Sobre el ánimo valeroso y alegre en el ejercicio de la virtud (o sobre la complementariedad del pensamiento de los estoicos y de Epicuro de acuerdo a Kant)

Se suele considerar el pensamiento de los estoicos y el de la escuela fundada por Epicuro como dos visiones radicalmente opuestas, de la misma forma que se contraponen, por ejemplo, la razón y el placer. Tales dicotomías, por supuesto, son propias de las cabezas de algunos despistados intérpretes y no del fenómeno mismo, mucho más complejo.

Es propio de los grandes filósofos hacerse de esta complejidad. Immanuel Kant, precisamente, reconoce que la diferencia entre ambas escuelas estaba, más que en su descripción de la virtud, en su fundamentación[1], y termina incorporando en armonía ambas corrientes al desarrollar su propia teoría sobre la virtud para el ser humano. Veamos, primero, como describe Kant la virtud:

Las reglas para ejercitar la virtud ( exercitiourum virtutis ) remiten a las dos disposiciones del ánimo, la del ánimo valeroso y la del alegre ( animus strenuus et hilaris ) en el cumplimiento de sus deberes. Porque para vencer los obstáculos con los que tiene que luchar ha de concentrar sus fuerzas y a la vez ha de sacrificar muchos goces de la vida, cuya pérdida puede poner al ánimo a veces sombrío y hosco; pero lo que no se hace con placer, sino sólo como servidumbre, carece de valor interno para aquel que obedece su deber con ello, y no se lo ama, sino que se evita en lo posible ocasión de practicarlo. (Kant 1989: 362; Ak. VI, 484)

Luego procede a explicar cómo ambas cualidades del ánimo virtuoso, la valentía y la alegría, empalman en el ser humano, a la vez que hace referencia a las dos mencionadas escuelas de la antigüedad:

El cultivo de la virtud, es decir, la ascética moral, tiene como principio del ejercicio de la virtud —ejercicio activo, animoso y valeroso— la divisa de los estoicos: acostúmbrate a soportar los males contingentes de ka vida y también a abstenerte de los deleites superfluos ( assuesce incommodis et desuesce commoditatibus vitae ) . Conservarse moralmente sano es para el hombre una forma de dietética. Pero la salud es sólo un bienestar negativo: ella misma no puede sentirse. Tiene que añadirse algo que procure un agradable disfrute de la vida y sea, sin embargo, únicamente moral. Este algo es el corazón siempre alegre según la idea del virtuoso Epicuro. Porque ¿quién debería tener más motivos para tener un ánima alegre y no ver como un deber adoptar una disposición de ánimo gozosa y convertirla en habitual, sino el que es consciente de no haber transgredido deliberadamente el deber y estar seguro de no caer en ello ( hic murus aheneus esto etc., Horat )?. (Kant 1989: 362-362; Ak. VI, 484-485)

Esto, por supuesto, se opone a aquel repulsivo ascetismo que desprecia el cuerpo y la vida misma:

En cambio, las ascética monástica que, por miedo supersticioso o por hipócrita aversión hacia sí misma, propone atormentarse y mortificar la carne, tampoco tiende a la virtud, sino a la expiación exaltada, que consiste en imponerse a sí mismo un castigo, y en vez de arrepentirse moralmente de las propias faltas (es decir, con propósito de enmienda), querer expiarlas; lo cual es contradictorio […] y no puede producir la alegría que acompaña a la virtud, sino que siempre se realiza con un secreto odio contra el mandato de la virtud. (Kant 1989: 362; Ak. VI, 485)

Acerca de cómo haya podido permear durante tanto tiempo la imagen de la ética kantiana como una ética “sombría y hosca” escapa los alcances de esta entrada.

Para una entrada que muestra también las dos caras del ascetismo, ver: Las acusaciones al modo de vida del stárets después de su muerte (o sobre el ascetismo).


[1] Como hemos mostramos ya en la siguiente entrada: Kant sobre la divergencia entre Epicuro y los estoicos.

Bibliografía:

KANT, Immanuel

La metafísica de las costumbres. Traducción de Adela Cortina Orts y Jesús Conill Sancho. Madrid: Editorial Tecnos, 1989.

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