparto la opinión que algunos hombres excelentes y reflexivos […] han expresado tan frecuentemente, cuando sintieron la debilidad de las pruebas habidas hasta ahora: que se puede esperar que alguna vez se hallen demostraciones evidentes de las dos proposiciones cardinales de nuestra razón pura: hay un Dios, hay una vida futura. Antes bien, estoy cierto de que esto nunca ocurrirá. Pues ¿de dónde sacará la razón el fundamento de tales afirmaciones sintéticas, que no se refieren a objetos de la experiencia ni a la posibilidad interna de ellos? Pero también es apodícticamente cierto que jamás se presentará hombre alguno que pueda afirmar lo contrario […]. (Kant 2007: 768-769; A741-742/B769-770)

Bibliografía:

KANT, Immanuel

Crítica de la razón pura. Traducción de Mario Caimi. Buenos Aires: Colihue, 2007.

Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2002.

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000.

Prolegómenos a toda metafísica futura que haya de poder presentarse como cienciaTraducción de Mario Caimi. Madrid: Istmo, 1999.

La metafísica de las costumbres. Traducción de Adela Cortina Orts y Jesús Conill Sancho. Madrid: Editorial Tecnos, 1989.

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