Razón práctica

Una de las principales barreras que existe para entender la ética kantiana—me parece—es entender la razón práctica en un sentido limitado o excesivamente formal y académico. El objetivo de este post es únicamente diferenciar de forma concisa entre los tres tipos—o usos—de la razón práctica, de tal forma que para futuros artículos pueda hacer referencia a este post (cosa que podría haberme ya servido para algunos artículos anteriores).

Primero definamos la razón práctica como la facultad o capacidad que se encarga de poner fines, y luego buscar los medios para realizarlos. Esta definición, bastante vaga y general, corresponde a su uso más básico: el uso técnico o instrumental. Si nos quedamos en este uso, aludiendo a un ejemplo de David Hume—que saqué a su vez Kantian Ethics, de Allen W. Wood—, no hay motivos racionales para preferir dañarnos un dedo a la destrucción del mundo, pues todo depende del fin que nos propongamos.

Sin embargo, hay motivos racionales para preferir dañarnos un dedo por sobre la destrucción del mundo desde el segundo uso de la razón práctica, que es el pragmático o prudencial, pues Kant presupone en todos las personas el fin de su propia felicidad (muy de acuerdo a Aristóteles). Oponer, pues, la razón práctica a la búsqueda de la propia felicidad es, por lo tanto, un absurdo.

Mantengámonos ahora en una variable del ejemplo de Hume. Ya dijimos que es perfectamente racional—desde el punto de vista prudencial—preferir dañarnos un dedo a la destrucción del mundo, pues, sin un dedo podemos ciertamente todavía lograr nuestra felicidad, cosa que no es posible sin la existencia de nuestro planeta. ¿Pero qué motivos prudenciales tenemos para elegir dañarnos un dedo a la destrucción de un país lejano, si es que, asumimos, esto no tendrá repercusiones para nuestras vidas?

La respuesta sólo se puede dar desde el plano de un nuevo uso de la razón práctica, y por lo tanto, del más elevado y estrictamente racional: el uso moral, que subyuga el fin de nuestra propia felicidad al de la moralidad, que nos exige ponernos como fin en sí mismo la humanidad en todas las personas; es decir, la misma capacidad que tienen los otros de buscar su propia felicidad.

Así, fines (y medios) genocidas podrán ser perfectamente racionales en un sentido instrumental, pero son comportamientos claramente irracionales desde la perspectiva, no solamente moral, sino en muchos casos también prudencial.

Escuchar a los demás, tomar en cuenta los fines de otros, son requisitos indispensables para actuar de forma verdaderamente racional.

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