Post/exposición en torno al concepto filosófico de simpatía

Lo que sigue es la adaptación[1] de la exposición que hice para el curso de maestría de filosofía, en el que tuve que exponer la primera mitad del libro The Psychology of Sympathy, de Lauren Wispé.

Comienzo la exposición señalando que he optado por centrarme en la definición del concepto de simpatía, tal como está presente en el capítulo 4 (“The Definition of Sympathy”)[2], aunque para tratar el problema a fondo recurriré a la recapitulación histórica del concepto presente en los dos primeros capítulos. Me veré obligado a dejar de lado buena parte de las problemáticas de los capítulos 5 y 6, que abordan el tema desde una perspectiva filogenética y ontogenética, así como desde estudios empíricos experimentales (aunque haré algunas referencias a elementos de dichos capítulos).

Vayamos directo a la cuestión. La definición de simpatía a la que llega Wispé tiene dos partes:

[…] en primer lugar, una conciencia elevada [heightened awareness] de los sentimientos de la otra persona, y en segundo lugar, una necesidad de tomar cualquier acción que sea necesaria para mitigar la dificultad de la otra persona [alleviate the other person’s plight]. Estos son, respectivamente, los componentes afectivo-cognitivo y volitivo [conative] de la simpatía. (Wispé, p. 68)[3]

En resumen, “la simpatía es, a la vez, una conciencia vívida del dolor de la otra persona y la necesidad altruista de aliviarlo” (Wispé, p.68).

De arranque, tenemos que entender la simpatía meramente como un sentimiento sería despojarla de su parte volitiva. La presente exposición, a grandes rasgos, abordará la definición del concepto parte por parte, primero tratando cada una de forma independiente, pero terminará con un comentario sobre la unidad del concepto.

El problema fundamental con que ha de enfrentarse la primera parte de la definición se muestra en lo que la autora ha llamado la paradoja de la simpatía (Wispé, pp. 58-61). Ésta consiste en el desconcierto que nos deja no poder explicar “cómo la conciencia de una persona puede experimentar el dolor de la otra persona con la que no tiene una conexión directa” (Wispé, p. 58). La dificultad proviene al menos desde el pensamiento de David Hume, quién consideraba la simpatía como “un mecanismo para transformar una idea vívida de los afectos de otros en una impresión de estos, y en última instancia en la emoción misma” (Wispé, p. 6); pasando por la explicación de índole menos psicologíca que propone Adam Smith, según la cual la simpatía “supone una ilusión, una voluntaria suspensión de la incredulidad [suspension of disbelief], mediante la cual imaginamos lo que sería ser ese tipo de persona en ese tipo de situación” (Wispé, p. 12); para llegar finalmente a la que nos brinda Arthur Schopenhauer, para quien “la definición formal de simpatía era «la apariencia empírica de identidad metafísica de la voluntad, a través de la multiplicidad metafísica de sus fenómenos» (Schopenhauer 1894/1966, Vol. 2 1966, p. 602)” (Wispé, p. 22).

La autora es perfectamente consciente de la insuficiencia y precariedad en la explicación de los tres autores ‒a los que llama “los héroes de la simpatía” (Wispé, p. 1)‒ ya sea el lenguaje psicológico pre-crítico de Hume, la circularidad de la definición de Smith, o la cháchara metafísica de Schopenhauer.

Wispé se cuida de proveer una solución definitiva, y su respuesta apunta más bien a “la crucial distinción psicológica entre «ver» y «sentir» [«seeing» and «feeling»]” (Wispé, p. 59), siendo necesaria la experiencia de “sentir” para la simpatía (no basta con saber lo que el otro pueda estar sintiendo). Siguiendo al reconocido filósofo contemporáneo Thomas Nagel: “Es necesario para el simpatizante sentir lo que el sufridor [sufferer] está sintiendo” (Wispé, p. 59).

Si bien la autora hará uso de terminología fenomenológica para tratar de diluir la diferencia entre ver y sentir (Wispé, pp. 61-4), me parece más satisfactoria la aceptación que hace justamente antes, donde sostiene que no se ha investigado lo suficiente sobre la diferencia como para resolver la paradoja (Wispé, p. 60), y deja abierta la puerta, señalando que para “explicar la simpatía tenemos que descubrir cómo combinar la subjetividad de la persona que experimenta con el punto de vista objetivo que incluye también a dicha persona” (Wispé, p. 61).

Quiero pasar ya a la segunda parte de la definición, que me parece la más problemática, y por lo tanto, de mayor interés, pero para hacerlo me referiré primero a lo que los cinco autores que menciona Wispé en los dos primeros capítulos (Charles Darwin, William McDougall, y los tres héroes de la simpatía ya mencionados) aportan a la segunda parte de la definición.

Pero antes, quisiera recordar el objetivo propuesto por la autora: “Nuestro problema […] es explicar la naturaleza del lazo [bond] psicológico al que llamamos simpatía, que supone sentimientos de dolor y otra clase de afectos negativos” (Wispé p. 61).

David Hume, en torno al problema de “cómo y por qué hacemos algo por aquellos que simpatizamos”, introduce la simpatía extendida, que “presupone el supuesto no demostrado de la benevolencia”, lo que lo lleva a “socializar considerablemente su concepción de simpatía”, para dejar de ser un mero “medio para la transmisión de las emociones” (Wispé, p. 9).

Para Adam Smith, la simpatía “deja de ser una conciencia [awareness] primitiva del sufrimiento de otra persona” (Wispé, p. 15) y pasa a ser más bien:

[…] una capacidad compleja de verse afectado, para bien o para mal, por las emociones de otros, a veces de forma instantánea y otras veces de forma más deliberada, pero nunca con la implacable urgencia de una experiencia emocional directa, y nunca sin la conciencia [awareness] del contexto situacional en el que las emociones estén siendo expresadas. (Wispé, p. 15)

Además de ser necesariamente altruista para que pueda ser considerada tal.

Arthur Schopenhauer introduce la idea de identificación, que “se vuelve posible por el «conocimiento» de otras personas”, aunque no queda claro “exactamente qué tipo de conocimiento facilita la identificación” (Wispé, p. 25).

Charles Darwin, por su lado, se concentra en explicar el desarrollo de la moralidad de acuerdo a su teoría de la evolución, pero deja espacio para los “principios éticos supremos”, y “no estaba seguro de que todos los instintos sociales se adquieren por selección natural y sugirió que la simpatía, la razón, la experiencia y la imitación puedan ser también factores en la adquisición de la sociabilidad” (Wispé, p. 36). Además de señalar que el juicio y la razón juegan un papel en su concepción de instinto (Wispé, p. 35), no deja de señalar que el ser humano es “una clase especial de animal”, y que “los rudimentos de la moralidad pueden encontrarse en otros animales, pero el comportamiento moral humano es un producto de la conciencia [conscience] y por lo tanto de un orden mayor” (Wispé, p. 43).

William McDougall, para explicar la simpatía, se ve obligado a recurrir al sentimiento de autoestima [self-regarding sentiment], que “refiere a la imagen que cada quien tiene en su cabeza como resultado de todas las influencias de la vida” (Wispé, p. 51). Este sentimiento es el resultado de la interacción entre el yo y el resto de la sociedad, y se considera como estando a la base de la moralidad (Wispé, p. 52). Este “modelo de persona como selectiva, integrada, e intencional [purposive]” (Wispé, p. 55) finalmente necesita, “en el más alto estadio de la conducta moral” (Wispé, p.53), de un ideal regulador.

Si bien los cinco autores están de acuerdo en que la simpatía es una capacidad innata (Wispé, pp. 27, 33, 54, 83), lo que he tratado de mostrar es que todos se cuidan de reducirla a un mero instinto, y hacen énfasis en su pertenencia a un orden mayor o más elevado, en especial cuando consideran su aspecto social.

Por supuesto que la autora también es consciente de esto, y tras afirmar que “simpatizamos con seres sensibles [sentient beings] a los que les atribuimos la capacidad de sentir dolor y la capacidad de saber que lo están sintiendo” (Wispé, p. 71), el problema de hacia quiénes la dirigimos resulta mucho más difícil, y señala dos posibilidades radicalmente distintas (Wispé, pp. 71-6).

La primera sería una concepción de simpatía universal, altruista y filosófica, pero imposible de corroborar empíricamente, mientras que la otra posibilidad sería la de una simpatía restringida, dirigida no hacia todos, sino hacia “aquellos con los que tenemos un lazo de unión positivo [positive unit bond]” (Wispé, p. 75).

Así también, a estas alturas se torna inevitable distinguir la empatía de la simpatía: en la primera “uno actúa «como si» uno fuera la otra persona (Rogers, 1957, p. 3)”, mientras que en la segunda “uno es la otra persona”; de la misma forma, “el objeto de la empatía es el entendimiento”, y el de la “simpatía el bienestar de la otra persona” (Wispé, p.80).

Como hemos visto desde el principio, Wispé introduce, en la segunda parte de su definición de simpatía, un componente volitivo[3], que ‒me parece, y lo dejo como posible tema de discusión‒ moraliza el concepto y le pone al menos un pie fuera del área de la psicología empírica, directo al ámbito filosófico moral y normativo.

Wispé parece hasta cierto punto cómoda con esto, pues se muestra propensa a incluir el requerimiento de altruismo (y de razones objetivas para hacerlo), tomado de Nagel, en su concepción de simpatía (Wispé, pp. 72-3, 80-1, 97).

En la medida que entramos en un nivel normativo, no afectan en lo absoluto estudios empíricos como el de Cialdini (Wispé, pp. 97-101), que demuestran que “al menos a veces, el comportamiento que parece altruista es de hecho egoísta” (Wispé, p. 100).

El “problema” con la definición es que parecería que termina siendo de poca utilidad para la psicología, pues no se limita a fenómenos observables. Pero por otro lado, puede resultar provechoso para cualquier filosofía moral que no se contente con quedarse en sí misma, pues la simpatía es uno de los sentimientos morales por antonomasia.

Resulta curioso que la definición de Wispé coincida a grosso modo con la que Immanuel Kant nos brinda en La Metafísica de las Costumbres, donde presenta la simpatía como uno de tres sentimientos morales (al lado de la gratitud y de la beneficencia):

[La simpatía] puede situarse en la facultad y voluntad de comunicarse entre sí los sentimientos (humanitas practica), o simplemente en la receptividad para el sentimiento común de alegría o dolor (humanitas aesthetica), que da la naturaleza misma. Lo primero es libre y consiste, por tanto, en compartir (communio sentiendi liberalis) y se fundamenta en la razón práctica; lo segundo no es libre (communio sentiendi illiberalis, servilis) y puede llamarse contagio (como el del calor o las enfermedades contagiosas) o también afección compasiva (Mitleidenschaft): porque se propaga de un modo natural entre hombres que viven juntos. Sólo el primero es obligatorio.

Al igual que la de Wispé, la definición dada por Kant posee un componente afectivo-cognitivo, también una capacidad innata y social; y otro propiamente volitivo-racional, que puede modificarse por el hábito y es un deber cultivar y perfeccionar. Al margen de la terminología kantiana claramente desactualizada, me parece que acepta más claramente la limitación de una investigación empírica sobre el segundo componente, y plantea la necesidad de comprometerse con una concepción de racionalidad con raíces evolutivas, social y culturalmente desarrollada, pero que además aclare su rol intrínsecamente normativo, y en ese sentido me hubiera gustado que Wispé desarrolle un poco más el pensamiento de Nagel, que parece iba por ese lado.

Dejo, en realidad, las últimas líneas como un posible plan de trabajo de monografía para el final de ciclo, de paso que me eximo de dar cuentas de tan ambicioso proyecto.


[1] Espero revisarla con más detalle y añadir el fruto de la discusión que le siguió en los próximos días (y cuando lo haga, borraré este pie de nota).

[2] Y en este sentido la exposición tiene la desventaja de no abordar la definición en el contexto de todo el libro, pues me quedé sin revisar los últimos cuatro capítulos.

[3] Las improvisadas traducciones son hechas por mí.

Bibliografía

KANT, Immanuel, La Metafísica de las Costumbres (Madrid: Editorial Tecnos, 1989).

WISPÉ, Lauren, The Psychology of Sympathy (New York: Plenum Press, 1991).

The New Oxford American Dictionary: Second Edition (Oxford University Press, 2005; eBook 2008).

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