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La psicología de la negación del cambio climático
No suelo hacer esto, pero me pareció imperativo enlazar a este artículo en inglés sobre la psicología de la negación del cambio climático, y sus causas.

Lo que más me ha llamado la atención es que en buena parte se explica la negación del problema si tenemos en cuenta que la humanidad, habiendo estado desde hace décadas al borde de su total aniquilación por las armas nucleares, ha perdido el sentido de permanencia que la ha caracterizado a lo largo de la Historia, y que era la causa de la edificación de grandes monumentos, por ejemplo.
Bertrand Russell sobre la astronomía del joven Immanuel Kant
Estoy revisando un libro de Bertrand Russell titulado Religión y Ciencia, en el que le dedica un capítulo a la evolución del pensamiento científico.
Por otro lado, ya había leído en Wikipedia sobre las tempranas incursiones de Immanuel Kant en la astronomía, pero me parece que Russell aborda esta faceta con más detalle, y su difusión completa puede resultar provechosa.
Veamos la extensa cita—que corresponde a casi dos páginas completas de la obra—al respecto:
El primer intento serio de construir una teoría científica del desarrollo del sol, los planetas y las estrellas fue hecho por Kant en 1755 en un libro llamado Historia natural general y teoría del cielo, o investigación de la constitución y origen mecánico de toda la estructura del universo, tratada de acuerdo con los principios newtonianos. Es una obra notable que, en ciertos respectos, se anticipa a los resultados de la astronomía moderna. Empieza estableciendo que las estrellas visibles a simple vista pertenecen a un sistema, el de la Vía Láctea o Galaxia. Todas estas estrellas están casi en un plano y Kant sugiere que tienen una unidad no diferente de la del sistema solar. Con notable visión imaginativa considera las nebulosas como otros grupos similares de estrellas, pero inmensamente remotos, opinión que ahora generalmente se sostiene. Sienta la teoría —insostenible en parte matemáticamente, pero muy en línea de posteriores investigaciones— de que las nebulosas, las galaxias, las estrellas, planetas y satélites son resultado de la condensación de una materia originalmente difusa en torno a regiones en que tenía mayor densidad que en otras partes. Cree que el universo material es infinito, lo que, dice, es la única concepción digna de la infinitud del Creador. Piensa que hay una transición gradual del caos a la organización, empezando en el centro de gravedad del universo, y extendiéndose lentamente hacia fuera, desde este punto hasta las regiones más remotas, un proceso que implica un espacio infinito y que requiere un tiempo infinito.
Lo que hace notable esta obra es, por una parte, la concepción del universo material como un todo, en que las galaxias y las nebulosas son unidades constitutivas, y por otra, la noción del desarrollo gradual a partir de una casi indiferenciada distribución primitiva de la materia por todo el espacio. Constituye el primer intento serio de sustituir la creación repentina por la evolución, y es interesante observar que esta nueva concepción apareció primero en una teoría acerca del cielo, no en relación con la vida de la tierra.
Sin embargo, por varias razones la obra de Kant atrajo poca atención. Joven aún (31 años de edad), en la época de su publicación no gozaba todavía de gran reputación. Era un filósofo, no un matemático o físico profesional, y su falta de competencia en la dinámica aparecía en la suposición de que un sistema autosuficiente pudiera adquirir una rotación que no poseía originalmente. Además, partes de su teoría eran puramente fantásticas. por ejemplo, pensaba que los habitantes de los planetas podrían vivir mejor mientras más lejos estuvieran del sol, una opinión recomendable por su modestia respecto a la especie humana, pero que no es apoyada por ninguna consideración científica. Por estas razones, la obra de Kant pasó casi inadvertida hasta que una teoría similar pero de mayor competencia profesional fue desarrollada por Laplace[1].
Y así fue.
[1] Bertrand Russell, Religión y Ciencia (México D. F.: Fondo de Cultura Económica, 1973). La cita corresponde a las páginas 41 y 42.
¿Los filósofos gobernantes?
A modo de continuación de este post anterior—en donde la famosa tesis platónica de los filósofos gobernantes fue citada—quería contraponer la tesis kantiana, que difiere de forma drástica. Veamos:
No hay que esperar que los reyes filosofen ni que los filósofos sean reyes, como tampoco hay que desearlo porque la posesión del poder daña inevitablemente el libre juicio de la razón. Pero es imprescindible para ambos que los reyes, o los pueblos soberanos (que se gobiernan a sí mismos por leyes de igualdad), no dejen desaparecer o acallar a la clase de filósofos sino que los dejen hablar públicamente para aclaración de sus asuntos, pues la clase de filósofos, incapaz de banderías y alianzas de club por su propia naturaleza, no es sospechosa de difundir una propaganda[1].
Es interesante la afirmación que sostiene que el “poder daña inevitablemente el libre juicio de la razón”, y que me parece se ve confirmada de sobra en la práctica. Así, me parece, Kant refuta toda forma de mesianismo, y propone un plan verdaderamente ilustrado, en el sentido que el cese de los males para los Estados y el género humano depende de un trabajo de muchos, y no de unos pocos.
Sin embargo, no querría caer en anacronismos, comparando de forma tan directa ambas propuestas, separadas por el tiempo de 2000 años. Quizás en el contexto geopolítico de la época en que vivió Platón su propuesta era la más apropiada, mientras que la kantiana se ajusta mejor a nuestros tiempos (sin mencionar el hecho concreto de la cantidad de personas que existían entonces y las que existen ahora, con todas sus implicanciones).
[1]Immanuel Kant, Sobre la paz perpetua (Madrid: Alianza Editorial, 2004). La cita corresponde a la página 79.
La utopía de John Lennon
Entenderé por utopía—de forma bastante general— la descripción de un estado de cosas (ya sea humano o de alguna otra hipotética raza de seres racionales) al que se postula debemos aspirar.
Ya en un artículo anterior, me referí a la utopía de Alan Moore, tal como sale en la serie de comics Marvelman, pero sin duda no pretendo que estos ejemplos sean la expresión definitiva y completa de cada autor, sino una entre tantas posibles.
Hoy le toca el turno a John Lennon, nada menos que mediante su extremadamente famosa canción “Imagine”, que expresa una utopía bastante menos detallada que la expresada por Moore, pero que sin embargo me pareció valía la pena ponerla. Ahí va.
Próxima entrega: la utopía de H.P. Lovecraft. Sí, leyeron bien.
Las posibilidades de la humanidad
Justo en el artículo anterior a este post, hice referencia a las posibilidades de la humanidad, en tanto comunidad efectivamente presente en nuestro planeta, y cómo podemos esperar un desarrollo sostenido sólo cuando hayamos superado una serie de problemas.
Hoy leí una noticia basada sobre declaraciones recientes del escritor Ray Bradbury, autor de la novela Fahrenheit 451, que propone que nuestro destino (en el sentido de algo a lo que debemos aspirar) es la expansión espacial:
Hace 40 años que el hombre llegó a la Luna, debimos quedarnos en la Luna para colonizar Marte. Marte es nuestro destino.
Un pensamiento similar lo compartía Isaac Asimov, como pueden ver en este post. Y es que, parece, la ciencia ficción tiene mucho que decir sobre el tema, en tanto es una suerte de historia adivinatoria de nuestro futuro, y sobre eso tendré más que decir justamente en… el futuro.
La noticia entera la pueden encontrar acá.
Sobre uno de los mayores presupuestos de la filosofía política de Kant
La mayor parte de la filosofía de Immanuel Kant gira en torno a las posibilidades de la humanidad, no como está presente en individuos aislados, sino entendida como una comunidad global, y de ahí el carácter cosmopolita inherente practicamente a toda su filosofía.
Claro que, de forma explícita, Kant aborda el tema más que nada en sus escritos de política y de historia, como son Idea para una Historia Universal desde una perspectiva cosmopolita (en adelante Idea), Una respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, Comienzo conjetural de la Historia Humana y Hacia la paz perpetua, entre otros.
De forma general, se podría decir que el principal objetivo que puede—y debe—alcanzar la humanidad es el de lograr las condiciones para su máximo desarrollo intelectual y material. No se especifica más, pues, porque sería pretender demasiado afirmar que sabemos con detalle el desarrollo máximo de nuestra especie (se me ocurre que por un motivo similar Karl Marx no describe con detalle la sociedad comunista a la que aspira). En todo caso, tal indeterminación está lejos de ser un problema, y dice más bien mucho de nuestras posibilidades.
Sin embargo, si bien el resultado de este desarrollo es incognoscible a priori, sí podemos vislumbrar las condiciones sostenidas para que éste sea posible. Kant afirma en la quinta proposición de Idea[1] que “el mayor problema de la especie humana [...] es la instauración de una sociedad civil que administre el derecho en general” que equivale a lograr “una constitución civil plenamente justa“. En la sexta proposición, añade que “este problema es, a su vez, el más difícil y el que la especie humana resolverá más tarde“.
Y es que su resolución, como nos dice en la séptima proposición, “depende del problema de una relación exterior legal entre los Estados, y no se puede resolver sin este último“, situación que luego desarrolla bajo la idea de la paz perpetua.
A todo esto, ya se estarán preguntando cuál es el presupuesto al que hago referencia en el título. Vayamos al final de la sexta proposición, donde Kant nos dice que, respecto de la constitución civil plenamente justa, sólo podremos aproximarnos, y:
Que esto será de lo último que se ponga en obra, se deduce asimismo de que los conceptos correctos de la naturaleza de una constitución posible requieren una gran experiencia, acostumbrada a la marcha del mundo, y, sobre todo, una buena voluntad preparada para aceptarla; pero tres piezas semejantes pueden muy difícilmente juntarse alguna vez o, cuando suceda, ya tarde, luego de muchos intentos en vano.
Lo que en tiempos de Kant puede haber parecido una actitud pesimista, ahora parece justamente lo opuesto, pues Kant presupone que la humanidad tendrá indefinidos intentos de lograr esta constitución, cuando ahora sabemos que la destrucción de nuestro planeta por nuestra propio obrar está más cerca de lo que alguna vez Kant pudo imaginar.
[1]Immanuel Kant, En defensa de la Ilustración (Barcelona: Alba Editorial, 1999).
Libertad y autonomía
Encontré una concisa reflexión sobre la relación entre la libertad y la autonomía en la filosofía de Kant, nada menos que en un libro de Allen W. Wood—héroe de este blog— sobre Hegel, que he podido consultar de forma virtual.
Pondré una imperfecta traducción, que pertenece al comienzo del capítulo 2.3 de la obra mencionada (que se llama Hegel’s Ethical Thought, por cierto):
La “libertad absoluta” hegeliana obviamente significa algo como la “autonomía” kantiana. Se refiere a una forma de actuar en la cual nuestra voluntad es determinada por sí sola, y no es en absoluto determinada por influencias ajenas. Para Kant, actuamos de forma autónoma sólo cuando nuestra voluntad es determinada únicamente por la razón pura o el respeto a la ley moral. Justo por esta razón, Kant no piensa que la libertad y la autonomía son exactamente lo mismo. Más bien, la libertad está relacionada a la autonomía como la potencia al acto. Kant define la “libertad” como “aquella propiedad de la causalidad [de la voluntad] por la cual puede ser efectiva independientemente de causas externas” (G 446/64, énfasis agregado), o de nuevo como “el poder (Vermögen) de la razón pura de ser por sí misma práctica” (TL 123-124/10). Para Kant, somos libres cuando tenemos la capacidad de ser autónomos, ya sea si ejerzamos nuestra libertad al actuar de forma autónoma o no. Así Kant preserva la idea de que la libertad consiste en posibilidades y capacidades por sobre una forma particular de ejercitarlas o actualizarlas.
Es interesante notar que la libertad del albedrío, entonces, no es buena por sí misma, sino que lo es únicamente cuando obedece el mandato de la ley moral.
La muerte de Dios
Es bastante conocida la doctrina de la muerte de Dios, proclamada inicialmente por Friedrich Nietzsche, y luego seguida por muchos.
Personalmente, me parece que Jean-Paul Sartre ha sido quien mejor ha expresado el espíritu de esta doctrina en sus obras de literatura—en especial en su teatro—, y justamente quiero compartir en este post un fragmento de El diablo y Dios, en donde me parece se expresa de forma magistral—y concentrada—. Veamos.
Heinrich: ¿Para qué simulas hablarle [a Dios]? De sobra sabes que no responderá.
Goetz: ¿Y por qué ese silencio? Él, que se hizo visible a la burra del profeta, ¿por qué se niega a mostrárseme?
Heinrich: Porque tú no cuentas. A Dios le importa un bledo que tortures a los débiles o te martirices a ti mismo, que beses los labios de una cortesana o los de un leproso, que mueras de privaciones o de voluptuosidades.
Goetz: ¿Quién cuenta, entonces?
Heinrich: Nadie. El hombre no es nada. No te hagas el sorprendido; siempre lo supiste. Lo sabías cuando echaste los dados. ¿Por qué, si no, hubieses hecho trampa? (Goetz trata de hablar.) Hiciste trampa: Catalina te vio, forzaste la voz para cubrir el silencio de Dios. Las órdenes que pretendes recibir, eres tú quien te las envías.
Goetz (reflexionando): Sí, yo.
Heinrich (sorprendido): Pues sí. Tú mismo.
Goetz (el mismo tono): Sólo yo.
Heinrich: Sí, te digo que sí.
Goetz (levantando la cabeza): Sólo yo, cura, tienes razón. Sólo yo. Yo suplicaba, mendigaba un signo, enviaba al cielo mis mensajes; y no había respuesta. El cielo ignora hasta mi nombre. A cada minuto me preguntaba lo que podía ser yo a los ojos de Dios. Ahora sé la respuesta: nada. Dios no me ve, Dios no me oye, Dios no me conoce. ¿Ves ese vació por encima de nuestras cabezas? Es Dios. ¿Ves esa brecha en la puerta? Es Dios. ¿Ves ese agujero en la tierra? También es Dios. El silencio, es Dios. La ausencia, es Dios. Dios es la soledad de los hombres. Estaba yo solo; yo solo decidí el Mal; solo, inventé yo el Bien. Fui yo quien hizo trampa, yo quien hizo milagros, yo quien me acuso hoy, sólo yo puedo absolverme; yo, el hombre. Si Dios existe, el hombre es nada; si el hombre existe… ¿Adónde vas?
La cita ya la puse antes en este blog, como parte de mi ponencia del Simposio de Estudiantes de Filosofía del año 2008.
La muy importante diferencia entre la voluntad y el albedrío
Sigo con mi investigación sobre el mal radical, que ya mencioné en este post, y sobre la cual planeo ir publicando notas relativamente aisladas, pero de alguna forma autosuficientes.
Veamos como se da esta importante diferencia en la filosofía moral de Immanuel Kant.
Las leyes proceden de la voluntad; las máximas, del albedrío. Este último es en el hombre un albedrío libre; la voluntad, que no se refiere sino a la ley, no puede llamarse ni libre ni no libre, porque no se refiere a las acciones, sino inmediatamente a la legislación concerniente a las máximas de las acciones (por tanto, la razón práctica misma), de ahí que sea también absolutamente necesaria y no sea ella misma susceptible de coerción alguna. Por consiguiente, sólo podemos denominar libre al albedrío[1].
No es una cita sencilla en lo absoluto, pero se puede ver claramente que la legislación moral no depende de cada uno, y es por lo tanto universal. Así, sólo nos podemos considerar autónomos cuando obedecemos la ley moral, es decir, cuando nuestro albedrío se conforma a la voluntad.
[1]Immanuel Kant, La metafísica de las costumbres (Madrid: Editorial Tecnos, 1989). La cita corresponde a la página 33. He cambiado “arbitrio” por su sinónimo “albedrío”.
Los filósofos gobernantes
Los peruanos no necesitamos un filósofo ni un pensador, sino un gerente.
-Keiko Fujimori.
Me parece que hay muy poco Platón en este blog, por lo que se me ocurrió dedicarle este post a una de mis citas favoritas de sus obras, perteneciente nada menos que a la República, su más importante trabajo.
Veamos.
—Examina lo que voy a decir.
—Habla.
—A menos que los filósofos reinen en los Estados, o los que ahora son llamados reyes y gobernantes filosofen de modo genuino y adecuado, y que coincidan en una misma persona el poder político y la filosofía, y que se prohíba rigurosamente que marchen separadamente por cada uno de estos dos caminos las múltiples naturalezas que actualmente hacen así, no habrá, querido Glaucón, fin de los males para los Estados ni tampoco, creo, para el género humano; tampoco antes de eso producirá, en la medida de lo posible, ni verá la luz del sol, la organización política que ahora acabamos de describir verbalmente. Esto es lo que desde hace rato titubeo en decir, porque veía que era un modo de hablar paradójico; y es difícil advertir que no hay otra manera de ser feliz, tanto en la vida privada como en la pública.
Glaucón exclamó:
—¡Qué palabras, Sócrates, qué discurso has dejado escapar![1]
Puse la cita de Keiko al comienzo sólo para resaltar la actualidad de lo central de la tesis de Platón, con casi 2500 años de antigüedad.

¿En quién confiaría el futuro de nuestro país?
La imagen era absolutamente necesaria.
[1] Platón, República (Madrid:Editorial Gredos, 2003). La cita corresponde a las páginas 282 y 283 de la edición citada, y en general, a 273d-274a.



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