¿Cómo puede la razón pura ser práctica?

Hace algunos días me pregunté, en torno a mi preliminar y meramente posible tema de tesis, ¿cómo puede la ley moral, forma de una causalidad intelectual, afectar nuestra sensibilidad a tal punto de humillarla (cuando sea que se le resista)?

De forma paralela, leyendo la excelente guía para leer la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, de Paul Guyer, me introduje por primera vez en la difícil problemática que plantea la tercera sección de dicha obra.

Resulta, pues, que durante toda la segunda sección, Kant no intenta en ningún momento demostrar como la ley moral—o el imperativo categórico—efectivamente nos obliga. Toda su argumentación reposa en la impetuosa afirmación que la humanidad—o la naturaleza racional, para ser más precisos—es un fin en sí mismo. Si nos negamos a aceptar dicho valor, entonces, parecería, nada nos obliga moralmente a actuar moralmente.

Gorra para pensar.

En otras palabras, se podría decir, nos encontramos más allá del bien y del mal.

Sin embargo, Kant se guarda para la tercera sección la demostración de que somos efectivamente seres racionales y que, por tanto, estamos sujetos ineludiblemente a la ley moral. Para esto, claro, recurre a su teoría sui generis del idealismo trascendental, metafísica como ninguna otra.

Arruinándoles el final, la argumentación de la tercera sección fracasa en muchos niveles, considerada desde un punto de vista teórico[1]. Sin embargo, desde un punto de vista práctico, autores de la talla de Allen W. Wood han sostenido el relativo éxito de dicha argumentación, fruto que Kant mantiene para el resto de su obra[2].

Pero lo que es indudable es la perfecta claridad con la que Kant reflexiona sobre sus altísimas pretensiones en la últimas páginas de la misma Fundamentación—a la vez que responde con más de 200 años de anticipación a mis novatas interrogantes—cuando nos dice que:

Pero la razón humana es totalmente impotente para explicar cómo ella, sin otros resortes, vengan de donde vinieren, pueda ser por sí misma práctica, esto es, cómo el mero principio de la universal validez de todas sus máximas como leyes(que sería desde luego la forma de una razón pura práctica), sin materia alguna (objeto) de la voluntad, a la cual pudiera de antemano tomarse algún interés, pueda dar por sí mismo un resorte y producir un interés que se llamaría moral, o, dicho de otro modo: cómo la razón pura pueda ser práctica. Todo esfuerzo y trabajo que se emplee en buscar explicación de esto será perdido[3].

¿Qué clase de teoría ética es esta que demuestra sin demostrar? O siglo y medio antes que Ludwig Wittgenstein sube la escalera para luego tirarla.

Lo que me parece hay acá es la razón ilustrada por antonomasia, que se hace consciente de las limitaciones de su propia capacidad, pero a la vez asume la responsabilidad de dirigir el destino del animal que se llama a sí mismo homo sapiens. Para un proyecto con el mismo espíritu ilustrado, véase este artículo sobre la crítica ilustrada de Husserl a la ciencia moderna.

Finalmente, revisen este post ampliamente relacionado sobre el tema del cual saqué la imagen.


[1] Ver el capítulo 6 de: Paul Guyer, Kant’s Groundwork for the Metaphysics of Morals: A Reader’s Guide (New York: Continuum, 2007).

[2] Ver el capítulo 7 de: Allen W. Wood, Kantian Ethics (New York: Cambridge University Press, 2008).

[3] Tomé atención de la cita gracias al ya mencionado libro de Paul Guyer. La traducción al español es de Manuel García Morente, y el texto en línea lo pueden encontrar acá. La referencia universal es (4:461-3).

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