La crítica ilustrada de Husserl a la ciencia moderna

El texto que sigue[1] sirvió como material de estudio para la primera parte de mi examen de Licenciatura. Es un material en bruto, y extraído las partes más rigurosas dando lugar a las más generales, pero igual me parece de interés colgarlo.

La crisis

Meras ciencias de hechos hacen meros seres humanos de hechos.

Edmund Husserl.

En la primera parte de La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, Edmund Husserl hace un diagnóstico estremecedor, no por eso menos preciso, de la situación actual de las ciencias y de la humanidad europea misma. Una “ciencia de los cuerpos no tiene nada que decir; ella se abstrae de todo lo subjetivo”.

Las preguntas “metafísicas”, o propiamente filosóficas, han sido dejadas de lado, con la excusa de que sobrepasan el ámbito de las meras cosas. “El positivismo decapita la filosofía”, sin darse cuenta que está incapacitando a las ciencias de cualquier posibilidad de dirección.

Edmund Husserl, filósofo ilustrado.

Durante el siglo XVIII, las ciencias de hechos se consideraban ramificaciones de la filosofía, y estaban enmarcadas en un plan de reforma mucho más amplio, con miras tanto sociales como políticas, y con un fuerte énfasis educativo. Este movimiento, que no necesita introducción, se encontraba desprestigiado ya en los días de Husserl (como probablemente también desde sus inicios, y con total certeza en nuestros días), que consideraba el contraste con la situación actual nada menos que doloroso.

El desmoronamiento de la creencia en la “razón” implica también el de la capacidad del ser humano de conferir sentido racional a su existencia humana individual y general. Nuestra existencia conjunta se puede considerar como propiamente racional sólo cuando conducimos conscientemente nuestro propio devenir. No puede haber nada más irracional que los grandes científicos trabajando durante la Segunda Guerra Mundial para construir un arma que pondría nuestra propia existencia al borde de la total aniquilación.

Sólo la filosofía es capaz de otorgarle sentido a la humanidad, de dirigir su ser a un telos, y esto obviamente no de forma paternalista, sino en la medida que las ciencias (lo que incluye también a las entonces llamadas ciencias del espíritu) se unan de forma consciente y voluntaria al proyecto.

El diagnóstico está hecho. No obstante, Husserl se encontró con la necesidad de justificar epistemológicamente la primacía de la filosofía sobre las ciencias, lo que implicaba desentrañar el verdadero carácter de su objetividad (o buscar lo subjetivo de su objetividad).

A continuación, será necesaria la exposición y distinción entre dos tipos de saber en torno a la ciencia, el científico y el propiamente filosófico.

Saber científico y saber filosófico

Desde el pensamiento de Kant, consideramos a la filosofía como encabezando el cuerpo de las ciencias empíricas; mas la filosofía, en su sentido más elevado, es siempre una idea que nunca se realiza en concreto, sino que sirve como guía, regula la actividad humana. Las proposiciones que contiene no tienen un carácter objetivo, y son indeterminadas. Sin embargo, esta filosofía puede y debe ser considerada como una ciencia rigurosa; su carácter relativo no es más que la aceptación de las limitaciones de la razón, que nunca se realiza completamente en un momento dado, sino que se desarrolla históricamente. Es este aspecto histórico algo poco apreciado en el pensamiento de Kant: si la filosofía nunca se puede realizar de forma perfecta, será la tarea de muchas generaciones (o de la especie) realizarla de la mejor forma posible, y de esta forma se escapa de las garras de un dogmatismo paralizante.

Con el auge del positivismo a partir del siglo XIX, no obstante, se consolida la matematización del mundo (iniciada por Galileo), originalmente poseyendo un carácter específicamente metodológico, pero luego adquiriendo estatus ontológico. Los cuerpos físicos, lejos de quedar relegados a las meras apariencias, pasarán a poseer cualidades “primarias”, objetivas y racionales. Quedan fuera los intereses y valores propiamente humanos, que sin embargo Husserl tratará de recuperar, señalando que las verdades científicas y objetivas presuponen una actividad humana, dadora de sentido, y que considera trascendental.

Es en esta actividad o momento que Husserl centrará sus esfuerzos, examinando de esta forma en qué se fundamenta o sostiene la evidencia, que reposará en “la intuición originariamente dadora” y constituirá el “principio de todos los principios”. Para llevar a cabo esta empresa, que corresponde realmente al “comienzo absoluto“, se necesita una actitud fundamentalmente distinta de las de las ciencias empíricas.

Husserl es muy cuidadoso en señalar que no pretende socavar el actual proceder de las ciencias positivas, y sostiene que el investigador de la naturaleza, cuando piensa y fundamente en la actitud científico-natural, se está rigiendo ya por intelecciones de esencia, que no se fundan en observaciones sobre los hechos. Sólo un falso y superficial reflexionar “filosófico” lo lleva a desconfiar de la viabilidad de la descripción del ámbito del cual la disciplina fenomenológica pretende encargarse.

Esta desconfianza resulta en una manifiesta contradicción entre el discurso del investigador de la naturaleza, que se muestra escéptico ante todo lo matemático y eidético; pero que sin embargo procede metodológicamente de acuerdo a este ámbito eidético de forma dogmática, sin cuestionarla ni preguntarse por sus fundamentos.

Sin embargo, al menospreciarse este ámbito eidético, la objetividad ha quedado relegada a los hechos, cuando en realidad pueden ser perfectamente también axiológicas y prácticas. Reconocer esto daría una cara mucho más humana a las ciencias de la naturaleza.

De esta forma, el investigador de la naturaleza se libra del escepticismo únicamente en el ámbito de la experiencia, más no en la esfera de la esencia, al renunciar preguntarse por su significación. Esto no tiene consecuencias a corto plazo; es más, Husserl mismo cree que de alguna forma el investigador de la naturaleza debe blindarse del debate, y seguir trabajando de forma segura. Eventualmente, sin duda, o de forma paralela, el investigador de esencias, o el fenomenólogo, debe realizar la labor epistemológica.

Lo que hay es una visión de la racionalidad propiamente ilustrada, no en su desprestigiada, limitada y manifiestamente falsa forma instrumental, sino elevándose al plano moral.


[1] Para redactar el texto me referí a las siguientes obras de Husserl: La filosofía como ciencia estricta, La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental, y algunos parágrafos de Ideas 1 (no me hagan escribir el nombre completo). Usé también el excelente artículo de Rosemary Rizo-Patrón, “El exilio del sujeto en la filosofía de la ciencia”.

El texto cuenta con algunos parafraseos y citas inexactas, por lo que debe ser tomado con cautela.

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