Kant sobre la divergencia entre Epicuro y los estoicos

Es innegable aquella propensión en los intérpretes de sobresimplificar posiciones contrarias, así como reducir visiones pasadas en algo así como “paradigmas”, de tal modo que sea el mismo intérprete quien se encargue de “unificar” ambas posiciones que parecían contrarias e irreconciliables. Pienso rápidamente en la oposición entre ética del bien y ética de la justicia, que nos remite tanto a Aristóteles y a Immanuel Kant, respectivamente. Otra artificial oposición, bastante difundida, es aquella entre Epicuro y el estoicismo. La realidad, por supuesto, siempre es más compleja. Si bien una forma más “didáctica”, al final se terminan enseñando posiciones insuficientes en sí mismas, y no se aprende absolutamente nada valioso de la complejidad del pensamiento de aquellos que nos han precedido.

Justamente sobre estas dos escuelas de filosofía griega, Kant, más que oponer y separar, reconoce la complejidad de ambas posiciones, y en esa complejidad, tanto sus semejanzas como una fundamental diferencia. Veamos.

Pues tanto Epicuro como los estoicos elevaban sobre todas las cosas esa felicidad que brota del ser consciente de poseer virtud en la vida, y el primero no estaba animado en sus preceptos prácticos por intenciones tan rastreras como cupiera deducir de los principios estipulados para su teoría, los cuales eran utilizados en sus explicaciones, mas no a la hora de actuar, o como muchos lo han interpretado inducidos a ello por encontrar la expresión «voluptuosidad» donde podía leerse «satisfacción»; bien al contrario, Epicuro contaba la práctica desinteresada del bien entre los deleites propios de un júbilo interior, y esa sobriedad o contención de las inclinaciones exigida desde siempre por el moralista más austero también casaba con su plan relativo al deleite (por el cual entendía un corazón permanentemente alborozado). Su principal divergencia con los estoicos era colocar en ese deleite el fundamento de determinación, algo que éstos rehusaban hacer con toda razón. (Kant 2000: 227-228; Ak. V, 115)

Así como el goce de una vida buena, virtuosa y moral, no se opone con el autodominio y la consecución de un carácter a través de una práctica constante y rigurosa, del mismo modo no se opone esta descripción sensible y placentera de la virtud, con el reconocimiento de un origen estrictamente racional de la moralidad.

Para un comentario relacionado, ver el final de: El recurso al mundo noumenal: ¿una metafísica dogmática? (o sobre el mal radical en los filósofos).


Bibliografía:

KANT, Immanuel

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000.

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