La felicidad del perro
Una vida sin perro es un error.
Carl Zuckmayer.
Entender la felicidad como un estado emocional, que puede ser temporal y efímero, constituye el principal obstáculo con el que ha de enfrentarse el entendimiento moral común al empezar el estudio de la teoría ética de Aristóteles, que tiene a la felicidad (εὐδαιμονία) como concepto fundamental.
Resulta que para el filósofo griego, la felicidad depende de la práctica virtuosa —con excelencia— de la función que nos es propia (que también podríamos llamar naturaleza humana, en su sentido más elevado). Así, primero tendremos que captar cuál es la función propia del ser humano, y la felicidad consistirá en realizarla bien a lo largo de nuestras vidas. Virtud (o excelencia), función propia y felicidad son conceptos estrechamente ligados; la felicidad es, entonces, una práctica ardua[1].

De igual modo como podemos hablar de la felicidad del hombre, nos es legítimo hablar también de la felicidad de cualquier entidad que tenga una función. No debe sorprendernos, entonces, que el mismo Aristóteles hable, por ejemplo, de la virtud del caballo [EN 1106a20-21].
No debería resultar curioso, entonces, que así como fallamos rotundamente día a día —en tanto especie— en darnos cuenta de lo que es verdaderamente bueno para nuestras vidas y actuar acorde, preocupándonos en vez por procurarnos una serie de placeres insignifcantes, a cuya suma y repetición llamamos ‘felicidad’, hagamos lo mismo con miembros de otras especies, por ejemplo, con los perros.
César Millán basa su filosofía práctica canina justamente en un presupuesto muy parecido al de Aristóteles, esto es, que para hablar de la felicidad de un perro, tenemos primero que comprender “con mayor profundidad cómo ve el mundo [...] y lo que realmente quiere y necesita para llevar una vida pacífica, feliz y equilibrada” (Millán y Jo Peltier 2009: 24).
Tal principio se complementa con un estudio empírico, según el cual aprendemos que los perros necesitan un mínimo de ejercicio diario como requisito indispensable para ser estables y felices (nada menos que 80 minutos en dos paseos). Ni con todo el cariño del mundo, o juguetes y comida, (mercancías) un can simplemente no será feliz si es que no le otorgamos la dosis requerida mínima de ejercicio.
A lo mejor estamos erróneamente acostumbrados a pensar en la felicidad de nuestra mascota como una serie de momentos que pasan a convertirse en recuerdos gratos, de la misma forma corrupta en que pensamos nuestra propia felicidad. Mas la felicidad verdadera de un can depende igualmente de entender correctamente su función propia, que requiere la ya mencionada cantidad de ejercicio, así como el sentirse parte de una manada, con reglas y disciplina.
Si queremos a nuestras mascotas, y por lo tanto, queremos que sean felices, lograr su felicidad será una práctica constante de otorgarles ejercicio, disciplina y cariño (en ese orden). Si queremos ser felices, entonces tal vez el camino no sea tan distinto.
Para otra entrada sobre César Millán y su filosofía, ver también El zoon politikon… hoy.
Para una entrada sobre el concepto de felicidad aristotélico, ver Felicidad: dos definiciones.
[1] La definición precisa de felicidad es “una actividad del alma de acuerdo con la virtud, [...] la mejor y más perfecta, y además en una vida entera” [1098a16-19].
Bibliografía:
ARISTÓTELES
Ética Nicomáquea. Ética Eudemia. Traducción de Julio Palli Bonet. Madrid: Editorial Gredos, 1985.
MILLÁN, César y Melissa JO PELTIER
El encantador de perros. Lima: Santillana, 2009











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