¿Qué es la verdad? (o sobre la existencia de una ley moral)

Pilatos le pregunta a Jesús: ¿Qué es la verdad? (Juan 18:36). Intenta, de ese modo, relativizar un absoluto: La injusticia que está por destruir a un hombre justo.

La tarea que lleva a cabo Immanuel Kant, su intento de fundamentar toda la moralidad, la diferencia misma entre el bien y el mal, pretende dar cuenta del contraste entre las palabras de Pilatos y la situación, a todas luces injusta, de la condena de Jesús. ¿Puede ser ese contraste explicado por la utilidad? ¿Por el balance de las características sociales (como la empatía) con las que contamos en tanto miembros de una especie meramente animal? Nos veremos obligados a responder que no.

Se sabe que Kant, a pesar del título de su famosa obra, Fundamentación para una metafísica de las costumbres, nunca llega a demostrar que exista efectivamente algo así como una ley moral que nos obligue categóricamente. Se limita, más bien, a explicar el funcionamiento de la voluntad humana si es que asumimos que existe una ley moral, en otras palabras, si partimos de aceptar que la moralidad es real y objetiva (Kant 2002: 138-139; Ak. IV, 444-445).

Kant llegará, en la misma obra, inclusive más lejos, al punto de afirmar que “cualquier esfuerzo destinado a buscar una explicación para ello [cómo sea posible la libertad, y por lo tanto, la moralidad misma] supondrá un esfuerzo baldío” (2002: 162; Ak. IV, 461). Su proyecto de fundamentación queda reducido a mostrar que la libertad de la voluntad humana es compatible con el mundo sensible sometido a leyes naturales deterministas.

Consciente de estas limitaciones, es que en su obra inmediatamente posterior sobre moral, la Crítica de la razón práctica, Kant se remitirá a señalar la existencia de la ley moral como un factum de la razón (2000: 98-99; Ak. V, 31). Desde un punto de vista meramente teórico, esto es insuficiente.

Probablemente el mejor argumento que pueda otorgarnos Kant acerca de la existencia de una ley moral esté en esta misma obra, justo antes de su apelación al ya infame factum, mediante un par de ejemplos (2000: 96-97; Ak. V, 30). Primero Kant imagina una persona lujuriosa, que afirma que, de verse visto frente a su objeto de placer (un prostíbulo), le sería imposible resistirse. Pero, pregunta Kant, ¿qué pasaría si al costado del prostíbulo edificaran un patíbulo para ahorcarlo en caso de que satisfaga sus deseos, inmediatamente después? Sería fácil aceptar que el deseo de seguir viviendo se sobrepondría a su lujuria y voluptuosidad; mas en este caso no hay moralidad alguna, sólo un deseo más fuerte que se impone por sobre otro más débil.

Siguiendo a Susan Neiman, concibamos el segundo ejemplo: un soberano le pide a uno de sus súbditos, con amenaza de muerte en caso de no obedecer, que brinde una falsa acusación a un enemigo suyo, un hombre a todas luces inocente.

En el primer caso, Kant cree que nos es fácil imaginarnos en los zapatos de aquel hombre. Pero a diferencia del primer caso, inmediatamente vacilamos: No podemos saber qué haríamos. Kant siempre enfatizó los límites del conocimiento, y una cosa que nunca conocemos con certeza es el interior de nuestras almas. Nadie es tan correcto como para estar seguro de no desmoronarse ante la amenaza de muerte o de tortura. La mayoría de nosotros probablemente cedería. Pero todos sabríamos qué deberíamos hacer: Negarnos a escribir la carta por más que nos cueste la misma vida. Y todos sabemos que podríamos hacer precisamente eso—por más que pudiésemos tambalear al final. En ese momento, nos dice Kant, conocemos nuestra propia libertad, en un suspiro de sobrecogimiento y asombro. No es el placer, sino la justicia lo que puede mover a los seres humanos a realizar acciones que puedan sobreponerse al más fuerte deseo animal, incluso el amor a la vida misma. Y contemplar esto es tan vertiginoso como los cielos que se imponen sobre nosotros: Con esta clase de poder, somos tan infinitos como ellos. (Neiman 2008: 81)

El conocimiento acerca de la existencia de la ley moral, o la consciencia de nuestra libertad, sólo puede captarse en el uso práctico de la razón, en el actuar. De ahí que Jesús no le responda a Pilatos con palabras, sino con su muerte.


Bibliografía:

KANT, Immanuel

Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2002.

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000.

NEIMAN, Susan

Moral Clarity: A Guide for Grown-Up Idealists. Orlando: Harcourt, 2008. La traducción es mía.

6 comments

  1. Esto es muy hermoso. Cuenta una tradición albingense, que el diablo le dijo a los hombres: “Con Dios, no sois libres, pues sólo pueden hacer el bien, en cambio si me eligen a mi, pueden hacer el bien y el mal, cuando lo deseen.” Según esto, el diablo pinta la libertad como el poder hacer el bien y el mal. Pero es una trampa. Pues el hombre sólo desea el bien. Como solo desea el bien, solo es libre cuando desea y hace lo que es compatible con el bien, en este caso, la justicia. Elegir lo que es compatible con el bien, es la única forma de ser libres. Y aunque en un caso extremo se muera por esto, no por ello se dejará de ser libre, sino que la muerte será el objeto mismo de la libertad, se encontrará plena satisfacción de la libertad en la muerte, es decir, la vida eterna. Pero como muy bien apuntas, es demasiado fácil hablar sobre esto, lo que no impide por otra parte, admirar a aquellos que han hecho algo parecido.

    Saludos cordiales.

  2. Muy agradable reflexión. El filósofo que mejor ha desarrollado esto de manera secular es, por supuesto, Immanuel Kant, para quien el ser humano sólo es libre en tanto obedece la legislación de su propia voluntad, es decir, la ley moral. Si la libertad no fuera precisamente hacer el bien, entonces no existiría la moralidad, sino sólo acciones que “aprobamos” o “desaprobamos”, sin referencia a valoración objetiva alguna, como señalan algunos confundidos filósofos como J. L. Mackie.

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