¿Es posible una fe racional en el progreso de la humanidad?

Discúlpenme la pregunta retórica.

Erich Fromm distingue entre la fe irracional como “la aceptación de algo como verdadero sólo porque así lo afirma una autoridad o la mayoría” de una fe racional, que “tiene sus raíces en una convicción independiente basada en el propio pensamiento y observación productivos, a pesar de la opinión de la mayoría” (1959: 144).

Dejando de lado cualquier fe irracional en la existencia de una divinidad, la fe racional tiene su expresión máxima cuando tiene su objeto en el hombre mismo, o en la humanidad, y consiste “en la idea de que las potencialidades del hombre son tales que, dadas las condiciones apropiadas, podrá construir un orden social gobernado por los principios de igualdad, justicia y amor” (Fromm 1959: 146).

¿Progreso?

Nuestro punto de partida es la fe en nosotros mismos, en la conciencia de la existencia de “un núcleo de nuestra personalidad que es inmutable y que persiste a través de nuestra vida” (Fromm 1959: 144), y que a la vez nos permite tener fe en los demás, al saber que tanto nosotros como ellos sentiremos y actuaremos en el futuro tal como ahora esperamos hacerlo (Fromm 1959: 145)[1].

Sin embargo, no se trata de creer ciegamente, de forma complaciente, en que el progreso llegará por sí solo. Más bien, a la base de dicha fe está también la conciencia de que dicho progreso puede tal vez nunca llegar, y su realización depende exclusivamente de nosotros. Pero es justamente porque no hemos “logrado aún construir ese orden” que “la convicción de que [podemos] hacerlo necesita fe” (Fromm 1959: 146).

Concluye Fromm en que es de suma importancia, entonces, no pensar esta fe como “una mera expresión de deseos”, sino basarnos “en la evidencia de los logros del pasado de la raza humana”, así como “en la experiencia interior de cada individuo en su propia experiencia de la razón y el amor” (1959: 146).

Qué bonito.

Para otra entrada sobre el mis libro de Fromm, ver Una definición ética de la racionalidad.

Para una entrada de tema similar, ver El “otro” giro copernicano de Kant.


[1] “La fe en uno mismo es una condición de nuestra capacidad de prometer, y puesto que, como dice Nietzsche, el hombre puede definirse por su capacidad de prometer, la fe es una de las condiciones de la existencia humana”. (Fromm 1959: 145)

Bibliografía:

FROMM, Erich

El arte de amar. Traducción de Noemí Rosenblatt. Buenos Aires: Editorial Paidós, 1959.

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