La ética kantiana es una ética teleológica

Antes que nada, discúlpenme por el poco elegante título[1].

Empecemos. Una de las contraposiciones más comunes en la enseñanza de filosofía moral actual en las universidades, juzgando desde el reducido espacio en el que me he formado (léase en la PUCP), es sin lugar a dudas aquella entre una ética deontológica y otra teleológica, prejuicio que se ejemplifica acudiendo a teorías éticas de “corte kantiano” y “neoaristotélicas”, respectivamente[2].

El objetivo de este breve artículo será mostrar, mediante un examen de la ética kantiana que no se contente con quedarse en la superficie[3], cómo es que  ambas categorías se le pueden aplicar sin contradicción, dejando expuesta su inutilidad.

Teleología... ¿dónde termina?

Cuando Kant empieza la argumentación central de la segunda sección de la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, nos dice que el imperativo categórico es bueno en sí mismo y no depende de ningún otro fin. Ciertamente no puede estar queriendo decirnos que no depende de fin alguno, sino que se refiere únicamente a fines contingentes, pues lo que hará pocas páginas más adelante será precisamente justificar la validez misma del imperativo categórico en un fin en sí mismo.

Como bien afirma Paul Guyer:

[...] la concepción kantiana de agencia racional preserva la estructura de medios y fines característica de la concepción ordinaria de racionalidad, en la que la adopción de una regla sólo tiene sentido si es que sirve como medio para un fin; su aporte a este ordinario análisis es únicamente que si las reglas han de ser universales y necesarias, entonces tienen que ser los medios necesarios para un fin necesario, algo que es necesariamente un fin porque no es en sí mismo un medio para un fin ulterior de valor arbitrario, sino que es en sí mismo intrínseca y absolutamente valioso[4].

Sin embargo, no es sólo en el plano de la fundamentación del principio supremo que la ética kantiana se salva de la etiqueta “deontológica”, sino en el ámbito mismo de su aplicación a instancias particulares.

Allen W. Wood nos pinta el cuadro preciso de la situación:

[...] la ética kantiana puede en teoría requerir que tengamos siempre que razonar de forma completamente “deontológica” — esto es, directamente desde la dignidad de la naturaleza racional hacia aquellas acciones que muestren respeto por esta dignidad. En ese caso tendríamos que atender sólo a la legalidad [rightness] o a la conformidad con el deber [dutifulness] de dichas acciones con relación a aquel valor y nunca tendríamos que considerar las consecuencias de nuestras acciones en lo absoluto. En la realidad, en cambio, la ética kantiana no exige nada por el estilo. [...] el razonamiento moral en la ética kantiana está basado en “deberes de virtud” — fines a ser producidos, que son nuestro deber fijarnos en vista de la consideración a la dignidad de la humanidad y al valor de la naturaleza racional como un fin en sí mismo. Estos fines consisten en nuestra propia perfección y la felicidad ajena. La ética kantiana por lo tanto requiere que nos preocupemos en producir buenos estados de cosas[5].

Ahora, algunos artículos random relacionados con el tema, de los que extraje las imágenes: Finalidad y teleología (¡¿Para qué?!), y Teleología del Super Mario Bros.


[1] Uno mucho más elegante hubiese sido el siguiente: Deontología y teología en la ética kantiana (o sobre el problema de simplificar en la filosofía).

[2] Pienso en el infame texto de Jürgen Habermas, “Moralidad y eticidad: ¿Afectan las objeciones de Hegel a Kant también a la ética del discurso?”.

[3] Algo análogo podría hacerse sobre la ética de Aristóteles.

[4] Paul Guyer, Kant’s Groundwork for the Metaphysics of Morals: A Reader’s Guide (New York: Continuum, 2007). La cita corresponde a la página 89.

[5] Allen W. Wood, Kantian Ethics (New York: Cambridge University Press, 2008). La imperfecta traducción es mía, y pertenece a las páginas 261 y 262.

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