¿Por qué no matar a la vieja? (o una entrada sobre los imperativos de la moralidad)

En Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski, el protagonista, Raskólnikov, escucha a dos hombres jóvenes, un estudiante y un oficial, en una cantina, discutir acerca de una vieja usurera a la que, coincidentemente, acababa de conocer. El estudiante le dice al oficial que “sería capaz de matar y robar a esa maldita vieja sin el menor escrúpulo de conciencia” (Dostoiesvki 1996: 138).

Por supuesto que lo dice en broma, aclara el estudiante, mas no deja de considerar la situación de la siguiente forma: con todo el dinero de la “vieja estúpida, insensata, mísera, malvada y enferma”, que maltrata hasta a su propia hermana y “le hace daño a todo el mundo”, podrían salvarse muchas “vidas jóvenes y sanas cuyas fuerzas se pierden por falta de apoyo” (Dostoiesvki 1996: 139). Él no sería capaz, pero le parece justo hacerlo.

El oficial le responde: “si tú no te decides a hacerlo, no hay justicia que valga” (Dostoiesvki 1996: 140). Si la conciencia del estudiante no se lo permite, al punto que ni siquiera lo considera realmente, entonces es porque su razonamiento no es válido. Hay algo que se lo impide.

Me pregunto, entonces, ¿qué es ese algo?

¿Por qué no matar a la vieja?

Ese algo es, por supuesto, la moral.

Desde un punto de vista subjetivista, según el cual afirmar “matar a la vieja está mal” en realidad no es más que mostrar desaprobación respecto de la acción, la expresión de una actitud o sentimiento, la moralidad deja de existir. Por supuesto que seguirían existiendo buenas costumbres, pero la cuestión se limitaría a si el agente aprueba o no el asesinato de la vieja para ayudar a otras tantas personas. La mayoría la desaprobará, pero es perfectamente válido pensar que alguien —digamos, Raskólnikov— podría aprobar el crimen al punto de llegar a realizarlo. En otras palabras, a ese alguien, a Raskólnikov, el crimen le estaría permitido.

De la misma forma, desde una perspectiva utilitarista, tal crimen sería igualmente permisible, en tanto origina una mayor felicidad; pero tal utilitarismo sería uno burdo y poco atractivo. El utilitarismo de reglas lo prohibiría sin ambigüedad, puesto que una sociedad que permitiese ese tipo de crímenes terminaría generando una incertidumbre y desconfianza generalizadas, y en consecuencia, más dolor que felicidad.

No obstante, podría pensarse —como efectivamente razona Raskólnikov— que existan ciertas personas, muy pocas sin duda, que sean extraordinarias, y que tengan una suerte de “derecho propio, de saltar por encima de ciertos obstáculos, y aun eso tan sólo en el caso de que así lo exija la realización de una idea suya, en ocasiones salvadora, quizá, para toda la humanidad” (Dostoiesvki 1996: 363). Estos individuos podrían permitirse, “en su fuero interno y según su conciencia”, pasar por encima de “un cadáver o de un charco de sangre” (Dostoiesvki 1996: 365)

No sería preciso decir que para semejante persona no existiría la moralidad. Sí existiría, sólo que sería distinta, mejor, al punto de aniquilar, en caso de conflicto, la moralidad de aquellos otros seres ordinarios.

¿Cómo contrarrestar un razonamiento tal?

En realidad, en contraposición al juicio de la razón ordinaria, sólo un filósofo —como señala Kant con no poca ironía— “puede fácilmente enmarañar su juicio con un cúmulo de consideraciones extrañas al asunto en cuestión y dejarse desviar del rumbo correcto” (2002: 80).

De tal modo que si ha de discutirse filosóficamente problemas de esta índole, no se puede ser ambiguo en cuestiones que el entendimiento moral común, sin ayuda de filosofía alguna, tiene suficientemente claro (a pesar que se desdiga ocasionalmente en refinados razonamientos como es el caso del estudiante, que, no obstante, carecen de validez práctica).

Una teoría ética que otorgue valor absoluto a todas las personas, esto es, dignidad, afirmando que, en consecuencia, sus vidas no son intercambiables, como si fueren cosas, y en ese sentido, salvando incluso a la más despreciable de las viejas de una muerte cruel, parecería ir por buen camino (Kant 2002: 123-124). Esto queda comprobado, eventualmente, por la conciencia moral del mismo Raskólnikov, a pesar de que pudo oscurecerla temporalmente con refinados razonamientos y teoría.


Bibliografía:

DOSTOIEVSKI, Fiódor M.

Crimen y castigo. Traducción de Isabel Vicente. Madrid: Cátedra, 1996.

KANT, Immanuel

Fundamentación para una metafísica de las costumbres. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2002.

5 comments

  1. Muy buen post como siempre. Mi teoría es la siguiente: porque el mal (crimen,pecado) engendra sufrimiento y el sufrimiento engendra a su vez el mal. Si mato entro en ese círculo vicioso y la idea es salir de ese círculo vicioso. En caso de guerra sin embargo ¿podría plantearse una excepción? Si mi vida y la vida de mis seres queridos está en peligro y no sólo eso, sino si toda una cultura está en peligro, ¿debería dejarme matar y dejar morir? Mi opinión es que no, que hay que luchar, pero no motivados por el odio hacia el otro ser humano, que en tanto ser humano, no vale más que yo ni que mis seres amados, sino porque de no ser detenidos, lo que implica quizá matar a algunos (y en este caso el dolor sería muy grande para uno mismo), la injusticia sería mayor. Pero este móvil sólo es compatible con la guerra defensiva, como respuesta a ambiciones conquistadoras y desarraigantes (tipo Hitler), no si uno mismo está devorado por el ánimo de conquista, evidentemente. Si se trata simplemente de desacuerdos diplomáticos, siempre hay que buscar resolver las cosas vía negociación y no por la intimidación.

    1. Freud: el hombre no es una criatura necesitada de amor. La maldad es inherente al hombre, como bien señala simone de beauvoir, y que por el contrario nuestra bondad o buenaventura son impuestas por la cutlura, por la sociedad. El hombre es el lobo del hombre, etc etc etc. Particularmente creo menos en la bondad que en la maldad.

      Gran entrada, si me permites, me la llevo a mi blog

      Gracias!

  2. Pienso que la moral depende de la situación, es decir en el antiguo testamento la esclavitud era perfectamente permitida e incluso era un acto moralmente aceptable tener esclavos. Eso porque bajo su forma de producción agraria de bajo rendimiento la mejor solución para que la sociedad exista era permitir la esclavitud. En nuestro sistema sin embargo es inmoral la esclavitud pues en nuestra forma de producción capitalista la esclavitud es más un estorbo y no una ventaja. Pero con esto digo que la moralidad es hija de las condiciones sociales que se vivan en cada época.

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