Valor social vs. dignidad (o sobre experimentos de tranvías)

Existe un experimento mental, bastante popular entre algunos filósofos analíticos que se acercan al problema de la ética, y que consiste en plantear el siguiente escenario:

Un tranvía corre fuera de control por una vía. En su camino se hallan cinco personas atadas a la vía por un filósofo malvado. Afortunadamente, es posible accionar un botón que encaminará al tranvía por una vía diferente. Por desgracia, hay una persona atada a esta vía. ¿Debería pulsarse el botón?[1]

La mayoría de personas responde que sí, que efectivamente apretarían el botón, sacrificando a una persona para salvar a cinco.

El problema del tranvía.

Judith J. Thomson reformuló el experimento, de la siguiente forma:

Como antes, un tranvía descontrolado se dirige hacia cinco personas. El sujeto se sitúa en un puente sobre la vía y podría detener el paso del tren lanzando un gran peso delante del mismo. Mientras esto sucede, al lado del sujeto sólo se halla un hombre muy gordo; de este modo, la única manera de parar el tren es empujar al hombre gordo desde el puente hacia la vía, acabando con su vida para salvar otras cinco. ¿Qué debe hacer el sujeto?[2]

Quizás no tan curiosamente, la mayoría de personas que estaban de acuerdo con apretar el botón en el primer escenario, no estarían dispuestos a empujar al hombre gordo en este segundo caso.

Como podrán imaginar, innumerables variaciones del experimento han proliferado, y los fascinados filósofos han buscado reconocer el criterio que se esconde detrás de las distintas decisiones.

Rápidamente, uno puede adoptar la postura utilitarista, y recurrir directamente al principio de utilidad (o de mayor felicidad)[3], y obtendrá respuestas más o menos claras, siempre y cuando se posea toda la información pertinente (por ejemplo, en el primer escenario, la decisión podría cambiar si es que esa única persona que íbamos a sacrificar fuese un doctor especializado del cual dependen la vida de muchos otros).

Sin embargo, utilitarismos más sofisticados como el de John Stuart Mill, exigirían que el problema fuese contextualizado, pues no debemos apresurarnos a sacrificar individuos inocentes por el bien de un grupo mayor, pues esto generaría una situación de temor y descontento generalizado en la sociedad, lo que causaría justamente el efecto contrario: más dolor. No obstante, contra la pared, Mill probablemente se vería obligado a apretar el botón e incluso empujar al gordo, si llevamos lo que nos dice al final de El utilitarismo[4] un poco más lejos.

En todo caso, parecería que la mayoría de personas que adopta una postura utilitarista en el primer caso, toma una postura deontólogica en el segundo; es decir, por principio, se ven incapaces de empujar a alguien hacia su muerte.

Una variación interesante del experimento ha sido investigada por David Pizarro, joven investigador de Cornell University, que pueden revisar en este artículo de Wired (en inglés), aunque sólo me interesa resaltar la conclusión a la que llega:

Las personas no están usando principios [consecuencialistas o deontológicos] y luego aplicándolos. Adoptan un juicio y luego buscan un principio [que se adecue a su juicio][5].

Por más interesante que estas pruebas puedan resultar para el entendimiento moral común, e incluso para la psicología, ¿verdaderamente nos pueden decir algo acerca de qué debemos hacer?

El tranvía es inocente.

En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, por supuesto, Immanuel Kant rechaza esta forma de pensar sobre la ética y construye su teoría en torno a principios racionales, que luego debemos reconocer tenemos la obligación de obedecer, nos gusten o no.

Pensar extraer conclusiones sobre lo que debemos hacer de las opiniones y acciones de las personas nos llevará a un principio corrupto, justamente porque lo que observaremos en la mayoría de los casos es que las personas actuamos sin principio alguno, luego intentando racionalizar nuestras acciones con cualquier argumento que encontremos a la mano.

La ética kantiana se edifica sobre el valor absoluto de nuestra humanidad, que consiste justamente en la capacidad de actuar genuinamente de acuerdo a principios, y esto es lo que nos otorga dignidad.

Sobre la dignidad, Kant nos dice:

[…] todo tiene un precio o una dignidad. Aquello que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; en cambio, lo que se halla por encima de todo precio y, por tanto, no admite nada equivalente, eso tiene dignidad[6].

No pretendo que Kant sí pueda darnos una respuesta sobre los diversos escenarios; justamente, lo que la ética kantiana puede aportar al asunto no es sino hacernos notar la forma intrínsecamente corrupta en la que está planteada el problema, exigiéndonos elegir entre personas como si fueran cosas.

En la cuarta proposición de Ideas para una historia universal en clave cosmopolita, Kant equipara la cultura con el valor social del hombre, que consiste justamente en considerarnos unos a otros como cosas, dándonos valores distintos, lo que nos impide reconocer la dignidad que todos poseemos por igual.

Ciertamente, alguna vez alguien podría verse en una situación tal, y esa persona tendría que tomar una decisión. La ética kantiana no debe poder jactarse de darnos una respuesta, sino de ayudarnos a comprender la gravedad de lo que estamos haciendo, eligiendo sobre algo de lo que no tenemos autoridad alguna[7].


[1] El experimento original fue ideado por Philippa Foot, y extraje la formulación de Wikipedia.

[2] Tal como está en la página ya citada.

[3] El principio supremo de la teoría ética utilitarista dice así: Las acciones son correctas en proporción mientras tiendan a promover la felicidad, incorrectas mientras tiendan a promover lo contrario. Y se entiende felicidad como placer y la ausencia de dolor.

[4] John Stuart Mill, El utilitarismo (Madrid: Alianza Editorial, 1984). Página 132: “[…] para salvar una vida, no sólo puede ser permisible, sino que constituye un deber, robar o tomar por la fuerza el alimento o los medicamentos necesarios. o secuestrar y obligar a intervenir al único médico cualificado”.

[5] La traducción es mía.

[6] Immanuel Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres (Madrid: Espasa Calpe, 2004). Página 112.

[7] Este artículo le debe mucho a las reflexiones de Allen W. Wood sobre el papel de una buena teoría ética en Kantian Ethics. Además, la conexión entre la cita del texto de la Fundamentación, en relación a un problema similar, la saqué de un artículo de Randall M. Jensen, en el libro Battlestar Galactica and Philosophy: Knowledge Here Begins Out There, editado por Jason T. Eberl.

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