Haciendo inteligible la autonomía kantiana (apelando al reino de los fines)

En este cuarto y último artículo de la serie sobre el imperativo categórico trataremos su tercera—y más importante—formulación, en sus dos variantes:

Formula de la autonomía: “…la idea de la voluntad de todo ser racional como una voluntad universalmente legisladora”.

Formula del reino de los fines: “Actúa de acuerdo a las máximas de un miembro universalmente legislador para un meramente posible reino de los fines”.

Hemos dicho que esta tercera formulación, junto con su variante intuitiva, es la más importante, y tal afirmación no debe quedar infundada. Pero antes, recapitulemos lo visto en artículos anteriores.

En el primer artículo de esta serie tratamos de explicar el papel de un principio supremo de la moral, y cómo este no debe ser visto como un procedimiento estricto y aplicable directamente en cada circunstancia de nuestras vidas, como algunos piensan es el papel de la primera formulación, y que como vimos en el segundo artículo, tiene una presencia bastante limitada en la ética kantiana. También en el segundo artículo dijimos, haciendo referencia a la crítica de Habermas, que responderíamos positivamente a ésta—que tilda al imperativo categórico como puramente interno y monológico—en esta cuarta y última entrega de la serie. No nos olvidemos, tampoco, del tercer artículo, en el que mostramos el valor fundamental de la ética kantiana, esto es, la naturaleza racional también llamada humanidad, y de qué trata exactamente.

Si bien ya sabemos que la forma de la ley moral está expresada en la primera formulación del imperativo categórico, y la materia en la segunda, esta tercera formulación cumple el rol de combinar ambas, explicitando las consecuencias de la unión. Y es que si juntamos la universalidad de las máximas con la humanidad como fin en sí misma, presente en todos los seres racionales, tenemos que la voluntad de estos seres puede ser vista como legislando universalmente.

Sin embargo, es sobre este punto que muchas veces se suele ver la ética kantiana como algo que no es, y confieso haber sido víctima de ese preciso error. Me refiero a considerar la autonomía en cada persona como decisiva, esto es, que la ley moral no tiene valor a menos que nosotros se lo demos. No obstante, una lectura más sobria de Kant, como la que lleva a cabo Allen W. Wood en su libro Kantian Ethics (publicado el año pasado) hace notar que, para el filósofo alemán, la ley moral se encuentra en la naturaleza de las cosas, esto es, en la facultad racional misma, y que sólo se nos puede considerar como verdaderamente autónomos en tanto la obedecemos.

De esta forma, la ley moral no depende de la caprichosa voluntad de los individuos, y es por lo tanto posible pensar “una combinación sistemática de varios seres racionales mediante leyes comunes”, o “una totalidad de fines en conexión sistemática”, que es como Kant define el meramente posible reino de los fines.

Esto comienza a tomar mayor forma si nos acordamos del uso prudencial de la razón, que vimos en el artículo anterior. Dijimos que los seres racionales tienen la predisposición de armonizar en un todo coherente sus fines individuales, y agruparlos bajo el nombre de felicidad. No escapa de ser una obviedad que muchas veces los fines de distintos individuos no sólo chocan, sino también se oponen. Una ética como la kantiana, al colocar su valor fundamental en la posibilidad de esta búsqueda—bajo el nombre de humanidad—, pone como condición necesaria de la moralidad el respeto a dicha búsqueda por parte de todos los individuos, y de esta forma, implica la idea de una relación armoniosa entre aquellos; esto es, una comunidad. Pero, aclaremos, esto no se da en el sentido que podría pensarse en la filosofía de, por ejemplo, Platón, en donde es el filósofo quién se encarga de administrar las “partes” en total armonía; sino en el sentido de armonizar los fines individuales que establece cada sujeto, y puesto que nadie puede obligar a otro a ponerse determinados fines—sólo a realizar ciertas acciones—, esto tiene que hacerse mediante el uso público de la razón.

Es esta formulación la que nos abre las puertas también a pensar de forma más rica la significación de la ley moral, especialmente en el ámbito social, político y económico. Un buen ejemplo es el que nos da Allen W. Wood, cuando compara alguna de las consecuencias del reino de los fines con el pensamiento de Karl Marx:

La fórmula del reino de los fines nos obliga a evitar toda constante de poner fines que involucre relaciones fundamentalmente competitivas entre nosotros y otros seres racionales. Nos prohíbe relacionarnos con otros de cualquier forma que involucre la frustración de los fines más profundos de cualquier persona. El conflicto y la competencia entre fines humanos es compatible con la fórmula del reino de los fines solamente si está en servicio de una más profunda unidad sistemática entre todos los fines humanos — un sistema, combinación, o comunidad en la que ningún miembro del reino de los fines quede afuera. (Una posterior formulación de la misma idea fue: “Una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno es la condición para el libre desarrollo de todos”[1]).

El reino de los fines, entonces, no es más que la idea que nos ayuda a visualizar la ética que está planteando Kant—llevándola hasta sus últimas consecuencias—mostrándonos que no tiene sentido entenderla desde el punto de vista de cada sujeto aislado, sino que más bien hace un fundamental énfasis en el aspecto comunicativo, pues ningún ser racional puede decidir por otro qué es bueno para él, y quitarle de esta forma el derecho de pensar por sí mismo, el mayor delito que concibe la Ilustración.

Se puede pensar que tal vez se está estirando mucho lo que dice Kant con esta lectura que ve su ética como fundamentalmente comunicativa (tratando de atrasar a Habermas, quizás). Sin embargo, si ven la cita de la Crítica de la razón pura en la esquina superior derecha de este blog, se podría empezar a pensar que finalmente se le está haciendo justicia al pensamiento del filósofo de Königsberg.

Además, como dije desde las primeras líneas del primer artículo de la serie, mi intención respecto a estos ha sido sentar la base para la comprensión de problemas más complejos de la filosofía moral de Immanuel Kant, y en primer lugar, se me viene a la mente el del mal radical, que va de la mano con la idea de una comunidad ética, cosa que no hará más que corroborar lo dicho acá, mostrando cada vez un mayor panorama de la ética kantiana.


[1] La cita es del capítulo 4 de Kantian Ethics (New York: Cambridge University Press, 2008). La traducción es mía, y la cita a la que hace referencia, a su vez, es del Manifiesto del Partido Comunista.

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