El conflicto de las facultades

Mucho se ha dicho sobre el conflicto entre la Pontificia Universidad Católica del Perú y el—oscuro—Arzobispado, y no pretendo añadir nada más sobre el tema. En todo caso, hago referencia al muy profesional blog del cual he estado sacando más información: Política y Mundo Ordinario, de Gonzalo Gamio.

El motivo de este artículo será rememorar el conflicto con las autoridades religiosas que Immanuel Kant—filósofo ilustrado por excelencia—sostuvo durante la década de 1790, tal y como lo he encontrado en mi última adquisición: Kant[1], de Allen W. Wood (que a su vez debe haber extraído de otras biografías[2]). Empecemos.

A pesar del éxito que finalmente logró su filosofía crítica en la vida intelectual alemana, Kant dedicó sus esfuerzos a temas de interés general, como la religión, la filosofía política y a la conclusión de su sistema ético.

El recurrente conflicto entre la filosofía o ciencia contra la religión.

Recordemos, no obstante, que algunos años antes, en 1786, había muerto el monarca de Prusia, Federico II, al que Kant refiere en ¿Qué es la Ilustración? como paradigma de un gobernante tolerante, y que lo había acompañado a lo largo de toda su carrera académica. La actitud de su sucesor puede ser mejor ilustrada si mencionamos que uno de sus primeros actos fue remover a Baron von Zedlitz (¡a quien Kant le había dedicado la Crítica de la razón pura!) como Ministro de Educación, y poner en vez a un tal J. C. Wöllner, que equivale más o menos a poner a Rafael Rey como Ministro de Educación en un gobierno despótico (ouch).

De ahí que la revolucionaria filosofía de Kant les haya resultado cuanto menos molestosa, si no completamente subversiva, por lo que se estableció una junta de censura, por la cual todos los escritos de religión debían pasar, limitando al pastor o teólogo promedio, que incluso hace más de 200 siglos ya consideraba el pensar dogmático sobre la Biblia como supersticioso y caduco.

Si bien el objetivo de las autoridades era claramente impedir que Kant se pronuncie nuevamente sobre temas de religión, su popularidad y respeto como intelectual le daba cierto respaldo, que no sería fácil de atropellar. Siguió firme, por lo tanto, en su labor de publicar su ya planeado libro sobre religión, en el que intentaría demostrar cómo los principales conceptos y principios del cristianismo eran compatibles con la visión racional-moral de su filosofía crítica.

Mas era propio de su personalidad y principios morales evitar cualquier conflicto con las autoridades, de tal forma que se propuso que, si se le ordenase de forma directa que dejara de escribir sobre religión, lo haría, pero por supuesto no iba a adelantarse a la hipotética orden, por lo que en 1792 mandó a la junta de censura la primera parte de La religión dentro de los límites de la mera razón, titulada “Sobre el mal radical en la naturaleza humana”.

Como era de esperarse, dicho trabajo fue censurado, pero Kant hizo uso de todos los recursos legales posibles (sin desobedecer nunca a las autoridades), y mandó su obra completa a una junta distinta, con el mismo estatus ante la ley, que sí permitió finalmente su publicación. Esto, por supuesto, no le gustó nada a los censores y el rey expresó finalmente su disgusto con Kant, y le fue prohibido seguir escribiendo sobre religión, mandato que el filósofo alemán acató.

Esto no le impidió que en los años siguientes escribiera Hacia la paz perpetua y La metafísica de las costumbres.

El final de la historia es, sin embargo, feliz, y se da con la temprana muerte del monarca de turno en 1797 (debido a sus malos hábitos), que vio a Kant elegir:

[…] interpretar su promesa anterior de abstenerse a escribir sobre religión como un compromiso personal hacia ese monarca individual, y consideró la muerte de este último como liberándolo de dicha obligación. Los censores reales, que fueron siempre considerados dentro de la jerarquía de la iglesia luterana como fanáticos incultos, probablemente nunca tuvieron el poder de ejercer su prohibición contra Kant en primer lugar, y ciertamente no lo poseían después de la muerte del rey. En El conflicto de las facultades (1798) Kant tuvo su última palabra sobre temas de religión, enmarcando su discusión en términos de dar cuenta de la libertad académica dentro del estado que justificaba su forma de actuar al publicar la Religión varios años antes (el acto que había provocado la reprobación del rey)[3].

A ver si Dios se nos lleva pronto a Cipriani.


[1] Allen W. Wood, Kant (Oxford: Blackwell Publishing, 2008). He resumido básicamente la sección que va de  la página 16 a la 22, y la cita pertenece a esa última página.

[2] Tengo muy en mente la de Manfred Kuehn.

[3] La cita continúa así:

En cuanto al perseguidor de Kant, Wöllner, que había ascendido a la nobleza desde un fondo bastante pobre gracias a la fuerza de su devoción a la causa religiosa conservadora, ya había sido tratado con una visible ingratitud por el inconstante monarca cuyos prejuicios religiosos él había dado lo mejor de sí para servir. Pronto después de la muerte de Federico Guillermo II, perdió cualquier influencia que tuviera sobre las políticas educativas y eclesiásticas prusianas, y eventualmente murió en la miseria.

No pude evitar dejar de compartirla también.

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