“Toda la filosofía moral descansa completamente en su parte pura…”[1]

Si bien el proyecto kantiano se caracteriza por fundamentar la moralidad completamente en la racionalidad, por separado de cualquier conocimiento empírico del ser humano, y de tal modo que sus mandatos sean válidos para todo ser racional, la otra cara de su teoría se preocupa justamente en reconciliar tales mandatos con la “especie particular de seres racionales Homo sapiens”, y para eso se necesita todo el conocimiento empírico, antropológico, del que podamos contar (Louden 2006: 355).

Así, tampoco deja de ser un problema la presencia de una ley moral, completamente racional, en el albedrío humano, y a lo largo de sus obras, Kant es incapaz de darnos una prueba de que efectivamente ese sea el caso, y de ahí la infame apelación al factum de la razón (Kant 2000: 55-56).

Kant formula el problema con la siguiente pregunta: “¿cómo puede la razón pura ser práctica?“, y concluye que “la razón humana es completamente incapaz de explicarlo” (Kant 2002: 57; Kant 2000: 161). Toda la teoría ética de Kant se mantiene o cae con la libertad del albedrío, mas esta no puede demostrarse. Entonces, ¿qué clase de teoría es esta cuyo presupuesto fundamental se acepta como indemostrable?

Además, esta ley moral no es un mero cálculo racional e intelectual (Kant 2001: 43n), sino que se constituye como un móvil para nuestro albedrío, y Kant llegará tan lejos como para señalar que dicha ley moral tiene un efecto negativo sobre nuestra sensibilidad, generando a su vez también un sentimiento (2000: 161-162); es decir, se muestra al nivel de nuestros estados afectivos, abatiendo los que se le opongan (Kant 2000; 162). Mas, de Waal podría afirmar que la causa de este efecto negativo no debemos buscarla en algo así como la razón pura, inaccesible empíricamente, sino precisamente en los sentimientos morales y en la preocupación por la comunidad, es decir, en los dos primeros niveles de su teoría.

No obstante, sobre ese punto, de Waal es algo ambiguo. Cuando se refiere al altruismo, distingue correctamente entre su definición para la biología, donde se caracteriza como un “comportamiento costoso para el agente y beneficioso para quien lo recibe sin tomar en cuenta sus intenciones o motivos”, del altruismo intencional, que le preocupa a la moralidad, y para el cual importa el conocimiento de “los motivos detrás del comportamiento” (de Waal 2006: 178). Después de establecer la diferencia, de Waal procede a preguntarse si es que los seres humanos actuamos alguna vez verdaderamente de forma altruista en este segundo sentido (2006: 178).

La respuesta para de Waal no es obvia[2], aunque termina por aceptar que ciertamente “somos capaces” de tal comportamiento (2006: 179). Mas lo que parece importarle resaltar es que muchas veces ‒sino la mayoría‒ nuestra tan “pregonada racionalidad es en parte ilusoria”, y nuestro comportamiento responde más bien a “veloces procesos psicológicos” similares a los de otros primates (de Waal 2006: 179).

Pero lo que para de Waal es una conclusión, Kant lo toma como punto de partida, y su proyecto filosófico de fundamentar la moralidad en la racionalidad pura busca justamente contrarrestar la fragilidad (Kant 2002: 21; Kant 2006: 8-10) a la que de Waal hace referencia (de Waal 2006: 53); a Kant le basta que seamos capaces de actuar por deber, por más que la mayoría del tiempo no lo hagamos.

Mas una vez encontrado el origen del deber, esto es, el principio supremo de la moralidad, enteramente racional, necesitamos de toda la experiencia que podamos obtener sobre nuestra especie, de tal forma que los distintos deberes racionales encuentren acceso a la voluntad particular humana (Kant 2002: 5).

Allen Wood distingue a grosso modo dos maneras de hacer teoría ética (Wood 2008: 43-65). Por un lado, tenemos una ética científica, basada en intuiciones, que Wood considera dominante en la actualidad (2008: 43). En la otra cara, tenemos el modelo que denomina “filosófico o fundacional”, y que se distingue por la apelación a un principio supremo, acompañado de un solo valor fundamental[3], que se caracteriza, entre otras cosas, por su indemostrabilidad[4], al menos desde una perspectiva científica.

Esta forma de hacer teoría ética no debe excluir, por supuesto, los descubrimientos empíricos que, en cambio, sí pueden ser demostrados. Pero es gracias a un recurso a la racionalidad deslindada de la sensibilidad que podemos introducir, por ejemplo, la diferencia entre deseos empíricos y deseos racionales, sin la cual muchos  han malinterpretado a Kant.

Así, cuando Kant nos dice que para actuar moralmente tenemos que dejar de lado nuestras inclinaciones, está refiriéndose únicamente a nuestros deseos empíricos, propensos a la corrupción. No obstante, está lejos de afirmar que debamos actuar sin deseo alguno, como si fuéramos autómatas. Debemos querer hacer lo que la moralidad requiere de nosotros, y no porque sea lo que sintamos (aunque muchas veces esto puede ayudarnos), o porque sea lo que beneficie a nuestra comunidad, sino porque a veces debemos ser imparciales, nos guste o no[5].

Cuando en la conclusión de su libro, de Waal nos habla de la moralidad como una torre, habríamos de preguntarnos si una definición tan amplia verdaderamente nos ayuda en algo a entender mejor a lo que estamos obligados, y si tal concepción es la única forma de no negar sus raíces evolutivas (2006: 181).

Tal vez, todavía hoy, podemos encontrar algo de valor en el proyecto de establecer las bases de la moralidad estrictamente en la racionalidad, de tal forma que hacerlo nos permita entender mejor las implicancias de la imparcialidad, o pensar con mayor claridad proyectos como los derechos humanos o la cuarta convención de Ginebra, que de Waal considera esfuerzos frágiles (2006: 53), claramente necesitados de autoridad racional.


[1] La cita es, por supuesto, a Kant (2002: 5). Esta entrada corresponde al capítulo final de un trabajo más amplio, como será aparente, en especial en las referencias a la formulación en tres niveles de la teoría de de Waal.

[2] Tampoco lo era para Kant: “Es de hecho absolutamente imposible establecer con total certeza a través de la experiencia si es que hay siquiera un solo caso en el que lamáxima de una acción, de otra forma conforme al deber, ha descansado exclusivamente en fundamentos morales y en la representación del propio deber” (2002: 22-23).

[3] En el caso de la teoría de Kant, este sería la naturaleza racional (2002: 46).

[4] Pensemos, por ejemplo, en lo que nos dice Aristóteles sobre la disciplina ética, en la cual debemos “contentarnos con mostrar la verdad de un modo tosco y esquemático”, y no debemos exigir más claridad de lo que nos “permite la materia” (1985: 131).

[5] Para un desarrollo más detallado de esto, ver: Wood 2009: 119-120.

Bibliografía:

ARISTÓTELES

Ética Nicomáquea. Ética Eudemia Traducción de Julio Palli Bonet. Madrid: Editorial Gredos, 1985.

DE WAAL, Frans

Primates and Philosophers: How Morality Evolved. Princeton: Princeton University Press, 2006.

KANT, Immanuel

Ideas para una historia universal en clave cosmopolita y otros escritos sobre Filosofía de la Historia. Traducción de Concha Roldán Panadero y Roberto Rodríguez Aramayo. Tercera edición. Madrid: Editorial Tecnos, 2006.

Groundwork for the Metaphysics of Morals. Traducción de Allen W. Wood. Nueva York: Yale University Press, 2002 [1785].

La religión dentro de los límites de la mera razón. Traducción de Felipe Martínez Marzoa. Madrid: Alianza Editorial, 2001 [1793].

Crítica de la razón práctica. Traducción de Roberto Rodríguez Aramayo. Madrid: Alianza Editorial, 2000 [1788].

LOUDEN, Robert B.

“Applying Kant’s Ethics: The Role of Antropology”. En: BIRD, Graham (editor). A Companion to Kant. Blackwell Publishing, pp. 350-363, 2006.

WOOD, Allen W.

“Kant’s Fourth Proposition: the unsociable sociability of human nature”. En OKSENBERG RORTY, Amélie y James SCHMIDT (editores). Kant’s Idea for a Universal History with a Cosmopolitan Aim: A Critical Guide. Nueva York: Cambridge University Press, pp. 112-128, 2009.

Kantian Ethics. Nueva York: Cambridge University Press, 2008.

One comment

  1. saludos. quiero hacerle tres preguntas:

    1. Estimado, no sé hasta qué punto es cierto que la diferencia entre Jane Goodall y Frans De Waal en cuanto a la antropología es que la primera presenta un cierto pesimismo debido a su observación de la violencia de chimpancés, mientras que De Waal afirma que el hombre es bueno por naturaleza. Escuche a un conferencista colocar a Goodall en la línea de Hobbes y Freud en su visión antropológica. ¿qué hay de cierto en esto?

    2. Marco Aurelio denegrí en su ensayo el asesino desorganizado afirma:

    “En los primeros ciento cincuenta años de los últimos doscientos, en el Occidente civilizado – supuestamente civilizado–, la principal ocupación del hombre ha sido matar. Cada minuto, un ser humano ha dado muerte a otro ser humano. En los últimos cincuenta años, la pausa entre una y otra muerte violenta se ha reducido a un tercio; es decir que actualmente cada veinte segundos un hombre mata a otro hombre. No solamente somos la única especie que no sabe convivir y que mata cada veinte segundos a uno de sus congéneres, sino que estamos empeñados –peligrosísimo empeño– en una creciente destrucción ecológica”

    También afirma citando a Niko Tinbergen:

    Niko Tinbergen, científico de renombre mundial, ha dicho que el hombre es un asesino desorganizado, queriendo significar con esto que el hombre carece de las barreras naturales instintivas que impiden al animal matar a sus congéneres. Carencia que lo obliga a la creación de disuasivos —normas, leyes, preceptos y mandamientos—, que no tienen por cierto la eficacia de los frenos e inhibiciones que dio natura al resto de los animales.
    En el comportamiento agonístico o agonal de los animales, esto es, cuando luchan o pelean (agón, en griego, significa lucha, combate, y por eso se dice agonía de la lucha postrera de la vida contra la muerte); repito que en el comportamiento agonístico de los animales, un gesto de sometimiento, de humillación, pone fin a la contienda. No bien reconoce uno de los contendores su derrota, muestra al adversario su punto más vulnerable. Los cuervos y otras aves ofrecen la parte posterior de la cabeza; los perros y los lobos la garganta. En el mismo instante del ofrecimiento, el vencedor debe interrumpir la lucha, y la interrumpe. Una inhibición propia de su especie le impide dar el mordisco fatal. De esta manera, el más fuerte se impone, pero el más débil sobrevive. El hombre, en cambio, carente de tal inhibición automática, da el mordisco y mata al rival.

    Esto rebatiría la teoría de De Waal de que el hombre es bueno por naturaleza en base a sus observaciones en los bonobos. ¿Qué opina usted?

    3. que piensa usted en esa idea de transmitir los drechos humanos a los animales como lo esta haciendo Singer? acaso esto no es un perjudicial antropomorfismo en la naturaleza?

    Muchas gracias.

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